Archivo de la Categoría 'Estamos rodeados de gilipollas'Pag 2 de 2

Estamos rodeados de gilipollas (capítulo 4)

Veo en el periódico este anuncio de la última novela de Lucía Etxeberría:

A lo largo de mi vida he visto, como supongo que le habrá pasado a todo el mundo, un montón de tópicos. Los he visto, los he escuchado y los he leído. Pero, sinceramente, tanto tópico junto y en tan poco espacio, casi diría que tiene mérito. Esa vida que “rebulle como un hormiguero”, la comparación de la vida y el río (lástima que Heráclito ya la hiciera hace 2500 años, con numerosísimas repeticiones desde entonces), y el remate con la metáfora de nadar y guardar la ropa… lo dicho: nunca 5 líneas dieron para tanta vulgaridad concentrada. Nunca he podido imaginarme cómo será un lector de Etxeberría. Ahora, todavía me lo imagino menos… Porque si alguien, después de leer este fragmento (que, supongo, ha elegido la editorial considerándolo una muestra representativa de la obra, o incluso de calidad especialmente notable), decide comprarse la novela entera, entonces que estamos más rodeados de gilipollas de lo que yo me temía. Y eso que ya me temía mucho.

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Estamos rodeados de gilipollas (capítulo 3)

¿Pensabais que ya me había olvidado de la saga del “Estamos rodeados de gilipollas”? En absoluto. Es uno de mis temas favoritos. Y para el tercer capítulo de esta serie, tiro nuevamente de la ayuda de Rafael Reig y de su sección semanal en “El Cultural” titulada “En primera instancia”. En esta ocasión, Reig nos alerta sobre el presunto delito literario y ecológico cometido por el (¿famoso?) pediatra y neurofisiólogo Eduard Estivill, que ha publicado un libro de divulgación en el que explica cómo conseguir que los niños se duerman utilizando el (¿famoso?) método Estivill.

Reig abunda en detalles que justifican que dicho libro aparezca en esta sección dedicada a la estulticia que nos rodea, pero yo me permito añadir que una obra así jamás habría tenido la acogida popular que ha tenido esta si no fuera porque vivimos en una sociedad de patanes. Sólo un país lleno de madres y padres imbéciles, que se creen que criar a un hijo es una tarea comparable a los Doce Trabajos de Hércules, puede llevar a la cima de las listas de ventas a un libro que se limita a reproducir los consejos que cualquier abuela podría darnos mientras nos tomamos un café. No sólo nos los daría gratis sino que, además, nos tejería un jersey al mismo tiempo y nos lo podríamos llevar puesto.

Más allá del hecho delictivo en sí, recomiendo una vez más la lectura del artículo de Rafael Reig por la divertida a la par que punzante crítica que hace de este nuevo ejemplo de gilipollez planetaria. A ver si con este tipo de denuncias públicas se consigue, al menos, que los gilipollas empiecen a ser conscientes de que lo son. El artículo completo está en este enlace.

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Estamos rodeados de gilipollas (capítulo 2)

Nines me manda este extracto del libro “Diccionario Gastronómico del Siglo XXI” – Fashion Food (Julia Pérez – José Carlos Capel. El País Aguilar). Es, sin duda, una prueba que cualquier juez de salud mental aceptaría para meternos a todos en la cárcel por permitir que semejante nivel de tontería se haya extendido entre nosotros.

¡Ah! Por cierto, y por si alguien no lo sabía: EL EMPERADOR ESTÁ DESNUDO. A ver si empezamos a despertarnos…

Deconstrucción

Corriente filosófica difundida por el ensayista Jacques Derrida en los círculos académicos de la Universidad de Yale, que recoge el Diccionario de estética de Etienne Souriau (Akal). “La deconstrucción es una posvanguardia que certifica el fracaso del estructuralismo”. Sus defensores destruyen la fe en la razón y proponen un nuevo orden de raciocinio. Una teoría que también ha influido en la arquitectura y ha penetrado en el campo de las humanidades. En cocina, la deconstrucción – afirma Ferrán Adriá en su libro Los secretos de El Bulli (Altaza, 1997) – consiste en utilizar y respetar armonías ya conocidas, transformando las texturas de los ingredientes, sus formas y temperaturas. Un plato deconstructivo mantiene los sabores y los genes de los ingredientes, pero presenta texturas transformadas. Al degustarlo, la memoria del comensal relaciona el sabor final con la receta clásica. Adriá deconstruyó el arroz a la cubana y luego el pollo al curry por vez primera en el verano de 1995. Ambos lucían presentaciones diferentes, pero sabores idénticos a las recetas originales. Luego seguirían otras fórmulas y sería emulado por múltiples cocineros españoles. Destruir para reconstruir de nuevo, ese fue el lema que causó furor en España a partir de 1995, una forma de creatividad que respeta un código de sabores conocido. En el listado de las deconstrucciones made in Spain hay una relación interminable: la tortilla de patatas de Ferrán Adriá, el cocido maragato de Carlos Cidón, la fabada de José Antonio Campoviejo, la sopa de ajo de Manolo de la Osa o el cocido castellano de Pepe Rodríguez Rey. En Francia, la deconstrucción ha sido observada de forma esporádica por algunos cocineros rupturistas: Pierre Gagnaire, Michel Brass y Marc Veyrat fundamentalmente. Sin la deconstrucción, afirma Ferrán Adriá, no habría sido posible la cocina vanguardista actual.

