Del dolor, la verdad y el bien
Miguel García-Baró

318 pags.Valoración:

Cuando leí el título de este libro pensé: qué gran invento son los fascículos. Porque si lo hubieran publicado en fascículos, los editores se habrían ahorrado talar cuatro ramas más y yo me habría ahorrado 12 euros, al haber dejado la colección después de que el autor me hubiera contado lo que me tuviera que contar sobre el dolor. Lo de la verdad y el bien, sinceramente, me importa un pito. Sobre todo porque son dos conceptos subjetivos, y por lo tanto variables, y eso quiere decir que el análisis de una persona concreta en un momento concreto, incluso si analiza lo que se ha dicho sobre el tema a lo largo de la Historia, está por fuerza “contaminado” por la visión que esa persona y su época tienen sobre esos conceptos tan abstractos, humanos, y esquivos.
El dolor, sin embargo, es un concepto objetivo. Pondré un ejemplo: pídamosle a un diputado del PP que nos cuente la verdad sobre el 11-M, y después pidámosle a uno del PSOE que haga lo mismo. A continuación, pídamosles a ambos que nos digan en qué consiste ser un ciudadano de bien o cómo se puede contribuir a hacer el bien en el mundo. Y, por último, pongámonos unos crampones en los pies, démosles sendas patadas en los huevos a esos dos mismos políticos, y preguntémosle qué han sentido.
Anticiparé el resultado de tan peculiar experimento, para evitar que algún lector fundamentalista del blog se ponga manos a la obra: con las dos primeras preguntas obtendremos respuestas tan diferentes que, de hecho, dudaremos de haber preguntado efectivamente lo mismo a esos dos próceres de nuestra sociedad. Sin embargo, a la tercera pregunta obtendremos una misma y unánime respuesta, que será además tajante, incuestionable, y, añado, difícil de escuchar puesto que nos la darán con lágrimas en los ojos y arrodillados en el suelo.
Quiero decir con todo esto que siempre he sentido una fuerte curiosidad por entender qué coño pinta el dolor en la realidad, pero que el bien y la verdad me parecen elucubraciones de burgueses ociosos entre armagnac y armagnac. De hecho, y para ser más precisos, siempre he sentido una fuerte curiosidad por entender qué coño pinta el dolor en una realidad que pueda tener algún tipo de sentido trascendente. Porque, claro está, si esto es una sopa de bosones y fermiones que se juntan y se separan, y dentro de 10.000 millones de años se convierten todos en gelatina de fresa, el Universo colapsa, y hasta luego Lucas, entonces el dolor sería simplemente un adorno más de ese enorme cóctel de frutas hecho por un mandril en el que de vez en cuando se cuela un higo podrido.
Pero si uno intenta construir una hipótesis de trascendencia, sea la que sea, el tema del dolor suele ser un pequeño problema para dotarla de cierta coherencia intelectual. Es difícil ser verde, decía la rana Gustavo, pero más difícil es tener que aceptar que es necesario que exista el sufrimiento para algo, para cualquier cosa, para lo que sea. Es difícil tener que aceptar que ahora mismo, mientras yo escribo, cientos de personas están muriéndose entre dolores insoportables, dolores inimaginables, muchas de ellas solas, muchas de ellas sin haber llegado a cumplir unos pocos años de edad, muchas de ellas sin casi haber nacido, muchas de ellas torturadas hasta incluso en su agonía por otras personas que, a pesar de entender perfectamente el dolor que causan, no dejan de causarlo.
Ante esa realidad a la que, utilizando el término técnico acuñado por la Academia Ontológica de Wichegstagen, llamaré puta realidad de mierda, es difícil construir ningún razonamiento que intente encontrar algún tipo de trascendencia. Que todos los bosones y fermiones que suben y bajan de sus estados cuánticos tengan, como uno de sus propósitos fundamentales, agruparse de tal manera que formen unas entidades capaces de sentir dolor y sufrimiento en grados tales que las propias entidades lleguen a preferir dejar de existir como tales, tiene huevos, utilizando también la expresión técnica que introdujo el Profesor Grijánder en la Conferencia a Albacete que puso para hablar con su tía abuela.
Dicho todo lo cualo, afirmo ahora: la primera parte de este libro está muy bien. El autor, que ha leído más filosofía de la que yo podría leer aunque ahora tú me dijeras ven y yo lo dejara todo para dedicarme a ello durante el resto de mi vida, hace una exposición brillante del concepto del dolor, de sus implicaciones, de las actitudes que reclama, y hace una brillante apología de la valentía, esa virtud tan denostada en estos tiempos en los que la cobardía se disfraza de paz, igual que la venganza se disfraza de justicia.
Las exposiciones sobre el bien y la verdad me han interesado menos, pero no porque el autor no las aborde con la misma autoridad y conocimiento que la primera, sino porque como dije antes son dos temas que no me interesan en absoluto. De ahí las 2 estrellas de la valoración global.
Y para terminar, reproduzco un fragmento de la introducción de la obra, que tiene, como el resto del libro, miga suficiente como para hacerse un buen bocadillo. Habla el autor de ese momento en la vida en la que uno se hace la gran pregunta, y se enfrenta por primera vez a lo absoluto, a lo único, a lo que ya no te abandonará nunca a pesar de que te genere un enorme gasto en aspirinas y antiácidos:
Se trata de un peso terrible, pero también de un don. Es, en verdad, el peso y el don por excelencia, por antonomasia. Y en él surge el individuo de cara a lo absoluto, en diálogo inacallable con lo absoluto, absolutamente requerido por lo absoluto que a él le interpela como al que, en última instancia, está solo.
Hala, mañana reunión a las 11.
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Qué bueno este artículo. Me hizo reir en mi lecho de “dolor” febril que hasta próximo aviso atribuyo a una insolación y al hecho de no haberme cambiado de bañador después de una sesión de kite.
La vida del kitesurfer es dura. Tal vez tú podrías escribir la 2ª parte de este libro y titularla: “Del dolor, las olas, y el chiringuito playero”