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El futuro, pero en serio

Recuerdos de la era analógica
Daniel Tubau

297 pags.

Valoración:

Antes de que alguien saque conclusiones precipitadas del cero que le acabo de endosar a este libro, aclararé una cosa: no lo he entendido. Lo digo sinceramente, no es falsa modestia ni una broma. No he entendido nada. Esto es demasiado complicado para mí. Cada uno tiene las neuronas como las tiene, en cadeneta o en punto de cruz, hay gente que es capaz de aprender 5 idiomas y hablarlos a la perfección, otros consiguen imaginarse de verdad qué es un bosón de Higgs, y otros son capaces de entender a las mujeres. Hay de todo, sí, eso es. Y seguro que habrá gente que entenderá estos “Recuerdos de la era analógica” que a mí me han dejado con cara de “cuál es la raíz cuadrada de 28.419″.

Este libro me llega, como todo lo que leo, por recomendación de alguien en cuyo criterio confío. Y seguiré confiando, a pesar de esto, porque una mala tarde la tiene cualquiera. Y por lo de las neuronas que decía antes. Por alguna extraña razón mis neuronas consiguen organizarse para entender cómo el Universo se desdobla (por decirlo de alguna manera) cada vez que se crea un par Einstein-Podolsky-Rosen, pero se han hecho la picha un lío con esta especie de novela de ciencia ficción, pseudo ensayo antropológico, crónica de nuestro tiempo, y esbozo del futuro, todo en uno. O no. Porque, sinceramente, sigo sin ser capaz de definir qué coños es “Recuerdos de la era analógica” (subtitulado “Una antología del futuro” para acabar de liarla).

Y por intentarlo no ha quedado. Cuando llegué a la fatídica página 50, momento en el que cualquier otra obra habría ido a la velocidad de la luz a la estantería de obras leídas, le di una segunda oportunidad. Venga, me dije, otras 50 páginas. Nadie se ha muerto por leer 100 páginas de algo. Que se sepa. Y ahí me pongo, toma, sacatún-tun-tu-que-saca-que-tun. Leñe, pero si en el libro hay hasta un desplegable. Pues hala, a desplegarlo, qué concho será esto, a ver, dale la vuelta, pues no, a ver de lado, déjalo, sigue para adelante que esto no es lo tuyo.

Total, que llego a la página 100 y antes de ir a dormir voy al baño. Y me miro en el espejo y me digo: qué cara más rara se te ha puesto. Y cuando consigo recomponer el gesto me lanzo a mí mismo un desafío: reconócelo, esto te sorbrepasa. No eres tan listo como te crees (lo cual, reflexiono, sería imposible en cualquier caso porque me creo demasiado listo). Debería dejarlo, me digo, ahora que estás a tiempo. Una huida a tiempo es una victoria, recuerdo que dicen siempre los cobardes. Y como los pies se me estaban quedando helados, porque hay que ver qué invierno más frío estamos teniendo, y el suelo del baño no es de parqué (que no entiendo por qué, cohone, que estamos en pleno siglo XXI y seguimos haciendo los baños de mármol como los Picapiedra), total, que como los dedos de los pies se me están poniendo morados, vuelvo a la cama y me juro a mí mismo que al día siguiente llamaré a Kike Santander para que vuelva a ser mi sensei y me aclare todo esto.

En resumen: que no me he enterado de nada. No sé qué se supone que tengo que entender, ni si hay algo que entender. ¿Es una teoría de la conspiración? No creo, porque a mí las teorías de la conspiración me encantan y me apunto a todas. ¿Es una crítica social? Tampoco lo creo, porque a mí las críticas sociales me la refanfinflan y las calo al segundo. Total, que no sé que es. Una cosa sí es segura: es un libro serio. Y para mí, el futuro y la seriedad son incompatibles. No hay nada que me importe menos que cómo será el mundo en el año 2.200. Salvo que se descubra una manera de que yo esté allí para verlo, lo cual parece improbable. Sí, sí, soy un egoísta. Yo soy de los de “después de mí, el diluvio”. El Universo se acaba el día que yo me muera, eso lo tengo clarísimo.

Así que todos estos ejercicios de imaginar el futuro, y ya no te digo lo de imaginar el pasado desde el futuro, me interesan entre nada y menos diez. El futuro sólo me interesa como entretenimiento (ahí está mi “AKA”) y como materia prima de buenas películas de ciencia ficción. O, mejor dicho: el futuro a corto plazo sólo me interesa de esa manera. Lo que me apasiona es el futuro a largo plazo (¿qué coño es el Universo?, ¿de qué está hecho?, ¿por qué está hecho así?, ¿para qué está hecho?). Lo demás son delirios de grandeza de una especie acomplejada por su insignificancia. ¿Que el planeta se calienta? Más se calentará cuando el Sol se expanda y fría todo el Sistema Solar. ¿Que los niños son gilipollas? Tranquilos, dentro de mil millones de años no habrá niños, ni adultos, ni nada vivo en este planeta, así que problema resuelto. No somos nada, queridos, materialmente hablando. Así que la materia no podría importarme menos como elemento de reflexión. Y la organización de esa materia en forma de niño, jarrón, buscador de Internet, o enana roja, me la pelan. Lo que me lleva a la última pregunta: ¿alguien conoce un buen frenopático, con vistas al mar?

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Mendoza se toma un café

El asombroso viaje de Pomponio Flato
Eduardo Mendoza

190 pags.

