Archivo de la Categoría 'Libros'

Matemáticas para el pueblo: confirmando el oxímoron

El laberinto mágico
Ian Stewart

308 pags.

Valoración:

Ian Stewart es un matemático de renombre que sabe 3 cosas muy importantes: (i) que a la gente le gusta la fantasía, (ii) que la gente quiere creerse lista, y (iii) que para la gente, las matemáticas son el estándar universal de inteligencia. Uniendo esos 3 aprendizajes Stewart se sentó un día y se puso a escribir una serie de artículos sobre curiosidades matemáticas, explicándolas de una forma semi chusca, y dándoles un halo misterioso y cuasi mágico (de ahí el título). El resultado debería ser un libro que, leído por aquellos a los que la trigonometría les parecía el colmo de la dificultad, provoca una subida de ego considerable. De repente, el patán que no entendía qué era una integral puede hacerse la ilusión de que entiende algo, y por lo tanto puede concluir que el problema de su incapacidad para las matemáticas no ha sido nunca culpa suya, sino de los profesores que tuvo. Lo de siempre: el niño es muy listo pero se distrae porque se aburre.

Pues no: si el niño fuera tan listo, se distraería y se aburriría (incluso se dormiría en clase, como uno que yo me sé) y a pesar de eso sacaría matrícula de honor. Distraerse y aburrirse, y pencar después, no es un síntoma de inteligencia: es un síntoma de mediocridad. Es lo que le pasa a todo el mundo. Pero oye, que no digo yo que el libro de Stewart no pueda ser un buen sustituto para todos esos libros de autoayuda que la gente se compra para convencerse de que no son tan lerdos y sus vidas tan miserables como realmente son. En ese sentido, olé para Stewart.

Pero si hablamos de matemáticas, el libro es un poquito truño. Hace de lo profundo que hay en las matemáticas una especie de “El señor de los anilllos” para morlocs con ínfulas. Hay algunos capítulos que podrían ser realmente interesantes (el del razonamiento Bayesiano, por ejemplo) pero que en ese afán por belenestebanizar todos los conceptos, se queda en una especie de acertijo de suplemento dominical.

Lástima, porque está claro que Stewart sabe un huevo de esto, y podría enseñarnos cosas con chicha. En lugar de eso, las metáforas no le dejan ver el rábano del bosque, y por eso no le cobija una buena sombra. Intento nulo. Al tercero, expulsado. Lástima. Sus padres se habrían sentido tan orgullosos de él…

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Una original historia del pasado

Breve historia del futuro
Jacques Attali

243 pags.

Valoración:

Imaginar el futuro no es difícil: es imposible. Por eso yo jamás me habría comprado este libro, pero a veces uno hace cosas que no haría jamás. Me lo recomendó una francesa, era una tarde de primavera, el vino sabía dulce… venga, venga, no me tiréis más de la lengua, o tendré que acabar confesando que era una comida de trabajo y que me tomé la recomendación del libro como un pequeño compromiso. Y además, nunca se sabe. De vez en cuando es bueno hacer cosas que uno no haría jamás. Por si acaso luego cambia de opinión y decide sí hacerlas.

No ha sido el caso, sin embargo, de mi valoración sobre los adivinos. Antes de leer el libro pensaba que intentar prever el futuro es una pérdida de tiempo, y después de leerlo sigo pensando lo mismo. Como decía la canción Sunscreen de Baz Luhrmann: “don’t worry about the future, or worry, but know that worrying is as effective as trying to solve an algebra equation by chewing bubble gum”. Pues eso.

El problema, en general, es que los adivinos siguen métodos lineales para hacer sus predicciones. Sea mirando las vísceras de un pollo, sea analizando el movimiento de Saturno con respecto a Marte, o sea estudiando concienzudamente el pasado, el método es siempre el mismo: buscar una relación causa-efecto predecible. Y eso, como ya ha demostrado muchas veces el propio pasado, no existe. Nos equivocamos sistemáticamente haciendo predicciones justamente porque predecimos lo que pasará en función de lo que ha pasado, y eso, como dice Luhrmann, es como intentar que masticar chicle nos resuelva una ecuación de álgebra. Nada que ver una cosa con la otra.

De hecho, el propio Jacques Attali empieza el libro haciendo un repaso breve pero muy interesante de la Historia de la Humanidad (sin duda la mejor parte del libro). Y, curiosamente, el propio Attali identifica 9 momentos (en la Historia reciente, digamos en los 2 últimos milenios) en los que las cosas cambiaron radicalmente… gracias al advenimiento y explotación de algo nuevo e imprevisto. O sea, que él mismo reconoce que los grandes cambios en la Historia eran imprevisibles antes de que se produjeran. Pero, acto seguido, se aventura a predecir lo que pasará en los próximos 100 años extrapolando lo que está pasando ahora mismo.

Dejando a un lado la trampa intelectual, el resultado final no es ni interesante ni parece muy creíble. Puede ocurrir, por supuesto, pero también puede ocurrir que venga un meteorito y deje el planeta como un solar. Todo es posible, pero ese no puede ser el argumento. Y tampoco puede ser que “es hacia donde vamos ahora”. Por supuesto que ahora vamos hacia alguna parte, la Humanidad siempre va hacia alguna parte, pero de repente cambia de rumbo sin saber muy bien por qué. ¿Alguien podía predecir en 1.800 que el mundo sería, en términos generales, democrático menos de 2 siglos después? La democracia entonces era un sueño de 4 fumados que, además, eran pobres y socialmente peligrosos. ¿Alguien podía predecir hace 20 años que hoy yo podría escribir en un blog que a su vez podrían leer miles de millones de personas de todo el planeta desde el salón de sus casas? Vale, no lo hacen, pero pueden.

