El Presidente Bartlet explicó en un episodio de The West Wing la diferencia entre Democracia y República. En una democracia los ciudadanos eligen las decisiones que hay que tomar. En una república los ciudadanos eligen a los que toman las decisiones. Huelga decir que nosotros (y los gringos, y todos los ciudadanos de los países “democráticos”) vivimos en una república, no en una democracia (dejaremos a un lado para este razonamiento la figura del Rey en las monarquías constitucionales, porque la diferencia en la práctica es insignificante salvo para las poligoneras que creen que el padre del tío al que se follan las hace más o menos superespeciales).
Instaurar la democracia sería, directamente, el suicidio de la civilización. La república, sin embargo, es el mejor de los sistemas posibles. Pero eso no quiere decir que sea perfecto, ni muchisisisísimo menos. De hecho, uno de sus principales problemas es que los ciudadanos de una república se empeñan en autoconvencerse de que el sistema es perfecto (no hay más que ver el aura de perfección con el que se usa la palabra “democracia”, incluso cuando se usa por error en lugar de “república”). Y, como dice el proverbio, el primer paso para resolver un problema es ser consciente del problema. La república nunca resolverá sus problemas porque los serse humanos somos muy reacios a reconocer nuestros errores. Nos hace parecer débiles. Y estamos programados para ganar a nuestros congéneres. Parecer débil no ayuda a eso.
Veamos: es cierto que, en pureza, la república asumía que cualquiera podía ser el líder del grupo. Pero no es menos cierto que, en la práctica, se asumía que no cualquier podía ser el líder del grupo. A nadie se le ocurrió cuando se fundaron las primeras repúblicas que un mediocre mental sin ningún conocimiento de política, humanidades o ciencias, y sin ningún logro en la vida, podría ser elegido por sus conciudadanos para liderarlos. Pero, de nuevo, los fundadores de la república sobreestimaron la naturaleza humana. Pensaron que el Hombre es mejor de lo que es. Que es algo más que un sofisticadísimo programa de ordenador que, en el fondo, y bajo esa sofisticadísima apariencia, ejecuta sus subrutinas para hacer copias de sí mismo y maximizar las probabilidades de que esas copias puedan, a su vez, copiarse a sí mismas.
Para conseguir ese objetivo, el programa prioriza tres funciones: hacer las copias de sí mismo, maximizar el tiempo de ejecución (vulgo vida) para poder hacer la mayor cantidad de copias posibles, y proteger a las copias para que, a su vez, puedan hacer la mayor cantidad de copias de sí mismas. Todo lo demás son meras subrutinas que contribuyen al objetivo superior. ¿Hay excepciones? Por supuesto. El sistema de copiado es cualquier cosa menos perfecto (cualquiera diría que el Universo lo ha hecho Microsoft), y de vez en cuando produce suicidas, altruístas, monjas o ascetas. Todos ellos en porcentajes despreciables, así que el patrón principal siempre prevalece.
Fundar un sistema político como la república sobre una colección de inviduos programados de esa manera termina llevando, irremediablemente, al desastre. Pero aun así la república tiene dos grandes ventajas sobre cualquier otro sistema político existente, y en particular sobre las dictaduras: con la república todos los ciudadanos pueden ser los responsables del desastre, y además se llega al desastre mucho más tarde (con una dictadura, al menos con las que se han conocido hasta ahora, el desastre es casi inmediato).
Como decía antes, el problema no está en la teoría sino en la práctica (como siempre). En la teoría ningún imbécil funcional podría llegar a ser el líder del grupo. Si él asume su imbecilidad no se le ocurrirá presentarse, y si no la asume, sus congéneres no permitirán que acceda al poder. Eso, como digo, es la teoría. Y la teoría funciona bien al principio, cuando se instaura la república en un país, porque normalmente esa instauración llega después de una dictadura (moderna o feudal) que ha exprimido al grupo hasta provocar, precisamente, el derrocamiento del dictador. En esos comienzos, los individuos son conscientes de su debilidad individual (valga la iteración) y saben que su mejor opción para sobrevivir y seguir haciendo copias de sí mismos es confiar la dirección del grupo a los individuos mejor cualificados.
