Monthly Archive for abril, 2010

Shine II

The Soloist (2009)
El solista



Dirigida por Joe Wright
Con Jamie Foxx y Robert Downey Jr.
 
Valoración:   

Hay que saber hacer de la necesidad virtud. Eso pensó un famoso productor de Hollywood cuando decidió que Robert Downey Jr. sería el protagonista de su próxima superproducción y se encontró, cuando lo llamó a su móvil, con un mensaje que le decía que el gran Robert estaba, again and again, en una clínica de desintoxicación. ¿Qué hago ahora?, se preguntó el gran productor, que ya le había pagado una adelanto al atribulado actor. ¿Pierdo la pasta? ¡Y una mierda!, le contestó su conciencia, o su duodeno, porque la conciencia todavía es un elemento cuya existencia no está demostrada, al menos entre los productores de Hollywood. El caso es que alguien le contestó eso, y él tuvo que actuar en consecuencia.

Con un actor que se está rehabilitando de su adicción a todo aquello que pueda ingerirse por cualquier vía corporal no hay muchas opciones: tienes que buscar películas cuyo protagonista sea un tío raro, pseudodemente, y guarro. Y ahí es donde entró en escena el guión de “The Soloist”, un papel que parecía hecho a medida de semejante desecho humano. Peeeero… tenía que ser negro, porque estaba basado en una historia real, y el tipo real era negro. No se puede tener todo.

A pesar de ese pequeño detalle ejecucional, no todo estaba perdido. El productor vio que había un segundo protagonista blanco, que también podría adecuarse al perfil de ser humano piojoso descrito anteriormente. Dicho y hecho, o pensado y hecho en este caso, el productor llamó a Jamie Foxx y le dijo: ¿a que no hay huevos a interpretar a un pordiosero que tocar el chelo y tiene alucinaciones? Y Foxx, que debe de tener ancestros españoles, respondió: ¿Que no hay huevos? ¡Cagoentó, tú a mí no me conoces! ¿Cuándo empezamos el rodaje?

Problema resuelto: Foxx se queda con el papel de tío rarísimo, y Downey se adjudica el coprotagonista de tío muy raro. Bonus point: una parte importante de la película se podía rodar en la misma clínica de desintoxación, lo que eliminaba el problema de las horas de visita. Así que sólo quedaba rodar la película, darle un toque de producción independiente, y sentarse a recaudar mientras la SGAE se encarga de encarcelar a todo el que vea semejante truño en el sofá de su casa. ¿Quieres un truño? Paga 8 euros por verlo, amiguete. Así es el capitalismo, y el comunismo según Víctor Manuel, por lo que parece últimamente.

A pesar de todo lo dicho, la película podría haber sido buena. De hecho, no es mala. Pero recuerda demasiado a Shine, que a mí personalmente me encantó. Y precisamente por eso, porque la recuerdo con un cariño especial, no acepto imitaciones. Yo me aficioné a Rachmaninoff gracias a “Shine”, pero a Beethoven ya lo conocía antes de ver “The Soloist”. Y el rollo niño-talentoso-que-se-obsesiona-con-la-música-y-termina-gagá ya no resulta original. Ni interesante. Ni nada. Ya sabemos que hay gente rara por el mundo. Ya sabemos que hay sin techo. No hace falta que vengan los progres millonarios de Cuatro a contárnoslo en “Callejeros”. El mundo es injusto. Sí. ¿Y qué?

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El gadget definitivo

Los avances tecnológicos nunca dejan de sorprendernos. Y casi diría que lo mejor son los accesorios.

Casa de citas

Seguimos con escritores europeos. Después de Kjell Askildsen, viene Peter Stamm. Otro fenómeno. Y una cita que he recordado muchas veces en mi vida. No sólo por mí, que también. Pero sobre todo con otras personas. Con parejas infelices. Con padres que se sacrifican por sus hijos. Con tantas personas.

