Archive for the 'Libros' Category

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Aguardiente literario

Circo de fieras

Fernando Marañón

64 pags.

Valoración:

Hoy toca una de esas críticas en las que voy a divagar, porque la novela a criticar abre varias líneas de pensamiento, la mayoría literarias pero alguna también metaliteraria. Porque Circo de fieras es un libro singular, y no digo esto como antónimo de plural, no sea que el gobierno detenga a su autor por no ser demócrata y tolerante. Más que nada porque conozco al autor, me cae bien, y prefiero verlo tomando una caña en un bar que hablando a través del cristal de la sala de visitas de Alcalá-Meco. Llamadme sibarita.

Empezaré, pues, por ahí. Conozco al autor, digo, y eso siempre es un problema cuando uno tiene que valorar una obra. Porque la objetividad se va al garete antes incluso de leer el título. Involuntariamente (y eso lo sé también por experiencia propia) el lector que conoce al autor intenta “buscar al autor” en la obra. Se pregunta de dónde habrá sacado esa idea, en quién se habrá inspirado para ese personaje, por qué dice eso que dice cuando uno sabe que no lo piensa realmente. O sí. El caso es, sea como fuere, que uno lee la novela como si fuera la carta de un amigo, y por supuesto no lo es. Es de un amigo, sí, pero no es una carta. Es ficción. El autor no intenta enviarnos un mensaje personal a cada uno de sus amiguetes.

Con “Circo de fieras” creo, no obstante, que he sido capaz de mirar la obra con ojos bastante neutrales. Sobre todo porque desde la primera página fui incapaz de imaginarme al autor con leotardos, o con látigo de domador, o lanzando cuchillos a una bella partenaire. Eso me ayudó mucho a leer la novela como lo que es, que es eso, una novela. Y, repito lo que decía al principio, una novela singular.

Empecemos por un frío dato: la obra tiene 30 páginas escasas de texto. ¡Toma castaña! ¿Es posible contar algo en 30 páginas? Por supuesto. No sólo eso: es posible montar una novela de intriga en la que participan no uno ni dos, sino varios (tantos que tendría que ponerme a contar para decir exactamente cuántos) personajes. Y digo bien, personajes, no simples nombres ni figurantes. Personajes a los que somos capaces de imaginar, y a los que reconocemos cuando reaparecen en escenas posteriores. “Circo de fieras” es una novela. Pero es una novela de 30 páginas.

¿Dónde está el truco (ya que la novela está ambientada en un circo)? No hay truco. Hay técnica. Fernando Marañón no hace vino literario, hace aguardiente. Recoge las uvas, por supuesto, y pisa las uvas, por supuesto, y las deja fermentar, por supuesto, pero en lugar de embotellar ya el resultado y producir toneladas de vino, él coge el bullo (lo que queda después de pisar las uvas, para los que nunca hayan visto hacer aguardiente), lo mete en un pote, lo calienta, le planta el alambique, vigila el fuego horas y horas, y espera a que vayan cayendo una por una las gotas que llenan algunas botellas del preciado líquido. Preciadísimo por mí, me permito añadir. Me refiero al aguardiente. Bueno, y al libro.

El resultado del proceso es, como el aguardiente, un líquido intenso. Fuerte. Para beber a tragos pequeños, porque cada palabra cuenta, cada adjetivo pesa, cada detalle añade. Empezamos leyendo una comedia ligera, nos damos pronto cuenta de que es más bien una comedia negra, y sin tiempo para pensar más nos vemos metidos en una novela de intriga. Que sigue siendo una comedia. Que sigue siendo negra.

Cuando terminamos de leer “Circo de fieras” tenemos una sonrisa en la boca. Por la parte cómica, seguro, pero también porque ya le hemos cogido el gusto al aguardiente. Entendemos entonces todo, y pensamos: qué cabrón. Nos ha contado una historia en 30 páginas. Ha montado un crimen y lo ha resuelto en 30 páginas. Nos ha escrito una comedia en 30 páginas. Plas, plas, plas (esto son aplausos, pero el blog no tiene sonido, ya perdonaréis, es la crisis, la culpa es de Zapatero).

Divago ahora (más) para preguntarme a mí mismo: en estos tiempos donde abundan los escritores incontinentes, que se recrean en sí mismos y nos cuentan historias de 10 páginas usando 300, ¿por qué no destacan más, aunque sólo sea por contraste, las obras como “Circo de fieras”? Y añado: en estos tiempos donde la gente “está tan superliada, tío” que “no tiene tiempo para nada”, y por supuesto leer no es para ellos tan importante como ir a esquiar, ¿no tendría todo el sentido editar más libros como “Circo de fieras”, que incluso esos seres superiores tan superliados podrían leerse en los (poquísimos) ratos libres que sus (importantísimos) trabajos les dejan, y llevarse a pesar de todo eso una lectura divertida, una historia intrigante, y una novela bien escrita, todo en uno, y todo en 30 páginas?

Respondo yo mismo a mi pregunta anterior, porque el blog no tiene canal de retorno (bueno sí tenía, pero habréis notado que he eliminado los comentarios, ya perdonaréis, pero se me importa un pimiento lo que opinéis de lo que escribo, sólo faltaría que siendo yo quien paga y mantiene todo esto tuviera que escuchar críticas a mis críticas). Pues me contesto, digo, diciéndome que la “industria editorial” es un puto desastre. Y esto, también, lo digo por experiencia. Y que conste que yo siempre le estaré muy agradecido a Ellago Ediciones por haberme publicado sin conocerme de nada, simplemente porque a su editor le pareció que yo escribía bien. Pero, aun así, el panorama es desolador. Conozco casos de escritores cuyo único talento es saber moverse en el selecto mundo de los consejeros delegados que han conseguido publicar novelas lamentables con títulos rimbombantes. Asín son las cosas, lo cualo. Y mientras tanto, “Circo de fieras” (y seguro que muchas otras) se presentan en sociedad ante un puñado de amigos y fieles, y se distribuyen de tapadillo en librerías de esas en las que parece que más que libros se venda droja para echarle al colacao.

Eso es todo. Este es uno de esos casos en los que la crítica es casi más larga que la obra, pero es lo que tiene el aguardiente: la sobremesa es mucho más larga que el tiempo que tarda uno en beberse la botella. El proceso es lento, requiere mucha técnica, y exije renunciar al resultado fácil que sería embotellar el vino. Pero, ¡ah, amijos!, cuando uno cata un buen aguardiente, lo único que puede hacer es estarle agradecido al artesano que lo produjo. El vino está rico. Pero, cada vez más, es para esnobs. Los auténticos bichos peludos bebemos aguardiente. En literatura, también.

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La muerte, what else?

Nothing to be frightened of
Julian Barnes

244 pags.

Valoración:

Esto va a ser largo, así que id a por una cerveza para aguantar. Y va a ser largo porque, por fin, llega a 1y1y1 un libro que trata de un tema interesante. Del tema interesante. Porque, de hecho, empezaremos por ahí. Proposición: “La muerte es el Nespresso de las ideas”. Demostración: en el anuncio de Nespresso, George Clooney está en la máquina de café de una sala de espera. Entonces llega una churri, buenísima (y no me refiero a sus virtudes teologales), que le sonríe y le pone ojitos de “¿a qué querrías revolcarte conmigo?”. Pero resulta que lo único que quiere la churri es que George (we recycle) le dé el Nespresso que acaba de hacerse. El anuncio recoge, así, uno de los grandes aprendizajes de la vida, sobre todo para los hombres: siempre que una mujer te haga creer que quiere tener sexo contigo, en realidad querrá cualquier otra cosa menos tener sexo contigo. En el caso del anuncio, un Nespresso.