Valoración:

Cuando dejé el mundanal ruido y me dediqué a escribir novelas, aparte de pasar los 3 mejores años de mi vida de adulto, descubrí un montón de cosas interesantes sobre mi círculo de amigos y conocidos. La primera fue que muchos de ellos no eran ni amigos ni conocidos, sino simples proveedores o clientes que en cuanto vieron que mi firma ya no garantizaba pagos de millones de pesetas por sus servicios a las empresas en las que yo trabajaba, no se molestaron ni siquiera en guardar las apariencias, y cuando llegó el momento de rascarse el bolsillo y gastarse la astronómica cifra de 17 euros en una de mis novelas, silbaban el puente sobre el río Kwai. Algo salí ganando: la agenda del Outlook se aligeró en varias megas.

Otra de las cosas que aprendí es que la inmensa mayoría de la gente que me rodea no me conoce, ni siquiera en lo más evidente de mi manera de ser. Supongo que le pasa a todo el mundo, pero hasta que no te sucede algo concreto que te lo demuestra no te lo terminas de creer. Porque la mayoría de la gente que me conoce pensó que yo cambiaba los negocios por las novelas para hacerme rico (hombre, los negocios no me iban mal… de hecho, me permitieron retirarme 3 años a escribir, ¿no?). O famoso. O famoso y rico. La pregunta recurrente durante esos 3 años fue: “¿cuántos libros has vendido?”. Al principio pensé que era una broma para meterme un poco de presión, pero poco a poco me di cuenta de que, la mayoría de la gente, me lo preguntaba en serio. Era su medida de si mi “aventura” me estaba saliendo bien. Lo de dedicarte a escribir porque te gusta escribir no parecía ser suficiente. Realmente creían que yo quería ser rico y famoso (yo, que sólo salgo de casa si hay un incendio, y que no acepto invitaciones a fiestas y cumpleaños porque me desespera tener que hablar con más de 3 personas).

Y, por último (o al menos por último en este artículo, porque tampoco quiero escribir ahora mis memorias), también descubrí que la mayoría de la gente confunde arte con originalidad, y talento con invención. Porque otra de las frases que más escuché cuando terminé de escribir “AKA” fue: “parece una novela de Mendoza”. De nuevo, yo pensaba que la gente que me decía eso me lo decía como un halago (yo, al menos, así me lo tomaba), pero, también de nuevo, cuando profundizaba un poco en el comentario me daba cuenta de que, en general, me lo decían como una crítica.

Eduardo Mendoza
Image via Wikipedia
¿Cómo se puede entender que alguien te compare con Mendoza y que, para él, eso sea algo malo? Misterios de la estulticia y del abuso del móvil. Es como si un juvenil hiciera una prueba para jugar en el Barça y el entrenador lo rechazara dicieno: “Bah, juegas igual que Messi“. Porque sí, amigos, Mendoza es el Messi de la comedia. Es el mejor escritor de comedia que ha habido en los últimos 50 años, y punto pelota.

Total, que gracias a esos 3 años escribiendo novelas, además de disfrutar como un enano escribiéndolas, reduje drásticamente mi lista de amigos y conocidos (o, mejor dicho, confirmé mi lista de amigos, y reduje la de conocidos) y tomé la firme decisión de no volver a hablar de mis novelas con nadie. Yo no estoy aquí para educar burros, lo siento. Yo a los burros los quiero mucho, me parecen animales simpáticos, y jamás les haría ningún daño. Pero tampoco intentaría hablar de literatura con ellos.

¡Huy, qué tarde se me ha hecho hablando de chorradas, ¿no?! Pues vamos a la novela de Mendoza. “El asombroso viaje de Pomponio Flato” es, claramente, una novela menor del genio de Barcelona (no, esta vez no me refiero a Messi, ni a Xavi, ni a ninguno de esos… aunque podría). Si esta fuera su primera comedia, tal vez brillaría más, pero las sombras de “El misterio del tocador de señoras” y “Sin noticias de Gurb” son alargadas. Alargadísimas. Tan alargadas que no creo que ninguna comedia escrita en los próximos 20 años, como mínimo, consiga ver la luz del sol. Ni aunque esa comedia la escriba el propio Mendoza.

Personalmente, pongo a “El asombroso viaje de Pomponio Flato” en un nivel similar a su primera comedia, “El misterio de la cripta embrujada” (que, esta sí, al ser la primera, brilló con más fuerza). Y eso quiere decir, por supuesto, que es una lectura imprescindible, una obra de arte, y una comedia muy divertida. Porque la ventaja que tiene ser un genio es que te salen genialidades hasta cuando eructas. No me extrañaría que Mendoza hubiera escrito esta novela en un taco de servilletas de papel mientras se tomaba un café un jueves por la tarde. Y tampoco me extrañaría que sus conocidos, cuando les enseñara después el manojo de servilletas garabateado, leyeran algunos párrafos y le dijeran con gesto displicente: “bah, parece una novela tuya”. Porque conocidos gilipollas los tiene todo el mundo, eso lo tengo claro. Salvo la gente superespecial. Esos ya son ellos mismos gilipollas de serie.

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Dejadme solo

Tokio Blues
Haruki Murakami

381 pags.

Valoración:

El atormentado es un personaje que nunca morirá. No me refiero a la ficción: me refiero a la vida real. Todos hemos jugado ese papel en algún momento para hacernos los interesantes, cuando esa chuqui que en condiciones normales no te hace ni caso se pone a tiro y tú sabes que por el lado gracioso no hay nada que hacer porque ya lo has intentado (47 veces). Entonces te apoyas en la barra con cara de dispepsia, empiezas a pedir drinking sin parar, y cuando alguien (algún ingenuo que todavía no conoce el truco) se acerca a preguntarte qué te pasa, tú simplemente haces un gesto de hastío con la mano, te apartas la melena de la cara, y respondes con voz ronca de tajada inminente: dejadme solo. Y lo repites un par de veces más, gritando un poco, para que la chuqui pueda escucharlo bien. ¡Dejadme! (Lingotazo de Dyc con Casera Cola) ¡Dejadme solo!