Pero cuando la república se estabiliza y los individuos ya no ven al grupo en peligro, entonces la mejor opción para sobrevivir y hacer copias de sí mismos ya no es someterse al criterio de los más cualificados, sino acceder directamente al poder. Porque, esto es obvio, en el poder siempre se vive mejor y la supervivencia y la producción de copias de uno mismo siempre son más fáciles cuando uno controla los recursos de todo el grupo. Así pues todos los individuos aspiran a llegar al poder, o como mínimo a participar indirectamente de los beneficios del mismo. Así que le darán el poder a quienes les prometan mayores beneficios individuales a ellos frente a otros miembros del grupo. Bienvenidos al bipartidismo.
Como sería insostenible beneficiar a un 20% del grupo a costa de perjudicar al otro 80% (os recuerdo, por si se os ha olvidado, que el planeta Tierra es un sistema cerrado, y la economía también, por lo que todo el dinero que unos tienen de más es porque otros lo tienen de menos), el único equilibrio posible a largo plazo es beneficiar a un grupo ligeramente mayoritario (por ejemplo el 55%) a costa de perjudicar al resto del grupo, ligeramente minoritario (digamos el 45%). Para ganar las elecciones, los del grupo del 45% necesitan prometerle a un 10% de sus congéneres, que están en el otro grupo, de que obtendrán más beneficios si se pasan al suyo. También están, por supuesto, los partidos minoritarios, que lo que intentan es justamente ser ese 10% que otorga el poder a uno o a otro.
Así pues, hemos llegado al momento actual. Dentro del grupo cada individuo se preocupa de sí mismo (aunque disfrace, por supuesto, ese individualismo con discursos políticamente correctos que pueden requerir, paradójicamente, una furiosa defensa de la solidaridad, y así vemos cómo Ana Rosa Quintana se convierte en una protectora de los pobres del mundo), y los dirigentes consiguen el poder prometiendo a los ciudadanos lo que quieren. Bienvenidos al fin del debate entre el Ser y el Deber Ser. Los ciudadanos quieren vivir mucho tiempo, activar los circuitos del placer de sus cerebros, y, sí, seguir haciendo copias de sí mismos que también puedan vivir mucho tiempo, activar los circuitos del placer de sus cerebros, y seguir haciendo copias de sí mismos que también puedan… y así hasta que nos pegue un meteorito o, en el mejor de los casos, hasta que el Sol nos abrase literalmente.
Unamos a este panorama no precisamente optimista el hecho de que, si el grupo es un poquito grande (un país, por ejemplo), los ciudadanos no pueden acceder directamente a los dirigentes, lo que ya en su momento hizo que se construyera una nueva aristocracia encarnada por los medios de comunicación, que tardaron medio minuto en darse cuenta del poder que les otorgaba su posición de intermediarios (que no de mensajeros, como ellos se empeñan en proclamar lacrimógenamente cada vez que se les ataca, ya les habría gustado a los mensajeros romanos poder (1) haber elegido qué mensajes llevaban y cuáles no, (2) haber elegido cómo redactarlos, (3) haber elegido cuándo, cómo y a quién se los entregaban, y (4) haber cobrado millonadas de sestercios por hacer todo lo anterior).
Los medios, como parte de facto del poder, recurre a los mismos mecanismos que el poder mismo, a saber, decirle a los ciudadanos lo que quieren escuchar. Y aquí volvemos al programa informático. Un programa cuyo objetivo único y último es sobrevivir el mayor tiempo posible para hacer la mayor cantidad de copias posibles de sí mismo y para maximizar las probabilidades de supervivencia de sus copias, se protegerá de todo aquello que amenace la consecución de dicho objetivo. Ergo, una de sus principales subrutinas será la dedicada a detectar posibles amenazas, y tenderá a “pasarse” en esa detección antes que a quedarse corto. El precio de pasarse será, normalmente, un mayor consumo de recursos; el precio de quedarse corto es dejar de hacer copias de sí mismo. No hay color.