Le preguntaba por qué no pedía el traslado, le decía que no se podía comprar la felicidad de los demás con la infelicidad propia.
“Paisaje aproximado”
Peter Stamm

El final de un partido de baloncesto más alucinante que he visto

Por supuesto, sucedió en la antigua Yugoslavia (ahora Liga Adriática). Partido: Partizan-Cibona. Pedacho de partido. Marcador 72-71. Faltan unos 7 segundos, y el Partizan tiene 1 tiro libre a su favor.

¿Qué pasaría en un partido entre equipos no yugoslavos? Tirarían el tiro libre, lo meterían o lo fallarían, y el partido se acaba. ¿Qué pasa aquí? Que el Partizan falla el tiro, la Cibona coge el rebote, cruza el campo, y mete un triple. ¿Fin de partido? Técnicamente sí, porque sólo quedan 6 décimas. En un partido no yugoslavo estaría todo el pescado vendido. ¿Qué pasa aquí? Que el Partizan saca y clava otro triple desde su propio campo.

El vídeo es un gran ejemplo de lo de que el que ríe último, ríe al final. Pero al final final. Que 6 décimas dan para mucho. Vaya carita se les queda a los de la Cibona después del alegrón que se habían dado después del triple…

La verdad sobre la verdad

Sobre proposiciones
formalmente indecidibles de los

Principia Mathematica y
sistemas afines

Kurt Gödel

150 pags.

Valoración:

La popularización de la Ciencia tiene efectos imprevisibles. Por ejemplo, todo el mundo conoce a Einstein, y mucha gente conoce la Teoría de la Relatividad (quiero decir que conoce el nombre; sobre el contenido, asumen que dice que “todo es relativo”, aunque diga justamente lo contrario). Hasta ahí, todo normal. Einstein fue, realmente, uno de los grandes, es normal que todo el mundo lo conozca. Gracias a su mente privilegiada la Humanidad avanzó en unas décadas lo que no había conseguido avanzar en muchos siglos, en términos de entendimiento profundo de la realidad.

Más extraño es que prácticamente nadie conozca a Heisenberg, a Schröedinger, a Pauli, a Bohr, o a De Broglie, por citar sólo a algunos de los contemporáneos de Einstein cuyas contribuciones fueron, cuando menos, imprescindibles para completar el cuadro que Einstein había empezado a dibujar. Y, cuando más, tan importantes como el cuadro en sí. A lo más que llega el ciudadano medio es a aventurar que el Principio de Incertidumbre dice que todo es incierto. O que el Principio de Exclusión dice que todo se excluye. La incultura orgullosa es lo que tiene.

Pero lo que sí es realmente raro es que casi nadie conozca a Kurt Gödel, porque su aportación a la Ciencia es no sólo comparable a la de Einstein, sino incluso mayor en cuanto a “jerarquía” en el orden universal. Porque el Teorema de Incompletitud de Gödel dice… que todo es incompleto. Sí, esta vez el pueblo llano acertaría. En concreto, Gödel demostró dos cosas: que en todo sistema lógico hay proposiciones indecidibles (o sea, que no se puede demostrar ni que sean verdaderas ni que sean falsas) y que no se puede demostrar la consistencia de ningún sistema lógico. Y eso incluye las Matemáticas.

O sea, que Gödel demostró que la herramienta que la Ciencia utiliza para hacer sus deducciones, las Matemáticas, es una herramienta que podría ser defectuosa. Gödel nos dice que no podemos demostrar la consistencia de las Matemáticas desde dentro de las Matemáticas. Necesitaríamos un “sistema superior”. Pero, obviamente, no lo tenemos. Y aunque lo tuviéramos, ese sistema podría demostrar la consistencia de las Matemáticas, pero no podría demostrar su propia consistencia. Y volveríamos al mismo problema.