Suponer que las cosas “son como son” y que, por lo tanto, sólo queda evolucionar en esa dirección, es olvidar lo que ha sido nuestra Historia como especie. Como decía antes, lo curioso es que Attali empieza el libro repasando esa Historia, y repasándola además de una manera aguda y provocadora. Ahí es donde termina el interés de este libro. El resto podría haberlo escrito un hechicero africano mirando cómo vuelan los buitres, y tendría las mismas probabilidades de acertar. Eso sí: seguro que no vendía tantos libros como Attali. Adivinar, como todo en estos días, no es ni bueno ni malo. Todo depende del color de la tapa con que se lee.

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Esto sí es arte

Fórmulas elegantes
Graham Farmelo (editor)

366 pags.

Valoración:

Desde mi más tierna infancia la gente se empeña en que me gusten cosas que no me gustan. Desde las fiestas de cumpleaños hasta la pintura, pasando por viajar o hacer comilonas. Tal vez por eso, también desde mi más tierna infancia, me he acostumbrado a hacer las cosas que realmente me gustan solito. Menos una, que siempre que puedo la hago acompañado porque es muchísimo más divertida. Pero por lo demás, y como dice el refrán, a la fuerza ahorcan. Y como era difícil encontrar voluntarios para hablar de álgebra, o de la muerte, o de astronomía, o de partículas elementales, o de Dios, o de Heráclito, pues tacita a tacita he ido cogiéndole el gusto a hablar solo. Tanto, que ahora ya no me gusta hablar de esos temas con nadie. Así siempre tengo razón.

Durante una época convulsa de mi vida, en la que frecuentaba consejeros delegados con demasiada asiduidad, con el consiguiente daño cerebral (del que, me temo, nunca he llegado a recuperarme por completo) aprovechaba mi cercanía a “La Casa del Libro” para irme de la oficina de vez en cuando, subir a la planta de Matemáticas, sentarme en algún rinconzuelo, y leer libros de Álgebra. También alguno de Física, aunque la Física no tiene un efecto tan rápido. El Cálculo Infinitesimal está en un término medio. Y muchas veces pensaba que alguien debería organizar exposiciones de fórmulas y de desarrollos matemáticos, igual que se organizan exposiciones de pintura o de fotografía. Que no digo yo que los desarrollos matemáticos le tengan que gustar a todo el mundo, pero a mí tampoco me gusta la pintura y entiendo que haya exposiciones porque hay quien sí ve algo “más allá” de los brochazos.

Pues a falta de exposiciones a las que uno pueda ir para sentarse delante de una fórmula y quedarse allí parado hasta que el cerebro se amanse, Graham Farmelo ha decidido reunir en un libro unos cuantos ensayos de diversos autores en los que cada uno cuenta la “historia” de una de las grandes ecuaciones de la Historia. Es como esas fichas que hay en las exposiciones de pintura donde nos cuentan que el autor del cuadro era un flamenco (no el bicho, sino la nacionalidad… aunque a veces yo tengo dudas) de tal siglo, que aprendió de no sé quién, copió el estilo de no sé cuántos, y fue el primero en introducir la perspectiva pajolera. Pues lo mismo, pero con los autores de las fórmulas.

El criterio de selección es, en general, incuestionable. Están por supuesto las 2 fórmulas de Einstein, la de Planck, la de Schroedinger, la de Dirac, la de Yang-Mills… Y viéndolas todas juntas asombra pensar que en tan pocas líneas, con tan pocos símbolos, se pueda resumir todo lo que pasa en el Universo. Cuando el editor sale de la Física para incluir fórmulas de otros campos, el criterio empieza a ser dudoso. Ninguna objeción a que se incorporen las ecuaciones de Shannon sobre Información, ni el Mapa Logístico como exponente temprano y paradigmático de la Teoría del Caos. Pero personalmente me parece de chiste que aparezca la Ecuación de Drake, que no pasa de ser un razonamiento mediocre y mal planteado, que si ha alcanzado cierta notoriedad es porque Carl Sagan y algunos otros prohombres de su época se entusiasmaron (incomprensiblemente) con ella.

Igualmente cuestionable me parece la inclusión de unas ecuaciones de las que ni siquiera había oído hablar, y que tratan del impacto ecológico de los CFC. Más que cuestionable, aquí el criterio me parece claramente miope. Comparar el salto intelectual que supuso la ecuación de Planck con unos cálculos de 1º de Química es simplemente inaceptable. Mal, Farmelo, muy mal. Te has dejado llevar por la moda ecologista, y aunque desde un punto de vista moral puede ser incluso loable, desde un punto de vista matemático no tiene justificación.

A pesar de esos dos borrones, el libro es sin duda una maravilla. Recoge el legado de las mentes más brillantes no sólo del último siglo sino de la Historia de la Humanidad. Puestas en contexto, las fórmulas resultan todavía más brillantes y poderosas. Ver resumida la complejidad del Universo en unas cuantas líneas es algo que produce una emoción interior inexplicable, cercana por un lado a la euforia y por otro lado al llanto. Sí, dan ganas de llorar, de llorar de felicidad, de armonía. No sé si eso es lo que les produce la pintura a aquellos que saben disfrutarla. Para mí, y dado que me falta la parte del cerebro que produce sensaciones ante la contemplación del arte “oficial”, este “Fórmulas elegantes” es como un museo personal. Por favor, no molesten. El arte se contempla en silencio.

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Del detalle de la anécdota del ápice

El duelo de los ángeles
Roger Bartra

166 pags.

Valoración:

Vale, lo reconozco. Alguien que se compra un libro con este título, y subtitulado “Locura sublime, tedio y melancolía en el pensamiento moderno”, sólo se merece lo que yo he conseguido: una tostada de calibre parabelum que deja a la víctima en un estado permanente de entre bostezo y vómito. Un pedazo de coñazo, vamos. Un truño. Y no sigo porque podría recrearme demasiado en la venganza.