Así pues, la mejor promesa que se le puede hacer a un ciudadano, por encima de cualquier otra, es que se le garantiza su supervivencia y la supervivencia de sus copias. Pero, claro, para poder prometerle eso hay que crear antes una amenaza a dicha supervivencia, porque si no el peligro se ve lejano y el ciudadano, siguiendo las prioridades que establece la Pirámide de Maslow, preferirá preocuparse por ser superespecial.
¡Alto! Dirá alguien llegados a este punto. ¡No lo soporto más! Muy bien, digo yo, pues deja de leer que nadie te obliga. ¡Alto! Dice alguien más. Yo sí lo soporto, pero detecto una laguna en tu brillante exposición. Tómate algo, le digo yo, agradecido como soy para con los halagos injustificados hacia mi persona, y dime dónde está la laguna. Pues la laguna está, dice el alguien en cuestión, en que estás asumiendo que los ciudadanos se creerán esas falsas amenazas fabricadas por quienes detentan el poder, y para que eso suceda los ciudadanos tienen que ser imbéciles, cosa que no ocurre porque tenemos un sistema educativo universal y gratuito que garantiza el acceso al conocimiento de todos individuos. Retiro lo de “tómate algo”, respondo yo, porque en este blog no se admiten imbéciles, y tú pareces el capitán del equipo.
De nuevo, la teoría podría ser correcta (y supongo que eso fue precisamente lo que pensaron quienes instauraron la educación gratuita y universal), pero de nuevo la teoría se deforma al llegar a la práctica por obra y gracia de los programas informáticos que hacen copias de sí mismos. No voy a dedicar a esto más de medio minuto, porque quien todavía crea que la educación gratuita y universal sirve para algo, que vea el próximo reality de Tele5, o la próxima serie de Antena3, o el próximo telediario de cualquier cadena. Es una demostración autoreferente.
Así que volvemos al hilo principal. Tenemos a los programas que se copian, organizados en una república estable sin riesgos patentes de destruírse (al menos en apariencia para los programas) en la que alcanzan el poder (incluyo aquí a dirigentes de derecho, como los políticos, y de hecho, como los medios de comunicación) quienes les prometen más beneficios individuales a cada uno de los programas, y en concreto quienes mejor puedan crear una amenaza creíble para su supervivencia (si no me votas te quedarás en paro y tus hijos no comerán, si no me votas te subirán los impuestos y tus hijos no comerán…) y ofrecerles los medios para neutralizarla. Y tenemos a la masa de programas informáticos autocopiables asistiendo durante 13 años de sus vidas a edificios en los que se gastan los impuestos de sus conciudadanos en mandarse SMSs con los móviles, en repetir la frase “jo tía” 14.000 veces, y en intentar ver las bragas de las compañeras de la fila de delante. Después de eso, pasan a engrosar las filas de quienes pueden elegir a los dirigentes del grupo.
En ese entorno, llega el terremoto de Japón.
Hablemos ahora de la generación de energía (de la energía en sí misma no hablaremos ahora, porque tengo una vida y no puedo pegarme 10 horas seguidas escribiendo en el blog, sólo aclararé que la energía no es positiva ni negativa, que los chacras no emiten energía, y que las cartas del Tarot no sirven para medirla; lo sé, vaya sorpresa os estáis llevando, sobre todo los optimistas).
Un día, un pollo descubrió que si pones un hilo de un material conductor (digamos cobre) rodeado de un imán y empiezas a darle vueltas al imán, se genera una corriente eléctrica en el hilo (de la electricidad, si acaso, ya hablo también otro día, que tiene lo suyo; de momento diré que cualquier cosa que puedas ver en tu vida se explica o por la electricidad o por la gravedad; no, no hay fuerzas buenas y fuerzas malas, y tampoco existe la fuerza centrípeta ni la centrífuga, ni la fuerza del cariño; sí, ya, otra sorpresa que os doy).