Jugarse la carta del atormentado tiene 2 graves riesgos: primero, que como todos nos la hemos jugado y ya sabemos de qué va, muchas veces no hay nadie que vaya a preguntarte qué te pasa (en cuyo caso pierdes una tarde completa tajándote tú solo, actividad triste y nociva para la salud donde las haya); segundo, que la chuqui también conocerá con toda probabilidad la jugada y, por lo tanto, tu interpretación sólo servirá para confirmarle que eres un patán baboso dispuesto a cualquier humillación con tal de poder llevártela detrás de un seto del parque. Eso sí: si por alguna rara conjunción cósmica no se dan esas 2 circunstancias, la chuqui terminará rendida a tus pies en el seto que tú elijas, al menos hasta que descubra que el poema que le has leído es de Bukowski y no tuyo como le has jurado. Pero cuando eso pase, que te quiten lo bailao.

Toda esta introducción tiene por objetivo, obviamente, enlazar con el libro que me acabo de leer, a saber, “Tokio Blues” del japonés Haruki Murakami. ¿Y cómo lo enlazo? Pues, también obviamente, porque el protagonista de la novela se pasa casi 400 páginas jugándose la carta del atormentado. Vale, lo hace en Tokio y en los años 60, lo que le da un toque de originalidad innegable, pero 400 páginas de atormentamiento acaban cansando a la chuqui más entregada, y no te cuento al macarra que todos llevamos dentro. O al menos yo.

Pero una cosa no quita la otra: Murakami escribe muy bien. De hecho, aquí estoy yo después de haberme tragado las 400 páginas enteritas cuando, con otro autor menos talentoso, la novela no habría pasado ni de coña el corte de las 50 páginas. Tiene un estilo que consigue una extraña mezcla de liviandad y opresión. Todo parece trivial, y sin embargo el efecto global es un poco agobiante. El personaje es un atormentado muy atormentado, pero en el libro no hay pasajes dramáticos, no hay reflexiones sesudas sobre la vida y sus circunstancias. El protagonista nos cuenta su vida cotidiana (demasiado cotidiana a veces, porque nos describe hasta el color de la chaqueta que se puso un martes para ir a comprar pescado) y de alguna manera entendemos que su vida está en un momento crítico, e intuimos que tal vez no consiga superarlo. ¿Por qué es crítico? Porque es el fin de su adolescencia. Es el principio de la vida de verdad. Y cuando uno atraviesa ese momento consciente de lo que está atravesando, puede no reunir el valor necesario para afrontar lo que se le viene encima.

Y esa es, precisamente, una de las grandes debilidades de la novela, tal vez la mayor: que es una novela sobre la adolescencia. Así que, salvo que uno se sienta irremediablemente atraído por la poliédrica complejidad de la vida en 2º de BUP, el tema resulta un poco empalagoso. Yo diría que la valoración de la novela será, en general, el resultado de restarle a 5 la decena de la edad que uno tiene actualmente. Sí, vale, en mi caso esa cuenta daría 1, y sin embargo le he dado un 2. Pero es que yo me lo pasé muy bien en 2º de BUP.

Así pues, la novela es un recorrido por muchos de los tópicos de la edad tonta, y especialmente por el topicazo del despertar romántico-sexualoide. El hilo de la historia gira alrededor de un amor imposible, y abundan las descripciones de situaciones erótico-festivas. El protagonista tiene las hormonas desatadas, pero por fortuna para él parece que follar en Tokio en los años 60 era más fácil que comer con palillos. Buenas noticias, pues, para él, pero malas para el lector, que se aburre un poco de tanta cotidianeidad sólo rota por un quítame allá esos polvos, y salpimentada con algún suicidio que otro. Es lo que tiene ser un atormentado: la gente que te rodea se suicida para que tú puedas seguir interpretando tu papel. Eso son amigos de verdad.

Para terminar, apuntaré que después de leer “Tokio Blues” ya puedo decir sin titubeos que Haruki Murakami pasa a ocupar el vértice central del famosísimo Triángulo Amarillo de la Literatura, que completan Kenzaburo Oé y Yasunari Kawabata. Para mi gusto, Kawabata es sin duda el mejor. El mejorcísimo. “País de nieve” es una joya y no hay más que hablar. En cuanto a Oé, reconozco que no lo entendí. O, si lo entendí, entonces es un tostón. Así que Murakami se queda en el (no sé si virtuoso) término medio. Más ameno que Oé (lo cual no es muy difícil), menos interesante que Kawabata (lo cual, es cierto, tampoco es muy difícil). Seguiremos informando desde el país del sol naciente, que se ha hecho famoso no tanto por sus escritores como por las referencias a la peligrosa similitud que la retaguardia de un hombre puede guardar con su bandera. Misterios de la sabiduría oriental.

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Una historia pasable, una mala novela

Esta historia
Alessandro Baricco

308 pags.

Valoración:

Un personaje de “Esta historia” cuenta que en su pueblo el peluquero les cuenta a sus clientes mientras los afeita las novelas policíacas que lee. Y añade: “Lo hemos probado también con los libros de verdad, pero no ha funcionado. [...] La idea que nos hemos hecho sobre los libros es que si uno no consigue contarlos en el tiempo de un afeitado, entonces son literatura”. Me parece una regla bastante buena para hacer una primera valoración sobre la calidad literaria de un libro. No sé si “un afeitado” es la duración adecuada, pero lo que está claro es que si un libro puede contarse “en dos patadas” (es decir, si se puede contestar relativamente rápido a la pregunta “de qué va ese libro”) entonces no es literatura. Y bajo esa definición, claramente “Esta historia” no es literatura.

