Os tengo abandonados, lo sé. Hace tiempo que no escribo mis agudos artículos, mis afiladas críticas, mis clarividentes reflexiones sobre la vida en general y sobre la vida basada en moléculas de carbono en particular. Lo sé, os prometí que no os abandonaría, que sería vuestro faro intelectual, vuestra guía meningítica, vuestra sinapsis con el mundo intelectulamente elevado, y os he abandonado. Y ahora recojo yo la triste cosecha de mi malhadada siembra. Oh témpora, oh mores. Delenda Cartago.
A modo de defensa sólo puedo decir que yo sigo leyendo libros, escuchando música, y viendo lamentables películas. Por ese lado, al menos mantengo mi autopromesa de leer al menos 1 libro, escuchar al menos 1 disco, y ver al menos 1 película cada mes. Lo que pasa es que últimamente no he tenido tiempo de sentarme a compartir con vosotros, pequeños patanes, la digestión cerebral de todos esos alimentos del alma. Ya os lo dije hace unas semanas, estoy muy ocupado haciéndome rico, o qué os creéis, que uno no se hace rico en los ratos libres, esto requiere dedicación, esfuerzo, y por encima de todo pocos o ningún escrúpulo. He aprendido de los mejores. Desde aquí, un saludo para todos ellos.
Pero vamos a lo que vamos. Hoy he ido al teatro a ver “La venganza de Don Mendo” de Muñoz Seca, con dirección de El Tricicle. No diréis que el titular no promete, ¿eh? Pues no. Es la peor versión de Don Mendo que he visto jamás, y he visto unas cuantas (tampoco 20, ¿eh?, que conste, que no me quiero tirar faroles, pero unas cuantas). Mi primera reacción fue pensar que la culpa es del gobierno, por supuesto, como todo. Después pensé que no, que la culpa, en realidad, debía de ser de la oposición, porque es lo que el gobierno dice siempre. Esto, me dije, es sin duda parte de las consecuencias de la guerra de Iraq, o del GAL, o de la Transición. O de Franco, que no se va a librar el abuelo de esta.
Pero dándole alguna vuelta más, y ante la imposibilidad de hacer dimitir a Zapatero por una mala obra de teatro ni de darle un poco de chispa a Rajoy por un quítame allá esos versos, medité más profundamente. Y volví a cambiar de opinión (sí, lo sé, muy habitual en mí, no hace falta que hagáis comentarios mentales mientras leéis, limitaos a leer, malditos). Me dije: la culpa, por increíble que parezca, es de El Tricicle. Y al decir eso se me hizo un nudo en la corteza prefrontal, porque yo soy un fan incondicional suyo, y todos sus montajes me han parecido dignos de ser calificados entre graciosos y desternillantes.
¿Por qué, entonces, pensé que la culpa es de El Tricile? Pues porque cree el ladrón que todos son de su condición, y supongo que ellos piensan que hacer un humor con gestos, con miradas, con simples movimientos, es algo que está al alcance de muchos actores. Pensarán, digo yo, “si a nosotros nos funciona, ¿por qué no les va a funcionar a otros?”. Pues no. No funciona.
El Tricicle ha llenado el montaje de mini-gags gestuales, de pequeños chistes basados más en la vista que en el oído, y eso en sí mismo no sería malo si no fuera porque han cometido 3, no precisamente pequeños, fallos:
- El ya mencionado de asumir que el don que ellos tienen para hacer humor sin palabras es más frecuente de lo que en realidad es. La mayoría de los actores de la obra no tienen ninguna gracia como mimos. Luego haré un repaso individual, pero los gags visuales no funcionan. Los actores, en general, hacen que sean o bien zafios o bien sosos.
- “La venganza de Don Mendo” es, por encima de cualquier otra cosa, un excelente ejercicio de ritmo. El humor es fino y brillante, desde luego, pero una parte importante del efecto global reside en el ritmo del texto, en las cacofonías, en las iteraciones, en los duelos verbales entre los personajes. Y todo eso se pierde si en mitad de una estrofa se mete un gag que hace que el público más garrafón (o sea, el público) interrumpa una y otra vez la actuación con risotadas, comentarios dignos de un entremés de José Luis Moreno, y aclaraciones a sus acompañantes sobre el significado, obvio por otra parte, de la mueca que acaba de hacer el actor.
- Y, por último, el tercer error de El Tricicle ha sido hacer un ejercicio de realismo. No digo yo que eso sea un error para su bolsillo, ni para el del dueño del teatro, pero es un error, o mejor dicho una traición, a la inteligencia, al humor, y a Muñoz Seca. “La venganza de Don Mendo” no se merece verse rebajada a la condición de numerito del 1,2,3, con tropiezos en cáscaras de plátano y latiguillos repetidos hasta el hartazgo en plan “veintidó, veintidó, veintidó”.