Pues bien, con las ideas pasa lo mismo. Siempre que una idea parece interesante, al final resulta que lo interesante no era lo que la idea aparentaba en sí misma. Lo interesante era su relación, de una u otra manera, con la muerte. El Nespresso de las ideas. Ergo: todas las ideas interesantes lo son si y sólo si tienen alguna relación con la muerte. Y ahora haremos la primera criba de la tarde: todos los que, al leer esto, hayan pensado “joer, qué tétrico está el Pérez”, que apaguen el ordenador. Todos los que hayan pensado, “qué pesimista eres, deberías ser más positivo”, que no vuelvan a hablarme jamás. Y todos los que hayan pensado “¿así que en realidad las tías no quieren tener sexo cuando se insinúan?”, que repitan 2º de BUP. Tres veces.

La muerte es, pues, el único tema de estudio interesante. No me refiero, claro está, a la muerte como hecho en sí mismo. Me refiero a la muerte y sus circunstancias, que decía Gasset (quien también dijo, por cierto, que cuando en Eruopa veamos la coleta de un chino asomarse por los Urales, deberíamos ponernos a temblar… o algo así; el caso es que los chinos ya han asomado la coleta, la cola, y el fistro sesual, y a todos nos da igual, ya veremos si sigue dándonos igual dentro de 20 años). La muerte es el eje sobre el que giran todos los temas interesantes: ¿qué es la realidad?, ¿existimos realmente?, ¿qué es existir?, ¿qué sentido tiene la vida?, ¿qué sentido tiene la muerte?, ¿quién elige a los diseñadores noveles que le hacen los vestidos a Mercedes Milà? (esta última está relacionada con la muerte, porque a algunos habría que matarlos).

Pero, a pesar de ser el único tema digno de consideración, es prácticamente imposible encontrar a alguien dispuesto a hablar de la muerte. Aquí todos nos comportamos como si lo de morirse no fuera con nosotros. Lo que viene a demostrar que, en el fondo, todos estamos acojonados con el tema, y preferimos hablar del último viaje a Brasil, de la última estupidez que ha hecho nuestro (vuestro) hijo, o de lo difícil que es nuestra vida consistente en ir y volver montado en un Audi a una oficina con aire acondicionado a mover papeles de un lado a otro. Esto ya lo aprendí yo de pequeñito (no lo del Audi, porque yo no vi un Audi hasta que no tuve bigote, sino lo de que nadie quiere hablar de la muerte), y eso me llevó a cultivar dos de mis grandes pasiones: hablar solo, y leer.

Y así llegó a mi vida, entre otros muchos, Julian Barnes, a quien ya le dediqué una de mis críticas con motivo de la lectura de su colección de relatos “La mesa limón”. Y ya entonces le aticé 4 estrellas como 4 soles, porque el tema que hilaba todas las historias era, cómo no, la muerte. Barnes me cautivó entonces con su sutileza, con su dejar pensar, su estilo que enseña pero no dice para qué enseña, que nos dice el qué pero no el por qué ni el para qué. Nos da preguntas, ñam, ñam, preguntas, preguntas, that’s what I need.

No volví a saber de Barnes hasta que un día leí un artículo sobre su última obra, todavía no traducida al español, en el que reproducían la primera frase del libro: “I don’t believe in God, but I miss Him”. Bravo, Fernando, bravísimo. Gran primera frase. Beautiful, Fernando. La frase, para la gente normal que no cree que hay que hablar inglés para sobrevivir, viene a decir: “No creo en Dios, pero Lo echo de menos”. Nótese que no echa de menos el hecho de creer, sino a Dios mismo. No es un matiz. O a lo mejor sí, a lo mejor Barnes lee esta crítica y dice “ostras, little Peter, no lo había pensado, yo escribí Him porque fue lo primero que me salió”, pero yo me atrevo a decir que no, que Barnes escribió lo que escribió porque no echa de menos el “engaño” de creer, sino la realidad, la certeza, la tranquilidad que nos daría saber que existe un Dios y que nuestra vida significa algo, que tiene un sentido, y por lo tanto nuestra muerte también lo tendrá. Creer es dudar, como ya dijo San Agustín. Y la duda puede ser desesperante.

Para Barnes, desde luego, lo es. Ha cumplido los 60, y todas las reflexiones que a lo largo de su vida ha hecho sobre la muerte (que son un montón) empiezan a tomar un peligroso carácter práctico. Barnes tiene miedo a morir. Tiene pánico a morir. Y leyéndolo, yo he sentido ese mismo miedo, ese mismo pánico. Porque, como él, yo tuve mi réveil mortel muy pronto, con 5 o 6 años si no recuerdo mal, y como él pienso desde entonces continuamente en la muerte, todos los días, muchas veces, desde muchos puntos de vista, a veces encontrando una idea que me resultaba reconfortante, y otras enfrentado a la casi certeza de que nada de esto tiene ningún sentido, que nada existe, que nada es. Y que, por lo tanto, el final es el final de todo. Que solamente somos los Sims de alguien que después se compró una Wii.

Barnes comparte, como digo, esa cuasi convicción de que esto es todo lo que hay. Y que, por lo tanto, después de esto no hay nada. Y con sus más de 60 tacos, la perspectiva es desde luego poco halagüeña. Pero aunque no seré yo quien tenga ningún argumento de peso para contradecir las desalenadoras conclusiones de Barnes, sí seré yo quien diga que esas conclusiones resultan de un análisis entre tramposo y miope, al que me atrevo a calificar de impropio de una mente tan despierta como (al menos eso me pareció en su día con “La mesa limón”) la suya.

Para empezar, Barnes mezcla 3 temas en el libro (que, por si no ha quedado claro hasta ahora, no es una novela, sino una especie de reflexión vital, un repaso de su relación con la muerte a lo largo de su vida, incluyendo aburridas y lamentablemente abundantes anécdotas autobiográficas). Por un lado, el libro trata desde luego de la muerte. De qué es la muerte, de si hay algo después, de qué sentido tiene la vida, de por qué tenemos que morirnos, de qué han pensado los grandes pensadores de la muerte a lo largo de la Historia. Por otro lado, Barnes se recrea (mucho más de lo necesario) en el proceso de morirse. Que todos sabemos que es inhumano, indivino, y que por sí solo descalifica a cualquier candidato que pretenda erigirse en Dios todopoderoso del Universo. Un Dios que cree necesario torturar a sus súbditos con despiadados procesos de descomposición de sus cuerpos, salvo, curiosamente, los procesos que informan al cerebro del dolor que provocan esas descomposiciones, no puede esperar que le tengamos mucho cariño. Es como el padre “de antes”, al que tenías que querer porque “te había dado la vida”… y porque si no lo querías, te metía un guantazo que cruzabas el salón girando sobre ti mismo como si fueras el Demonio de Tasmania.

Por último, Barnes también reflexiona sobre un tercer tema: la memoria y el Yo. La sensación de identidad y la consciencia. ¿Qué somos, en realidad? ¿Una colección de recuerdos? Si perdemos la memoria, ¿seguimos siendo nosotros? Todo un filón filosófico, desde luego. Y precisamente ahí tenemos el principal fallo del libro. Barnes abre 3 frentes (la muerte, el morirse, y la identidad) que cada uno por sí solo justificaría no sólo un libro sino una enciclopedia. Tratarlos al mismo tiempo, saltando de uno a otro como si estuvieran relacionados, y como si esa relación fuera superficial y evidente, resulta desconcertante cuando menos, y torpe cuando más.