La mecánica cuántica y el Teorema de Gödel son los dos grandes descubrimientos de la Humanidad en lo referente a la eterna pregunta (“¿Qué es esto?”). Y lo son no por lo que nos enseñan, sino por lo que nos ocultan. Tanto una como la otra apuntan en la misma dirección: el Universo está “diseñado” de tal manerra que nunca se podrá conocer la naturaleza del Universo desde dentro del propio Universo. La mecánica cuántica nos dice que, a partir de cierto nivel, lo único que podemos saber del Universo es la probabilidad de que sea de una cierta manera. Y Gödel nos dice, además, que esa probabilidad está calculada con un sistema que podría tener fallos, y que nunca sabremos si los tiene o no. Las implicaciones metafísicas de esos dos descubrimientos son tan fascinantes, que podría tomarme otros 3 años sabáticos sólo para pensar en ellas. Mientras tanto, lo hago en los ratos libres, o durante las reuniones que duran más de 1 hora.

El libro “Sobre proposiciones formalmente indecidibles…” es, por su importancia fundamental en el pensamiento humano, imprescindible. Esta edición está dividida en dos partes: la primera es una introducción a la figura de Gödel con una explicación resumida de su Teorema de Incompletitud. La segunda es el texto original del artículo en el que Gödel expuso su teorema por primera vez. La primera parte es razonablemente accesible, aunque ciertos conocimientos de lógica no vienen nada mal. La segunda es francamente árida para quien no disfrute con las matemáticas más crudas. Pero, en cualquier caso, es un tesoro histórico. En ese texto el ser humano fue consciente, por primera vez, de que nunca podrá saber si sabe la verdad. El Universo no quiere que descubramos sus secretos. Por eso nosotros seguimos intentándolo. Somos una especie curiosa.

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Por qué lo llaman amor…

New York, I Love You
New York, I love you



Dirigida por Fatih Akin y otros
Con un montón de actores famosos
 
Valoración:   

Hace poco hablábamos en 1y1y1 de la figura del atormentado, como elemento del imaginario literario-realista que nunca morirá. Hoy hablaré de otra figura que comparte inmortalidad icónica con el atormentado: el paleto. En los años 50, el paleto era “local”. En España, por ejemplo, el paleto soñaba con ir a Madrid, y cuando conseguía ir, volvía después a su pueblo ninguneando a sus paisanos, dándoselas de exquisito, y despreciando las costumbres que él mismo había practicado durante decenios.

Hoy el paleto es “global”. El destino soñado del paleto es Nueva York, adonde va en cuanto tiene un fin de semana libre, y de donde vuelve para contarnos a los demás lo pueblerinos que somos, lo limitada que es nuestra cultura, y lo infeliz que es nuestra existencia por no desarrollarse en calles numeradas con edificios de más de 20 pisos. Por lo tanto lo que define al paleto, hoy como ayer, es que mide la cultura por kilómetros, la felicidad por pisos de altura, y confunde inteligencia con diferencia. En NY no viven personas más cultas, más felices, ni más inteligentes. Más bien, diría yo, todo lo contrario. Pero, cuando menos, no mejores. Y hacerse un viaje de 8 horas acochinado en un avión para ver gente como uno mismo siempre me ha parecido una pérdida de tiempo. Aunque esa gente hable inglés, que ya sabemos todo los cool que es.

“New York, I Love You” es una película que gustará mucho a los paletos, porque es un conjunto de “relatos audiovisuales” cuya gran peculiaridad reside en el hecho de que están rodados en Nueva York, sus protagonistas son personajes que viven en Nueva York, y por lo tanto pasean por lugares de Nueva York y se dicen los topicazos de toda la vida en inglés y con Central Park de fondo. ¿Se puede pedir más?

Aprovecho la ocasión para resaltar el hecho de que esto no es una película, sino una colección de cortometrajes. Hace tiempo que ya se sabía que la gente no tiene ganas de leer, y que por lo tanto lo que hay que hacer no es animarla a leer, sino hacer libros más cortos, y folletos del Carrefour. En esa misma línea, parece que alguien ha pensado que una película de 90 minutos puede ser demasiado compleja para un espectador del siglo XXI, atormentado con cuestiones existenciales como los excesivos deberes del cole de sus hijos, o lo injusto del ascenso de Gómez a jefe de grupo. Así que, en lugar de una historia de 90 minutos, en “New York, I Love You” nos colocan una docena de relatitos cortos para que nuestras sofisticadas mentes puedan disfrutarlas en cómodas dosis de estupidez.