La Filosofía dejó de tener sentido después de los Griegos. No de estos griegos que llevan a su Estado a la bancarrota creyéndose, como nosotros (como tantos otros), que los derechos llueven del cielo y que el dinero crece en los árboles. Me refiero a los Griegos de pensamiento, que no de obra. Heráclito (por supuesto el primero), Demócrito, Platón, Aristóteles, Parménides… en fin, tampoco voy a recitar la alineación del Panatinaikos ahora, supongo que ya se entiende a lo que me refiero. Aquellos pensadores bravidos ya dijeron todo lo que hay que decir sobre la Naturaleza Humana. Lo demás, todo lo demás, todos los demás, le han dado vueltas a lo mismo envolviéndolo en palabras cada vez más raras y cada vez más largas. Sobre todo los alemanes.

En esa escuela de pensadores que no piensan sino que reformulan y complican, nos llega este libro de Roger Bartra, que sin duda será un fenómeno de la Filosofía pero que sin duda también es un pésimo comunicador en el sentido literal de la palabra, que no en el televisivo. Sinceramente dudo de que Bartra tenga alguna idea a la que merezca la pena dedicarle más de 30 segundos del valioso tiempo que se nos agota con cada inspiración que hacemos, pero desde luego estoy seguro de que aunque la tuviera, yo no aguantaría ni 1 segundo de su exposición.

Parece que la Filosofía va ligada en los últimos siglos a tostón verborreico. Pues mira, si es así, a mí dejadme tranquilo. Filosofad todo lo que queráis (o, como decía antes, maread la perdiz todo lo que queráis) pero a mí no me metáis en estas tonterías ensoberbecidas con palabras construidas artificialmente para que tengan más de 5 sílabas. Yo me vuelvo a la Física. Nota mental (otra más): JR, pon la Filosofía en el mismo espacio que la Religión. Necesitas espacio en las estanterías y en el cerebro. No lo llenes con estas cosas, que luego se te acaba la RAM y a ver qué hacemos.

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A ver si la próxima vez me acuerdo

El espejismo de Dios
Richard Dawkins

450 pags.

Valoración:

Tener mala memoria es fatal. Gracias a este blog he conseguido dejar de comprar 2 veces el mismo libro, o ver 2 veces la misma película (mala, normalmente), pero sigo sin conseguir recordar lo que ya sé, en general. Por ejemplo, que ya sé todo lo que quiero saber sobre religión y sus alrededores. Ya me pasé mis buenos años leyendo libros sobre catolicismo, protestantismo, budismo, islamismo, confucionismo, y demás opiáceos. Y, sinceramente, donde se ponga la morfina, que se quite el panteón de dioses más florido. Lástima que esté prohibida, porque si no, no habría color.

De hecho, la única virtud que se le puede poner a la religión es que no está prohibida. Y es bueno que sea así, porque es un gran sustituto de la morfina para millones de personas, a las que habría que dar morfina si no hubiera religión, y eso supondría un gasto inasumible para las arcas del Estado. Por lo demás, el daño que provoca en algunas personas es normalmente compensado (o compensable) por el bien que produce en otras, así que dejémoslo en un empate y todos a casa.

Richard Dawkins es un ateo convicto y confeso. Según su definición de ateo, entonces yo también lo soy, aunque en general creo que me define mejor el término ateísta. Matices. Coincido con Dawkins en que es intelectualemente insostenible la creencia en un dios antropomórfico (no en el aspecto exterior sino en el sistema de valores), y que el modelo premio/castigo funciona cuando uno tiene 5 años pero difícilmente se puede seguir aceptando cuando uno tiene 55 y ha visto cómo funciona el mundo.

Dicho esto, y aceptando como válidos la mayoría de los razonamientos de Dawkins, creo que su tono es un pelín radical. Critica a los fundamentalistas religiosos (especialmente a los cristianos, que cada día hay más) pero su crítica es a su vez bastante fundamentalista. Su “fe” en la Teoría de la Evolución resulta sorprendente cuando su principal argumento es que la fe no es un argumento intelectual. La Ciencia se ha equivocado tantas veces a lo largo de la Historia que es ridículo blandir su bandera para demostrar nada. Que la Religión se haya equivocado todavía más veces, y de maneras mucho más flagrantes y perjudiciales para la Humanidad, es tan sólo una manera de recurrir al penoso argumento del “y tú más”.

La Religión no da respuestas, es cierto. O, peor: da respuestas tan equivocadas que si el Hombre no se hubiera desligado de la Religión seguiríamos matando corderos para intentar que lloviera. O seguiríamos tirando mujeres al río para ver si eran brujas. O seguiríamos quemando a nuestros semejantes por decir cosas que supuestamente ofenden a un dios que ni siente ni padece.

No obstante, Dawkins pone encima de la mesa algunas cuestiones que no por evidentes resultan menos sorprendentes. Por ejemplo, ¿por qué hay que respetar las creencias religiosas de los demás, pero no otro tipo de creencias? Hace algunos meses me llamó un agente de seguros de American Express para venderme algo. Le dije que no. Le repetí que no. Le supliqué que me dejara en paz. Y de repente, como ya estaba harto, se me ocurrió cachondearme de él. Le dije que mi religión estaba en contra de los seguros, que lo veíamos como una manera de desafiar a Dios puesto que nos asegurábamos porque no confiábamos en Su protección. Oye, mano de santo (nunca mejor dicho). El tipo me dijo que respetaba mucho mis creencias y dejó de insistir. ¿Por qué coño no dejó de insistir antes, cuando le dije que no quería un seguro y se lo argumenté de una manera racionalmente impecable?