Porque, además, y como ya decía antes, sus conclusiones sobre los 3 temas son demasiado simples. Digamos que su razonamiento, al final, se reduciría a algo así: si a partir de las evidencias que tenemos, la conclusión lógica es que no somos nada más que un montón de materia amontonada, eso es lo que debemos de ser. Huelga decir que el error de ese razonamiento es intentar encontrar algo que “trascienda” al montón de materia amontonada, basándose precisamente en las evidencias que podemos reunir como materia amontonada (es decir, la evidencia sensorial) y en la estructura lógica de un trozo de esa materia amontonada (es decir, el cerebro). Si utilizamos las herramientas materiales, no es de extrañar que lleguemos a la conclusión de que lo único que hay es materia. Eso es de 1º de Filosofía. Pero, para ser justo, es un “truco” (o un error) que han usado muchísimos pensadores a lo largo de la Historia. El más famoso, Descartes.

Pero que nadie deduzca de mis palabras que mi “recomendación” es ir por la vía “espiritual”. La vía espiritual no existe. O, si existe, no está a nuestro alcance. Porque caeríamos en el mismo error que Barnes, pero al revés: si asumimos que hay una vía espiritual, entonces es obvio que concluiremos que somos algo más que materia. En la hipótesis está implícita la conclusión. Es otro error común, pero inexcusable en cerebros medianamente bien amueblados. Así que haremos aquí la segunda criba de la tarde. Quien haya pensado “yo es que siento un no sé qué sobrenatural”, que apague el ordenador. Quien haya pensado “es que Dios nos quiere, pero a su manera”, que me borre de su Facebook. Y quien haya pensado “Dios es amor y vida, y se hizo hombre para liberar a la Humanidad”, que no me vuelva a dirigir la palabra hasta que haya entendido, de verdad, qué coños quiere decir esa frase. Que va a ser que no quiere decir nada.

Al final, el problema está en los fundamentalismos intelectuales. Con los creyentes no se puede hablar, porque en cuanto planteas 3 argumentos bien hilados enseguida te sueltan algo como “Dios en su infinito amor…”, o “el milagro de la vida nos demuestra que…”. Del mismo modo, los anticreyentes enseguida sacan la bandera de la Teoría de la Evolución o al bosón de Higgs o a la prima del fotón para demostrarte que todo está explicado, que ya lo sabemos todo, y que lo que sabemos es, precisamente, que no hay nada más. Y no te digo yo que no, ni a los unos ni a los otros, pero creo que ni los unos ni los otros tienen razón. Aunque, por supuesto, no puedo demostrarlo. Pero, al menos, yo no intento convencer a nadie. “Sed cogita omnis qui credit, et creditando cogita, et cogitando credit”. Eso es lo que hay. Lo único que hay. Y por mucho que nos duela, por mucho que nos desespere, eso es todo lo que hay. Aunque nadie quiera hablar de ello. Y aunque eso nos haga (me haga) sentirnos más solos todavía.

PS: ¿Que por qué le doy 4 estrellas al libro a pesar de todo lo que he dicho? Pues porque para un libro que encuentro que habla abiertamente de la muerte, y lo hace con estilo y con templanza, no le voy a dar un 3 y condenarlo al olvido. Porque, como sabéis, lo que se dice en 1y1y1 va a misa. En concreto, a misa de 12. Podéis ir en paz.

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20 años no son nada; 30 sí

Crimen y Castigo
Fiódor Dostoievski

688 pags.

Valoración:

Esto va a ser largo, ya lo advierto. Para empezar, tranquilizaré a mi nutrido grupo de incondicionales seguidores: estoy bien. Últimamente no he escrito en el blog con la frecuencia habitual, pero tengo una buena excusa: estoy ocupado haciéndome rico. O, mejor dicho, pensando en cómo hacerme rico, que es básicamente lo mismo desde un punto de vista espiritual, aunque los resultados pecuniarios pueden ser muy diferentes. Paradojas de la vida. Pero vamos, que en cuanto consiga efectivamente hacerme rico, o consiga convencerme de que jamás voy a conseguirlo, volveré a escribir en el blog como antes y tan ricamente.

Vamos con el tema. Empezaré contando algo que creo que ya he contado varias veces en 1y1y1, pero que voy a contar una vez más porque me hace sentir superespecial. Cuando tenía 13 años y estudiaba 8º de EGB mi vida literaria no se había extendido más allá de Enid Blyton, “El último mohicano”, “Ivanhoe”, Julio Verne, y cosas por el estilo. Pero hete aquí que mi profesor de Letras en 8º tenía la que entonces me parecía fastidiosa y hoy me parece admirable costumbre de intentar que cada curso sus alumnos se adentraran en territorios más profundos de la Literatura. Para ello, cada cierto tiempo (ahora mismo no recuerdo cuánto), nos ponía un libro de lectura obligatoria. Es que en aquellos tiempos los profesores podían obligarte a hacer cosas, porque todavía no conocíamos el progresismo, la paz, ni a Bibiana Aido. Que, por cierto, ni siquiera había nacido, aunque ahora nos diga a los que le llevamos unos cuantos años cómo debemos comportarnos si queremos ser personas moralmente superiores.

El caso es que, como yo normalmente me sentaba en la última fila de la clase, y, por añadidura, me pasaba la mayor parte del tiempo (i) durmiendo o (ii) haciendo el canelo con mi compañero de pupitre (“sois más altos que horcas y siempre andáis haciendo monadas”, me diría 2 años más tarde, en 2º de BUP, mi profesor de matemáticas), el caso es que no me enteré muy bien de cómo iba el tema de la lectura obligatoria. Cuando ese día salí de clase vi colgado en la puerta un papel con dos títulos: “Requiem por un campesino español” de Ramón J. Sender, y “El jugador” de Dostoievski. Como no me gusta preguntar ni, en general, pedir ayuda, usé mi capacidad deductiva para salir de la situación. “Será que nos da 2 libros a elegir, y que cada uno se lea el que prefiera”, pensé, astuto.

Obviamente, y teniendo en cuenta que con 13 años no sabía nada de ninguna de las dos obras ni de sus respectivos autores, todos estaremos de acuerdo en que la elección era fácil. ¿Quién habría elegido leerse un libro sobre un campesino, español además, cuando la otra alternativa era leerse un libro sobre un jugador escrito por un tipo de apellido impronunciable? Pues hala, ahí me tienes diciéndole a mi madre que me tiene que comprar un libro para el colegio, y apuntándole en un papel el título y el autor. Después resultó que mis deducciones habían sido erroneas: el profesor había puesto los 2 títulos para que votáramos todos cuál preferíamos (él ya era demócrata y progresista, pero no gilipollas, porque aunque hoy nos parezca increíble hubo un tiempo en que esos 3 atributos no iban en un lote), y después todos nos leyéramos el libro elegido por la mayoría. Por increíble que parezca, mis gañanes compañeros eligieron a Sender. Tócate los mismos. Pero para mí ya era tarde: yo ya me había leído “El jugador” y me había jurado a mí mismo que, en cuanto me sacara el Graduado Escolar después de pasarme un año más durmiendo en clase, me iría a Rusia, me daría a la bebida, y me pasaría los días y las noches jugándome a la ruleta los miles de rublos que de alguna manera habría conseguido antes (esta última parte del plan no la tenía muy pulida, lo reconozco, esa es una característica que se ha mantenido en mis planes también en la edad adulta).

Tuve, por supuesto, que leerme el maldito requiem por el maldito campesino español, que por contraste con el héroe alcohólico y ludópata de “El jugador” me pareció un puto loser, y me reafirmó en mi determinación de consagrar mi vida a una existencia disoluta y viciosa. Pero siempre por un fin noble. O no. Tampoco eso lo tenía muy claro entonces. El caso es que así es como Dostoievski entró en mi vida y, con él, la Literatura. Momento crítico de mi proceso de duplicación celular, a fe mía.

