Archivos del Mes para March, 2010

Cayo ZP vs. Tulio Rajoy

Breviario de Campaña Electoral
Quinto Tulio Cicerón

86 pags.

Valoración:

Mucho ha llovido desde que Quinto Tulio Cicerón le enviara estas cartas, a modo de consejos para preparar su campaña como candidato a cónsul de la República, a su hermano mayor Marco Tulio Cicerón (este es el Cicerón que todos conocemos), pero toda esa lluvia ha mojado el suelo, ha llenado los pantanos, y poco más. Porque leyendo este “Breviario de campaña electoral” escrito en el año 64 de nuestra era, uno tiene la sensación de estar leyendo en realidad el manual de campaña del PSOE o del PP escrito por Pepiño Blanco o Sorayita Sáinz la semana pasada.

La base de toda campaña electoral, viene a decir Quinto Tulio, pasa por el desprestigio de tus rivales. Lo importante no es tanto señalar tus propias virtudes, cuanto señalar los defectos de los demás. El objetivo es hacer a los ciudadanos, de manera sutil y por supuesto no explícita, la pregunta: “¿Realmente queréis que os gobierne ese mentiroso/incompetente/traidor/libertino/etc.?”. A partir de ahí la victoria es segura, puesto que la única alternativa que se deja a la plebe es votar por el otro candidato, a saber, el que ha montado la campaña de desprestigio del primero.

Una vez asegurado el desprestigio de los competidores, hay que centrarse en otros dos objetivos: caer bien, y comprar favores. Lo de caer bien consiste básicamente, como hoy, en recorrer ciudades y pueblos haciéndose el enrollado.

Busca y sigue la pista de los hombres de cada lugar, conócelos, sal a su encuentro, asegúrate su adhesión, procura que hagan campaña a tu favor entre sus vecinos y que, por así decirlo, se conviertan en candidatos por cuenta tuya. [...] Y, para que lo entiendan, debes utilizar un lenguaje apropiado a su manera de ser. [...] Haz que salten a la vista tus esfuerzos por conocer a los ciudadanos y exagéralos a fin de mejorar día a día estas relaciones: no hay nada, me parece, que haga a un candidato tan popular y tan grato. [...] Es muy necesaria la adulación, algo que, aunque en la vida corriente constituya un defecto vergonzoso, se hace imprescindible en una candidatura.

Y en cuanto a lo de comprar favores, la herramienta es, por supuesto, prometer a todo el mundo una recompensa en el caso de que el candidato finalmente gane las elecciones. El arte de prometer y no cumplir, tan ligado a la política actual, parece que ya se practicaba con éxito en la época de la Roma Clásica. Nuevamente, Quinto Tulio nos ilustra sobre el tema:

Las promesas quedan en el aire, no tienen un plazo determinado de tiempo y afectan a un número limitado de gente; por el contrario, las negativas te granjean, indudable e inmediatamente, muchas enemistades. [...] Así pues, es preferible que, de vez en cuando, unos pocos se enfaden contigo en el foro, a que lo hagan todos a la vez y en tu casa, habida cuenta sobre todo de que se enfadan mucho más con los que les han dado una negativa que con aquel que, al parecer, se ve impedido a ayudarles por algún motivo importante, pero que, si de algún modo pudiera, cumpliría gustosamente con su promesa.

Qué, ¿es o no es el libro de estilo de cualquier partido político de los últimos 50 años? Mención especial merece para Quinto Tulio, como no podía ser de otra manera, granjearse la amistad de los agentes más influyentes. Entonces eran las centurias, las órdenes de notables, y algunos militares populares. Hoy son los medios de comunicación y los banqueros. Cámbiese el nombre de unos por el de los otros y, de nuevo, el breviario de Quinto Tulio Cicerón podría ser aplicado al pie de la letra por nuestra honorable clase política. Pero, ¿qué digo “podría”? Como si no lo estuvieran aplicando cada día… Ahora me explico por qué me costó tanto encontrar este libro. Estaba agotado en todos los sitios. Claro, es que este año ya empieza el ciclo electoral. Montilla y compañía han debido de comprar medio millón de ejemplares para repartir entre sus acólitos. Si al menos hicieran la campaña en toga, la cosa mantendría un mínimo de dignidad. Ave, Artur Mas, votatori te salutan.