Desde que el señor pollo que descubrió eso se dio cuenta de tan peculiar fenómeno, la Humanidad ha puesto en marcha toda su inteligencia colectiva para conseguir alcanzar un complicado objetivo: darle vueltas a un imán (o a un hilo conductor, da igual quién le dé las vueltas a quién). Así que aquí tenemos a millones de tíos con un título universitario pensando cómo conseguir que algo dé vueltas, a poder ser sin necesidad de pedalear porque sería cansadísimo (aunque también funcionaría, y si no ahí están las dinamos de las bicis para demostrarlo). Pero, además de ser cansado, sería poco eficaz. La cantidad de energía que se produce en ese sofisticadísimo mecanismo del imán dando vueltas depende, básicamente, de lo gordo que sea el imán y el hilo, y de lo rápido que dé vueltas. Salvo que pongamos a media Humanidad a pedalear, no conseguiríamos una cantidad mediadamente razonable de electricidad.
Primer gran descubrimiento: los embalses. Uno embalsa un río, con lo cual el nivel del agua sube, con lo cual uno puede hacer caer el agua desde más arriba… y hacerla caer sobre el imán para que dé vueltas (al imán hay que ponerle unas aspas para que el agua pegue en ellas y lo mueva, como en los molinos de agua; a ese imán, o hilo, con aspas se le llama finamente turbina).
Otro descubrimiento mejor: si uno calienta agua hasta hacerla hervir, produce vapor; si uno mete el vapor en un recipiente pequeño, la presión del vapor va aumentando, y si cuando es muy alta uno suelta el vapor sale a toda pastilla… lo que nos permite lanzárselo al imán con aspas para que dé vueltas.
Este segundo descubrimiento es la base de la Revolución Industrial y de nuestro actual modelo energético. Sí, amigos, prácticamente toda la electricidad que consumimos en el mundo se produce haciendo que un chorro de vapor de agua a alta presión choque contra las aspas del imán (turbina) y le dé vueltas. Qué, ¿somos o no somos la civilización más avanzada del Universo, la obra cumbre de Dios? Ya te digo.
Lo que ha ido cambiando en los últimas décadas ha sido la manera de producir ese vapor a alta presión necesario para que la turbina dé vueltas. O sea, la manera de calentar agua. Sí, amigos: toda nuestra civilización depende ahora mismo de nuestra capacidad de calentar mucha agua para hacerla hervir (ver la pregunta anterior). Primero se calentaba el agua con leña o carbón. Después llegó el petróleo. Más adelante el gas natural. Y todavía más recientemente, la energía nuclear.
¡Oh! ¡Qué me dices! ¿Las centrales nucleares sirven, básicamente, para calentar agua? ¡Noooo! Yo no he dicho que las centrales sirvan, básicamente, para calentar agua. He dicho que las centrales nucleares sirven exclusivamente para calentar agua. Son una olla express gigante.
Vale, dirá ahora algún otro tocapelotas que no sabe estarse callado cuando habla alguien con autoridad: y si lo único que hacen las centrales nucleares es calentar agua y son tan peligrosas, ¿por qué no calentamos agua con otros sistemas, como por ejemplo un mechero?
Pues por dinero. Esta respuesta, por cierto, podéis apuntarla en algún sitio visible y cuando os asalte cualquier otra duda filosófica la leéis, y así dejáis de hacerme preguntas estúpidas. Cuando se cambió del carbón al petróleo fue por dinero. Cuando se cambió del petróleo al gas natural fue por dinero (aunque se dijo que era porque el gas natural es más limpio, que es cierto, pero ninguna empresa cambia dinero por limpieza… ni ningún ciudadano tampoco, salvo que le sobre el dinero y le falte limpieza). Y cuando se cambió a la energía nuclear también fue por dinero. Calentar agua con reacciones nucleares es barato. Punto. Siguiente pregunta. ¡No, quietos! Se acabaron las preguntas, sigo hablando yo.