Todo esto que he contado hasta ahora, y que a un ojo poco avezado podría parecerle un truño pedante e injustificado, se revelará bajo la mirada de un experto como un truño pedante pero tangencialmente justificado. Porque mi temprana relación con Dostoievski explica muchas de las rarezas que he tenido (y mantenido) a lo largo de los años, pero sobre todo explica por qué mi crítica de “Crimen y Castigo” va a ser la que es. Dostoievski me hizo ver el mundo de otra manera, y ha sido precisamente esa otra manera de ver la vida la que me ha salvado no pocas veces de enloquecer cuando la primera manera, la “normal”, la cotidiana, se ha hecho insoportable. No digo que Dostoievski sea el único autor que pudiera conseguir eso, pero en mi caso fue él, y como el león agradecido al ratón que le quita una espina de la pata, yo siempre le estaré agradecido a Dostoievski (nótese mi modestia al compararme yo con un león, mientras pongo a Dostoievski a la altura de un ratón). Así que no: esta crítica no va a ser objetiva. Y sí: el blog es mío y critico como me da la gana. Esto ya lo he dicho también muchas veces.

Aclararé ahora, por que se me pasa por la punta de la pipa, que Dostoievski también me jugó una mala pasada. O me la jugué yo mismo, pero por su culpa. Porque durante muchos años yo asumí que Dostoievski era un autor realista. Él veía el mundo así, yo veía el mundo así… ergo todo el mundo ve el mundo así. Ese fue mi razonamiento durante mucho tiempo. Yo pensaba que, como Fiódor y yo, todo el mundo sufría en su interior, y simplemente ofrecía una fachada de felicidad superficial ante los demás por una cuestión más de educación que de convicción. Yo pensaba que todo el mundo, como Fiódor y yo, se atormentaba con razonamientos circulares y estériles sobre cualquier nimio detalle lejanamente relacionado con la existencia humana. Huelga decir que cuando me enteré de que Dostoievski NO era un autor realista, el batacazo fue mayúsculo. Y, además, ya era demasiado tarde para reconstruir mi reputación y convertirme en una persona alegre y superespecial. De repente, era un tío raro. Qué palo. Y en aquella época no había psicólogos pagados por el Estado. De verdad que no sé cómo pude sobrevivir. Algún día se me hará justicia cuando le pongan mi nombre a una plaza, y algún progresista, demócrata y gilipollas, hable de mí en el discurso de presentación de la película sobre mi vida, subvencionada por el Ministerio de Cine y Mujeres Emancipadas Por La Paz.

Y así llegamos, por fin, a “Crimen y Castigo”. Que ya es hora, digo yo, que esto me está pareciendo larguísimo incluso a mí mismo. Que teclear cansa, o qué os pensáis, panda de vagos. Total: que después de leerme “El jugador”, decidir vivir en un casino, y concluir que Dostoievski era el tipo que mejor describía la realidad tal y como todos la entendíamos, me puse a leer todas las novelas del gran Fiódor que se me pusieron a tiro. “Crimen y Castigo” fue, of course, una de ellas. Calculo que debí de leerla con unos 14 años, lo que quiere decir que me he reencontrado con ella 30 años después. Manda huevos. Y el reencuentro ha servido para muchas cosas. La primera, para pensar. Cosa sana donde las haya. La segunda, para constatar que aunque el tango diga que 20 años no son nada, yo digo que 30 años sí son algo. Y la tercera, para anotar mentalmente que en el siglo XIX la gente no debía de pensar mucho en hacerse rica, porque si no, no se explica de dónde sacaban el tiempo para leerse obras de 700 páginas. Porque yo, o me pongo a hacerme rico, o me pongo a leer. Las dos cosas a la vez no pueden ser.

30 años sí son algo, decía. Son mucho, añado ahora. Son tantos, que la primera vez que leí “Crimen y Castigo” me identifiqué, por supuesto, con Raskolnikof, y decidí, con la volatilidad que caracteriza junto con el acné a la adolescencia, que lo de entregarse al alcohol y al juego no molaba tanto como me había hecho creer Alexei Ivánovich, y que en realidad lo que me apetecía de verdad era entregarme al delito y la huida perpetua, acompañado de una prostituta adolescente que aliviara mi tormento interior con una devoción espiritual sin límites hacia mi persona y, por qué no, con una entrega física incluso superior en las largas noches de invierno. Que en Rusia son especialmente largas. Bonus pack.

Me imaginé tantas veces esa foto mía, atravesando la estepa rusa en una loca huida con la única compañía de mi pequeña prostituta, que de hecho cuando ahora empecé a leer la novela por segunda vez casi la única escena que recordaba de ella era el apasionado, brutal, precioso, desgarrador encuentro entre Raskolnikov y Sonia en el que él la reconoce como su inevitable destino, y le ofrece a ella, a su vez, su fatal compañía para el resto de su vida. Transcribí esa escena hace unos días en el blog, pero vuelvo a transcribirla ahora porque el blog es mío y bla bla bla.

-Ahora no tengo a nadie más que a ti -dijo Raskolnikof-. Vente conmigo. He venido por ti. Somos dos seres malditos. Vámonos juntos.
Sus ojos centelleaban.
“Tiene cara de loco”, pensó Sonia.
-¿Irnos? ¿Adónde? -preguntó aterrada, dando un paso atrás.
-¡Yo qué sé! Yo sólo sé que los dos seguimos la misma ruta y que únicamente tenemos una meta.
Ella le miraba sin comprenderle. Ella sólo veía en él una cosa: que era infinitamente desgraciado.
-Nadie lo comprendería si les dijeras las cosas que me has dicho a mí. Yo, en cambio, lo he comprendido. Te necesito y por eso he venido a buscarte.
-No entiendo -balbuceó Sonia.
-Ya entenderás más adelante. Tú has obrado como yo. Tú también has cruzado la línea.

Es, probablemente, la mejor escena de amor desesperado de la Historia de la Literatura. Y el que no esté de acuerdo, que no me vuelva a dirigir la palabra. Pero sin acritud, que yo soy también progresista, demócrata, y gilipollas.

Así que, durante estos últimos 30 años, para mí “Crimen y Castigo” era, básicamente, la historia de Raskolnikov. Más que eso: era Raskolnikov. Y hete aquí que ahora, una vez terminada esta segunda lectura, la novela vuelve a atravesarme de lado a lado y me ofrece una nueva visión de mí mismo. Ya no soy el joven atormentado que, creyéndose superior a los demás y al mismo tiempo más noble, se siente primero en el derecho de utilizar a sus semejantes, y después en la obligación de purgar por ello, pagando con su vida por su soberbia y desterrándose casi voluntariamente a una vida de privaciones acompañado sólo por su amor, por su destino, por su única alma gemela, por Sonia. De repente, leo por segunda vez “Crimen y Castigo” y me reconozco tan evidentemente en Svidrigailof que me pregunto cómo no me he dado cuenta mucho antes. Ya no soy el idealista que, habiendo caído en el vicio, busca la redención en la virtud. Soy el pragmático que, sabiendo que el vicio es profundo e inevitable y la virtud superficial e inalcanzable, se conforma con ser indulgente consigo mismo y convivir con su propia existencia mientras ésta no exija sacrificios excesivos, haciendo de la búsqueda de un placer razonable el objetivo principal de su vida. Svidrigailof se me aparece ahora como el auténtico héroe de esta novela, y la escena en la que muere, cómo no, suicidándose, quitándose la vida cuando ésta se hace simplemente insostenible, pero haciéndolo sin dramas ni alharacas, sino sólo como una consecuencia lógica de la metafísica propia de alguien que ha entendido la auténtica superficialidad de la existencia, esa escena, digo, me parece ahora tan sublime como me pareció en su día la desesperada declaración de amor de Raskolnikov a la joven prostituta Sonia.

