The Lincoln Lawyer (2011)
El inocente

Dirigida por Brad Furman
Con Matthew McConaughey y Ryan Phillippe
Valoración:

Los heavies, es un hecho conocido por todo el mundo, no saben terminar las canciones. Se alargan con los redobles de batería y los rasgados de guitarra, hacen un triple tachán pero alargan tanto el último que tienen que hacer otro un poco después, y así hasta que la gente se harta y se va. Se han dado casos de grupos heavies que han estado 4 días terminando una canción, ya sin público y con los empleados de limpieza pasando el mocho por la cara del batería. Lo dicho: no saben rematar. Siempre les parece que un punteo más quedará fenomenal, o que un retumbar de timbales es el punto final perfecto. Pero no.
Pues el guionista de “The Lincoln Lawyer” fue, sin duda, heavy. La película, que en ningún caso pasaría de ser un relleno para las tardes del fin de semana en Antena 3, se convierte en insoportable por culpa del indeciso guionista que no consigue terminar la historia ni a la primera, ni a la segunda, ni a la tercera. Supongo que intenta así evitar que la peli se quede en “una de juicios” más, con todos los tópicos del género, y tal vez el chaval pensó que liando el final y retorciéndolo sobre sí mismo varias veces, los espectadores nos olvidaríamos de lo previsible que resulta todo durante la primera hora y media del metraje. Lo malo es que todos esos giros y finales no resueltos también se ven venir a 10 kilómetros, y cuando uno ve, una vez tras otra, que cada supuesta sorpresa termina ofreciéndonos simplemente la opción más obvia de todas las posibles, pues el bostezo ya se queda puesto y no se quita hasta que salen los títulos de crédito.
Guionistas aparte, ya digo que la película es un topicazo detrás del otro. Lo único que no es un tópico, que es el título de la película (en inglés, no en español, porque en español hasta el título es un topicazo), pues resulta que es una engañifa. Porque el Lincoln en el que se pasea el abogado de un lado para otro no tiene ninguna relevancia para la historia. Es como si la película se titulara “The Colgate Lawyer” porque el protagonista se lava los dientes con ese dentífrico. Y, quitado ese único detalle que inicialmente anuncia cierta originalidad, todo lo demás es lo de siempre: un abogado resabiado que da por hecho que todos sus clientes son culpables, hasta que de repente le llega un caso en el que el chaval parece inocente. Pero a lo mejor es culpable. Pero a lo mejor es inocente. Repítase esto 50 veces. Resuélvase la duda. Ya está, fin de la película.
Bueno, no tan rápido, porque ya digo que entonces aparece el guionista heavy y no se aclara. Intenta un final. Pero no. Mejor otro. O no, espera. Mejor cogemos el primero y lo combinamos con el segundo, y hacemos un último giro de guión. No, no, no me convece. Haremos un cuarto intento. Y así, ya digo, hasta que salen los créditos. Que son tan previsibles como el resto de la película, pero al menos no intentan parecer misteriosos y complejos. Cosa que, después de casi 2 horas aguantando tópicos vestidos de novedad, se agradece un montón. Al menos, que no nos traten de idiotas.




















