Archive for the 'Casa de Citas' Category

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Casa de citas

Y otra serie más de Jules Renard.

Escribir es una forma de hablar sin que te interrumpan.

El paraíso no existe, pero hay que intentar merecer que exista.

¡Sé modesto! Es la clase de orgullo menos desagradable.

El hombre verdaderamente libre es el que sabe rechazar una invitación a cenar sin dar excusas.

La verdad es que sólo tengo un motivo para seguir queriendo a Rostand: mi temor a que muera pronto.

El paraíso no está en la Tierra. Pero hay fragmentos. En la Tierra hay un paraíso roto.

“Diario”

Jules Renard

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Casa de citas

Tercera entrega de Jules Renard.

Toda esa gente dice: “yo soy un rebelde”, con el aire de un viejecito que acaba de hacer pipí sin demasiadas dificultades.

Daudet, en venta, nos habla de los embarques de Gaughin, que quiere irse a Tahití para no ver a nadie, pero no se va nunca. Hasta el punto de que sus mejores amigos han acabado por decirle: “Tiene  usted que marcharse, querido amigo, tiene usted que marcharse”.

Renunciar absolutamente a las frases largas, que más que leerse, se adivinan.

Sólo hago vida social cuando tengo ganas de aburrirme.

La súbita melancolía de aquel a quien le dicen: “¿Sabes que me voy de viaje?”.

¡Que la mano que escribe ignore siempre el ojo que lee!

He querido demasiado a mis hijos por pose de buen papá, ostentando demasiado la indiferencia de mi corazón respecto a mi familia. Compadecido demasiado a los pobres, a los que no doy nada so pretexto de que nunca se sabe.

“Diario”

Jules Renard

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Casa de citas

Seguimos con Jules Renard.

Y esa gente tiene el mismo derecho al voto que el señor Renan.

Todos aceptamos lo que diga la mayoría. Pero ¿dónde está la mayoría?

Decidimos que el primer y último viernes de cada mes nos reuniríamos en un café de capa caída, “para relanzarlo”.

El niño es un animalito necesario. Un gato es más humano.

Nuestras esperanzas son como las olas del mar: al retirarse descubren un montón de cosas nauseabundas.

He construido castillos en el aire tan hermosos que me conformo con las ruinas.

Barrès ha redescubierto la mejor manera de ser nuevo: complicar la expresión de las cosas antiguas.

“Diario”

Jules Renard.

Casa de citas

El otro día adelanté algunas citas de Jules Renard, pero voy a empezar a ponerlas en la sección de Casa de Citas por si algún día quiero buscarlas. Como son bastantes, las publicaré en bonitos bloques.

El talento es cuestión de cantidad. El talento no se demuestra escribiendo una página, sino escribiendo trescientas. [...] Esta es la única diferencia entre los hombres de talento y los cobardes que nunca empezarán.

¿Qué suerte adversa impide a cierto señor encontrar en Les Roses la señal de futuras maravillas, y enviarme una renta anual de dos mil cuatrocientos francos?

Hay momentos en que odias a muerte a todas las chicas jóvenes con las que te cruzas, porque no te entregan su corazón y veinte mil libras de renta.

La elocuencia. San Andrés, clavado en la cruz, predica durante dos días a veinte mil personas. Todos lo escuchan, cautivados, pero a nadie se le ocurre liberarlo.

¡Cuántos han querido suicidarse, y se han conformado con romper sus fotografías!

Pero esta mujer es una guapa imbécil. No tiene ni idea. Si fuese muda, me gustaría acostarme con ella.

“Diario”

Jules Renard

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Casa de citas

Sabía que la tenía en algún sitio, pero he tenido que rebuscar un montón para encontrar esta cita que describe perfectamente (bonus pack: y en 3 líneas) mi estado mental en el último año. Y que sigue. Por cierto, Imre Kertész es imprescindible, para quien no lo haya leído todavía.

Eran días oscuros, el invierno reinaba en la ciudad y también en mi corazón. Pensaba seriamente en la posibilidad de quitarme de en medio. Simplemente me había abandonado la facultad de revestir mi existencia con la idea de una vida llena de sentido.

“Liquidación”

Imre Kertész

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Casa de citas

¿Qué os pensábais, que me iba a olvidar de Rilke? Qué poco me conocéis. Perros.

Sucedió que pétalos de rosa, escapados en un vuelo incierto de libros que una mano había abierto con prisa torpe, fueron pisoteados; se asían objetos pequeños, frágiles, y, al romperse enseguida, eran devueltos a su sitio precipitadamente; se escondían otros, estropeados, bajo las cortinas, o detrás del enrejado dorado del guardafuego de la chimenea. De vez en cuando alguna cosa caía con un ruido ahogado por la alfombra, caía con un sonido claro sobre el parquet duro del piso, resonaba, se quebraba aquí y allá, o se rompía casi sin ruido, pues estos objetos mimados no sobrevivían a ninguna caída.

“Los apuntes de Malte Laurids Brigge”

Rainer Maria Rilke

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Casa de citas

Última de Santiago Gamboa. Brillante.

Nelson le hizo caso y, un rato después, rascando el cielo con los dedos, hundiéndose en su carne, gritando de placer, retando al universo, al más allá y a los astros, lo había olvidado todo. Irina tenía razón: si uno es consciente de que va a morir, todo lo que no sea placer carece de sentido.
“Los impostores”
Santiago Gamboa

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Casa de citas

Inauguramos la sección audiovisual de “Casa de citas”.

Casa de citas

Era el momento de apostar fuerte, me dije. Se puede convivir con cierto tipo de fracasos, e incluso lograr una leve, decorosa felicidad, pero primero hay que apostar.

“Los impostores”
Santiago Gamboa

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Casa de Citas

Eran cerca de las cinco cuando, de pronto, vi que Sonetchka se levantaba, se ponía un pañuelo en la cabeza, cogía un chal y salía de la habitación. Eran más de las ocho cuando regresó. Entró, se fue derecha a Catalina Ivanovna y, sin desplegar los labios, depositó ante ella, en la mesa, treinta rublos. No pronunció ni una palabra, ¿sabe usted?, no miró a nadie; se limitó a coger nuestro gran chal de paño verde (tenemos un gran chal de paño verde que es propiedad común), a cubrirse con él la cabeza y el rostro y a echarse en la cama, de cara a la pared. Leves estremecimientos recorrían sus frágiles hombros y todo su cuerpo… Y yo seguía acostado, ebrio todavía. De pronto, joven, de pronto vi que Catalina Ivanovna, también en silencio, se acercaba a la cama de Sonetchka. Le besó los pies, los abrazó y así pasó toda la noche, sin querer levantarse. Al fin se durmieron, las dos, las dos se durmieron juntas, enlazadas… Ahí tiene usted… Y yo… yo estaba borracho.
“Crimen y Castigo”
Fiódor Dostoievski