No hay más que decir. Sólo que “Crimen y Castigo”, como todas las grandes obras, tiene muchas lecturas. Y que el lector es parte de cada una de esas lecturas, como yo he podido comprobar ya dos veces. Lo de menos, por supuesto, es el crimen, la intriga sobre si habrá o no habrá castigo (que lo habrá, como ya adelanta el título, aunque falte saber si será un castigo interior o público). Lo de menos es el final almibarado, propio de una época en la que los finales “reales como la vida misma” no estaban bien vistos. Son los personajes, los pensamientos, los tormentos interiores, los que hacen que “Crimen y Castigo” sea lo que es. El basurero que apenas tiene dos líneas de texto en una escena aislada de un capítulo de transición tiene más vida interior que el protagonista del 90% de las novelas publicadas en la última década. Es el signo de nuestros tiempos.

Hace poco leí un artículo en el que calificaban a “The Wire”, la mejor serie de televisión que he visto ever, como “una novela rusa en Baltimore”. No se puede decir nada mejor. Ni nada más cruel. La vida misma. Dostoievski, qué grandes semanas me has hecho pasar otra vez. Lo único que no te perdonaré nunca es que no pusieras claramente y en letras bien gordas, al principio de todas tus obras: “atención, esto no es una novela realista”. ¡Ah, perro, qué engañado me tuviste! Pero, por otro lado, cuánta compañía me has hecho. Ni pa ti ni pa mí. Hasta siempre.

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Nacionalismo x Talento = Constante

Bilbao-New York-Bilbao
Kirmen Uribe

205 pags.

Valoración:

Creo que ya he mencionado alguna vez en este blog la celebérrima Ecuación de Enrile para las mujeres, a saber, Inteligencia x Belleza = Constante. Vale, vale, ahora podéis daros de baja todas las tías sin sentido del humor, y de paso denunciarme ante la Ministra de Tías Frustradas. Que sí, que me dejéis en paz. El caso es que con esta novela de Kirmen Uribe se me ha venido a la cabeza la famosa ecuación, porque también se me ha venido a la cabeza alguna novela en gallego que critiqué en su día, y que confirma el principio que enuncio en el titular: Nacionalismo x Talento = Constante. Principio que trasciende el ámbito literario: repasando los conocidos que he ido acumulando a lo largo de la vida, la relación se mantiene. Contri más nacionalista, más imbécil. Ahora ya podéis daros de baja todos los nacionalistas, y denunciarme ante el Presidente de los Imbéciles. Que sí, que vale, que la culpa es mía. Fumaos un pie.

Pero no es todo culpa de los nacionalismos que intentan convencer a la gente de que tienen algo especial por haber nacido 100 kilómetros más aquí o más allá. Hay otro fenómeno de los últimos años que es, incluso, más dañino para la Literatura: la desaparición de los editores. No de las editoriales; de los editores. Los gringos tienen 2 palabras para diferenciar meridianamente las 2 funciones: editor y publisher. En esta sociedad de gilipollas en la que vivimos, cuando alguien escribe una novela se apresura a buscar publisher, pero no editor. Porque lo que importa es publicar, vender, ser famoso. No escribir bien. Sólo poder contarle a los amigos que uno ha publicado una novela. Quien no haya escrito una novela no lo sabe, pero ya se lo digo yo: cuando le dices a alguien que has escrito una novela, lo primero que te pregunta es “¿te la han publicado?”. Yo sonrío cuando me hacen esa pregunta. Y esa sonrisa quiere decir: eres imbécil, gilipollas, te desprecio más que a una lagartija. Pero no lo digo, claro. Soy listísimo, pero cobarde. Ya me lo dice mi sensei.

Mezclemos, pues, esos 2 fenómenos de la contemporaneidad: nacionalismo descerebrado basado en el principio “los de Aquí somos mejores que los de Allí”, e industria editorial sin editores basada en el principio “tres mil millones de moscas no pueden equivocarse”. ¿Resultado? “Bilbao-New York-Bilbao”, y el 96% de las novelas que uno encuentra en las librerías de Cataluña (no “Catalunya”, porque uno puede escribir “Catalunya és una nació” pero no “Catalunya es una nación”, porque en castellano el grupo fonético “ny” suena “ni”, y eso nos lleva a la generación Nini, que es otro tema), de Galicia y de Vasconia. ¿Quiero tocar los huevecillos llamando a estas tres grandes naciones por sus nombres en castellano? En absoluto. Es que este artículo está escrito es castellano. Si volgués escriure aquest article en catalá, ou se eu quixer escribir o artículo en galego, llavors diria Catalunya, ou daquela eu diría Galiza (aunque la Real Academia de la Lengua Gallega ha establecido hace poco que el nombre correcto, incluso en gallego, es Galicia y no Galiza). Por cierto, que como ya no hay editores, nadie ha creído conveniente titular la novela “Bilbao-NUEVA York-Bilbao”, en un bonito ejercicio de paletismo globalizador.

Pero vamos a la novela. Si es que queda algo por decir. El problema, como creo que ya dejado claro hasta el hastío, tiene una doble vertiente: por un lado, el rollo nacional-pueblerinista. A saber: los vascos somos más mejores. Tenemos una tradición, una Historia, un je ne sais quoi. Pescamos, sí, pero pescamos de otra manera. Con barcos y redes. Y en el mar, con un par de cojones, no como el resto de los países, que pescan en la bañera. Nuestros abuelos no conocían la electricidad, como todos los abuelos del mundo, pero de otra manera. Era una no-electricidad diferente, euskalduna, progresista, mejor. Un coñazo, vamos. Lo que hemos leído miles de veces contado por autores escandinavos, escoceses, gringos, japoneses… pero mejor contado y sin ínfulas de Rh.

Por otro lado, está el tema de la edición. El libro no es una novela. Es un diario fragmentado. Nada nuevo tampoco, pero el problema como siempre no es que no sea nada nuevo, sino que es no es nada bueno. Falta un editor. Añado: falta un editor con criterio y sin presiones editoriales ni txistorreras. Un editor que le diga al autor: mira, tú, Kirmen, la hostia, si quitarías esto, joder, la novela quedaría mejor. Porque el libro tiene cosas buenas. Tiene “destellos”. Tiene momentos de brillo cegador, frases que te dejan atontado por la contundencia, por la suavidad de la contundencia. Pero, en general, el libro aburre. Cuenta intrascendencias de una manera intrascendente. Es, ya digo, un diario. Y como todos los diarios sólo resultan interesantes para el que lo escribe y para sus familiares y amigos. Y para los que tienen el mismo Rh. Los demás no lo pillamos. O yo no lo pillo. Será que tengo el Rh gallego, que, por cierto, es el mejor Rh que se puede tener. El de los vascos es falso. ¡Galicia Caníbal!

PS: Que conste que no hay lugar en el mundo más bonito que Galicia y, en concreto, más bonito que mi pueblo. Y que conste que, si por mi fuera, no saldría de él ni para ir a buscar tabaco. Es más: dejé de fumar para no salir de mi pueblo. Porque Nueva York es un parque de atracciones para gilipollas. El mundo, tal y como lo ve la occidentalidad, es un parque de atracciones para gilipollas. Podéis usar mi entrada. Yo me quedo con las vacas.

Matemáticas para el pueblo: confirmando el oxímoron

El laberinto mágico
Ian Stewart

308 pags.

Valoración:

Ian Stewart es un matemático de renombre que sabe 3 cosas muy importantes: (i) que a la gente le gusta la fantasía, (ii) que la gente quiere creerse lista, y (iii) que para la gente, las matemáticas son el estándar universal de inteligencia. Uniendo esos 3 aprendizajes Stewart se sentó un día y se puso a escribir una serie de artículos sobre curiosidades matemáticas, explicándolas de una forma semi chusca, y dándoles un halo misterioso y cuasi mágico (de ahí el título). El resultado debería ser un libro que, leído por aquellos a los que la trigonometría les parecía el colmo de la dificultad, provoca una subida de ego considerable. De repente, el patán que no entendía qué era una integral puede hacerse la ilusión de que entiende algo, y por lo tanto puede concluir que el problema de su incapacidad para las matemáticas no ha sido nunca culpa suya, sino de los profesores que tuvo. Lo de siempre: el niño es muy listo pero se distrae porque se aburre.

