Escucho en la radio viniendo de camino a casa: “Esta mañana, en Madrid, todos los vecinos que han querido acercarse hasta no-sé-dónde han podido degustar un trozo de Roscón de Reyes y una taza de chocolate, ofrecidos por Aldeas Infantiles SOS para que no nos olvidemos de los niños vulnerables del mundo”. Hago un comentario tangencial antes de ir al lío: ¿es que acaso hay niños invulnerables? No lo sabía.
Aquí tenemos otro ejemplo de la estupidez generalizada que se ha instalado en la Humanidad en los últimos tiempos. A mí me parece muy bien que la gente quiera pasárselo bien. Hasta estoy dispuesto a aceptar que, en realidad, la gente sólo quiere pasárselo bien. Pero vamos a ver: ¿es necesario meter en eso a los niños que lo pasan mal en el mundo? Si la gente quiere roscón y chocolate gratis, ¿no pueden ir y tomárselo sin más? ¿Es que la peña necesita demostrar que es imbécil permanentemente? Es obvio lo que está pasando, e incluso un psicólogo podría darse cuenta. Como lo único que le importa al pueblo democrático es poder comprarse un BMW y tener un plasma en el salón, alguien tiene que decirles que eso está bien, que no pasa nada, y que aunque la gente se esté muriendo de hambre a 5000 kilómetros de aquí ellos pueden comprarle otra consola al niño porque una cosa no tiene nada que ver con la otra. Es más: comprando la consola, también podemos acordarnos de los niños que no tienen juguetes, y con ese recuerdo interior ayudaremos a que la situación se solucione algún día, de alguna manera, por alguien que por supuesto no seremos nosotros. Y si no se soluciona, la culpa será del gobierno, porque los políticos sólo se preocupan de sí mismos, no como nosotros que nos preocupamos de los niños vulnerables con un roscón.
Esto es lo mismo que pasó con la Guerra de Iraq. ¿A qué viene ponerse a aporrear cacerolas para parar una guerra? Bueno, a los hechos me remito: ya se ha visto el efecto fulminante que han tenido las ollas en el desarrollo del conflicto. En cuanto escucharon el ruido de las cacerolas, los americanos se retiraron instantáneamente de Iraq, pidieron perdón, y además los iraquíes se dieron un abrazo y fundaron una plataforma pacifista. Si es que es pura lógica: si tú aporreas una sartén, la paz mundial está asegurada. Digo yo que por qué a nadie se le ocurrió, si realmente esa era una guerra de “sangre por petróleo” (como se apresuraron a bautizar los 4 cretinos que lideran a los gilipollas), buscar una manera de fastidiar a las empresas petrolíferas. ¿Por qué nadie propuso dejar de utilizar el coche? Ya, claro, eso es exagerado. Una cosa es que los iraquíes se mueran, y otra cosa es coger el metro para ir a trabajar. Vale, sí, lo reconozco, soy un radical. ¿Qué tal instaurar el “lunes contra la guerra”, de manera que todos los primeros lunes de cada mes dejemos el coche en casa? Eso no parece mucho, ¿no? Pero seguro que se nota algo en los ingresos de las compañías petroleras. ¿Qué? ¿Que sigue siendo demasiado? ¡Ah, vale! Que lo de las cacerolas sólo era para hacer un poco de juerga y sentirnos mejor. ¡Coño, pues haberlo dicho antes! Porque, en ese caso, la próxima vez propongo que en lugar de sacudirle a las cacerolas quedemos directamente en un descampado y montemos una rave-party. Eso sí: con una causa. Por ejemplo, podríamos beber calimocho, pero que conste que lo hacemos sólo para reivindicar los derechos de las mujeres afganas. No creo que con eso consigamos nada, y ellas tendrán que seguir aguantando la humillación a la que las someten los patanes de aquellas latitudes, pero de eso no tenemos la culpa nosotros. La culpa es del gobierno, y de los americanos. Ya entiendo, ya… Le voy cogiendo el tranquillo a esto de tener conciencia. Y, como diría Bart Simpson: ¡mola!
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