¿Cómo genera calor una central nuclear? Pues eso es algo que todos los ciudadanos de este país deberían saber, porque para eso nos gastamos una millonada en pagarles 10 años de educación, pero parece que lo importante es que en esos 10 años consigan un título que después los cualifique como víctimas de una injusticia sideral que los convierte en parados a pesar de su altísimo nivel intelectual. Bienvenidos a la superespecialidad global.
Pues, simplificando mucho (otro día hablo de física nuclear más despacio, que a mí eso me gusta, aunque a vosotros no, pero el blog es mío y bla, bla, bla) algunos elementos (no me refiero al Dioni y similares, sino a elementos químicos) tienen una propiedad muy curiosa, que descubrió en su día el matrimonio Curie (principalemente ella, según dicen, el marido sólo cocinaba y le limpiaba el laboratorio… eso se puede decir porque ella era mujer, si fuera al revés habría que decir que el marido alcanzó sus logros gracias a que su mujer era brillantísima y le inspiró todos sus descubrimientos).
Los Curie notaron que el elemento ahora conocido como Radio (es como el Prince de los elementos) se decomponía espontáneamente en otros elementos más “sencillos”, y al hacerlo emitía cosas. Partículas, rayos… cosas. En aquella época no sabían muy bien qué era, pero eran cosas. Por cierto, que como no sabían lo que era, y necesitaron muchos experimentos para descubrirlo, murieron a causa de la radioactividad (ahora ya se entiende de dónde viene el nombre, ¿no?… Radio-actividad… qué ¿lo vamos pillando?).
Vale, con el tiempo se descubrió que lo que emitía el Radio eran cosas variadas. Neutrones, núcleos de Hidrógeno, ondas electromagnéticas de altísima frecuencia… y lo peligroso eran, sobre todo, estas últimas. Esa es la radioactividad “peligrosa” (estoy simplificando cantidad, pero es que ya llevo 1 hora escribiendo y me canso). Las ondas electromagnéticas (otro día hablamos de electromagnetismo) son tanto más peligrosas cuanto mayor es su frecuencia, porque su capacidad para penetrar en la materia aumenta con ella. Y si penetran mucho en nuestra materia, llegan al núcleo de las células y destruyen el ADN. Nada bueno. Entre susto y muerte, siempre hay que elegir susto. Y entre ondas de alta frecuencia y baja frecuencia, lo mismo.
Con el tiempo se descubre que a otros elementos les pasa lo mismo que al Radio. Un isótopo del Uranio y el Plutonio, por ejemplo, sufren el mismo fenómeno: se descomponen en otros elementos más “sencillos” y al hacerlo emiten radioactividad. Y también, y eso es lo interesante, pierden parte de su masa en la transformación y al perderla emiten una cantidad brutal de energía siguiendo la ecuación de Einstein E=mc2. Además, esa descomposición se produce en una forma de reacción llamada “en cadena”: los “desperdicios” de la descomposición de un átomo (los neutrones en este caso) golpean a otros átomos y hacen que se descompongan, liberando a su vez más neutrones que provocan más reacciones… y así hasta que se acaba el Uranio que tengamos.
Bien, pues con ese descubrimiento en la mano, se empieza a descubrir también que el Uranio es relativamente abundante en la Tierra. Que nadie se preocupe: el Uranio en su estado “normal” no es radioactivo, como decía antes sólo es radioactivo uno de sus isótopos. Eso son buenas noticias para nuestra salud, pero malas para la producción de energía, así que hubo que encontrar una manera de producir el isótopo de Uranio radioactivo a partir del Uranio normal. Ese proceso es conocido como “enriquecimiento” del Uranio. Y gracias a que los gringos lo descubrieron un poquito antes que los nazis hoy estamos todos aquí haciendo bromas sobre los alemanes.