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Casa de citas

Hubo un tiempo en el que yo practicaba esta religión. Todo el mundo me decía que hablara más bajito, que me comportara mejor, que tuviera más cabeza. La vida se acaba, pequeños fistros de la naturaleza. Hablar bajito es de maricones (en el sentido no sexual de la palabra). Apasiónate o pégate un tiro.

Todas las grandes pasiones son desesperadas: no tienen ninguna esperanza, porque en ese caso no serían pasiones, sino acuerdos, negocios razonables, comercio de insignificancias.
Sándor Márai
“El último encuentro”

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La mentira que todos decimos más veces

Everybody’s Fine (2009)
Todos están bien



Dirigida por Kirk Jones
Con Robert De Niro y Kate Beckinsale
 
Valoración:   

Dicen que la mentira más frecuente es la respuesta a la pregunta: “¿cómo estás?”. Todos sabemos que, muchas veces, la persona a la que se lo preguntamos nos engaña. Nosotros mismos engañamos a los demás otras tantas veces cuando respondemos mecánicamente “bien”. Pero todos tenemos problemas, todos tenemos penas, y no es cuestión de añadirles a las de los demás las nuestras. “Al revés”, pensamos, “respondamos ‘bien’ y démosle a nuestro interlocutor, al menos, esa pequeña alegría”.

En “Everybody’s Fine” un padre jubilado decide ir a visitar por sorpresa a cada uno de sus hijos a lo largo y ancho de Estados Unidos sólo para ir descubriendo, a pesar de los esfuerzos que éstos hacen por disimular, que “no están bien”. O, al menos, no tan bien como él pensaba que estaban, como siempre había estado seguro de que estaban mientras su mujer vivía y era ella la que lidiaba con la dura verdad de la vida. A saber, que nadie está bien. Que tus hijos no son perfectos, que la vida no es un camino de rosas para ellos (ni para nadie), y que tú no puedes hacer nada para cambiar eso. Lo único que puedes hacer es quererlos. A pesar de. Sobre todo, a pesar de.

De Niro, que a estas alturas ya no tiene que demostrar nada a nadie, hace una interpretación correcta, creíble, pero desde luego nadie lo recordará por esta película cuando escriban su biografía. Él es toda la película, sin embargo, porque es el único personaje que la atraviesa de principio a fin, y porque la historia es, casi exclusivamente, su historia. La historia de un padre que durante 40 años se había creído que cuando sus hijos le respondían “bien” a la pregunta “¿cómo estáis?”, le estaban diciendo la verdad. Descubrir de repente que tus propios hijos te han estado engañando durante 40 años es un golpe duro. Y la manera que tiene el protagonista de encajarlo es, sencillamente, lo que nos cuenta “Everybody’s Fine”.

El resto de los actores también responde con solvencia. Kate Beckinsale, tía guapísima y buenorra donde las haya, sólo podría mejorar sus interpretaciones si saliera con más frecuencia en la ducha. Drew Barrymore está encantadora, como casi siempre, aunque está cayendo un poco en el efecto “as herself”. Tiene una cara tan riquiña que siempre hace el mismo papel de chica entrañable y amorosa. Los personajes masculinos, siendo todavía más secundarios, también están bien cubiertos. Sam Rockwell destaca ligeramente, aunque ninguno de los papeles, aparte del de De Niro, dan para mucho.

