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Siento una debilidad especial por
Heisenberg. Y es una debilidad difícil de explicar, porque vivió en una época en la que la Física Fundamental tuvo una de las mejores alineaciones de la Historia. La mejor, diría yo. Fijarse en el 11 inicial que salió al campo en la 5ª Conferencia Solvay que se celebró en 1927: Ernst “El Átomo” Borh, Max “Cuántico” Born, Louis “Dualidad”
De Broglie, Compton, Madame “Radioactividad” Curie, Paul “La Delta” Dirac, Albert “Relatividad”
Einstein, Werner “Principio de Incertidumbre” Heisenberg, Wolfang “Principio de Exclusión” Pauli, Max “Constante Universal” Planck, y Erwin “Ecuación Fundamental”
Schrödinger. Entrenador y presidente de la conferencia: H.A. “La Transformación” Lorentz.
Elegir a uno de esos astros del micromundo como el mejor es, desde luego, una cuestión de gusto personal exclusivamente. Einstein fue Messi, el mejor, el más brillante, la estrella del equipo (que, por cierto, no era un equipo ni por lo más remoto, aquí cada uno tenía un ego del tamaño de la provincia de Palencia, en el caso de que Palencia exista, que aún está por demostrar). Pero, una vez reconocido que Einstein y Messi son los mejores, y aceptado que desde un punto de vista objetivo y racional es un hecho indiscutible, queda la parte emocional. Queda ese “no sé qué” que hace que uno babee cada vez que coge la pelota Iniesta, aunque sabe que rara vez terminará marcando, y que al final será Messi el que se regatee a 8 y termine rematando de chilena para anotar el golazo del día.
Heisenberg es mi Iniesta subatómico. Con la diferencia de que Iniesta parece un chaval majo, y Heisenberg colaboró con el régimen nazi e intentó con todas sus fuerzas desarrollar la primera bomba atómica para fumigar a los ingleses en el sentido literal de la palabra, porque conociendo a Hitler no habría dejado ni uno. Eso no quiere decir tampoco que Heisenberg fuera un ioputa como Hitler, ni siquiera comparable. De vez en cuando incluso levantó la voz contra los nazis, pero sin la fuerza ni la convicción suficientes. Al final, como decía antes, el ego fue más fuerte que cualquier otra consideración, y la tentación de poder ganar a sus colegas consiguiendo por primera vez en la Historia una reacción de fisión en cadena fue demasiado fuerte.
A pesar de eso, y como la moral y la inteligencia son dos cosas muy distintas, hay que reconocer que Heisenberg fue un ser humano excepcionalmente inteligente. Brillante, en el sentido literal de la palabra. Heisenberg brilló como pocos otros seres humanos han brillado a lo largo de la Historia. Y nos regaló el que, junto al Teorema de Gödel y la Ecuación de Einstein, es sin duda la gran revelación física (y filosófica) de toda la existencia de la Humanidad: su famoso Prinicipio de Incertidumbre. Que no dice, como piensan los muy lerdos, que “todo es incierto”. Ni que, como piensan los lerdos a secas, “el observador afecta al sistema observado” (porque eso es de perogrullo y no hace falta saber álgebra lineal para descubrirlo).
El Principio de Incertidumbre de Heisenberg dice que la Naturaleza, la realidad (sea lo que sea lo que esa palabra quiere decir) está sometida a una incertidumbre intrínseca. En una escala subatómica, en el ámbito donde la Naturaleza se rige por principios cuánticos y no continuos, nada es cierto. La materia no está definida. Nada existe, y nada no-existe. Es imposible saber qué es todo esto, pero no por nuestra incapacidad para saberlo, sino porque todo esto tiene una propiedad de diseño que hace que sea imposible saberlo. Si preguntas demasiado, simplemente no hay respuestas.
El Principo de Incertidumbre, combinado con el Teorema de Gödel y la Ecuación de Einstein, forma el triángulo (¡cómo no!) fundamental de lo que sabemos sobre la naturaleza profunda de todo esto. A saber:
- Que la materia está “diseñada” de manera que, por debajo de un cierto nivel de profundidad, es imposible saber nada de ella con certeza
- Que, además, cualquier información que podamos conseguir no puede transmitirse a una velocidad superior a la de la luz
- Y que, en cualquier caso, todo lo anterior está demostrado con un sistema de razonamiento que no puede validarse a sí mismo; o sea, que tal vez todo sea falso
Eso es real. No es filosofía. Y, sin embargo, no he leído ningún libro de Filosofía que me haya hecho pensar más sobre el sentido de todo esto que esos 3 principios físicos. La Física es belleza. La Filosofía es pedantería. He dicho.
En cuanto al libro de Fernández Rañada, es francamente interesante. Nos cuenta la vida de Heisenberg en sus dos vertientes: la del genio de la Física, y la del brillante intelectual integrado en el sistema nazi. Al final, afortunadamente para todos, lo segundo afectó a lo primero y evitó que su mente privilegiada siguiera llegando a sitios a los que nadie había llegado antes que él. Entre otros, a la bomba atómica. Menos mal que los nazis, además de malos, era imbéciles, porque si no, no estaríamos ahora todos aquí para hacer bromas sobre ellos. Menos mal que su cortedad de miras les hizo prescindir de los más brillantes científicios que un país jamás había podido reunir (Einstein entre ellos) por el simple hecho de que eran judíos. Menos mal que dejaron todo su plan nuclear en manos de un puñado de tíos rubios y de ojos azules, pero con el cerebro un poco menos rubio y azul.
Heisenberg seguía siendo un genio, pero Iniesta no brillaría igual en el Tenerife. Seguiría siendo Iniesta, por supuesto, pero desde luego no ganaría ninguna Liga. Heisenberg tampoco. Para desgracia de todos. Porque sólo con los Heisenbergs y Einsteins de la vida conseguiremos algún día, tal vez, asomarnos a la ventana que tenga una pequeña rendija abierta por la que atisbar, aunque sólo sea en sombras, una intuición de lo que hay al otro lado. En ese sentido, lástima del mundo que nos ha tocado vivir. Nadie piensa en otra cosa que no sea ganar dinero. Y algo me dice que, justamente eso, no tiene mucho que ver con lo que hay al otro lado, así que ¿para qué quieres ganar dinero, gilipollas? Eso si es que hay algo, claro. Pero es que, si no lo hay, ¿para qué coño quieres ganar dinero, gilipollas?