El elemento común de todos esos relatometrajes es, como podría esperarse de una película que ya parte del topicazo neoyorkino, el otro gran tópico de la ficción desde la época de los romanos. A saber, el sexo. Disfrazado de amor, es cierto, como siempre. Pero al final, es lo que es. De hecho, si las mujeres tuvieran la misma actitud y disposición hacia el sexo que tenemos los hombres, no se podrían haber escrito ni filmado el 90% de las obras de ficción de la Historia. No sé si eso es algo que debamos agradecer, porque por otra lado se folla mucho menos, pero el dato queda ahí para que algún estudioso haga algo con él.

Con la película, para terminar, diré que no se puede hacer mucho. Salvo hacerse el guay comentándola con otras personas que hayan estado en NY. Yo todavía recuerdo un día en el que alguien (la memoria no me da para recordar también quién fue) se descojonó cuando yo dije que había vivido en varias ciudades españolas. Aparentemente, España le pareció poco. Hay que ser gilipollas para pensar que la distancia entre Madrid y Nueva York es cualitativamente superior a la distancia entre Madrid y Zaragoza, en un Universo en el que las distancias se miden en trillones de kilómetros. Pero es lo que tiene ser cosmopolita: que tambiéne eres gilipollas. Porque, no lo olvidemos, estamos rodeados de gilipollas. Y cada día se hace más difícil aguantarlos. Dios nos libre de Penélope Cruz.

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Casa de citas

Otra de Kjell Askildsen, para animar a los indecisos. Y para los superespeciales.

Cuando todavía era lo suficientemente joven como para creer que el futuro podía depararme sorpresas, de vez en cuando dormía mal, pero de eso hace mucho tiempo, fue antes de tener claro, completamente claro, que el día de la muerte nada importa haber tenido una vida buena o mala.
“Un repentino pensamiento liberador”
Kjell Askildsen

Yo ya lo dije

Worrisome Heart
Melody Gardot


Valoración:

A mí el jazz me encanta, ya lo he dicho muchas veces. También he dicho muchas veces que el jazz me parece una patraña inventada por vagos y maleantes que en lugar de aprenderse 4 acordes como Dios manda prefieren no ensayar y quedar directamente en el garito donde tocan para no perder el tiempo. Y es que esa es la grandeza del jazz, amigos míos: es un terreno musical tan amplio que uno puede meter ahí cualquier cosa que no enlace el Do-Lam-Fa-Sol, o al menos que no los enlace por ese orden, o que los enlace por ese orden pero todos en 7ª, o 9ª, o 11ª, si es es que eso existe y alguien tiene tantos dedos. El caso es hacer algo que no permita que la audiencia lleve el ritmo con el pie. Si uno ve que alguien en la sala da tres pisadas seguidas y las encaja en lo que estamos tocando, hay que cambiar rápido y meter un acorde que no se espera. Desconcierto, factor sorpresa. Eso es el jazz. O no.

Dentro de tan amplia descripción, que además no se define por acción sino por omisión, lo que la hace en teoría infinita si nos atenemos a la Teoría de Conjuntos de Max “La ecuación” Gutiérrez, delantero centro de los Chivas durante 4 temporadas antes de retirarse como camillero en el Racing de Avellaneda, pues digo que dentro de tan amplia descripción puede entrar también Melody Gardot con su exquisita voz, su exquisito sentido musical, y su exquisito gusto. No sólo puede entrar ahí: por mí, puede quedarse a vivir para siempre. Si en el jazz no la dejan, ya le pongo yo una cama supletoria en casa. Porque Melody Gardot es una de esas cantantes que te pones a escuchar a las 2 de la noche y cuando te das cuenta son las 5, de 14 años después. Uno no quiere escuchar la música de Melody Gardot: quiere ponerle un piso. De ahí mi referencia de antes.