Y eso es todo, amigos. “Everybody’s Fine” nos enseña algo que cualquier persona de más de 10 años ya sabe: que mentir, en absoluto, no es malo. Ahí está la figura de la mentira piadosa tan hábilmente introducida por los católicos, que son los maestros indiscutibles en el arte de justificar a Dios por una cosa y su contraria, y de permitir, por lo tanto, que sus fieles puedan hacer cualquiera de las dos, según les convenga en cada ocasión. Pero con este asunto tienen razón: el famoso “No mentirás” puede ser, tomado al pie de la letra, una fuente de dolor inagotable. Un Dios que permite catástrofes y masacres como las que vemos todos los días en la tele tal vez no tenga mucho problema con que todos nos hagamos un poquito más de daño unos a otros a cambio de mantener impolutas de mentiras nuestras lenguas. Pero, como bien descubre el personaje de De Niro en esta película, aunque “nadie esté bien” realmente, si todavía podemos contestar “bien” cuando nos preguntan “¿cómo estás?”, entonces es que, en cierto modo, todos estamos bien. Y que siga.

El trailer en versión original y en español

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Casa de citas

Otra cita del genial Álvaro de Laiglesia, muy apropiada para los tiempos que vivimos. A lo mejor quieren tratar el tema en el próximo consejo de ministros.

Los vinos de las tabernas incitan a la huelga general, al linchamiento, al atentado. Las clases humildes serán menos tenebrosas, menos propensas a la revolución, cuando los gobiernos sustituyan los anónimos vinos de taberna por vinos de marca.
Álvaro de Laiglesia
“Un náufrago en la sopa”

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Sarna con gusto no pica; sin gusto, sí

Misery
Laïka Fatien


Valoración:

Ya he dicho muchas veces que no entiendo el Jazz. Sí, vale, seré un tío musicalmente simple, un hombre Hacendado, si me apuras un hombre Deliplus, pero a mí me sacas del Do-Lam-Fa-Sol y me hago un lío. Si además de sacarme de mi casita de 4 acordes me llevas al Polo Norte musical, un sitio de indiscutible belleza pero con un clima perruno y noches de 6 meses, pues entonces apaga y vámonos.

En el fondo, y si yo me creyera un tipo superespecial, que no me lo creo, por supuesto, no es falsa modestia, aunque, reconozcámoslo, hay que ser muy superespecial para decir que uno no es superespecial, pero no seré yo quien lo diga, aunque si lo decís vosotros, pues venga, vale, pues igual sí, pero sólo porque vosotros lo decís, pues digo, en el fondo, creo que yo soy el único que ha conseguido desenmascarar a los farsantes del Jazz. Estos tíos no saben tocar. No digo todos, digo estos en concreto. Los de Laïka Fatien. Me recuerdan aquellos lejanos tiempos de 6º de carrera, cuando recorríamos los bares de Leon XIII y Francisco de Vitoria entonando el “ingenieros industriales, los mejores sementales”, que la gente que nos oía salía corriendo, y nosotros pensábamos “¿qué les pasa a estos?, con lo bien que cantamos”, y no, no era que nosotros cantáramos bien, era que íbamos más cocidos que un langostino en Navidad, y todo nos parecía armonía y buen gusto.

Pues lo del Jazz es igual. Los que tocan se miran unos a otros pensando “lo estamos petando”, y no, no lo estáis petando, o sí, quiero decir, igual me estáis petando las neuronas, pero no las del buen gusto, sino las mismas que se activan cuando alguien pasaba una uña por la pizarra, dios, qué grima, qué dentera, pues eso, esas mismas neuronas son las que se activan al escucharos, aunque vosotros penséis que sois unos putos genios y que estáis deconstruyendo la música como Ferrán Adriá deconstruyó el pollo al chilindrón, que, por cierto, otro farsante de talla XXL, pero ese es otro tema, porque ahora resulta que la gastronomía es cultura, toma castaña, y no lo digo en el sentido literal, porque en el sentido literal igual el Adriá la toma y la deconstruye, y a mí me gustan las castañas de toda la vida, especialmente los purgazos, pero no desconstruidos sino como se han hecho toda la puta vida, cocidos, con agua y sal y un poco de aguante para no quemarte los dedos al pelarlos. Pero no. Times are a-changing.