Pues no: si el niño fuera tan listo, se distraería y se aburriría (incluso se dormiría en clase, como uno que yo me sé) y a pesar de eso sacaría matrícula de honor. Distraerse y aburrirse, y pencar después, no es un síntoma de inteligencia: es un síntoma de mediocridad. Es lo que le pasa a todo el mundo. Pero oye, que no digo yo que el libro de Stewart no pueda ser un buen sustituto para todos esos libros de autoayuda que la gente se compra para convencerse de que no son tan lerdos y sus vidas tan miserables como realmente son. En ese sentido, olé para Stewart.

Pero si hablamos de matemáticas, el libro es un poquito truño. Hace de lo profundo que hay en las matemáticas una especie de “El señor de los anilllos” para morlocs con ínfulas. Hay algunos capítulos que podrían ser realmente interesantes (el del razonamiento Bayesiano, por ejemplo) pero que en ese afán por belenestebanizar todos los conceptos, se queda en una especie de acertijo de suplemento dominical.

Lástima, porque está claro que Stewart sabe un huevo de esto, y podría enseñarnos cosas con chicha. En lugar de eso, las metáforas no le dejan ver el rábano del bosque, y por eso no le cobija una buena sombra. Intento nulo. Al tercero, expulsado. Lástima. Sus padres se habrían sentido tan orgullosos de él…

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Una original historia del pasado

Breve historia del futuro
Jacques Attali

243 pags.

Valoración:

Imaginar el futuro no es difícil: es imposible. Por eso yo jamás me habría comprado este libro, pero a veces uno hace cosas que no haría jamás. Me lo recomendó una francesa, era una tarde de primavera, el vino sabía dulce… venga, venga, no me tiréis más de la lengua, o tendré que acabar confesando que era una comida de trabajo y que me tomé la recomendación del libro como un pequeño compromiso. Y además, nunca se sabe. De vez en cuando es bueno hacer cosas que uno no haría jamás. Por si acaso luego cambia de opinión y decide sí hacerlas.

No ha sido el caso, sin embargo, de mi valoración sobre los adivinos. Antes de leer el libro pensaba que intentar prever el futuro es una pérdida de tiempo, y después de leerlo sigo pensando lo mismo. Como decía la canción Sunscreen de Baz Luhrmann: “don’t worry about the future, or worry, but know that worrying is as effective as trying to solve an algebra equation by chewing bubble gum”. Pues eso.

El problema, en general, es que los adivinos siguen métodos lineales para hacer sus predicciones. Sea mirando las vísceras de un pollo, sea analizando el movimiento de Saturno con respecto a Marte, o sea estudiando concienzudamente el pasado, el método es siempre el mismo: buscar una relación causa-efecto predecible. Y eso, como ya ha demostrado muchas veces el propio pasado, no existe. Nos equivocamos sistemáticamente haciendo predicciones justamente porque predecimos lo que pasará en función de lo que ha pasado, y eso, como dice Luhrmann, es como intentar que masticar chicle nos resuelva una ecuación de álgebra. Nada que ver una cosa con la otra.

De hecho, el propio Jacques Attali empieza el libro haciendo un repaso breve pero muy interesante de la Historia de la Humanidad (sin duda la mejor parte del libro). Y, curiosamente, el propio Attali identifica 9 momentos (en la Historia reciente, digamos en los 2 últimos milenios) en los que las cosas cambiaron radicalmente… gracias al advenimiento y explotación de algo nuevo e imprevisto. O sea, que él mismo reconoce que los grandes cambios en la Historia eran imprevisibles antes de que se produjeran. Pero, acto seguido, se aventura a predecir lo que pasará en los próximos 100 años extrapolando lo que está pasando ahora mismo.

Dejando a un lado la trampa intelectual, el resultado final no es ni interesante ni parece muy creíble. Puede ocurrir, por supuesto, pero también puede ocurrir que venga un meteorito y deje el planeta como un solar. Todo es posible, pero ese no puede ser el argumento. Y tampoco puede ser que “es hacia donde vamos ahora”. Por supuesto que ahora vamos hacia alguna parte, la Humanidad siempre va hacia alguna parte, pero de repente cambia de rumbo sin saber muy bien por qué. ¿Alguien podía predecir en 1.800 que el mundo sería, en términos generales, democrático menos de 2 siglos después? La democracia entonces era un sueño de 4 fumados que, además, eran pobres y socialmente peligrosos. ¿Alguien podía predecir hace 20 años que hoy yo podría escribir en un blog que a su vez podrían leer miles de millones de personas de todo el planeta desde el salón de sus casas? Vale, no lo hacen, pero pueden.

Suponer que las cosas “son como son” y que, por lo tanto, sólo queda evolucionar en esa dirección, es olvidar lo que ha sido nuestra Historia como especie. Como decía antes, lo curioso es que Attali empieza el libro repasando esa Historia, y repasándola además de una manera aguda y provocadora. Ahí es donde termina el interés de este libro. El resto podría haberlo escrito un hechicero africano mirando cómo vuelan los buitres, y tendría las mismas probabilidades de acertar. Eso sí: seguro que no vendía tantos libros como Attali. Adivinar, como todo en estos días, no es ni bueno ni malo. Todo depende del color de la tapa con que se lee.

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Esto sí es arte

Fórmulas elegantes
Graham Farmelo (editor)

366 pags.

Valoración:

Desde mi más tierna infancia la gente se empeña en que me gusten cosas que no me gustan. Desde las fiestas de cumpleaños hasta la pintura, pasando por viajar o hacer comilonas. Tal vez por eso, también desde mi más tierna infancia, me he acostumbrado a hacer las cosas que realmente me gustan solito. Menos una, que siempre que puedo la hago acompañado porque es muchísimo más divertida. Pero por lo demás, y como dice el refrán, a la fuerza ahorcan. Y como era difícil encontrar voluntarios para hablar de álgebra, o de la muerte, o de astronomía, o de partículas elementales, o de Dios, o de Heráclito, pues tacita a tacita he ido cogiéndole el gusto a hablar solo. Tanto, que ahora ya no me gusta hablar de esos temas con nadie. Así siempre tengo razón.

Durante una época convulsa de mi vida, en la que frecuentaba consejeros delegados con demasiada asiduidad, con el consiguiente daño cerebral (del que, me temo, nunca he llegado a recuperarme por completo) aprovechaba mi cercanía a “La Casa del Libro” para irme de la oficina de vez en cuando, subir a la planta de Matemáticas, sentarme en algún rinconzuelo, y leer libros de Álgebra. También alguno de Física, aunque la Física no tiene un efecto tan rápido. El Cálculo Infinitesimal está en un término medio. Y muchas veces pensaba que alguien debería organizar exposiciones de fórmulas y de desarrollos matemáticos, igual que se organizan exposiciones de pintura o de fotografía. Que no digo yo que los desarrollos matemáticos le tengan que gustar a todo el mundo, pero a mí tampoco me gusta la pintura y entiendo que haya exposiciones porque hay quien sí ve algo “más allá” de los brochazos.

Pues a falta de exposiciones a las que uno pueda ir para sentarse delante de una fórmula y quedarse allí parado hasta que el cerebro se amanse, Graham Farmelo ha decidido reunir en un libro unos cuantos ensayos de diversos autores en los que cada uno cuenta la “historia” de una de las grandes ecuaciones de la Historia. Es como esas fichas que hay en las exposiciones de pintura donde nos cuentan que el autor del cuadro era un flamenco (no el bicho, sino la nacionalidad… aunque a veces yo tengo dudas) de tal siglo, que aprendió de no sé quién, copió el estilo de no sé cuántos, y fue el primero en introducir la perspectiva pajolera. Pues lo mismo, pero con los autores de las fórmulas.