¿Por qué una buena novela exige que no pueda ser explicada “en un afeitado”? Pues porque en ese tiempo (o similar) lo único que uno puede contar de una obra es la historia, la trama, “lo que pasa”. Y eso no es una novela: eso es un cuento. Más o menos largo, pero un cuento. Y no uso el término “cuento” en sentido despectivo, ni mucho menos. Pero no es literatura. Es un entretenimiento, como Gran Hermano.

Al hilo de esta reflexión del personaje de Baricco, se me ha ocurrido una especie de clasificación personal sobre los tipo de libros que uno puede leerse. De la misma manera que he inventado el “Triángulo Kevin” para el cine (recuérdese: el único triángulo progresista y demócrata que ejerce su libertad de no tener 3 vértices, y de hecho ya tiene 4 y va camino de tener 5 sin dejar de llamarse triángulo, porque él no se siente cuadrado ni pentágono, podríamos decir como mucho que es un triángulo atrapado en un cuerpo de pentágono), pues, digo, de la misma manera que inventé el “Triángulo Kevin”, me invento ahora el “Triángulo de la Literatura”. Una bonita clasificación que divide todas las obras jamás escritas en 3 tipos (de momento).

Para empezar, divido los libros (de ficción) entre historias y novelas. Las primeras son las que se pueden contar en un afeitado, porque lo único que tienen es trama (historia). Ejemplo: Agatha Christie. Las segundas son las que no se pueden contar en un afeitado, porque además, y por encima, de la trama (si la tienen, porque no es imprescindible), cuentan “algo más”. Algo muchas veces intangible y por lo tanto inexplicable, ni en un afeitado ni en mil. Hay que leérselas. Ejemplo: Coetzee. Además, las historias las divido en entretenidas (Agatha Christie, de nuevo) y aburridas (Dan Brown).

De esta manera, cualquier libro de ficción jamás escrito puede ser una de estas 3 cosas: una historia entretenida, una historia aburrida, o una novela. Y, por supuesto, después hay grados. Quiero decir que Cormac McCarthy no juega ni por asomo en la misma división que, por ejemplo, Ray Loriga, aunque los dos escriban novelas.

Establecido, pues, ese triángulo que redefinirá todas las clasificaciones literarias inventadas hasta ahora, vayamos ya con una crítica más detallada de “Esta historia”. Baricco es, claramente, un contador de historias. Un cuentista, en el buen sentido de la palabras. “Seda” es una bonita historia, y luce más porque es corta. En “Esta historia” también hay alguna historia bonita, pero Baricco no maneja bien las largas distancias y la novela de 300 páginas no es, claramente, su formato ideal.

De hecho, la supuesta novela es, en realidad, varios cuentos enlazados, y contados en formatos diferentes. Algunos de esos cuentos son buenos, pero otros flojean un montón. El personaje de Elisaveta es maniqueo (maniqueamente raro, de un raro que se justifica sólo en su propia rareza) y llega a hacerse molesto y casi odioso. La historia de Ultimo es la más entretenida, pero, insisto, no da para aguantar 300 páginas pendiente de ella.

En cierto modo, podría decirse que “Esta historia” es como si Cien años de soledad se hubiera puesto a dieta. Es un realismo mágico con frases de menos de 100 palabras (aunque a veces se le va la mano). Hay personajes imposibles, fantasía a granel, rarezas por doquier… Si no existiera García Márquez y la legión de seguidores que ha tenido, podría decirse que Baricco había hecho un ejercicio de originalidad, ya que no de interés. Pero llega un poco tarde. A pesar de que García Márquez no me gusta, es obligado reconocer que escribe magistralmente, y a su lado cualquier obra similar palidece.

Por último, Baricco parece ser de esos escritores que confunden ficción con realidad. No sólo hace un alegato al final de la obra sobre la necesidad de que las novelas basadas en hechos históricos cuenten informaciones “correctas” (como si la verdad fuera única, y él la conociera), sino que se marca 3 páginas de agradecimientos (como si a mí me importara quién le dio ánimos cuando estaba con gripe en noviembre del 2006). Total, que el toque buenrollista tampoco ayuda. En una novela debe haber cierta trascendencia. Y si eso es una pedantería, que pongan librerías para pedantes, y que me hagan socio. Pero a mí me interesan las obras, no los autores. Y la realidad, todavía menos.

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Una lección magistral

Una muerte en la familia
James Agee

395 pags.

Valoración:

Obra maestra. Eso es todo lo que hay que decir sobre la maravillosa “Una muerte en la familia” del, lo reconozco, para mí desconocido James Agee. Y me alegro de que fuera desconocido, porque eso quiere decir que todavía quedan obras extraordinarias que descubrir a pesar de las hordas de trilogías suecas e infantiloides conspiraciones templarias que asolan nuestras librerías desde que los gilipollas empezaron a definir el concepto de cultura. O sea, desde que, borrachos de democracia, elevamos a categoría de ley aquello de los 3000 millones de moscas y la mierda.

No seré yo quien pida la retirada de los suecos y sus trilogías (aunque yo soy más de suecas y bikinis, llamadme landista), pero debo reconocer que a veces la peste de tanto excremento mal llamado cultural hace que me cuestione si todavía existen las flores. Lo único bueno de todo esto es el alegrón que me llevo cuando descubro, como en esta ocasión, un floripondio del tamaño de un ropero empotrado que huele sencillamente a gloria.

Agee es un maestro de la observación, un titán de las minucias, un cíclope de los detalles. Y yo soy un hortera, es cierto, pero eso no importa ahora. “Una muerte en la familia” es la prueba de que no todo está perdido, de que incluso los horteras de bolera tenemos nuestro huequecito en este mundo, y de que la Literatura con mayúsculas sigue teniendo efectos terapéuticos en las mentes atormentadas. ¿Quién quiere opiáceos teniendo novelas como esta?