Es vergonzoso que uno pueda dejar de cumplir con determinadas obligaciones alegando “objeción de conciencia”, y que esa objeción suela estar asociada exclusivamente a creencias religiosas. ¿Es intelectualmente superior una creencia religiosa a un argumento razonado? ¡No! Pero ahí estamos.

Así pues, y en general, “El espejismo de Dios” es un libro recomendable. Tiene agujeros lógicos de bulto, siendo probablemente el mayor de ellos el intento de demostrar que hay más probabilidades matemáticas de que Dios no exista que de que sí exista. Dawkins se retrata ahí como un pésimo (o un tramposo) lógico. El concepto de Dios, por definición, está fuera de la realidad y por lo tanto de cualquier herramienta que nosotros utilicemos para medir la realidad. Creer o no creer en Dios es una cuestión de fe. Creer en un Dios antropomórfico intelectualmente es intelectualmente muy pobre. Y aun así, la inmensa mayoría de la población mundial lo cree. Esa es una de las muchas razones por las que siempre me he sentido solo, por las que cada vez me siento más solo, y por las que cada vez quiero esta más solo. No es la única, pero en su momento fue una de las principales. Ahora hay otras. Pero, en cualquier caso, para mí es agua que ya no mueve molino. Por eso, a ver si la próxima vez me acuerdo y dejo de leer libros sobre Religión. Sobre ese tema, no sé si está todo dicho pero yo ya lo tengo todo escuchado y leído. Nota mental: JR no pierdas más tiempo con esto. Ya perdiste bastante.

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Del dolor

Del dolor, la verdad y el bien
Miguel García-Baró

318 pags.

Valoración:

Cuando leí el título de este libro pensé: qué gran invento son los fascículos. Porque si lo hubieran publicado en fascículos, los editores se habrían ahorrado talar cuatro ramas más y yo me habría ahorrado 12 euros, al haber dejado la colección después de que el autor me hubiera contado lo que me tuviera que contar sobre el dolor. Lo de la verdad y el bien, sinceramente, me importa un pito. Sobre todo porque son dos conceptos subjetivos, y por lo tanto variables, y eso quiere decir que el análisis de una persona concreta en un momento concreto, incluso si analiza lo que se ha dicho sobre el tema a lo largo de la Historia, está por fuerza “contaminado” por la visión que esa persona y su época tienen sobre esos conceptos tan abstractos, humanos, y esquivos.

El dolor, sin embargo, es un concepto objetivo. Pondré un ejemplo: pídamosle a un diputado del PP que nos cuente la verdad sobre el 11-M, y después pidámosle a uno del PSOE que haga lo mismo. A continuación, pídamosles a ambos que nos digan en qué consiste ser un ciudadano de bien o cómo se puede contribuir a hacer el bien en el mundo. Y, por último, pongámonos unos crampones en los pies, démosles sendas patadas en los huevos a esos dos mismos políticos, y preguntémosle qué han sentido.

Anticiparé el resultado de tan peculiar experimento, para evitar que algún lector fundamentalista del blog se ponga manos a la obra: con las dos primeras preguntas obtendremos respuestas tan diferentes que, de hecho, dudaremos de haber preguntado efectivamente lo mismo a esos dos próceres de nuestra sociedad. Sin embargo, a la tercera pregunta obtendremos una misma y unánime respuesta, que será además tajante, incuestionable, y, añado, difícil de escuchar puesto que nos la darán con lágrimas en los ojos y arrodillados en el suelo.

Quiero decir con todo esto que siempre he sentido una fuerte curiosidad por entender qué coño pinta el dolor en la realidad, pero que el bien y la verdad me parecen elucubraciones de burgueses ociosos entre armagnac y armagnac. De hecho, y para ser más precisos, siempre he sentido una fuerte curiosidad por entender qué coño pinta el dolor en una realidad que pueda tener algún tipo de sentido trascendente. Porque, claro está, si esto es una sopa de bosones y fermiones que se juntan y se separan, y dentro de 10.000 millones de años se convierten todos en gelatina de fresa, el Universo colapsa, y hasta luego Lucas, entonces el dolor sería simplemente un adorno más de ese enorme cóctel de frutas hecho por un mandril en el que de vez en cuando se cuela un higo podrido.

Pero si uno intenta construir una hipótesis de trascendencia, sea la que sea, el tema del dolor suele ser un pequeño problema para dotarla de cierta coherencia intelectual. Es difícil ser verde, decía la rana Gustavo, pero más difícil es tener que aceptar que es necesario que exista el sufrimiento para algo, para cualquier cosa, para lo que sea. Es difícil tener que aceptar que ahora mismo, mientras yo escribo, cientos de personas están muriéndose entre dolores insoportables, dolores inimaginables, muchas de ellas solas, muchas de ellas sin haber llegado a cumplir unos pocos años de edad, muchas de ellas sin casi haber nacido, muchas de ellas torturadas hasta incluso en su agonía por otras personas que, a pesar de entender perfectamente el dolor que causan, no dejan de causarlo.

Ante esa realidad a la que, utilizando el término técnico acuñado por la Academia Ontológica de Wichegstagen, llamaré puta realidad de mierda, es difícil construir ningún razonamiento que intente encontrar algún tipo de trascendencia. Que todos los bosones y fermiones que suben y bajan de sus estados cuánticos tengan, como uno de sus propósitos fundamentales, agruparse de tal manera que formen unas entidades capaces de sentir dolor y sufrimiento en grados tales que las propias entidades lleguen a preferir dejar de existir como tales, tiene huevos, utilizando también la expresión técnica que introdujo el Profesor Grijánder en la Conferencia a Albacete que puso para hablar con su tía abuela.