La fórmula no es, por supuesto, original, y ese es el primer paso que uno debe dar para ser grande. La Historia de la Música está llena de tías que cantan medio susurrando acompañadas de una colla de músicos de jazz que acarician sus instrumentos (no pensar mal, so guarros) para conseguir un resultado final pseudonarcótico, como una especie de música de fondo para cualquier escena trascendental de nuestra vida a la que quisiéramos quitarle dramatismo, pero de la que al mismo tiempo sabemos que saldremos transformados. Pero una cosa es que ya lo hayan intentado muchas, y otra muy diferente que lo hayan conseguido. A mí, ya lo he dicho en alguna ocasión, Madeleine Peyroux me tiene encadenado, puede perdirme lo que quiera salvo que vaya a una reunión de más de 2 horas, a menos que la reunión sea con ella.

Total, que cuando uno escucha a Melody Gardot no da un salto de la silla gritando “Dios, qué es esto, de dónde ha salido este pedacho de música sideral”, pero a los pocos minutos nota los efectos beneficiosos del buen hacer de Melody y sus muchachos y se pregunta “¿quién es esta tipa que suena?”, y no mucho después uno ya está anotando los títulos de algunas de las canciones, buscándolas en YouTube y guardando la búsqueda en Spotify. En el mío ya está guardada para siempre. Como muchas de las canciones de este “Worrisome Heart” que han hecho que durante unos días la vida duela un poco menos. Melody Gardot es una tirita con pomada. Es un algodón con agua fresca aplicado directamente al cerebro. Melody Gardot: gracias por cantar.

Algunas muestras del disco; cuidado si estás en un sitio público, la gente podría verte llorar

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El marciano es raro

District 9
District 9



Dirigida por Neill Blomkamp
Con Sharlto Copley y Jason Cope
 
Valoración:   

¿Cuál sería la reacción correcta cuando alguien te habla de una película sudafricana sobre marcianos viscosos? Salir corriendo, por supuesto. Pero el ser humano es raro, y algún gen atrofiado nos obliga de vez en cuando a tomar decisiones incomprensibles y, lo peor de todo, perjudiciales para nuestra salud. En mi caso, ese gen fue el responsable de que no sólo no saliera corriendo la primera vez que oí hablar de “District 9″ sino que, por el contrario, me la apuntara en la lista de películas pendientes y me pusiera a verla una aciaga tarde de febrero.

Es difícil añadir algo que pueda dar una idea de lo rarísima que es esta película una vez que ya se ha dicho que es sudafricana y que el tema principal son los marcianos. No marcianos de Marte, sino marcianos en general. De hecho, no se sabe de dónde son. Un día llega una nave gigantesca a la Tierra, se pone encima de Johanesburgo, y los sudafricanos montan una especie de campo de concentración en el que meten a todos los alienígenas. Porque, al parecer, la tecnología que les ha permitido contruirse ese pedazo de nave y viajar a la velocidad de la luz, no da para fabricarse un cuchillo y defenderse. Tienen armas, cuidadín, que no es que sean pacifistas, pero aquí no funcionan. O algo así. No sé, es todo muy raro.

El caso es que los marcianos llevan años viviendo en el campo de concentración, y los sudafricanos los tienen controlados. Pero un día pasa algo, no sé muy bien qué, y un humano se contamina con algo, que resulta provocarle una reacción biológica que lo va transformando en alienígena. La situación es chunga, porque él se siente humano, pero el cuerpo se le va haciendo viscoso y repelente. Las chuquis se retiran a su paso, y las autoridades lo buscan para capturarlo y hacer experimentos con él. Así que, muy a su pesar, tiene que ir a refugiarse al campo de concentración y pedir ayuda a los marcianos.

¿Lo ayudarán? ¿No lo ayudarán? ¿Por qué los extraterrestres siempre son viscosos en las películas? Estas y otras preguntas quedan resueltas a lo largo de “District 9″. O no. Porque esta película es, sobre todo, un término medio. No resuelve nada. Es una película, pero parece un documental. Los marcianos son malos, pero no muy malos. Los sudafricanos son crueles, pero al final no. Las armas de los alienígenas no funcionan, o sí. Total, un totum revolutum. Al final, gana el Barça, que es lo que importa. Porque a los marcianos, como a todos, les gusta el buen fútbol.

