Recuerdos de la era analógica
Daniel Tubau

297 pags.Valoración:

Antes de que alguien saque conclusiones precipitadas del cero que le acabo de endosar a este libro, aclararé una cosa: no lo he entendido. Lo digo sinceramente, no es falsa modestia ni una broma. No he entendido nada. Esto es demasiado complicado para mí. Cada uno tiene las neuronas como las tiene, en cadeneta o en punto de cruz, hay gente que es capaz de aprender 5 idiomas y hablarlos a la perfección, otros consiguen imaginarse de verdad qué es un bosón de Higgs, y otros son capaces de entender a las mujeres. Hay de todo, sí, eso es. Y seguro que habrá gente que entenderá estos “Recuerdos de la era analógica” que a mí me han dejado con cara de “cuál es la raíz cuadrada de 28.419″.
Este libro me llega, como todo lo que leo, por recomendación de alguien en cuyo criterio confío. Y seguiré confiando, a pesar de esto, porque una mala tarde la tiene cualquiera. Y por lo de las neuronas que decía antes. Por alguna extraña razón mis neuronas consiguen organizarse para entender cómo el Universo se desdobla (por decirlo de alguna manera) cada vez que se crea un par Einstein-Podolsky-Rosen, pero se han hecho la picha un lío con esta especie de novela de ciencia ficción, pseudo ensayo antropológico, crónica de nuestro tiempo, y esbozo del futuro, todo en uno. O no. Porque, sinceramente, sigo sin ser capaz de definir qué coños es “Recuerdos de la era analógica” (subtitulado “Una antología del futuro” para acabar de liarla).
Y por intentarlo no ha quedado. Cuando llegué a la fatídica página 50, momento en el que cualquier otra obra habría ido a la velocidad de la luz a la estantería de obras leídas, le di una segunda oportunidad. Venga, me dije, otras 50 páginas. Nadie se ha muerto por leer 100 páginas de algo. Que se sepa. Y ahí me pongo, toma, sacatún-tun-tu-que-saca-que-tun. Leñe, pero si en el libro hay hasta un desplegable. Pues hala, a desplegarlo, qué concho será esto, a ver, dale la vuelta, pues no, a ver de lado, déjalo, sigue para adelante que esto no es lo tuyo.
Total, que llego a la página 100 y antes de ir a dormir voy al baño. Y me miro en el espejo y me digo: qué cara más rara se te ha puesto. Y cuando consigo recomponer el gesto me lanzo a mí mismo un desafío: reconócelo, esto te sorbrepasa. No eres tan listo como te crees (lo cual, reflexiono, sería imposible en cualquier caso porque me creo demasiado listo). Debería dejarlo, me digo, ahora que estás a tiempo. Una huida a tiempo es una victoria, recuerdo que dicen siempre los cobardes. Y como los pies se me estaban quedando helados, porque hay que ver qué invierno más frío estamos teniendo, y el suelo del baño no es de parqué (que no entiendo por qué, cohone, que estamos en pleno siglo XXI y seguimos haciendo los baños de mármol como los Picapiedra), total, que como los dedos de los pies se me están poniendo morados, vuelvo a la cama y me juro a mí mismo que al día siguiente llamaré a Kike Santander para que vuelva a ser mi sensei y me aclare todo esto.
En resumen: que no me he enterado de nada. No sé qué se supone que tengo que entender, ni si hay algo que entender. ¿Es una teoría de la conspiración? No creo, porque a mí las teorías de la conspiración me encantan y me apunto a todas. ¿Es una crítica social? Tampoco lo creo, porque a mí las críticas sociales me la refanfinflan y las calo al segundo. Total, que no sé que es. Una cosa sí es segura: es un libro serio. Y para mí, el futuro y la seriedad son incompatibles. No hay nada que me importe menos que cómo será el mundo en el año 2.200. Salvo que se descubra una manera de que yo esté allí para verlo, lo cual parece improbable. Sí, sí, soy un egoísta. Yo soy de los de “después de mí, el diluvio”. El Universo se acaba el día que yo me muera, eso lo tengo clarísimo.
Así que todos estos ejercicios de imaginar el futuro, y ya no te digo lo de imaginar el pasado desde el futuro, me interesan entre nada y menos diez. El futuro sólo me interesa como entretenimiento (ahí está mi “AKA”) y como materia prima de buenas películas de ciencia ficción. O, mejor dicho: el futuro a corto plazo sólo me interesa de esa manera. Lo que me apasiona es el futuro a largo plazo (¿qué coño es el Universo?, ¿de qué está hecho?, ¿por qué está hecho así?, ¿para qué está hecho?). Lo demás son delirios de grandeza de una especie acomplejada por su insignificancia. ¿Que el planeta se calienta? Más se calentará cuando el Sol se expanda y fría todo el Sistema Solar. ¿Que los niños son gilipollas? Tranquilos, dentro de mil millones de años no habrá niños, ni adultos, ni nada vivo en este planeta, así que problema resuelto. No somos nada, queridos, materialmente hablando. Así que la materia no podría importarme menos como elemento de reflexión. Y la organización de esa materia en forma de niño, jarrón, buscador de Internet, o enana roja, me la pelan. Lo que me lleva a la última pregunta: ¿alguien conoce un buen frenopático, con vistas al mar?
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