La historia, como ya anticiparán los lectores más veteranos de 1y1y1, no es lo más importante de este libro. La historia, de hecho, se puede contar en dos párrafos, y el título ya anticipa el 80% de lo que “pasa” en la obra. Los personajes, a título individual, tampoco son especialmente complejos ni admirables, pero vemos en ellos representadas a millones de personas, a culturas enteras, a miles de esos “ciudadanos anónimos” que cada día nos cruzamos por la calle (en este caso, de los que uno se cruzaba por la calle en 1915).

Si por mi fuera, esta obra sería de obligada lectura para todo aquel que esté pensando en escribir una novela. No para tomar ejemplo, sino para desistir. Porque después de leer “Una muerte en la familia”, cualquier intento de escribir algo medianamente bien escrito resultará por fuerza patético. Con esta medida se evitaría que todos los mindundis que planean escribir novelas “para contarle algo al mundo” cambiaran de opinión y se dedicaran al macramé. Yo ya tomé tan sabia decisión incluso antes de leer a Agee, y ahora no puedo sino felicitarme y darme abrazos por ello. Seguid mi ejemplo, mendrugos del mundo.

No tengo nada más que decir. Las obras maestras se leen o no se leen, pero intentar explicarlas es como intentar explicar la Teoría de la Relatividad (usaré aquí la anécdota que, según dice, protagonizó Einstein cuando un periodista -¡puag!- le pidió que se la explicara; Einstein le replicó, “¿podría usted explicar cómo se fríe un huevo?”, a lo que el periodista respondió que sí; entonces, Einstein le dijo, “pues explíquemelo, pero hágalo como si yo no supiera qué es un huevo, ni una sartén, ni el aceite, ni el fuego”). El único lunar de tan perfecta novela es el desesperante leísmo de la traductora, a quien en algunos momentos, lo reconozco, habría estrangulado con placer. Una pena, porque por lo demás la traducción es también magistral, y supongo que de mucho mérito por la complejidad de la obra. Pero una cosa no quita la otra.

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La masacre de la vejez

Patrimonio
Philip Roth

237 pags.

Valoración:

Hace tiempo leí una entrevista a Philip Roth, al hilo de la presentación de esta novela, en la que decía que “la vejez no es una batalla, es una masacre”. Y leyendo el libro la afirmación adquiere toda su dimensión. No es una novela morbosa, aunque tiene algunos pasajes ciertamente escatológicos, pero la verdad es que consigue transmitirnos una imagen de la vejez que poco tiene que ver con la idea edulcorada e idealizada de “anciano sabio y venerable” que tantas otras novelas (y, sobre todo, películas) nos han querido vender.

La novela no es brillante, pero tiene bastantes puntos a su favor. Para empezar, trata del tema por excelencia, a saber, la muerte, pero de nuevo no en el sentido morboso, sino en el sentido montypythoniano de “The meaning of life”. De hecho, más que el tema por excelencia, yo diría que es el único tema interesante. Hablar (y no digamos escribir) sobre el contenido de la vida sólo se justifica como una vía de escape a la tortura que supone pensar en lo único importante: qué narices hacemos aquí, qué coños es todo esto, cuál es the meaning of life.

“Patrimonio” es una novela autobiográfica (el editor, como siempre, nos trata de gilipollas y se siente en la obligación de indicarlo en la portada con el subtítulo “Una historia verdadera”; cada vez me alegro más de no haber publicado con una editorial grande; si son la mitad de gilipollas de lo que parecen, tiene que ser insoportable tratar con ellos; y si son la mitad de torpes publicando de lo que son haciendo negocios, entonces la única solución es bloquearlos en el Facebook). Philip Roth nos cuenta el último año, aproximadamente, de vida de su padre, a quien le diagnostican un cáncer cerebral. O sea, que un médico le pone nombre a la causa que terminará por matarlo, porque desde luego no tienen ni idea de cómo curarlo.

El padre de Roth tiene en esos momento unos 80 años, así que podríamos decir aquello de “es ley de vida”. Pero Roth es una de esas personas, como tantos otros, que jamás pensó que eso podría pasarle a él. Aunque, la verdad, por mucho que uno piense y crea que está preparado para esas cosas, la muerte es algo tan excepcional, tan en contra de la “ley de vida”, que hasta que no te toca directamente supongo que no puedes estar más o menos preparado.

Roth nos cuenta en la novela cómo vivió él ese último año. La enfermedad fue moderadamente cruel. Su padre sufrió poco tiempo, aunque su cuerpo se iba deteriorando a marchas forzadas. Él asistía a ese deterioro recordando al hombre fuerte, noble e indestructible que lo crió, y a quien él admiró durante toda su vida. Y a quien, de repente, tenía que ayudar para ir al baño. O para andar. O para comer una sopa.

Pero, a pesar del peso del tema, a pesar del supuesto “valor añadido” de que sea una historia real, a pesar de la perfecta contención de Roth para evitar que la novela se convierta en una tragedia griega, el caso es que el resultado final no me convence. Hace tiempo leí “El animal moribundo”, pero entonces no tenía el blog y no escribí ninguna crítica, así que no me acuerdo de nada. Sólo tengo una vaga sensación de que Roth me pareció un poco pedante. Si ese recuerdo es correcto, lo confirmo ahora. Roth suena falso. Falsamente elevado, falsamente cercano, falsamente real. Es un coñazo con la cuestión judía, y coloca reflexiones sobre ese tema continuamente, hasta conseguir aburrir al lector a las 20 páginas. Los gallegos podemos ser mucho más pesados sobre la cuestión identitaria, sobre nuestra diáspora, y sobre la endogamia que siempre nos ha caracterizado, pero no fustigamos al mundo con novelas sobre nuestras peculiaridades. Se las contamos en directo en los bares, que es mucho más llevadero.