(Nines, espero que no te importe que haya utilizado tu labor documental en mi propio beneficio, como tantas y tantas veces he hecho a lo largo de mi vida)

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Estamos rodeados de gilipollas (capítulo 1)

Escucho en la radio viniendo de camino a casa: “Esta mañana, en Madrid, todos los vecinos que han querido acercarse hasta no-sé-dónde han podido degustar un trozo de Roscón de Reyes y una taza de chocolate, ofrecidos por Aldeas Infantiles SOS para que no nos olvidemos de los niños vulnerables del mundo”. Hago un comentario tangencial antes de ir al lío: ¿es que acaso hay niños invulnerables? No lo sabía.

Aquí tenemos otro ejemplo de la estupidez generalizada que se ha instalado en la Humanidad en los últimos tiempos. A mí me parece muy bien que la gente quiera pasárselo bien. Hasta estoy dispuesto a aceptar que, en realidad, la gente sólo quiere pasárselo bien. Pero vamos a ver: ¿es necesario meter en eso a los niños que lo pasan mal en el mundo? Si la gente quiere roscón y chocolate gratis, ¿no pueden ir y tomárselo sin más? ¿Es que la peña necesita demostrar que es imbécil permanentemente? Es obvio lo que está pasando, e incluso un psicólogo podría darse cuenta. Como lo único que le importa al pueblo democrático es poder comprarse un BMW y tener un plasma en el salón, alguien tiene que decirles que eso está bien, que no pasa nada, y que aunque la gente se esté muriendo de hambre a 5000 kilómetros de aquí ellos pueden comprarle otra consola al niño porque una cosa no tiene nada que ver con la otra. Es más: comprando la consola, también podemos acordarnos de los niños que no tienen juguetes, y con ese recuerdo interior ayudaremos a que la situación se solucione algún día, de alguna manera, por alguien que por supuesto no seremos nosotros. Y si no se soluciona, la culpa será del gobierno, porque los políticos sólo se preocupan de sí mismos, no como nosotros que nos preocupamos de los niños vulnerables con un roscón.

Esto es lo mismo que pasó con la Guerra de Iraq. ¿A qué viene ponerse a aporrear cacerolas para parar una guerra? Bueno, a los hechos me remito: ya se ha visto el efecto fulminante que han tenido las ollas en el desarrollo del conflicto. En cuanto escucharon el ruido de las cacerolas, los americanos se retiraron instantáneamente de Iraq, pidieron perdón, y además los iraquíes se dieron un abrazo y fundaron una plataforma pacifista. Si es que es pura lógica: si tú aporreas una sartén, la paz mundial está asegurada. Digo yo que por qué a nadie se le ocurrió, si realmente esa era una guerra de “sangre por petróleo” (como se apresuraron a bautizar los 4 cretinos que lideran a los gilipollas), buscar una manera de fastidiar a las empresas petrolíferas. ¿Por qué nadie propuso dejar de utilizar el coche? Ya, claro, eso es exagerado. Una cosa es que los iraquíes se mueran, y otra cosa es coger el metro para ir a trabajar. Vale, sí, lo reconozco, soy un radical. ¿Qué tal instaurar el “lunes contra la guerra”, de manera que todos los primeros lunes de cada mes dejemos el coche en casa? Eso no parece mucho, ¿no? Pero seguro que se nota algo en los ingresos de las compañías petroleras. ¿Qué? ¿Que sigue siendo demasiado? ¡Ah, vale! Que lo de las cacerolas sólo era para hacer un poco de juerga y sentirnos mejor. ¡Coño, pues haberlo dicho antes! Porque, en ese caso, la próxima vez propongo que en lugar de sacudirle a las cacerolas quedemos directamente en un descampado y montemos una rave-party. Eso sí: con una causa. Por ejemplo, podríamos beber calimocho, pero que conste que lo hacemos sólo para reivindicar los derechos de las mujeres afganas. No creo que con eso consigamos nada, y ellas tendrán que seguir aguantando la humillación a la que las someten los patanes de aquellas latitudes, pero de eso no tenemos la culpa nosotros. La culpa es del gobierno, y de los americanos. Ya entiendo, ya… Le voy cogiendo el tranquillo a esto de tener conciencia. Y, como diría Bart Simpson: ¡mola!

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