Diario de invierno
María Pérez Collados

51 pags.
Valoración:

Hay quien pretende escribir poesía pensando que la poesía consiste en juntar palabras especialmente cargadas de significado uniéndolas con métricas que las dotan de cierto ritmo. Hay quien, de hecho, elige palabras demasiado cargadas de significado que convierten la poesía en horterada. Y hay quien, por contra, renuncia deliberadamente a las métricas para “romper barreras”. El problema, en cualquier caso, es pensar que la poesía es una cuestión sólo de forma o sólo de fondo. Y la poesía, como cualquier otra forma de literaura (como bien dijo el gran Jules Renard) es una cuestión de forma y de fondo.
“Diario de invierno” es, por supuesto, un libro desconocido. Y digo “por supuesto” porque su autora es una persona que escribe bien, que demuestra talento, y que por lo visto no conoce a nadie famoso ni tiene amigos consejeros delegados. El libro ha llegado a mis manos porque me lo ha regalado una persona que quiere a la autora y que me quiere a mí, y gracias a eso he podido leer esta extraña obra que, si bien es cierto que todavía no es una “obra redonda”, me ha atravesado el alma con algunos de sus destellos de forma y de fondo.
El libro no es una novela. No es una colección de relatos. No es poesía. O sí. Tal vez sea un “de todo un poco”. Si tuviera que elegir un género en el que clasificarlo, elegiría la poesía. A pesar de estar escrito, aparentemente, en prosa (con sus líneas, sus párrafos, sus puntos y comas). Pero si reordenamos algunas de las piezas y las disponemos en forma de poesía, ¿alguien lo notaría? Veamos la prueba.
Dile que no a la tristeza,
a esto que llegó con una muerte tan lenta.
Dile que no.
Una que quiere ser niña
salta y mueve los dedos diciendo no
–¿lo ves?–
no.
Y no alcanza ese lugar donde las cosas no cambian,
donde no hay terribles sorpresas,
el dolor como una planta que regar cada día.
Pero dile que no a la tristeza,
que no se quede,
que no le haremos un sitio,
aunque el alma se tuerce en un escorzo lento,
aunque la voz se hace un cristal finísimo,
dile que no se dormirá conmigo.
Dile que no.
¿Qué, es eso una poesía o no? Yo digo que sí, por si alguien no entiende las preguntas retóricas. En el libro, sin embargo, ese fragmento está escrito en dos párrafos. Pero lo de menos, por supuesto, es ponerle una etiqueta a la obra. Lo importante es que la obra hace sentir, hace casi sufrir a veces, porque este “Diario de Invierno” tiene el nombre muy bien puesto, y al leerlo nos llega el invierno a las manos, a los ojos, al corazón. Un invierno del que a veces creemos poder salir, seguros de que la primavera siempre llega, pero en el que también a veces nos hundimos tanto que ya no sabemos si existirá algo más allá del frío y el viento. “No es un jardín lo que me habita”, dice la autora, “es más bien ese paisaje árido que amo”. Es tan difícil entender que se pueda amar un paisaje árido. Y se siente uno tan solo cuando ve a todo el mundo soñar jardines.
Decía antes, y repito ahora, que la obra no es “redonda”. Hay pequeños vicios, palabras que se repiten más de lo necesario, imágenes que no deberían aparecer más de una vez para que sea el lector quien las recuerde sin que la autora vuelva a escribirlas. Porque son imágenes poderosas que se clavan como una flecha de hielo, y uno nota el pinchazo, la herida, y nota después el lento deshielo de agua congelada, que en lugar de provocar más dolor provoca una honda melancolía. Un deseo de que la flecha no se deshaga nunca, una pena que anticipa el momento del olvido.
María Pérez Collados ha escrito un buen libro. Un bonito libro. Un libro que despierta el sentimiento dormido, y nos hace reconocer que todos hemos pasado largos inviernos del alma. “Tejo trajes de palabras sin poder evitar la sonrisa torpe de mi lenguaje”, dice la autora. “Ojalá me amaran las historias”. Yo diría que te aman. Es sólo que las historias tristes se resisten a amar a nadie. El amor también es doloroso. Aunque todos sepamos que cada mes de marzo volverá a llegar la primavera.