En resumen, un tema interesante, una historia contada con oficio, pero un estilo demasiado correcto. Roth sabe escribir, sabe contar historias, pero se nota que sabe hacerlo. Tal vez porque él quiere que se note. O tal vez porque no ha conseguido, después de aprenderlas, olvidarse de las reglas. Dicen que ese es el secreto de la genialidad. Roth, desde luego, no es un genio. Y es una pena, porque tenía la oportunidad perfecta para demostrarlo.

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El qubit y sus amigotes

Programming the Universe
Seth Lloyd

221 pags.

Valoración:

Para acallar las lenguas maledicentes que me tachan de ser un tipo bastante obsesivo, y después de haberme entusiasmado con el último libro que cayó en mis manos (Decoding the Universe, de Charles Seife), decidí cambiar radicalmente de tercio para parecer una persona normal, comedida, y de variados intereses. Por eso, compré en Amazon “Programming the Universe” de Seth Lloyd. Nótese que este es programming y el otro era decoding. No es lo mismo. Es otro tema completamente distinto. Ergo no soy un tipo obsesivo, quod erat demostrandum.

Aclarado este punto, pasemos al libro. Hay 2 cosas que uno confirma al leer “Programming the Universe” después de haberse leído “Decoding the Universe”: que el interés de un tema depende en gran medida de quién lo cuenta, y que la “ciencia divulgativa” cada vez tiene más de divulgativa y menos de ciencia. Vayamos por partes.

El tema de “Programming the Universe” es exactamente el mismo que el de “Decoding the Universe” (esto lo reconozco ahora, porque antes ya había demostrado lo contrario, y como todos sabemos por las películas americanas no se me puede juzgar dos veces por la misma cosa). Pero mientras “Decoding the Universe” presentaba el tema de una manera apasionante, que te enganchaba desde el principio, Seth Lloyd demuestra ser un pésimo contador de historias, y en general “Programming the Universe” es bastante tostón. Se nota que el autor quiere impresionarnos con algunas anécdotas y con números enormes que deberían provocarnos mareos, pero lo único que nos provocan son indiferencia. Es como cuando te dicen que los bancos tienen una deuda de 40.000 millones de euros. Vale. Pero si te dijeran 300 millones de euros, o 500.000 millones de euros también te parecería igual de bien o igual de mal. Vamos, que todo lo que pase de los 100.000 euros es una burrada.

Además de su falta de talento para narrar, Seth Lloyd intenta escribir un libro que pueda venderse en la sección de “Ciencia divulgativa” de las librerías, y no en la de “Física atómica para tíos raros” o en la de “Computación cuántica para tíos rarísimos”. En su defensa hay que decir que demuestra olfato comercial, puesto que el tráfico que hay en “Ciencia divulgativa” es mucho mayor. Es su contra hay que decir que no ha conseguido escribir un libro de ciencia divulgativa, sino algunos párrafos de ciencia y otros de divulgación. Los primeros son, en general, anodinos. Los segundos casi ofenden la inteligencia de alguien que haya aprobado el COU.

“Te estás ensañando”, pensarán algunos. “Eres un amargado”, dirán otros. “Idos todos a tomar por c*lo”, respondo yo a todos. Y aclarado también este punto, sigo con mi crítica. A pesar de todo lo dicho anteriormente, le he dado 3 estrellitas al libro de marras. Seth Lloyd tiene suerte, porque estoy entusiasmado con las posibilidades que abre la Teoría de la Información, y todo lo que me ayude a ver más posibilidades ya tiene un puñado de estrellas garantizado. Pero vamos, a este lo cojo dentro de un par de meses y a lo mejor le doy un rosco tanner. O no.

El caso es que “Programming the Universe” nos vuelve a hablar de bits, qubits, procesos lógicos, ordenadores cuánticos, y el Universo en patinete. El tema, repito, es apasionante, pero Seth Lloyd lo cuenta bastante mal, sobre todo si lo comparamos con Charles Seife. Y el caso es que yo diría que Seth Lloyd sabe más del tema. No en vano es el tipo que construyó el primer ordenador cuántico de la Historia. Pero intenta contarlo de una manera “accesible”, y en realidad lo cuenta de una manera “superficial”. Y yo ahora necesito algo un poquito más denso. Habrá que volver a la sección de “Física atómica para tíos raros”, de la que salí hace tiempo porque no iban tías. Y me da que en la de “Computación cuántica para tíos rarísimos” todavía deben de ir menos… Negro futuro. Pero bueno, entender el Universo es lo que tiene.

En cualquier caso, de momento voy a dejar reposar un poco el tema. Este es uno de esos momentos en los que descubres algo nuevo que entra en el cerebro como una corriente de aire, y te levanta el polvo que tenías acumulado. Ahora mismo tengo el cerebro hecho unos zorros, y tengo que dejar que el polvo se asiente otra vez para ver mejor. Así que voy a volver una temporada a la novela, mientras rumio todo esto de la información cuántica y empiezo a concretar algo. Porque yo no soy un tipo obsesivo.

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Tetris (meta)físico

Decoding the Universe
Charles Seife

285 pags.

Valoración:

Posiblemente hay un momento ideal para leer cada libro. Posiblemente si yo hubiera leído “El jugador” por primera vez con 40 años no me habría impresionado tanto como cuando lo leí con 13. Y posiblemente si hubiera leído por primera vez “Temerosa simetría” con 20 años no me habría impresionado tanto como cuando lo leí con 40. Si eso es así, entonces tengo que reconocer que este “Decoding the Universe” me ha llegado en el momento ideal. Porque me ha encantado. Más que eso. Me ha inundado. Me ha desbordado. Me ha puesto una tirita en el cerebro. Tal vez algo más que una tirita, aunque tampoco voy a decir que me ha arreglado la pedrada que tengo, porque eso ya lo he dado por imposible.