El criterio de selección es, en general, incuestionable. Están por supuesto las 2 fórmulas de Einstein, la de Planck, la de Schroedinger, la de Dirac, la de Yang-Mills… Y viéndolas todas juntas asombra pensar que en tan pocas líneas, con tan pocos símbolos, se pueda resumir todo lo que pasa en el Universo. Cuando el editor sale de la Física para incluir fórmulas de otros campos, el criterio empieza a ser dudoso. Ninguna objeción a que se incorporen las ecuaciones de Shannon sobre Información, ni el Mapa Logístico como exponente temprano y paradigmático de la Teoría del Caos. Pero personalmente me parece de chiste que aparezca la Ecuación de Drake, que no pasa de ser un razonamiento mediocre y mal planteado, que si ha alcanzado cierta notoriedad es porque Carl Sagan y algunos otros prohombres de su época se entusiasmaron (incomprensiblemente) con ella.

Igualmente cuestionable me parece la inclusión de unas ecuaciones de las que ni siquiera había oído hablar, y que tratan del impacto ecológico de los CFC. Más que cuestionable, aquí el criterio me parece claramente miope. Comparar el salto intelectual que supuso la ecuación de Planck con unos cálculos de 1º de Química es simplemente inaceptable. Mal, Farmelo, muy mal. Te has dejado llevar por la moda ecologista, y aunque desde un punto de vista moral puede ser incluso loable, desde un punto de vista matemático no tiene justificación.

A pesar de esos dos borrones, el libro es sin duda una maravilla. Recoge el legado de las mentes más brillantes no sólo del último siglo sino de la Historia de la Humanidad. Puestas en contexto, las fórmulas resultan todavía más brillantes y poderosas. Ver resumida la complejidad del Universo en unas cuantas líneas es algo que produce una emoción interior inexplicable, cercana por un lado a la euforia y por otro lado al llanto. Sí, dan ganas de llorar, de llorar de felicidad, de armonía. No sé si eso es lo que les produce la pintura a aquellos que saben disfrutarla. Para mí, y dado que me falta la parte del cerebro que produce sensaciones ante la contemplación del arte “oficial”, este “Fórmulas elegantes” es como un museo personal. Por favor, no molesten. El arte se contempla en silencio.

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Del detalle de la anécdota del ápice

El duelo de los ángeles
Roger Bartra

166 pags.

Valoración:

Vale, lo reconozco. Alguien que se compra un libro con este título, y subtitulado “Locura sublime, tedio y melancolía en el pensamiento moderno”, sólo se merece lo que yo he conseguido: una tostada de calibre parabelum que deja a la víctima en un estado permanente de entre bostezo y vómito. Un pedazo de coñazo, vamos. Un truño. Y no sigo porque podría recrearme demasiado en la venganza.

La Filosofía dejó de tener sentido después de los Griegos. No de estos griegos que llevan a su Estado a la bancarrota creyéndose, como nosotros (como tantos otros), que los derechos llueven del cielo y que el dinero crece en los árboles. Me refiero a los Griegos de pensamiento, que no de obra. Heráclito (por supuesto el primero), Demócrito, Platón, Aristóteles, Parménides… en fin, tampoco voy a recitar la alineación del Panatinaikos ahora, supongo que ya se entiende a lo que me refiero. Aquellos pensadores bravidos ya dijeron todo lo que hay que decir sobre la Naturaleza Humana. Lo demás, todo lo demás, todos los demás, le han dado vueltas a lo mismo envolviéndolo en palabras cada vez más raras y cada vez más largas. Sobre todo los alemanes.

En esa escuela de pensadores que no piensan sino que reformulan y complican, nos llega este libro de Roger Bartra, que sin duda será un fenómeno de la Filosofía pero que sin duda también es un pésimo comunicador en el sentido literal de la palabra, que no en el televisivo. Sinceramente dudo de que Bartra tenga alguna idea a la que merezca la pena dedicarle más de 30 segundos del valioso tiempo que se nos agota con cada inspiración que hacemos, pero desde luego estoy seguro de que aunque la tuviera, yo no aguantaría ni 1 segundo de su exposición.

Parece que la Filosofía va ligada en los últimos siglos a tostón verborreico. Pues mira, si es así, a mí dejadme tranquilo. Filosofad todo lo que queráis (o, como decía antes, maread la perdiz todo lo que queráis) pero a mí no me metáis en estas tonterías ensoberbecidas con palabras construidas artificialmente para que tengan más de 5 sílabas. Yo me vuelvo a la Física. Nota mental (otra más): JR, pon la Filosofía en el mismo espacio que la Religión. Necesitas espacio en las estanterías y en el cerebro. No lo llenes con estas cosas, que luego se te acaba la RAM y a ver qué hacemos.

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A ver si la próxima vez me acuerdo

El espejismo de Dios
Richard Dawkins

450 pags.

Valoración:

Tener mala memoria es fatal. Gracias a este blog he conseguido dejar de comprar 2 veces el mismo libro, o ver 2 veces la misma película (mala, normalmente), pero sigo sin conseguir recordar lo que ya sé, en general. Por ejemplo, que ya sé todo lo que quiero saber sobre religión y sus alrededores. Ya me pasé mis buenos años leyendo libros sobre catolicismo, protestantismo, budismo, islamismo, confucionismo, y demás opiáceos. Y, sinceramente, donde se ponga la morfina, que se quite el panteón de dioses más florido. Lástima que esté prohibida, porque si no, no habría color.

De hecho, la única virtud que se le puede poner a la religión es que no está prohibida. Y es bueno que sea así, porque es un gran sustituto de la morfina para millones de personas, a las que habría que dar morfina si no hubiera religión, y eso supondría un gasto inasumible para las arcas del Estado. Por lo demás, el daño que provoca en algunas personas es normalmente compensado (o compensable) por el bien que produce en otras, así que dejémoslo en un empate y todos a casa.

Richard Dawkins es un ateo convicto y confeso. Según su definición de ateo, entonces yo también lo soy, aunque en general creo que me define mejor el término ateísta. Matices. Coincido con Dawkins en que es intelectualemente insostenible la creencia en un dios antropomórfico (no en el aspecto exterior sino en el sistema de valores), y que el modelo premio/castigo funciona cuando uno tiene 5 años pero difícilmente se puede seguir aceptando cuando uno tiene 55 y ha visto cómo funciona el mundo.

Dicho esto, y aceptando como válidos la mayoría de los razonamientos de Dawkins, creo que su tono es un pelín radical. Critica a los fundamentalistas religiosos (especialmente a los cristianos, que cada día hay más) pero su crítica es a su vez bastante fundamentalista. Su “fe” en la Teoría de la Evolución resulta sorprendente cuando su principal argumento es que la fe no es un argumento intelectual. La Ciencia se ha equivocado tantas veces a lo largo de la Historia que es ridículo blandir su bandera para demostrar nada. Que la Religión se haya equivocado todavía más veces, y de maneras mucho más flagrantes y perjudiciales para la Humanidad, es tan sólo una manera de recurrir al penoso argumento del “y tú más”.

La Religión no da respuestas, es cierto. O, peor: da respuestas tan equivocadas que si el Hombre no se hubiera desligado de la Religión seguiríamos matando corderos para intentar que lloviera. O seguiríamos tirando mujeres al río para ver si eran brujas. O seguiríamos quemando a nuestros semejantes por decir cosas que supuestamente ofenden a un dios que ni siente ni padece.