Así que cuando oís en la tele que se sospecha que Irán está enriqueciendo Uranio, no es como para dar palmas. Los iraníes dicen, obviamente, que es para hacer centrales nucleares. Sus enemigos dicen que es para hacer bombas, porque el Uranio que se emplea es el mismo, es el isótopo radioactivo. Dicho esto, hacer una bomba atómica es muy complicado, no basta con tener el Uranio enriquecido. Pero eso es otro tema.
Vale, tenemos entonces Uranio enriquecido (o sea, Uranio normal que hemos transformado en su isótopo radioactivo) y ya estamos listos para calentar agua con él. Lo metemos en unos cilindros blindados con Zirconio (si no recuerdo mal, porque yo di Tecnología Nuclear en 5º de carrera y ya ha llovido desde entonces), metemos esos cilindros en una cámara de acero en la que ehcaremos el agua, y blindamos la cámara de acero con un “cofre” de granito, grafito, y varias cosas más. Algo muy resistente, vamos. El conjunto de esas 3 “capas” (las fundas de zirconio, la cámara de acero, y el cofre de granito) es lo que se llama el núcleo de la central nuclear.
La central ya está lista para funcionar (nótese que he reducido unos 20 años de trabajo de construcción en un salto de párrago). Metemos agua en la cámara de acero, iniciamos la reacción nuclear, aquello empieza a echar calor a tutiplén, el agua hierve, empieza a formarse vapor a toneladas, se lleva el vapor a las aspas de las turbinas y… ¡voilà! Electricidad.
Pero entonces llega el terremoto de Japón. Primera cosa a aclarar: ole los huevos de los ingenieros japoneses, que han conseguido que sólo algunos reactores de sólo UNA de sus centrales nucleares hayan sido dañados por (según he leído) el 5º terremoto más potente de la Historia desde que tenemos mediciones. Un terremoto, por cierto, entre 10 y 16 veces más potente que el límite para el que se habían diseñado las centrales, y que ya era un límite que poquísimos terremotos habían superado en el pasado.
Vale, pues llega el terremoto. Los japos paran la central (la que posteriormente será la “peligrosa” y muchas otras, por precaución). Para parar la central se meten en el núcleo unas barras de un material que absorbe neutrones (recordatorio: los neutrones son los que mantienen la reacción en cadena del Uranio, si no hay neutrones, la reacción se para). Si no recuerdo mal, el Boro suele ser un buen cazador de neutrones.
Pues nada, se meten barras de Boro y se para la reacción. Pero con eso detenemos la reacción “principal” (la del Uranio), pero sigue habiendo reacciones “secundarias” que no dependen necesariamente de los neutrones, que se producen con los materiales en los que se descomp0ne el Uranio (principalmente, Cesio y Yodo… ¿a que estos días habéis oído hablar del Cesio radioactivo y el Yodo radioactivo?; pues vienen de esa reacción).
Así pues, aunque la central se pare y la reacción del Uranio se detenga con las barras de Boro, el núcleo no se enfría automáticamente. Hay que esperar a que se agote el Cesio y el Yodo, y por supuesto hay que forzar el enfriamiento con agua para bajar la energía de las partículas y evitar que sigan reaccionando. Y eso es lo que hacen los japos: siguen bombeando agua dentro del núcleo, ya no para producir energía calentándola, sino simplemente para terminar de enfriar el núcleo. El proceso es el mismo.
Como al central está apagada, la energía necesaria para bombear el agua tiene que venir de otro sitio. Para estas situaciones las centrales tienen generadores diesel, y por si éstos también pudieran falla, baterías autónomas. Así que los japos conectan los generadores diesel y siguen bombeando agua para enfrar el reactor. Esto lo hacen en todas las centrales que han parado, y todas se enfrían sin ningún problema hasta su parada total. Todas menos una (en realidad dos). ¿Por qué?