Dicho todo lo cualo, afirmo ahora: la primera parte de este libro está muy bien. El autor, que ha leído más filosofía de la que yo podría leer aunque ahora tú me dijeras ven y yo lo dejara todo para dedicarme a ello durante el resto de mi vida, hace una exposición brillante del concepto del dolor, de sus implicaciones, de las actitudes que reclama, y hace una brillante apología de la valentía, esa virtud tan denostada en estos tiempos en los que la cobardía se disfraza de paz, igual que la venganza se disfraza de justicia.

Las exposiciones sobre el bien y la verdad me han interesado menos, pero no porque el autor no las aborde con la misma autoridad y conocimiento que la primera, sino porque como dije antes son dos temas que no me interesan en absoluto. De ahí las 2 estrellas de la valoración global.

Y para terminar, reproduzco un fragmento de la introducción de la obra, que tiene, como el resto del libro, miga suficiente como para hacerse un buen bocadillo. Habla el autor de ese momento en la vida en la que uno se hace la gran pregunta, y se enfrenta por primera vez a lo absoluto, a lo único, a lo que ya no te abandonará nunca a pesar de que te genere un enorme gasto en aspirinas y antiácidos:

Se trata de un peso terrible, pero también de un don. Es, en verdad, el peso y el don por excelencia, por antonomasia. Y en él surge el individuo de cara a lo absoluto, en diálogo inacallable con lo absoluto, absolutamente requerido por lo absoluto que a él le interpela como al que, en última instancia, está solo.

Hala, mañana reunión a las 11.

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Todo pasa y nada queda

Fundamentos de la vía media
Nágárjuna

244 pags.

Valoración:

Alguien dijo en algún libro que leí (nótese una vez más la debilidad de mi memoria, que me obliga a tener un blog para no darle dos veces la mano al mismo) que una religión es un sistema de pensamiento que cumple 3 requisitos: (i) presenta una justificación trascedente de la vida, (ii) promueve un código de conducta para la vida, y (iii) incluye una serie de ritos para materializar elementos de lo primero y lo segundo. O sea, que una religión explica por qué la vida es como es (porque Dios es un señor barbudo que nos quiere mucho, porque Dios es un señor lampiño que no nos quiere nada, porque Júpiter se enamoró de Afrodita y le puso los cuernos con su hermana…), nos dice cómo comportarnos en la vida mientras estamos en ella (no robarás, no te jincarás a toda chuqui viviente, no comerás chorizo…), y nos propone rituales comunes para que nos sintamos parte de un grupo y, por lo tanto, más seguros de que estamos en lo cierto (vamos todos a misa, vamos todos a La Meca, encendamos todos velas delante del altar de los antepasados…).

Cualquier sistema de pensamiento que cumpla esos 3 requisitos es una religión. Por eso, ser del Barça no es una religión, porque no incluye el primer elemento (si Dios existiera, sería del Barça, lo que deja sin explicación el hecho de que exista el Real Madrid). Pero seguir a Maradona sí es una religión, porque al ser la Tierra redonda, Maradona bien podría ser el que controla el planeta y decide sus designios; además, Maradona nos ha dado un magnífico ejemplo de cómo vivir en este mundo, y los ritos de su religión incluyen insultar a la prensa y acudir a los partidos de Argentina tajado. Ahí están los 3 elementos.

¿Es el budismo una religión? Sí. Explica la existencia de “este” mundo, da unas guías de comportamiento mientras estamos en él, y tiene sus propios ritos (la túnica naranja es, probablemente, el más molón de todos). Y como buena religión, viene en distintos sabores. Los cristianos pueden ser católicos, protestantes, ortodoxos, evangelistas… los musulmanes pueden ser suníes, chiíes, wahabíes… y los budistas, pues igual. Tengo entendido que la escuela mahayana es la más extendida, pero no es la única. Y para demostrarlo, aquí está (figuradamente, porque palmó hace casi 20 siglos) Nágárjuna, fundador de la famosa “vía media” cuyos principios se exponen en este “Fundamentos de la vía media” que empecé a leer con grandes expectativas.

Y las expectativas eran grandes porque después del periplo interior que me llevó a recorrer un montón de religiones cuando tenía unos 30 años, me quedó claro que la religión más interesante desde un punto de vista intelectual es sin duda el budismo. Es una religión que no cae en el infantil error de intentar explicar este mundo con argumentos de este mismo mundo. No intenta explicar el comportamiento de Dios con analogías humanas, que se desmontan con 2 preguntas y que, en el peor de los casos, consiguen que Dios parezca un pobre infeliz con muy mala leche. Muuuuuy mala leche.

El budismo prescinde del concepto de Dios casi absolutamente (el “casi” es una valoración mía, seguramente un budista lo quitaría) y por lo tanto no tiene que explicar por qué Dios es bueno, es omnipotente, y es un sádico que permite que se torture a niños, todo a la vez. Muerto el perro se acabó la rabia, debió de pensar Siddarta Gautama. Y pensó bien. De hecho, pensó muchas más cosas bien. El libro “El silencio del Buddha” es uno de los mejores libros de religión que he leído jamás, desde luego mucho más enriquecedor intelectualmente que la Biblia o el Corán, que son entretenidos desde un punto de vista antropológico pero poco más. Y el Bhagavad Gita es una horterada para un occidental, aunque tiene pasajes de calado. De Warren Sánchez y similares ni hablamos.

“El silencio del Buddha” explica, entre otras cosas, por qué Buddha tenía la desconcertante costumbre de no contestar nada cuando le preguntaban. La razón, resumiendo mucho el argumento, es que no hay respuestas acertadas ni equivocadas, puesto que el problema es que la pregunta está mal hecha. Porque, como decía, los budistas elevan varios niveles el discurso trascendental con respecto a las religiones abrahámicas. Cosa no muy difícil, por otro lado. Digamos que las religiones abrahámicas están en un primer piso (en la planta calle están las religiones de las Grecia y Roma clásicas), y el budismo está en el ático. No en el sobreático ni en la azotea, pero mucho más arriba que los otros claramente.

