El laberinto mágico
Ian Stewart

308 pags.
Valoración:

Ian Stewart es un matemático de renombre que sabe 3 cosas muy importantes: (i) que a la gente le gusta la fantasía, (ii) que la gente quiere creerse lista, y (iii) que para la gente, las matemáticas son el estándar universal de inteligencia. Uniendo esos 3 aprendizajes Stewart se sentó un día y se puso a escribir una serie de artículos sobre curiosidades matemáticas, explicándolas de una forma semi chusca, y dándoles un halo misterioso y cuasi mágico (de ahí el título). El resultado debería ser un libro que, leído por aquellos a los que la trigonometría les parecía el colmo de la dificultad, provoca una subida de ego considerable. De repente, el patán que no entendía qué era una integral puede hacerse la ilusión de que entiende algo, y por lo tanto puede concluir que el problema de su incapacidad para las matemáticas no ha sido nunca culpa suya, sino de los profesores que tuvo. Lo de siempre: el niño es muy listo pero se distrae porque se aburre.
Pues no: si el niño fuera tan listo, se distraería y se aburriría (incluso se dormiría en clase, como uno que yo me sé) y a pesar de eso sacaría matrícula de honor. Distraerse y aburrirse, y pencar después, no es un síntoma de inteligencia: es un síntoma de mediocridad. Es lo que le pasa a todo el mundo. Pero oye, que no digo yo que el libro de Stewart no pueda ser un buen sustituto para todos esos libros de autoayuda que la gente se compra para convencerse de que no son tan lerdos y sus vidas tan miserables como realmente son. En ese sentido, olé para Stewart.
Pero si hablamos de matemáticas, el libro es un poquito truño. Hace de lo profundo que hay en las matemáticas una especie de “El señor de los anilllos” para morlocs con ínfulas. Hay algunos capítulos que podrían ser realmente interesantes (el del razonamiento Bayesiano, por ejemplo) pero que en ese afán por belenestebanizar todos los conceptos, se queda en una especie de acertijo de suplemento dominical.
Lástima, porque está claro que Stewart sabe un huevo de esto, y podría enseñarnos cosas con chicha. En lugar de eso, las metáforas no le dejan ver el rábano del bosque, y por eso no le cobija una buena sombra. Intento nulo. Al tercero, expulsado. Lástima. Sus padres se habrían sentido tan orgullosos de él…






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