Pues porque a estas dos les llega, apenas 1 hora después del terremoto, el tsunami. El agua del mar inunda la zona, inutiliza los generadores diesel, y contamina el agua de refrigeración del núcleo. Esto provoca 2 cosas: que hay que conectar las baterías autónomas (que sólo tienen unas horas de autonomía, porque están pensadas para dar energía temporalmente hasta que se consiga más diesel) y que el agua que entra en el núcleo no es agua pura (destilada, para entendernos) sino que tiene un montón de elementos que, metidos en medio de una reacción nuclear, pueden generar también material radioactivo.
Cuando las baterías se agotan, y como, a consecuencia del desastre en el que se haya inmerso Japón en esos momentos, es imposible conseguir nuevos generadores diesel, deja de bombearse agua al núcleo. Mal asunto. Aquello empieza a subir de temperatura a toda velocidad, y eso provoca un círculo vicioso: a mayor temperatura, más reacciones; a más reacciones, mayor temperatura. Vamos mal.
Mientras tanto, además, el agua que queda en el núcleo sigue evaporándose con el calor y produciendo más y más vapor que no puede salir del núcleo. Para evitar que la presión dañe la estructura, los japos dejan (correctamente) que escape un poco de vapor. Como el vapor está a altísima temperatura, algunas moléculas de agua salen descompuestas en Hidrógeno y Oxígeno, y el Hidrógeno estalla en cuanto entra en contacto con el aire. Esas son las famosas explosiones que los telediarios han puesto dos millones de veces. Nota al margen: el Hidrógeno es un elemento muy reactivo, en concreto reacciona con el Oxígeno en cuanto se rozan (por eso en nuestro planeta hay tanta agua… ¿o qué pensábais, que la habían traído los de Fontvella?), y además es una reacción muy violenta que genera mucho calor. O sea, que es una explosión. Digo esto para todos los que dicen alegremente que el Hidrógeno es la energía del futuro. Y no digo yo que no, pero que no nos pensemos que va a ser tan fácil. Para empezar porque en la Tierra no hay Hidrógeno (precisamente porque todo el que hay ha reaccionado con Oxígeno para formar agua, o con Carbono para formar hidrocarburos… ¡mira por dónde hemos acabado otra vez en el petróleo). Pero bueno, eso también para otro día.
Habíamos dejado a la central sin suministro de agua y evaporando a toda velocidad la que le quedaba en el núcleo, con los japos liberando presión a costa de provocar explosiones de Hidrógeno. Pero eso no es suficiente. Sin agua que bombear (o sea, sin electricidad ni diesel para que las bombas funcionen) el núcleo sigue calentándose. Llega un momento en el que el agua es tan poco que deja al descubierto los cilindros de zirconio, y entonces aquello ya se descontrola. Sin ninguna agua alrededor, las reacciones van a toda pastilla, y el calor aumenta sin parar. Aparece entonces el riesgo de que el núcleo se funda.
Y hacemos aquí una aclaración: si el núcleo de una central nuclear se funde, eso NO es una fusión nuclear. Los gringos lo diferencian mejor porque tienen 2 palabras distintas. Si se funde el núcleo de la central hablan de meltdown (“derretimiento”), mientras que para la fusión nuclear hablan de fusion. Digo esto por si me lee algún periodista y no quiere hacer el ridículo como han hecho el 90% de sus compañeros durante estos días.
Aclaro también que el hecho de que el núcleo de una central nuclear pueda derretirse (usaré esa palabra para evitar la confusión con la fusión nuclear) no es necesariamente algo peligroso. ¿Os acordáis que antes os decía que el núcleo tiene 3 “capas”, los cilindros de Zirconio, la campana de acero, y el cofre de granito-grafito? Pues están justamente para eso (además de para calentar el agua). Los materiales se eligen, precisamente, para que resistan un posible “derretimiento” del Uranio (que, es cierto, cuando se derrite alcanza temperaturas brutales y es muy difícil de contener).