Y tras esta bonita, aunque ladrillera introducción, se plantea una pregunta que apunta a una contradicción. ¿Por qué, después de esta alabanza al nivel intelectual del budismo, le endiño un cicatero 2 a estos “Fundamentos de la vía media”? Pues porque Nágárjuna se entrega a un ejercicio de malabarismos lingüísticos que no me atrae nada. Demostrar que el lenguaje es incorrecto o insuficiente para explicar la realidad no aporta nada sobre la realidad en sí misma. Es obvio que el lenguaje, al ser una herramienta humana, va a tener las limitaciones propias de nuestra naturaleza. Pero esto es lo que hay, amigo Nagarjuna. Las cualidades de una palabra no dicen nada sobre las cualidades del objeto que denomina. Y, por extensión, demostrar que el lenguaje cae en contradicciones no quiere decir que la realidad sea contradictoria. Simplemente quiere decir, en el peor de los casos, que hemos elegido mal las palabras o, incluso, que hemos conceptualizado mal la realidad y por lo tanto hemos “elegido mal” las cosas que hay que nombrar.

“Fundamentos de la vía media” se queda, pues, en un ejercicio de virtuosismo dialéctico. Nágárjuna retuerce las palabras hasta que confiesan, y después extrapola esa confesión a los conceptos que denominan esas palabras. Error. Si el lenguaje está mal diseñado el problema es nuestro. Ningún ente trascendente tiene nada que ver con eso. La realidad es la que es, independientemente de cómo la llamemos. El salto que hace Nágárjuna es un salto de fe, sólo que de otro tipo de fe del que requieren las religiones abrahámicas.

Y el problema de la fe es que se tiene o no se tiene. No se puede razonar, no se puede enseñar, no se puede compartir. Es una búsqueda personal, lo que no quiere decir que sea una búsqueda individual. Nágárjuna no es, sin embargo, un compañero de viaje que me haya aportado mucho. Si acaso, la confirmación de algo de lo que ya me convenció aquel viaje por las religiones que mencionaba antes: que las religiones no son el sitio en el que hay que buscar si uno quiere entender algo más sobre la famosa pregunta del “qué coño es todo esto”. Para eso, la Física Fundamental ofrece pistas mucho más interesantes. Y ahí estamos.

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Una mente prodigiosa en un mundo podrido

Heisenberg
Antonio Fernández Rañada

334 pags.

Valoración:

Siento una debilidad especial por Heisenberg. Y es una debilidad difícil de explicar, porque vivió en una época en la que la Física Fundamental tuvo una de las mejores alineaciones de la Historia. La mejor, diría yo. Fijarse en el 11 inicial que salió al campo en la 5ª Conferencia Solvay que se celebró en 1927: Ernst “El Átomo” Borh, Max “Cuántico” Born, Louis “Dualidad” De Broglie, Compton, Madame “Radioactividad” Curie, Paul “La Delta” Dirac, Albert “Relatividad” Einstein, Werner “Principio de Incertidumbre” Heisenberg, Wolfang “Principio de Exclusión” Pauli, Max “Constante Universal” Planck, y Erwin “Ecuación Fundamental” Schrödinger. Entrenador y presidente de la conferencia: H.A. “La Transformación” Lorentz.

Elegir a uno de esos astros del micromundo como el mejor es, desde luego, una cuestión de gusto personal exclusivamente. Einstein fue Messi, el mejor, el más brillante, la estrella del equipo (que, por cierto, no era un equipo ni por lo más remoto, aquí cada uno tenía un ego del tamaño de la provincia de Palencia, en el caso de que Palencia exista, que aún está por demostrar). Pero, una vez reconocido que Einstein y Messi son los mejores, y aceptado que desde un punto de vista objetivo y racional es un hecho indiscutible, queda la parte emocional. Queda ese “no sé qué” que hace que uno babee cada vez que coge la pelota Iniesta, aunque sabe que rara vez terminará marcando, y que al final será Messi el que se regatee a 8 y termine rematando de chilena para anotar el golazo del día.

Heisenberg es mi Iniesta subatómico. Con la diferencia de que Iniesta parece un chaval majo, y Heisenberg colaboró con el régimen nazi e intentó con todas sus fuerzas desarrollar la primera bomba atómica para fumigar a los ingleses en el sentido literal de la palabra, porque conociendo a Hitler no habría dejado ni uno. Eso no quiere decir tampoco que Heisenberg fuera un ioputa como Hitler, ni siquiera comparable. De vez en cuando incluso levantó la voz contra los nazis, pero sin la fuerza ni la convicción suficientes. Al final, como decía antes, el ego fue más fuerte que cualquier otra consideración, y la tentación de poder ganar a sus colegas consiguiendo por primera vez en la Historia una reacción de fisión en cadena fue demasiado fuerte.

A pesar de eso, y como la moral y la inteligencia son dos cosas muy distintas, hay que reconocer que Heisenberg fue un ser humano excepcionalmente inteligente. Brillante, en el sentido literal de la palabra. Heisenberg brilló como pocos otros seres humanos han brillado a lo largo de la Historia. Y nos regaló el que, junto al Teorema de Gödel y la Ecuación de Einstein, es sin duda la gran revelación física (y filosófica) de toda la existencia de la Humanidad: su famoso Prinicipio de Incertidumbre. Que no dice, como piensan los muy lerdos, que “todo es incierto”. Ni que, como piensan los lerdos a secas, “el observador afecta al sistema observado” (porque eso es de perogrullo y no hace falta saber álgebra lineal para descubrirlo).