Y llegados a este punto, es cuando yo llevo un paso más allá mi reflexión y me digo: la culpa no es de El Tricicle. La culpa es mía. Porque, y esto enlaza con la introducción que encabeza este artículo (ahora veréis por qué la hice, o qué os pensabais, que yo escribo por escribir, al tun tun, porque no tengo otra cosa que hacer, pues no, que estoy muy ocupado, ya os digo que uno se hace rico si pierde el tiempo en tontadas), pues digo que la culpa es mía porque os he abandonado. Y hoy me he dado cuenta de que el país se está hundiendo. No El País (que ese ya está hundido), sino el país. Estepaís.
Y no lo está hundiendo el euro, ni la crisis, ni Zapatero. Bueno, tal vez sí, pero yo me refiero a otro tipo de hundimiento. Me refiero al hundimiento neuronal. No creo que hoy hubiera en todo el teatro más de una docena de neuronas activas. Teniendo en cuenta que a esa docena yo aportaba, como mínimo, dos, pues ya podéis echar la cuenta. El panorama es desolador.
Lo peor no es que la gente se ría del tropiezo en la cáscara de plátano, lo peor es que cada uno se lo cuenta al de al lado por si no ha entendido la gracia. Como si hubiera algo que entender en un tropiezo con una cáscara de plátano. Pero oye, ellos a lo suyo: “se ha caído, ¿has visto?, va el tío y se cae, no sé si te has dado cuenta, o sea, que iba el tío y ¡zas”, qué tortazo se ha arreao, joer, esto es lo más gracioso que he visto en mi vida… ¿pero te has dado cuenta o no?”.
Así que El Tricicle, entre genialidad y genialidad (que, por supuesto, también las hay en esta obra, porque El Tricicle es mucho Tricicle), mete generosas lonchas de chóped humorístico, y además de chóped Carrefour. Y la gleba, dicho sea esto sin el más mínimo de los respetos y en el peor de los sentidos, se tira en plancha al charco de barro en cuanto lo ve, y se refolza en él, se entierra debajo de pilas y pilas de cáscaras de plátano, y se da palmotadas en los muslos, se ríe como un reyezuelo que descubre que puede degollar a sus enemigos sin mancharse las manos, y se va después a su casa pensando que si no fuera por el gobierno, y por la oposición, y por el euro, y por la crisis, si no fuera por los que tienen la culpa de todo, que por supuesto siempre son otros, la vida sería más bonita que un parking del Ikea un sábado.
Análisis individual: Javier Veiga es un gran actor cómico. Si no fuera porque sufre los excesos del montaje ya comentados, podría ser uno de los mejores Don Mendos de la Historia. Lástima. Del resto del elenco destaca Carlos Heredia, como el Marqués de Moncada. Contenido dentro del tono general de feria de barrio, es uno de los pocos, junto con Veiga, que sabe sacar partido de los gags gestuales que El Tricicle ha incorporado.
Laura Domínguez, como Magdalena, deja escapar no sé si la oportunidad de su vida, pero desde luego una de ellas. El papel, como todos los principales de “La venganza de Don Mendo”, es una joyita si uno sabe interpretarlo. Pero su actuación es tan floja que algunos secundarios brillan más que ella, que por otro lado se limita a recitar su papel gesticulando sin mesura y moviéndose frenéticamente de un lado a otro. Posiblemente sean pautas del director. Si es así, esta actriz debería plantearse acuchillarlo con alguna de las dagas de la obra. Si no es así, entonces debería acuchillarse ella misma y dejarle la oportunidad a otra actriz que sí sepa aprovecharla.
Los demás muy flojos. En general todos sobreactúan, tal vez pensando que la exageración siempre provoca la risa (y, triste es reconocerlo, así suele ser). El público reía de buena gana sus muecas y sus “veintidó, veintidó, veintidó”, pero actuar es algo más que sacar la lengua y bizquear los ojos. Hacer humor, como dijo alguien, es algo muy serio.
Eso es todo, amigos. Hoy es un día triste, porque una de mis comedias favoritas ha sido destrozada a manos de la imparable decadencia mental de nuestros conciudadanos. Pero como no quiero que el gobierno me cierre el blog por antidemócrata, machista, xenófobo, y presunto perito agrícola, terminaré diciendo que lo que diga la mayoría está siempre bien dicho, que el Pueblo nunca se equivoca, y que, sin embargo, se mueve. Intentaré volver a publicar con más frecuencia. Me preocupáis, que lo sepáis. Pero, sobre todo, me preocupo yo.