Total, que para el que entienda esto del Jazz y la deconstrucción del pollo al chilindrón, pues igual Laïka Fatien es una diosa de ébano, o de marfil, o de alpaca, que no digo yo que no porque no la he visto de cuerpo entero, y mucho menos desnuda, pero por lo que he podido escuchar en este “Misery” me temo que nunca llegaremos a semejantes intimidades, eso, claro está, en el caso de que ver desnuda a otra persona sea una intimidad, que esa es otra, le puedes contar a alguien que estás pensando en divorciarte de tu marido pero no le puedes enseñar una teta, a mí esto me lo tendrá que explicar alguien, pero otro día, que hoy no tengo ganas.

Termino con un mensaje personal para mi gran amigo el Padre Joe: que sí, que vale, que el Jazz es maravilloso, y que después de haberte visto tocar la guitarra durante décadas tengo que reconocer que sí tú dices que es una maravilla pues yo me lo creo, porque tú tocas la guitarra como dios, o como San Pedro como mínimo, y yo sólo sé rumbear un poco con los acordes que aprendí del Chaquetón, pero esto, como digo en el título de esta crónica, es como la sarna. Los seguidores del Jazz sois un poco sarnosos, en el sentido metafórico de la palabra. Ya os va bien que pique. La incomodidad del picor forma parte del rollo jazzero. Pero es que yo soy de sufrir poco. Más bien nada. Y cuando algo me pica, le echo Diprogenta y a correr. Llamadame tosco. O, mejor: llamadme superespecial. Pero sólo si realmente lo pensáis. Aduladores, que sois unos aduladores.

Una muestra del percal

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Casa de citas

Después de las últimas citas romanticonas, llega el humor a 1y1y1.

Olvidar es un lujo de hombres pudientes
Álvaro de Laiglesia
“Un náufrago en la sopa”

Habrá más.

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Pásalo por la turmis

2012
2012



Dirigida por Roland Emmerich
Con John Cusack y Amanda Peet
 
Valoración:   

El cine de catástrofes ha encontrado múltiples filones a lo largo de los años: los terremotos, los incendios, los accidentes aéreos, las inundaciones, los meteoritos, los volcanes, los huracanes… joer, visto así este planeta es un váter, no sé por qué hay gente que se empeña tanto en salvarlo. Cualquier cambio, climático o no, sólo puede ser a mejor, digo yo.

Pero bueno, el caso es que gracias a la hostilidad de este peñasco en el que vivimos, los de Hollywood han podido vivir razonablemente bien a base de sacar cada cierto tiempo un peliculón en el que nos hacían imaginar lo perras que se pueden poner las cosas cuando la Madre Tierra está en esos días. Yo soy muy partidario, además. Me encantan las películas de catástrofes. Las veo muchas veces, y siempre me sorprende el final. En esto también es muy probable que influya mi simplicidad mental. Pero ande yo caliente y ríase la gente. Bruces Willis al poder.

Y cuento todo esto porque creo que Roland Emmerich, director de “2012″, es uno de los míos. A este tío también le encantan las catástrofes. Este ve un incendio y en lugar de ayudar a los heridos se va a comprar palomitas a la tienda de la esquina. Que sí, hombre, que este es de los de que ve un avión de noche y ya se prepara para el impacto del cometa Halley. Y eso es lo que lo pierde: se emociona demasiado con estas cosas.

Con “2012″ el tal Emmerich vio la oportunidad de hacer la película total. ¿Qué loser se conformaría con hacer una película sobre una catástrofe cuando se puede hacer una peli con todas las catástrofes a la vez? ¿Quieres incendios? Toma incendios. ¿Terremotos? Te vas a cagar. ¿Inundaciones? Lo del Katrina fue un grifo mal cerrado. En “2102″ hay de todo. Y a la vez. Y en tamaño extra gigante. Después de los primeros 20 minutos de calma chicha, no hay cristiano que se salve. A excepción, por supuesto, del protagonista, que para eso es famoso y cobra una millonada. Como para matarlo a la media hora.