El Principio de Incertidumbre de Heisenberg dice que la Naturaleza, la realidad (sea lo que sea lo que esa palabra quiere decir) está sometida a una incertidumbre intrínseca. En una escala subatómica, en el ámbito donde la Naturaleza se rige por principios cuánticos y no continuos, nada es cierto. La materia no está definida. Nada existe, y nada no-existe. Es imposible saber qué es todo esto, pero no por nuestra incapacidad para saberlo, sino porque todo esto tiene una propiedad de diseño que hace que sea imposible saberlo. Si preguntas demasiado, simplemente no hay respuestas.

El Principo de Incertidumbre, combinado con el Teorema de Gödel y la Ecuación de Einstein, forma el triángulo (¡cómo no!) fundamental de lo que sabemos sobre la naturaleza profunda de todo esto. A saber:

  • Que la materia está “diseñada” de manera que, por debajo de un cierto nivel de profundidad, es imposible saber nada de ella con certeza
  • Que, además, cualquier información que podamos conseguir no puede transmitirse a una velocidad superior a la de la luz
  • Y que, en cualquier caso, todo lo anterior está demostrado con un sistema de razonamiento que no puede validarse a sí mismo; o sea, que tal vez todo sea falso

Eso es real. No es filosofía. Y, sin embargo, no he leído ningún libro de Filosofía que me haya hecho pensar más sobre el sentido de todo esto que esos 3 principios físicos. La Física es belleza. La Filosofía es pedantería. He dicho.

En cuanto al libro de Fernández Rañada, es francamente interesante. Nos cuenta la vida de Heisenberg en sus dos vertientes: la del genio de la Física, y la del brillante intelectual integrado en el sistema nazi. Al final, afortunadamente para todos, lo segundo afectó a lo primero y evitó que su mente privilegiada siguiera llegando a sitios a los que nadie había llegado antes que él. Entre otros, a la bomba atómica. Menos mal que los nazis, además de malos, era imbéciles, porque si no, no estaríamos ahora todos aquí para hacer bromas sobre ellos. Menos mal que su cortedad de miras les hizo prescindir de los más brillantes científicios que un país jamás había podido reunir (Einstein entre ellos) por el simple hecho de que eran judíos. Menos mal que dejaron todo su plan nuclear en manos de un puñado de tíos rubios y de ojos azules, pero con el cerebro un poco menos rubio y azul.

Heisenberg seguía siendo un genio, pero Iniesta no brillaría igual en el Tenerife. Seguiría siendo Iniesta, por supuesto, pero desde luego no ganaría ninguna Liga. Heisenberg tampoco. Para desgracia de todos. Porque sólo con los Heisenbergs y Einsteins de la vida conseguiremos algún día, tal vez, asomarnos a la ventana que tenga una pequeña rendija abierta por la que atisbar, aunque sólo sea en sombras, una intuición de lo que hay al otro lado. En ese sentido, lástima del mundo que nos ha tocado vivir. Nadie piensa en otra cosa que no sea ganar dinero. Y algo me dice que, justamente eso, no tiene mucho que ver con lo que hay al otro lado, así que ¿para qué quieres ganar dinero, gilipollas? Eso si es que hay algo, claro. Pero es que, si no lo hay, ¿para qué coño quieres ganar dinero, gilipollas?

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La verdad sobre la verdad

Sobre proposiciones
formalmente indecidibles de los

Principia Mathematica y
sistemas afines

Kurt Gödel

150 pags.

Valoración:

La popularización de la Ciencia tiene efectos imprevisibles. Por ejemplo, todo el mundo conoce a Einstein, y mucha gente conoce la Teoría de la Relatividad (quiero decir que conoce el nombre; sobre el contenido, asumen que dice que “todo es relativo”, aunque diga justamente lo contrario). Hasta ahí, todo normal. Einstein fue, realmente, uno de los grandes, es normal que todo el mundo lo conozca. Gracias a su mente privilegiada la Humanidad avanzó en unas décadas lo que no había conseguido avanzar en muchos siglos, en términos de entendimiento profundo de la realidad.

Más extraño es que prácticamente nadie conozca a Heisenberg, a Schröedinger, a Pauli, a Bohr, o a De Broglie, por citar sólo a algunos de los contemporáneos de Einstein cuyas contribuciones fueron, cuando menos, imprescindibles para completar el cuadro que Einstein había empezado a dibujar. Y, cuando más, tan importantes como el cuadro en sí. A lo más que llega el ciudadano medio es a aventurar que el Principio de Incertidumbre dice que todo es incierto. O que el Principio de Exclusión dice que todo se excluye. La incultura orgullosa es lo que tiene.

Pero lo que sí es realmente raro es que casi nadie conozca a Kurt Gödel, porque su aportación a la Ciencia es no sólo comparable a la de Einstein, sino incluso mayor en cuanto a “jerarquía” en el orden universal. Porque el Teorema de Incompletitud de Gödel dice… que todo es incompleto. Sí, esta vez el pueblo llano acertaría. En concreto, Gödel demostró dos cosas: que en todo sistema lógico hay proposiciones indecidibles (o sea, que no se puede demostrar ni que sean verdaderas ni que sean falsas) y que no se puede demostrar la consistencia de ningún sistema lógico. Y eso incluye las Matemáticas.

O sea, que Gödel demostró que la herramienta que la Ciencia utiliza para hacer sus deducciones, las Matemáticas, es una herramienta que podría ser defectuosa. Gödel nos dice que no podemos demostrar la consistencia de las Matemáticas desde dentro de las Matemáticas. Necesitaríamos un “sistema superior”. Pero, obviamente, no lo tenemos. Y aunque lo tuviéramos, ese sistema podría demostrar la consistencia de las Matemáticas, pero no podría demostrar su propia consistencia. Y volveríamos al mismo problema.