No intentaré contar aquí “de qué va” “Decoding the Universe” porque va de muchas cosas. Sí diré, para orientar a aquellos que puedan plantearse leerlo, que es un ensayo sobre la Teoría de la Información (incluyendo Información Cuántica) que plantea una posible vía, a través de ella, de “conectar” las hasta ahora disjuntas teorías de la Física Cuántica y de la Relatividad. El intento es, conceptualmente, brillante. La Física subatómica es, como ya he dicho alguna vez, música (sobre todo porque se describe a través de las matemáticas). Y siguiendo esa metáfora, este libro es una sinfonía de primer nivel. Es para cerrar los ojos y dejarse llevar. Claro, que si cierras los ojos no puedes leer el libro. Ahí la metáfora falla, tengo que reconocerlo.

Lo primero que tengo que hacer antes de ponerme con la crítica propiamente dicha es una bifurcación: quien no tenga una mínima idea sobre los fundamentos de la Física Cuántica y sobre la Teoría de la Relatividad, posiblemente no pueda disfrutar al máximo de este libro. Ojo: no quiero decir que no lo vaya a entender. De hecho, si algún “pero” le pongo a la obra es que a veces baja mucho el nivel para intentar llegar al público más garrafón. Por ejemplo, se tira un par de capítulos explicando conceptos de Termodinámica que yo diría que se enseñaban en BUP (o, como mucho, en 1º o 2º de carrera). Y la explicación del concepto de entropía parece hecho para imbéciles, si ya sabes qué es la entropía y de hecho, te has tirado bastantes noches de tu vida resolviendo problemas de termodinámica como es mi caso.

Pero, insisto, precisamente por ese tono “divulgativo” no hace falta ser un experto para entender las ideas principales del libro. O eso creo yo, aunque claro, sería mejor que lo confirmara alguien que realmente no supiera nada del tema antes de ponerse con “Decoding the Universe”. Lo que sí pongo en duda es que sin una base medianamente sólida de Física subatómica se pueda llegar a disfrutar al máximo de algunos de los momentos más brillantes del libro.

El otro ramal de la bifurcación en mi crítica es para aquellos que ya saben qué es la entropía, la superposición cuántica, por qué el espacio-tiempo es relativo, o en qué consiste el experimento Einstein-Podolsky-Rosen, por poner algunos ejemplos. Pues bien, los que vayan por ese ramal (y, claro está, no hayan leído mucho sobre la Teoría de la Información y su conexión con el “mundo físico”) se lo van a pasar mejor que viendo las nominaciones de Gran Hermano. Sí, lo sé, parece una exageración, pero confiad en mí.

Sin entrar en detalles, porque necesitaría varias páginas de blog para comentar la jugada y no es plan, sólo diré que después de leer este libro vuelvo a tener, después de muchos años, una teoría. Vuelvo a conectar muchas de las cosas que tenía dispersas en la cabeza y que ya empezaba a pensar que jamás podría poner juntas. Vuelvo a tener una idea más o menos coherente del Universo, de todo, en la cabeza. Vuelvo a tener ganas de pulir detalles, de considerar posibilidades, de ponerlas a prueba, de entender consecuencias. Y, como consecuencia, mi capacidad para aguantar gilipolleces ha disminuido (más). Así que si alguien me dice una chorrada en las próximas semanas, igual se lleva un bufido. Avisados quedáis.

Una última advertencia: las ideas que propone el libro, y también la teoría que empiezo a vislumbrar ayudado por la tirita que me ha puesto en la pedrada, no son precisamente optimistas. Quien busque en “Decoding the Universe” una confirmación a su hipótesis de que es superespecial, que el Universo está lleno de energía positiva, y que al ser Sagitario su próxima reencarnación será en princesa, será mejor que no se líe y se lea mejor la trilogía del sueco ese que está tan de moda y de quien nadie se acordará dentro de 10 años (no digo 5 porque la gente lee muy despacio, y algunos tardarán un par de lustros en terminarse los tochos). La Teoría de la Información, la Física Cuántica, y la Teoría de la Relatividad, todas ellas apuntan en la misma dirección. Y no es la de que, a pesar de lo que se crean sus padres, hay niños especiales. Ni adultos. Ni nada.

Pero ahora que tanta gente se apunta a la gilipollez de “salvar” el planeta (como si fuera posible parar la flecha del tiempo y saltarse la 2ª Ley de Termodinámica), ahora que el mundo es más infantil que nunca y que la cultura se ha reducido a la música y el cine, y que Amenábar parece haberse convertido en el líder intelectual de Occidente, leer “Decoding the Universe” es como un agarrarse a un flotador en mitad del mar. Sólo hay un efecto negativo: con libros como este, cada vez me va a apetecer menos quedar con gente. Bueno, tampoco sé yo si eso es un efecto negativo…

PS: Para los que hayáis leído Cero, que sepáis que “Decoding the Universe” es del mismo autor.

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El culebrón primigenio

Don Álvaro o la fuerza del sino
Duque de Rivas

172 pags.

Valoración:

Hoy día todo el mundo cree que el culebrón es un descubrimiento de los venezolanos. Se dice que un grupo de caraqueños, con la proverbial contención y mesura caribeña, creó el primer melodrama plano y de dimensiones siderales, vulgo culebrón. Un modelo dramático en el que deben confluir varios elementos indispensables, a saber: un malo muy malo, una tía buena (en el sentido de jamona), un tío guaperas pero gilipollas, y una familia intrigante que deje a los Borgia a la altura de la liga regional.

