Archivos del Mes para March, 2010Pag 2 de 2

Acelera, virtuoso

Edge of Darkness (2010)
Al límite



Dirigida por Martin Campbell
Con Mel Gibson y Ray Winstone
 
Valoración:   

La hija de un poli viudo vuelve a su casa para pasar unos días de vacaciones pero, nada más llegar, la matan a tiros cuando está en la puerta de la casa junto a su padre. Parece que es una venganza contra él y que los criminales han fallado al disparar, pero el padre no se lo cree, investiga, y acaba descubriendo una conspiración política de altísimos vuelos relacionada con armamento nuclear. Fin. ¿Lo he contado rápido? Pues acostumbraos, porque la peli va más o menos a la misma velocidad.

En esta película no hay tiempo para mariconadas. Aquí pasa algo todo el rato, Mel Gibson investiga a uno, sigue a otro, recibe visitas misteriosas, hay un senador que no se sabe qué pinta, sus colegas le aconsejan, buscan sospechosos… Es como si en el brainstorming de los guionistas no se hubiera hecho ninguna criba posterior. Y claro, 90 minutos no dan para tanto, y la sensación final es que han pasado muchas cosas pero que, en el fondo, no ha pasado nada porque ninguna de ellas nos ha llegado a interesar lo suficiente. Como en los telefilmes de Antena 3.

Y en eso se queda Edge of Darkness. Una película con bastantes tópicos tratados, además, de una manera muy superficial. Mel Gibson no consigue darle ningún toque especial ni de lejos. No es que uno se espere otra cosa del viejo Mel, que se formó en la misma escuela actoral que Bruce Willis, y que debería huir de los guiones que exijan cualquier tipo de trascendencia por mínima que sea.

El resto de los actores no se podrían definir ni como secundarios, no por culpa suya sino porque ningún papel está lo suficientemente bien construido como para que nos fijemos en él. Está el típico hombre misterioso (inglés, por supuesto), el típico compañero leal que no es tan leal, el típico empresario malo malísimo, el típico político corrupto corruptísimo… Y Mel Gibson va de uno a otro como si estuviera participando en una versión abreviada de “El Juego de la Oca” con Emilio Aragón, antes Miliquito y ahora brazo mediático armado de ZP y sus alegres amiguitos. Mi recomendación: evitad el contacto. Con la película. Y con los otros.

El habitual trailer en versión original y en español

Reblog this post [with Zemanta]

Post to Twitter Enviar a Twitter


 


 

Duelo de bailes

Hay, que me caigo del sofá. Acojonante numerito de la Muchachada Nui. Y como los buenos duelos, de baile, deportivos o de cualquier otro tipo, lo mejor es la retransmisión.

Post to Twitter Enviar a Twitter


 


 

Lo llamaban Bodhi hasta que enloqueció

Smile
Brian Wilson


Valoración:

Decían Les Luthiers, citando a un famoso poeta, tal vez amigo de Mastropiero: “Hoy he visto claramente al dragón cabalgando por encima de las nubes… Debería beber menos”. Brian Wilson fue un Beach Boy que también, en algún momento de su vida, empezó a ver claramente al dragón cabalgando por encima de las nubes, pero no hizo la sabia reflexión que sí supo hacer el poeta lutheriense. No sólo no empezó a beber menos, sino que no descarto que empezara a mezclar. Con garrafón. Y Casera Cola. Malamente.

Mi problema con Wilson tal vez venga ya de su época en los Beach Boys, a quienes yo tenía por unos tíos simplones que hacían música playera, pero que al parecer fueron para la crítica especializada una especie de The Beatles con chanclas. Que si revolucionaron la música, que si experimentaron con sonidos nuevos, que si la tabla de surf era una tapadera para un plan mundial de refundación del pop americano… Pues vale, pues me alegro, pero a mí lo que me gustaba de los Beach Boys era que su música me recordaba a “Lo llamaban Bodhi”, película mítica donde las haya de la que yo me imaginaba protagonista en cuanto pisaba una playa llena de extranjeras.

Con esa divergencia básica sobre los orígenes de Wilson y sus colegas, no es de extrañar que ahora vuelva a diverger con esa misma crítica especializada que ha acogido con vítores y reverencias este nuevo disco, y que ve en él un paso más en esa supuesta trayectoria magistral de este antiguo chico de la playa. Yo no veo todo eso, huelga decirlo, aunque sí estoy de acuerdo en algo: este disco va un paso más allá. Más allá del Dyc con Casera Cola. Porque este disco no se hace con una simple borrachera cabezona, no señor. Para firmar esto hace falta munición pesada, y prefiero no saber cuál ha utilizado Wilson. Sólo espero que los efectos secundarios sean llevaderos. Porque, y esto quiero dejarlo claro, no le guardo ningún rencor. Un surfero vocacional como yo nunca podría desearle nada malo a un colega. Hay extranjeras para todos.

Un ejemplo, para que veáis a qué me refiero.

Reblog this post [with Zemanta]

Post to Twitter Enviar a Twitter


 


 

Casa de citas

Hoy una cita de una novela de amor (preciosa), de la que pondré otra próximamente. Y esa próxima es, advierto, una de las más bonitas frases escritas en una novela de amor que he leído.

Esta vez no tengo la versión original, se siente.

Se notaba el sabor del llanto en los labios y en las manos; de él tenía impregnado todo el rostro, los brazos, la ropa. Y pensó que el olor del sufrimiento siempre da asco a los demás.
Madeleine Bourdouxhe
“La mujer de Gilles”

Post to Twitter Enviar a Twitter


 


 

El futuro, pero en serio

Recuerdos de la era analógica
Daniel Tubau

297 pags.