La mecánica cuántica y el Teorema de Gödel son los dos grandes descubrimientos de la Humanidad en lo referente a la eterna pregunta (“¿Qué es esto?”). Y lo son no por lo que nos enseñan, sino por lo que nos ocultan. Tanto una como la otra apuntan en la misma dirección: el Universo está “diseñado” de tal manerra que nunca se podrá conocer la naturaleza del Universo desde dentro del propio Universo. La mecánica cuántica nos dice que, a partir de cierto nivel, lo único que podemos saber del Universo es la probabilidad de que sea de una cierta manera. Y Gödel nos dice, además, que esa probabilidad está calculada con un sistema que podría tener fallos, y que nunca sabremos si los tiene o no. Las implicaciones metafísicas de esos dos descubrimientos son tan fascinantes, que podría tomarme otros 3 años sabáticos sólo para pensar en ellas. Mientras tanto, lo hago en los ratos libres, o durante las reuniones que duran más de 1 hora.

El libro “Sobre proposiciones formalmente indecidibles…” es, por su importancia fundamental en el pensamiento humano, imprescindible. Esta edición está dividida en dos partes: la primera es una introducción a la figura de Gödel con una explicación resumida de su Teorema de Incompletitud. La segunda es el texto original del artículo en el que Gödel expuso su teorema por primera vez. La primera parte es razonablemente accesible, aunque ciertos conocimientos de lógica no vienen nada mal. La segunda es francamente árida para quien no disfrute con las matemáticas más crudas. Pero, en cualquier caso, es un tesoro histórico. En ese texto el ser humano fue consciente, por primera vez, de que nunca podrá saber si sabe la verdad. El Universo no quiere que descubramos sus secretos. Por eso nosotros seguimos intentándolo. Somos una especie curiosa.

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El porqué de la superespecialidad

La sociedad de la decepción
Gilles Lipovetski

128 pags.

Valoración:

Miucha gente cree que yo me cachondeo de la gente que se cree superespecial. Nada más lejos de la realidad. La superespecialidad es, en realidad, uno de los temas que más me apasionan. ¿Qué es la superespecialidad? ¿El superespecial, nace o se hace? ¿Por qué todo el mundo se cree superespecial, si el único superespecial que hay soy yo? Estos y otros misterios me atormentan en las largas noches de invierno, cuando el adsl se corta y no puedo ver páginas porno.

Este interesante libro de Gilles Lipovetski, en forma de entrevista (realizada por Bertrand Richard), resuelve todos esos misterios e incluso alguno más. Es un libro que plantea una idea muy simple pero muy poderosa: vivimos en la sociedad de la decepción. Y vivimos en la sociedad de la decepción, de nuevo, por un par de razones muy simples pero muy poderosas: porque se han eliminado (al menos en teoría) las diferencias “de nacimiento” entre clases sociales, y porque se ha abanadonado el sentido religioso de la vida.

Traducción: antes, cuando una persona nacía tenía una vida “predefinida”. Un campesino nunca podría tener un casoplón con 20 habitaciones; un rico nunca podría verse pidiendo limosna debajo de un puente. Eso tenía un claro efecto negativo, a saber, putear al 98% de la población, que nacía en las clases bajas. Pero tenía un efecto secundario positivo: quitaba responsabilidad. No había nada que una persona pudiera hacer para cambiar el 90% de su vida. Sólo podías cambiar pequeños detalles, pero en lo esencial tu vida estaba escrita en el momento en que salías de tu madre y veías dónde te había tocado nacer.

Además de eso, la tiranía religiosa que ha dominado Occidente durante siglos también tenía un claro efecto negativo (atormentar a la gente y prohibir el libre pensamiento) pero tenía, a se vez, un efecto secundario positivo: descargaba la responsabilidad en Dios.

El efecto combinado de esas dos circunstancias era muy poderoso. Las personas pensaban: “mi vida es la que es, yo no puedo hacer nada para cambiarla, y lo poco que puedo hacer sólo lo conseguiré si esa es la volunta de Dios”. Conclusión: la gente esperaba muy poco de la vida, y lo poco que esperaba lo veía como una gracia divina, fuera de su responsabilidad individual.

Lipovetski postula que, caídos esos dos pilares de la sociedad Occidental, el peso de la responsabilidad nos abruma. De repente, nos dicen, podemos conseguir todo lo que nos propongamos. No hay excusa: todos nacemos iguales, todos tenemos las mismas oportunidades, sky is the limit (o yendo más allá, como leí el otro día, “no me digas que el cielo es el límite cuando ya hay pisadas humanas en la Luna”). Con ese planteamiento, todo lo que desees y no consigas es “culpa” tuya. A lo mejor es que eres tonto, a lo mejor es que eres débil, a lo mejor es que no das la talla. Pero, sea lo que sea, el problema eres tú. Porque el mundo no te pone ninguna limitación.

Esa idea principal tiene varias derivadas, que Lipovetski va desgranando a lo largo del libro. La superespecialidad es una de ellas, y no lo digo de cachondeo (esta vez). La decepción permanente es otra de ellas. El vacío existencial es, quizás, la peor de todas. La vida deja de tener sentido cuando todo lo que vamos consiguiendo se acaba convirtiendo, simplemente, en un paso intermedio hacia lo siguiente que hay que conseguir. El camino no termina nunca y, además, no lleva a ningún sitio. Y ya no podemos echarle la culpa a Dios. La vida nos decepciona y lo único que podemos hacer es culparnos a nosotros mismos. Es la decepción última: nos decepcionamos a nosotros mismos. Pero salimos a la calle y le decimos a todo el mundo que nos va muy bien. A fin de cuentas, ellos también lo dicen y todos sabemos que mienten. Mientras todos nos engañemos, como en el cuento del emperador desnudo, podremos mantener la ilusión de que realmente pasamos por la vida, de que realmente estamos vivos.

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