Lo cierto es que, cuando el culebrón llegó a España en formato televisivo, todos pensamos: qué jodíos los venezolanos, hay que ver cómo piensan. Pero no (“no” que no son jodíos, no que no piensen). Porque antes de que los venelozanos escribieran su primer culebrón, e incluso antes de que los venezolanos siquiera existiesen (porque hablamos de principios del siglo XIX, y entonces todavía eran españoles), don Ángel de Saavedra, AKA el Duque de Rivas, escribió este “Don Álvaro o la fuerza del sino” que, interpretado por una cuadrilla de colombianos y producido por Antena 3, hoy dejaría a la altura del barro al mejor culebrón venezolano de la última década.

La historia es desmesuradamente trágica. Es una de esas obras donde no se salva nadie. El que no se muere es deshonrado, y el que no se retira a un convento. Y todo por un quítame allá ese amor impropio. Uno que quiere a otra a la que no debería querer, porque el tema de las clases sociales en aquella época no era como ahora, y por esa tontería el padre saca la espada, el otro la pistola, el de más allá se tira por el balcón… bueno, bueno, bueno, un no parar. Que si me voy a la guerra para expiar mis pecados, que si yo me hago monja para olvidarme de este perro mundo, que si yo juro vengar a mi padre así me tenga que fumigar a media España… y claro, con unos personajes tan centrados y con tanta suerte, se puede imaginar que el tono general de la obra es, ante todo, festivo. De la festividad del 1 de noviembre, para ser exactos.

La obra es, en cualquier caso, entretenida. El estilo no está al nivel de los grandes plumíferos de nuestra gloriosa historia literaria nacional, pero tiene momentos bastante conseguidos. Personalmente me ha molestado la alternancia entre prosa y verso, sobre todo porque la primera suena un punto pomposa al perder la rima, pero de nuevo no es un defecto tan grave que perjudique al disfrute general del drama. Por lo demás, uno se queda muy contento cuando termina el libro y reflexiona sobre cuánto ha cambiado el mundo en sólo 2 siglos, que en términos planetarios no es nada, pero que en cuanto a progresos sociales es un montón de tiempo. Y es que uno piensa en la facilidad con la que se sacaba la espada en 1800 y sólo puede preguntarse: con esa tradición, ¿cómo c*ño es posible que no seamos campeones olímpicos de esgrima todos los años? Misterios del mundo moderno.

El libro en cuestión, cortesía de Google Books.

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La buena, la fea y la mala

La historia del amor
Nicole Krauss

288 pags.

Valoración:

Es difícil ser verde. Ya lo dijo la Rana Gustavo, y lo dijo porque él lo sabía de primera mano, y en el Mundo Real hay pocas verdades tan gordas como esa. Pero, en lo referente a la literatura, lo difícil es justamente lo contrario: ser normal. Parecer normal. Contar historias pequeñas que dejen al lector con la sensación de haber leído algo grande, muy grande, larger than life como dicen los gringos.

Titular una novela “La historia del amor” pone el listón muy alto. ¿Hay algo en la vida más grande, más raro, más verde, que el amor? ¿Es posible, de hecho, escribir una “historia del amor”? Estas y otras preguntas jamás asaltaron mi mente cuando me senté por primera vez con este libro de Nicole Krauss a quien, por otra parte, no conocía de nada. Pero hete aquí que después de apenas unas páginas, yo ya estaba agarrado a las tapas como perro. Me había enganchado, la novela tenía algo. Era una de esas historias pequeñas que, me parecía a mí, me iba a contar algo grande.

Y sin embargo. (Guiño al estilo del personaje principal).

El problema, curiosamente, no está en la historia principal, en la historia aparentemente “grande” (la “historia del amor”). Esa es una historia preciosa, muy bien contada, una historia que se lee con el corazón y no con la cabeza, por decirlo de una manera original. El personaje principal es entrañable, el tono es contenido (aunque con algunos excesos de originalidad, perdonables en cualquier caso), la historia es simple y profunda, definitivamente nos cuenta algo. Además, la trama está bien dosificada y no busca golpes de efecto baratos. Ya digo: esta es una buena historia-

El problema está, por lo tanto, en las otras historias. Que, además, sufren la inevitable comparación con la primera, y parecen todavía peores de lo que tal vez son realmente. Por ejemplo, la historia de Litvinoff es, al lado de la principal, floja. Feúcha. No digo que se pueda eliminar, porque la autora la usa para desvelarnos algunos datos que necesitamos saber para entender la primera historia, pero el precio a pagar para obtener esos datos tal vez no compense el resultado final. Siendo una historia tierna y entrañable, no resiste la comparación con la primera.

Y, por último, la historia de la niña es mala. Ñoña. Torpe. Sacada de un mal libro de Los Cinco. Una niña de 15 años que actúa como si tuviera 30 y piensa como si tuviera 10. Una especie de biografía de mujer inteligente y reflexiva embutida en una adolescente “muy madura para su edad”. Demasiado madura. Increíblemente madura. Y repelente.

Así que, como tantas otras veces, tenemos una novela que hay que valorar no en su conjunto sino como media de las partes. La historia principal tendría un sólido 4, con momentos de 5. La historia de Litvinoff tendría un 3. Y la historia de la niña tendría un 2, con muchos momentos de 1. Así que le doy un 3, me ahorro los decimales, y me quedo a la espera de que Nicole Krauss escriba algo más “sólido”. A poder ser, usando recursos más originales que meter niños en el reparto para transmitir inocencia y ternura. Los niños son (todos lo hemos sido) egoístas, tontos, y cabrones. Ponerlos de paradigma de la ingenuidad humana es tan increíble como poner a Poli Díaz de paradigma del pensamiento occidental.

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