Aristóteles ya descubrió, hace muchos siglos, lo de in media virtus. Si Roland Emmerich hubiera leído un poco a los clásicos, en vez de estar todo el día en el sofá viendo “El coloso en llamas” y “La aventura del Poseidón”, habría aprendido que es tan malo que zozobre como que fafalte. Y si John Cusack no tuviera que saldar sus deudas del betandwin, habría visto que esta película no era para él y le habría dejado el papel a Bruce Willis, lo que no habría arreglado el problema de base pero le habría granjeado una estrellita más a la peliculita. Aunque 2 estrellas tampoco están mal. Y es que, a pesar del desbarre, la primera hora se pasa muy bien. Las técnicas de efectos especiales avanzan que es una barbaridad, y ver cómo se destruye todo el mundo no tiene precio para un auténtico fan de las catástrofes. Sabiendo esto, la receta está clara: ved los primeros 60 minutos, y después poned el partido del Barça. Que también es un espectáculo con efectos especiales, sobre todo si juega Messi.

El trailer en versión original y en español

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Un paseo por Marte

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La superioridad de la novela

Vía Revolucionaria
Richard Yates

409 pags.

Valoración:

Sé que no soy neutral, porque a mí la Literatura me parece mucho más poderosa que el Cine (salvo para las explosiones), pero es que en este caso tenemos un side-by-side que no permite ninguna discusión: la película “Revolutionary Road fue un pestiño (como ya certifiqué cuando la critiqué en 1y1y1), mientras que la novela homónima en la que supuestamente se basaba la película está a un paso de ser una obra maestra.

Decía en mi crítica de la película que resultaba aburridísima. Y tras leer la novela queda claro cuál era el problema: el 90% de la obra no es “acción”, y si uno se limita a leer (o filmar) el 10% restante la cosa se queda en algo bastante insulso. En la novela se describe, como en todas las buenas novelas, el interior de las cosas, y esas cosas se describen, como en todas las buenas novelas, con la mirada excepcionalmente atenta y sensible de un gran narrador. Quita eso y no tienes nada. Bueno, tienes el título de la novela, que por cierto los cretinos de la editorial española han cambiado, dejando ahora el original inglés, para que los tontolabas de turno sepan que están leyendo una novela que se llevó al cine, lo que para cualquier imbécil que se preste es un síntoma inequívoco de calidad artística.

La historia de “Vía Revolucionaria” es, pues, la misma que la de “Revolutionary Road” (la película), así que no volveré a contarla. Resumiéndola, una pareja estadounidense pequeña-burguesa de los años ‘50 con ínfulas intelectuales y con una relación anquilosada por la rutina, se plantea romper con todo y marcharse a París para iniciar una nueva vida que se imaginan llena de estímulos y emociones. Punto. Y aparte. Por un imprevisto, no pueden poner en marcha su plan y tienen que seguir con su vida apolillada. Punto. Y final. Desde un punto de vista de la trama, no hay nada más. Por eso la peli era un tostón, y por eso la novela es muy buena: porque las 408 páginas restantes, en las que no hay que contar ninguna historia, nos cuentan qué hay debajo de todo eso, cuáles son las fuerzas que mueven a las marionetas que desfilan por el escenario, y por qué los caminos de la vida nunca son líneas rectas.

Resulta inquietante que una novela escrita hace 50 años resulte tan actual. O, más que inquietante, resulta desesperanzador. Deja la amarga impresión de que no aprendemos de nuestros propios errores, a pesar de reconocerlos. Generación tras generación seguimos atascados en el mismo vacío vital, sin atrevernos a tomar decisiones, y justificando nuestra existencia en la existencia de otros, los hijos, que nos sirven a la vez de excusa para no hacer nada con nuestra vida, y de “segunda oportunidad” para aprovecharla. Lástima que ellos, cuando crezcan, vayan a hacer lo mismo que sus padres: pasarle la vida a la generación siguiente sin haber hecho nada con ella, y justificando esa inacción, precisamente, en la responsabilidad que tenían para con sus sucesores.