No obstante, Dawkins pone encima de la mesa algunas cuestiones que no por evidentes resultan menos sorprendentes. Por ejemplo, ¿por qué hay que respetar las creencias religiosas de los demás, pero no otro tipo de creencias? Hace algunos meses me llamó un agente de seguros de American Express para venderme algo. Le dije que no. Le repetí que no. Le supliqué que me dejara en paz. Y de repente, como ya estaba harto, se me ocurrió cachondearme de él. Le dije que mi religión estaba en contra de los seguros, que lo veíamos como una manera de desafiar a Dios puesto que nos asegurábamos porque no confiábamos en Su protección. Oye, mano de santo (nunca mejor dicho). El tipo me dijo que respetaba mucho mis creencias y dejó de insistir. ¿Por qué coño no dejó de insistir antes, cuando le dije que no quería un seguro y se lo argumenté de una manera racionalmente impecable?

Es vergonzoso que uno pueda dejar de cumplir con determinadas obligaciones alegando “objeción de conciencia”, y que esa objeción suela estar asociada exclusivamente a creencias religiosas. ¿Es intelectualmente superior una creencia religiosa a un argumento razonado? ¡No! Pero ahí estamos.

Así pues, y en general, “El espejismo de Dios” es un libro recomendable. Tiene agujeros lógicos de bulto, siendo probablemente el mayor de ellos el intento de demostrar que hay más probabilidades matemáticas de que Dios no exista que de que sí exista. Dawkins se retrata ahí como un pésimo (o un tramposo) lógico. El concepto de Dios, por definición, está fuera de la realidad y por lo tanto de cualquier herramienta que nosotros utilicemos para medir la realidad. Creer o no creer en Dios es una cuestión de fe. Creer en un Dios antropomórfico intelectualmente es intelectualmente muy pobre. Y aun así, la inmensa mayoría de la población mundial lo cree. Esa es una de las muchas razones por las que siempre me he sentido solo, por las que cada vez me siento más solo, y por las que cada vez quiero esta más solo. No es la única, pero en su momento fue una de las principales. Ahora hay otras. Pero, en cualquier caso, para mí es agua que ya no mueve molino. Por eso, a ver si la próxima vez me acuerdo y dejo de leer libros sobre Religión. Sobre ese tema, no sé si está todo dicho pero yo ya lo tengo todo escuchado y leído. Nota mental: JR no pierdas más tiempo con esto. Ya perdiste bastante.

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Del dolor

Del dolor, la verdad y el bien
Miguel García-Baró

318 pags.

Valoración:

Cuando leí el título de este libro pensé: qué gran invento son los fascículos. Porque si lo hubieran publicado en fascículos, los editores se habrían ahorrado talar cuatro ramas más y yo me habría ahorrado 12 euros, al haber dejado la colección después de que el autor me hubiera contado lo que me tuviera que contar sobre el dolor. Lo de la verdad y el bien, sinceramente, me importa un pito. Sobre todo porque son dos conceptos subjetivos, y por lo tanto variables, y eso quiere decir que el análisis de una persona concreta en un momento concreto, incluso si analiza lo que se ha dicho sobre el tema a lo largo de la Historia, está por fuerza “contaminado” por la visión que esa persona y su época tienen sobre esos conceptos tan abstractos, humanos, y esquivos.

El dolor, sin embargo, es un concepto objetivo. Pondré un ejemplo: pídamosle a un diputado del PP que nos cuente la verdad sobre el 11-M, y después pidámosle a uno del PSOE que haga lo mismo. A continuación, pídamosles a ambos que nos digan en qué consiste ser un ciudadano de bien o cómo se puede contribuir a hacer el bien en el mundo. Y, por último, pongámonos unos crampones en los pies, démosles sendas patadas en los huevos a esos dos mismos políticos, y preguntémosle qué han sentido.

Anticiparé el resultado de tan peculiar experimento, para evitar que algún lector fundamentalista del blog se ponga manos a la obra: con las dos primeras preguntas obtendremos respuestas tan diferentes que, de hecho, dudaremos de haber preguntado efectivamente lo mismo a esos dos próceres de nuestra sociedad. Sin embargo, a la tercera pregunta obtendremos una misma y unánime respuesta, que será además tajante, incuestionable, y, añado, difícil de escuchar puesto que nos la darán con lágrimas en los ojos y arrodillados en el suelo.

Quiero decir con todo esto que siempre he sentido una fuerte curiosidad por entender qué coño pinta el dolor en la realidad, pero que el bien y la verdad me parecen elucubraciones de burgueses ociosos entre armagnac y armagnac. De hecho, y para ser más precisos, siempre he sentido una fuerte curiosidad por entender qué coño pinta el dolor en una realidad que pueda tener algún tipo de sentido trascendente. Porque, claro está, si esto es una sopa de bosones y fermiones que se juntan y se separan, y dentro de 10.000 millones de años se convierten todos en gelatina de fresa, el Universo colapsa, y hasta luego Lucas, entonces el dolor sería simplemente un adorno más de ese enorme cóctel de frutas hecho por un mandril en el que de vez en cuando se cuela un higo podrido.

Pero si uno intenta construir una hipótesis de trascendencia, sea la que sea, el tema del dolor suele ser un pequeño problema para dotarla de cierta coherencia intelectual. Es difícil ser verde, decía la rana Gustavo, pero más difícil es tener que aceptar que es necesario que exista el sufrimiento para algo, para cualquier cosa, para lo que sea. Es difícil tener que aceptar que ahora mismo, mientras yo escribo, cientos de personas están muriéndose entre dolores insoportables, dolores inimaginables, muchas de ellas solas, muchas de ellas sin haber llegado a cumplir unos pocos años de edad, muchas de ellas sin casi haber nacido, muchas de ellas torturadas hasta incluso en su agonía por otras personas que, a pesar de entender perfectamente el dolor que causan, no dejan de causarlo.

Ante esa realidad a la que, utilizando el término técnico acuñado por la Academia Ontológica de Wichegstagen, llamaré puta realidad de mierda, es difícil construir ningún razonamiento que intente encontrar algún tipo de trascendencia. Que todos los bosones y fermiones que suben y bajan de sus estados cuánticos tengan, como uno de sus propósitos fundamentales, agruparse de tal manera que formen unas entidades capaces de sentir dolor y sufrimiento en grados tales que las propias entidades lleguen a preferir dejar de existir como tales, tiene huevos, utilizando también la expresión técnica que introdujo el Profesor Grijánder en la Conferencia a Albacete que puso para hablar con su tía abuela.

Dicho todo lo cualo, afirmo ahora: la primera parte de este libro está muy bien. El autor, que ha leído más filosofía de la que yo podría leer aunque ahora tú me dijeras ven y yo lo dejara todo para dedicarme a ello durante el resto de mi vida, hace una exposición brillante del concepto del dolor, de sus implicaciones, de las actitudes que reclama, y hace una brillante apología de la valentía, esa virtud tan denostada en estos tiempos en los que la cobardía se disfraza de paz, igual que la venganza se disfraza de justicia.

Las exposiciones sobre el bien y la verdad me han interesado menos, pero no porque el autor no las aborde con la misma autoridad y conocimiento que la primera, sino porque como dije antes son dos temas que no me interesan en absoluto. De ahí las 2 estrellas de la valoración global.

Y para terminar, reproduzco un fragmento de la introducción de la obra, que tiene, como el resto del libro, miga suficiente como para hacerse un buen bocadillo. Habla el autor de ese momento en la vida en la que uno se hace la gran pregunta, y se enfrenta por primera vez a lo absoluto, a lo único, a lo que ya no te abandonará nunca a pesar de que te genere un enorme gasto en aspirinas y antiácidos:

Se trata de un peso terrible, pero también de un don. Es, en verdad, el peso y el don por excelencia, por antonomasia. Y en él surge el individuo de cara a lo absoluto, en diálogo inacallable con lo absoluto, absolutamente requerido por lo absoluto que a él le interpela como al que, en última instancia, está solo.

Hala, mañana reunión a las 11.

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