Termino: ¿por qué llevamos varios días oyendo hablar de “catástrofe nuclear”, “fugas radioactivas”, y “desastre apocalíptico”? Por los datos objetivos que existen no hay motivo para suponer que puede haber una “catástrofe nuclear”. Ni siquiera para dar por hecho que el núcleo de la central se derretirá. Pero es que, aunque finalmente se derritiera, lo más normal sería que el contenedor del núcleo se mantuviera estable (está diseñado justamente para eso, coño) y que cuando el Uranio se hubiera consumido del todo, se preparara una operación de limpieza, se blindaran los materiales de deshecho como se hace con los que se producen cuando la central funciona normalmente, y a otra cosa, mariposa.
Puede pasar, por supuesto, que algo falle. Pero eso puede pasar en una central nuclear y en un Boeing 747. O puede pasar, como se suele decir, que mañana te caiga una teja en la cabeza cuando vayas paseando por la calle.
Lo que hemos visto en estas últimas semanas es una muestra de la letal combinación que suponen una república y la imbecilidad consentida de sus ciudadanos (a pesar del dineral que cuesta “decir” que tienen educación gratuita). No puede ser que unos medios de comunicación dirigidos por analfabetos científicos escriban el mensaje (sí, ya, ellos sólo son los “mensajeros”) que van a llevar a unos ciudadanos orgullosos de su incultura (“yo aprendí en la universidad de la vida”… ¡coño, pues devuélveme la parte de mis impuestos que se gastó en tu educación!), para que estos ciudadanos exijan a sus dirigentes que eliminen la energía nuclear.
Y es que ese es el final: un periodista que (por supuesto) no sabe lo que es un átomo, le dice a unos ciudadanos que no saben lo que es el Uranio, que presionen a sus dirigentes (que no saben lo que es el núcleo de una central) para que se deje de producir energía nuclear.
Yo no soy pro-nuclear ni anti-nuclear. Tengo dudas. Pero, al menos, sé que tengo dudas. Y, sobre todo, sé lo que es una reacción nuclear y cómo funciona una central, aunque sólo esa en términos generales. Yo no opino sobre economía, porque no entiendo cómo funcionan los famosos “mercados”. Yo asumo que estamos en una república y, siendo consciente de sus problemas, estoy encantado de estar en ella. Pero para minimizar esos problemas hago 2 cosas: soy consciente de que mi papel en la república NO es tomar las decisiones, sino elegir a quienes tienen que tomarlas; y elijo a quienes creo que están más cualificados para tomarlas, no a quien me dice lo que quiero escuchar en un mitin con bocadillos gratis.
Pero yo sólo soy otro programa diseñado para generar copias de sí mismo, aunque no lo haga. Eso sí, el procedimiento me encanta. Es lo único que me encanta de este mecanimos gilipollesco que hace que mire a mi alrededor, vea a masas de imbéciles exigiendo cosas que no entienden, y piense que esto no tiene solución.
PS: Si alguien está pensando “si todo eso es así, ¿por qué hay más radioactividad de lo normal en Japón?”. Pues habría que entrar en más detalle, por ejemplo habría que hablar de la cantidad de sustancias radioactivas que se han producido y en la vida media de cada una de ellas, pero obviamente en las liberaciones de vapor también han salido al exterior partículas radioactivas porque es imposible separarlas del vapor de agua. Pero esa liberación fue deliberada, se conocían los riesgos, y por eso se evacuó a la población cercana. Dicho todo esto, los niveles de radiación que han provocado las liberaciones de vapor son muchíiiiiisimo más bajas de las que podrían suponer una amenaza para la salud. Otra cosa es que, por precaución, se evacúe a la población incluso con esos niveles bajos.
Hay radioactividad en cualquier sitio, por cierto. Aquíenmadrid también. Y en el desierto del Sahara. La radioactividad es un fenómeno natural, no es “una plaga creada por el Hombre”. Los niveles de radioactividad que soportamos cada día son, por supuesto, incluso más bajos que los que hay ahora en Japón. Pero de momento éstos tampoco son un peligro para la salud.