Veamos cómo lo plantea Richard Yates:

Es como si hubiera un tácito acuerdo colectivo de vivir en un estado de autoengaño absoluto. ¡Al cuerno la realidad! Disfrutemos de un montón de bonitas carreteras y de bonitas casas pintadas de blanco y de rosa y de azul cielo; seamos buenos consumidores y que exista una gran uniformidad, y eduquemos a nuestros hijos en un baño de sentimentalismo (papá es un gran hombre porque se gana la vida, y mamá una gran mujer porque ha aguantado a papá todos estos años) y si la realidad aparece un día y nos mete miedo, todos estaremos muy ocupados y haremos ver que no pasa nada.

No es esta, como decía antes, la única reflexión que podría trasladarse casi al pie de la letra de los años ‘50 de “Vía Revolucionaria” a nuestro gris y buenrollista presente:

Toda esa constante e insistente vulgarización de cualquier idea, de cualquier sentimiento, que los convierte en alimento intelectual para bebés; este sentimentalismo optimista, vanamente risueño, facilón, en la visión que la gente tiene de la vida…

O:

Si quieres tener una casa, has de tener un empleo. Si quieres tener una casa muy bonita, muy linda, entonces necesitas un trabajo que no te guste. Estupendo. Así es como funciona el noventa y nueve por ciento de la gente, de modo que no tienes por qué disculparte, amigo. Si viene uno y te pregunta “¿Por qué lo haces?”, puedes dar por seguro que los del manicomio lo han dejado suelto unas horas.

O por último, para no reproducir la novela completa:

Los edificios de oficinas que los estaban esperando se los tragarían como si nada, de modo que estar en una de las torres mirando hacia la otra por la ventana sería como inspeccionar un gran terrario silencioso que exhibiera centenares de pequeños hombres rosados con camisa blanca, siempre revolviendo papeles o hablando por teléfono con cara de preocupación, representando su soso y estúpido espectáculo bajo la suprema indiferencia de las nubes primaverales en movimiento.

Qué poderosa es esta última imagen, por cierto. Pero más allá de citas concretas, la descripción de toda una generación a través de los ojos de una pareja aparentemente superespecial para su época deja esa sensación de amargura de la que hablaba antes. No hay esperanza, parece decirnos “Vía Revolucionaria” cuando uno pasa la última página. Intenta ser uno más, intenta creerte las mismas mentiras que se creen los demás, o prepárate para una infelicidad permanente y dolorosa. El suicidio, entonces, se convierte en la única salida.

Después de tanto halago, alguien podría preguntarse por qué no le doy 5 estrellitas a este pedacho de novela. Pues porque tiene, bajo mi punto de vista, dos agujeros muy importantes. El primero es el momento en el que la pareja abandona sus planes de ir a Europa. La razón que busca el autor para cambiar su destino no está a la altura del resto de la novela. Es una razón verosímil, por supuesto, pero facilona. Deja a los protagonistas casi sin elección, y por lo tanto el autor se “salta” una parte que habría resultado mucho más interesante que ese simple “esto es lo que hay”.

El segundo agujero viene cuando la pareja se enfrenta, por última y definitiva vez, a la insoportable levedad de su existencia. El agujero está, de nuevo, en el detonante de ese momento, y que como en la ocasión anterior resulta demasiado facilón: un loco es quien les “abre los ojos”, por aquello de que sólo los locos y los borrachos dicen la verdad (los niños sólo dicen tonterías). Una salida demasiado vista para una novela que, por lo demás, es una delicia. Y un aviso para navegantes autocomplacidos en su propia felicidad falsa y narcotizada. No leer cerca de una ventana abierta, sobre todo si se vive en un piso alto.

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Casa de citas

La prometida frase, una de las mejores (si no la mejor) frase de amor de la Historia. “La mujer de Gilles” es una deliciosa novela que cuenta la historia de una mujer enamorada. No enamorada en el sentido actual-ñoño, sino enamorada en el sentido más primitivo y profundo de la palabra. Una campesina que adora a su marido, simplemente.

Gilles ya no me quiere… y qué triste es el mundo…
Madeleine Bourdouxhe
“La mujer de Gilles”

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