La superioridad de la novela

Vía Revolucionaria
Richard Yates

409 pags.

Valoración:

Sé que no soy neutral, porque a mí la Literatura me parece mucho más poderosa que el Cine (salvo para las explosiones), pero es que en este caso tenemos un side-by-side que no permite ninguna discusión: la película “Revolutionary Road fue un pestiño (como ya certifiqué cuando la critiqué en 1y1y1), mientras que la novela homónima en la que supuestamente se basaba la película está a un paso de ser una obra maestra.

Decía en mi crítica de la película que resultaba aburridísima. Y tras leer la novela queda claro cuál era el problema: el 90% de la obra no es “acción”, y si uno se limita a leer (o filmar) el 10% restante la cosa se queda en algo bastante insulso. En la novela se describe, como en todas las buenas novelas, el interior de las cosas, y esas cosas se describen, como en todas las buenas novelas, con la mirada excepcionalmente atenta y sensible de un gran narrador. Quita eso y no tienes nada. Bueno, tienes el título de la novela, que por cierto los cretinos de la editorial española han cambiado, dejando ahora el original inglés, para que los tontolabas de turno sepan que están leyendo una novela que se llevó al cine, lo que para cualquier imbécil que se preste es un síntoma inequívoco de calidad artística.

La historia de “Vía Revolucionaria” es, pues, la misma que la de “Revolutionary Road” (la película), así que no volveré a contarla. Resumiéndola, una pareja estadounidense pequeña-burguesa de los años ‘50 con ínfulas intelectuales y con una relación anquilosada por la rutina, se plantea romper con todo y marcharse a París para iniciar una nueva vida que se imaginan llena de estímulos y emociones. Punto. Y aparte. Por un imprevisto, no pueden poner en marcha su plan y tienen que seguir con su vida apolillada. Punto. Y final. Desde un punto de vista de la trama, no hay nada más. Por eso la peli era un tostón, y por eso la novela es muy buena: porque las 408 páginas restantes, en las que no hay que contar ninguna historia, nos cuentan qué hay debajo de todo eso, cuáles son las fuerzas que mueven a las marionetas que desfilan por el escenario, y por qué los caminos de la vida nunca son líneas rectas.

Resulta inquietante que una novela escrita hace 50 años resulte tan actual. O, más que inquietante, resulta desesperanzador. Deja la amarga impresión de que no aprendemos de nuestros propios errores, a pesar de reconocerlos. Generación tras generación seguimos atascados en el mismo vacío vital, sin atrevernos a tomar decisiones, y justificando nuestra existencia en la existencia de otros, los hijos, que nos sirven a la vez de excusa para no hacer nada con nuestra vida, y de “segunda oportunidad” para aprovecharla. Lástima que ellos, cuando crezcan, vayan a hacer lo mismo que sus padres: pasarle la vida a la generación siguiente sin haber hecho nada con ella, y justificando esa inacción, precisamente, en la responsabilidad que tenían para con sus sucesores.

Veamos cómo lo plantea Richard Yates:

Es como si hubiera un tácito acuerdo colectivo de vivir en un estado de autoengaño absoluto. ¡Al cuerno la realidad! Disfrutemos de un montón de bonitas carreteras y de bonitas casas pintadas de blanco y de rosa y de azul cielo; seamos buenos consumidores y que exista una gran uniformidad, y eduquemos a nuestros hijos en un baño de sentimentalismo (papá es un gran hombre porque se gana la vida, y mamá una gran mujer porque ha aguantado a papá todos estos años) y si la realidad aparece un día y nos mete miedo, todos estaremos muy ocupados y haremos ver que no pasa nada.

No es esta, como decía antes, la única reflexión que podría trasladarse casi al pie de la letra de los años ‘50 de “Vía Revolucionaria” a nuestro gris y buenrollista presente:

Toda esa constante e insistente vulgarización de cualquier idea, de cualquier sentimiento, que los convierte en alimento intelectual para bebés; este sentimentalismo optimista, vanamente risueño, facilón, en la visión que la gente tiene de la vida…

O:

Si quieres tener una casa, has de tener un empleo. Si quieres tener una casa muy bonita, muy linda, entonces necesitas un trabajo que no te guste. Estupendo. Así es como funciona el noventa y nueve por ciento de la gente, de modo que no tienes por qué disculparte, amigo. Si viene uno y te pregunta “¿Por qué lo haces?”, puedes dar por seguro que los del manicomio lo han dejado suelto unas horas.

O por último, para no reproducir la novela completa:

Los edificios de oficinas que los estaban esperando se los tragarían como si nada, de modo que estar en una de las torres mirando hacia la otra por la ventana sería como inspeccionar un gran terrario silencioso que exhibiera centenares de pequeños hombres rosados con camisa blanca, siempre revolviendo papeles o hablando por teléfono con cara de preocupación, representando su soso y estúpido espectáculo bajo la suprema indiferencia de las nubes primaverales en movimiento.

Qué poderosa es esta última imagen, por cierto. Pero más allá de citas concretas, la descripción de toda una generación a través de los ojos de una pareja aparentemente superespecial para su época deja esa sensación de amargura de la que hablaba antes. No hay esperanza, parece decirnos “Vía Revolucionaria” cuando uno pasa la última página. Intenta ser uno más, intenta creerte las mismas mentiras que se creen los demás, o prepárate para una infelicidad permanente y dolorosa. El suicidio, entonces, se convierte en la única salida.

Después de tanto halago, alguien podría preguntarse por qué no le doy 5 estrellitas a este pedacho de novela. Pues porque tiene, bajo mi punto de vista, dos agujeros muy importantes. El primero es el momento en el que la pareja abandona sus planes de ir a Europa. La razón que busca el autor para cambiar su destino no está a la altura del resto de la novela. Es una razón verosímil, por supuesto, pero facilona. Deja a los protagonistas casi sin elección, y por lo tanto el autor se “salta” una parte que habría resultado mucho más interesante que ese simple “esto es lo que hay”.

El segundo agujero viene cuando la pareja se enfrenta, por última y definitiva vez, a la insoportable levedad de su existencia. El agujero está, de nuevo, en el detonante de ese momento, y que como en la ocasión anterior resulta demasiado facilón: un loco es quien les “abre los ojos”, por aquello de que sólo los locos y los borrachos dicen la verdad (los niños sólo dicen tonterías). Una salida demasiado vista para una novela que, por lo demás, es una delicia. Y un aviso para navegantes autocomplacidos en su propia felicidad falsa y narcotizada. No leer cerca de una ventana abierta, sobre todo si se vive en un piso alto.

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