Valoración:

Antes de que alguien saque conclusiones precipitadas del cero que le acabo de endosar a este libro, aclararé una cosa: no lo he entendido. Lo digo sinceramente, no es falsa modestia ni una broma. No he entendido nada. Esto es demasiado complicado para mí. Cada uno tiene las neuronas como las tiene, en cadeneta o en punto de cruz, hay gente que es capaz de aprender 5 idiomas y hablarlos a la perfección, otros consiguen imaginarse de verdad qué es un bosón de Higgs, y otros son capaces de entender a las mujeres. Hay de todo, sí, eso es. Y seguro que habrá gente que entenderá estos “Recuerdos de la era analógica” que a mí me han dejado con cara de “cuál es la raíz cuadrada de 28.419″.

Este libro me llega, como todo lo que leo, por recomendación de alguien en cuyo criterio confío. Y seguiré confiando, a pesar de esto, porque una mala tarde la tiene cualquiera. Y por lo de las neuronas que decía antes. Por alguna extraña razón mis neuronas consiguen organizarse para entender cómo el Universo se desdobla (por decirlo de alguna manera) cada vez que se crea un par Einstein-Podolsky-Rosen, pero se han hecho la picha un lío con esta especie de novela de ciencia ficción, pseudo ensayo antropológico, crónica de nuestro tiempo, y esbozo del futuro, todo en uno. O no. Porque, sinceramente, sigo sin ser capaz de definir qué coños es “Recuerdos de la era analógica” (subtitulado “Una antología del futuro” para acabar de liarla).

Y por intentarlo no ha quedado. Cuando llegué a la fatídica página 50, momento en el que cualquier otra obra habría ido a la velocidad de la luz a la estantería de obras leídas, le di una segunda oportunidad. Venga, me dije, otras 50 páginas. Nadie se ha muerto por leer 100 páginas de algo. Que se sepa. Y ahí me pongo, toma, sacatún-tun-tu-que-saca-que-tun. Leñe, pero si en el libro hay hasta un desplegable. Pues hala, a desplegarlo, qué concho será esto, a ver, dale la vuelta, pues no, a ver de lado, déjalo, sigue para adelante que esto no es lo tuyo.

Total, que llego a la página 100 y antes de ir a dormir voy al baño. Y me miro en el espejo y me digo: qué cara más rara se te ha puesto. Y cuando consigo recomponer el gesto me lanzo a mí mismo un desafío: reconócelo, esto te sorbrepasa. No eres tan listo como te crees (lo cual, reflexiono, sería imposible en cualquier caso porque me creo demasiado listo). Debería dejarlo, me digo, ahora que estás a tiempo. Una huida a tiempo es una victoria, recuerdo que dicen siempre los cobardes. Y como los pies se me estaban quedando helados, porque hay que ver qué invierno más frío estamos teniendo, y el suelo del baño no es de parqué (que no entiendo por qué, cohone, que estamos en pleno siglo XXI y seguimos haciendo los baños de mármol como los Picapiedra), total, que como los dedos de los pies se me están poniendo morados, vuelvo a la cama y me juro a mí mismo que al día siguiente llamaré a Kike Santander para que vuelva a ser mi sensei y me aclare todo esto.

En resumen: que no me he enterado de nada. No sé qué se supone que tengo que entender, ni si hay algo que entender. ¿Es una teoría de la conspiración? No creo, porque a mí las teorías de la conspiración me encantan y me apunto a todas. ¿Es una crítica social? Tampoco lo creo, porque a mí las críticas sociales me la refanfinflan y las calo al segundo. Total, que no sé que es. Una cosa sí es segura: es un libro serio. Y para mí, el futuro y la seriedad son incompatibles. No hay nada que me importe menos que cómo será el mundo en el año 2.200. Salvo que se descubra una manera de que yo esté allí para verlo, lo cual parece improbable. Sí, sí, soy un egoísta. Yo soy de los de “después de mí, el diluvio”. El Universo se acaba el día que yo me muera, eso lo tengo clarísimo.

Así que todos estos ejercicios de imaginar el futuro, y ya no te digo lo de imaginar el pasado desde el futuro, me interesan entre nada y menos diez. El futuro sólo me interesa como entretenimiento (ahí está mi “AKA”) y como materia prima de buenas películas de ciencia ficción. O, mejor dicho: el futuro a corto plazo sólo me interesa de esa manera. Lo que me apasiona es el futuro a largo plazo (¿qué coño es el Universo?, ¿de qué está hecho?, ¿por qué está hecho así?, ¿para qué está hecho?). Lo demás son delirios de grandeza de una especie acomplejada por su insignificancia. ¿Que el planeta se calienta? Más se calentará cuando el Sol se expanda y fría todo el Sistema Solar. ¿Que los niños son gilipollas? Tranquilos, dentro de mil millones de años no habrá niños, ni adultos, ni nada vivo en este planeta, así que problema resuelto. No somos nada, queridos, materialmente hablando. Así que la materia no podría importarme menos como elemento de reflexión. Y la organización de esa materia en forma de niño, jarrón, buscador de Internet, o enana roja, me la pelan. Lo que me lleva a la última pregunta: ¿alguien conoce un buen frenopático, con vistas al mar?

Reblog this post [with Zemanta]

Post to Twitter Enviar a Twitter