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No diga sí, diga oui

Ya se lo decía el inspector Clouseau a Dodo en los episodios de la Pantera Rosa. No es lo mismo decir sí que decir oui. Bien sûr, mon ami. Y no es lo mismo escribir en un papel que es escribir en la pantalla de un móvil. ¿Por qué? No se sabe. Las palabras son las mismas, es cierto, las letras también, incluso el resultado final se puede leer igual sin que el lector pueda notar de ninguna manera qué medio utilizó el autor para escribrir su obra. Cosa que, añado yo, es además absolutamente irrelevante. ¿O es que una Olivetti Lettera 65 añade algún matiz al texto que la Olimpya 260 no puede conseguir? ¿Alguien se ha planteado alguna vez si Vargas Llosa escribió “Cien años de soledad” con un boli Bic o con una pluma? Y si era pluma, ¿era de ganso o estilográfica?

Todas estas cosas, que se han tratado como lo que son (es decir, como chorradas insustanciales) durante siglos, adquieren en estos tiempos nuestros una importancia que parece fundamental. Porque, de repente, se convocan concursos como el que me hace llegar loboretirado, con el objetivo de “incentivar el uso del teléfono móvil como instrumento literario”. Patrocinado, además, por Telefónica, empresa con vocación de mecenas cultural donde las haya, no hay más que ver los rejones que clava por el acceso a Internet para que todos podamos ser un poco más cultos. Así que tócate los mondongos, Mariano. ¿Y por qué pasan estas cosas, os preguntaréis? Pues sí, en efecto: porque ESTAMOS RODEADOS DE GILIPOLLAS (¿qué os pensabais, que había abandonado la sección? ¿con las cosas que salen en los periódicos cada día? ¡Lo que pasa es que me desbordan las noticias!). Hala, aquí va la convocatoria del susodicho concurso para quien crea que estoy de coña.

EDITO: Nines me llama la atención sobre el hecho, irrefutable por otra parte, de que “Cien años de soledad” no la escribió Vargas Llosa sino García Márquez. Corregido queda. Esto me lleva a pensar que los lectores de este blog son o muy chuscos (por no haberse dado cuenta) o muy finolis (por no haber querido decírmelo). O, tercera posibilidad, que no tengo lectores en el blog. A ver si va a ser eso…

Premio Revista Eñe de Literatura Móvil

Premio semanal: cada viernes, hasta las 24 horas. / Gran Premio Final: hasta el 6 de junio.

¿Escribes? ¿Crees que en las distancias cortas es donde un escritor se la juega? ¿Quieres ganar 300 euros por un microrrelato? ¿Y qué tal un premio final de 3.000? Pocas cosas más necesitas saber para convencerte de que el Premio Revista Eñe de Literatura Móvil es lo que estabas esperando. Organizado por Eñe. Revista para leer y patrocinado por Telefónica, con este premio se pretende revalorizar el formato del microrrelato e incentivar el uso del teléfono móvil como instrumento literario. Deberás escribir un microrrelato de 480 caracteres como máximo (incluyendo espacios y firma del autor) y mandarlo antes del viernes a las 24 horas (hora española). Cada semana la revista elegirá un ganador y 9 finalistas, que se darán a conocer los lunes. El ganador recibirá ¡300 euros de premio! Puedes participar desde cualquier lugar del mundo.
¿Cómo enviar tus textos? Dos opciones:

1. Envíalo al teléfono 911 061 449. Muy importante: debes firmar tu relato, con tu nombre y apellido/s, al final del relato.
2. A través de la página que encontrarás en www.revistaparaleer.com/premiosms/envia

Pero aún hay más: entre todos los finalistas y ganadores de cada semana, un jurado de prestigio elegirá el Gran Premio Final, que recibirá nada menos que 3.000 euros. ¿A qué esperas? ¡Ya estamos recibiendo los microrrelatos de la primera semana! Entra ya en el Premio Revista Eñe de Literatura Móvil.