Archive for the 'Libros' Category

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Todo pasa y nada queda

Fundamentos de la vía media
Nágárjuna

244 pags.

Valoración:

Alguien dijo en algún libro que leí (nótese una vez más la debilidad de mi memoria, que me obliga a tener un blog para no darle dos veces la mano al mismo) que una religión es un sistema de pensamiento que cumple 3 requisitos: (i) presenta una justificación trascedente de la vida, (ii) promueve un código de conducta para la vida, y (iii) incluye una serie de ritos para materializar elementos de lo primero y lo segundo. O sea, que una religión explica por qué la vida es como es (porque Dios es un señor barbudo que nos quiere mucho, porque Dios es un señor lampiño que no nos quiere nada, porque Júpiter se enamoró de Afrodita y le puso los cuernos con su hermana…), nos dice cómo comportarnos en la vida mientras estamos en ella (no robarás, no te jincarás a toda chuqui viviente, no comerás chorizo…), y nos propone rituales comunes para que nos sintamos parte de un grupo y, por lo tanto, más seguros de que estamos en lo cierto (vamos todos a misa, vamos todos a La Meca, encendamos todos velas delante del altar de los antepasados…).

Cualquier sistema de pensamiento que cumpla esos 3 requisitos es una religión. Por eso, ser del Barça no es una religión, porque no incluye el primer elemento (si Dios existiera, sería del Barça, lo que deja sin explicación el hecho de que exista el Real Madrid). Pero seguir a Maradona sí es una religión, porque al ser la Tierra redonda, Maradona bien podría ser el que controla el planeta y decide sus designios; además, Maradona nos ha dado un magnífico ejemplo de cómo vivir en este mundo, y los ritos de su religión incluyen insultar a la prensa y acudir a los partidos de Argentina tajado. Ahí están los 3 elementos.

¿Es el budismo una religión? Sí. Explica la existencia de “este” mundo, da unas guías de comportamiento mientras estamos en él, y tiene sus propios ritos (la túnica naranja es, probablemente, el más molón de todos). Y como buena religión, viene en distintos sabores. Los cristianos pueden ser católicos, protestantes, ortodoxos, evangelistas… los musulmanes pueden ser suníes, chiíes, wahabíes… y los budistas, pues igual. Tengo entendido que la escuela mahayana es la más extendida, pero no es la única. Y para demostrarlo, aquí está (figuradamente, porque palmó hace casi 20 siglos) Nágárjuna, fundador de la famosa “vía media” cuyos principios se exponen en este “Fundamentos de la vía media” que empecé a leer con grandes expectativas.

Y las expectativas eran grandes porque después del periplo interior que me llevó a recorrer un montón de religiones cuando tenía unos 30 años, me quedó claro que la religión más interesante desde un punto de vista intelectual es sin duda el budismo. Es una religión que no cae en el infantil error de intentar explicar este mundo con argumentos de este mismo mundo. No intenta explicar el comportamiento de Dios con analogías humanas, que se desmontan con 2 preguntas y que, en el peor de los casos, consiguen que Dios parezca un pobre infeliz con muy mala leche. Muuuuuy mala leche.

El budismo prescinde del concepto de Dios casi absolutamente (el “casi” es una valoración mía, seguramente un budista lo quitaría) y por lo tanto no tiene que explicar por qué Dios es bueno, es omnipotente, y es un sádico que permite que se torture a niños, todo a la vez. Muerto el perro se acabó la rabia, debió de pensar Siddarta Gautama. Y pensó bien. De hecho, pensó muchas más cosas bien. El libro “El silencio del Buddha” es uno de los mejores libros de religión que he leído jamás, desde luego mucho más enriquecedor intelectualmente que la Biblia o el Corán, que son entretenidos desde un punto de vista antropológico pero poco más. Y el Bhagavad Gita es una horterada para un occidental, aunque tiene pasajes de calado. De Warren Sánchez y similares ni hablamos.

“El silencio del Buddha” explica, entre otras cosas, por qué Buddha tenía la desconcertante costumbre de no contestar nada cuando le preguntaban. La razón, resumiendo mucho el argumento, es que no hay respuestas acertadas ni equivocadas, puesto que el problema es que la pregunta está mal hecha. Porque, como decía, los budistas elevan varios niveles el discurso trascendental con respecto a las religiones abrahámicas. Cosa no muy difícil, por otro lado. Digamos que las religiones abrahámicas están en un primer piso (en la planta calle están las religiones de las Grecia y Roma clásicas), y el budismo está en el ático. No en el sobreático ni en la azotea, pero mucho más arriba que los otros claramente.

Y tras esta bonita, aunque ladrillera introducción, se plantea una pregunta que apunta a una contradicción. ¿Por qué, después de esta alabanza al nivel intelectual del budismo, le endiño un cicatero 2 a estos “Fundamentos de la vía media”? Pues porque Nágárjuna se entrega a un ejercicio de malabarismos lingüísticos que no me atrae nada. Demostrar que el lenguaje es incorrecto o insuficiente para explicar la realidad no aporta nada sobre la realidad en sí misma. Es obvio que el lenguaje, al ser una herramienta humana, va a tener las limitaciones propias de nuestra naturaleza. Pero esto es lo que hay, amigo Nagarjuna. Las cualidades de una palabra no dicen nada sobre las cualidades del objeto que denomina. Y, por extensión, demostrar que el lenguaje cae en contradicciones no quiere decir que la realidad sea contradictoria. Simplemente quiere decir, en el peor de los casos, que hemos elegido mal las palabras o, incluso, que hemos conceptualizado mal la realidad y por lo tanto hemos “elegido mal” las cosas que hay que nombrar.

“Fundamentos de la vía media” se queda, pues, en un ejercicio de virtuosismo dialéctico. Nágárjuna retuerce las palabras hasta que confiesan, y después extrapola esa confesión a los conceptos que denominan esas palabras. Error. Si el lenguaje está mal diseñado el problema es nuestro. Ningún ente trascendente tiene nada que ver con eso. La realidad es la que es, independientemente de cómo la llamemos. El salto que hace Nágárjuna es un salto de fe, sólo que de otro tipo de fe del que requieren las religiones abrahámicas.

Y el problema de la fe es que se tiene o no se tiene. No se puede razonar, no se puede enseñar, no se puede compartir. Es una búsqueda personal, lo que no quiere decir que sea una búsqueda individual. Nágárjuna no es, sin embargo, un compañero de viaje que me haya aportado mucho. Si acaso, la confirmación de algo de lo que ya me convenció aquel viaje por las religiones que mencionaba antes: que las religiones no son el sitio en el que hay que buscar si uno quiere entender algo más sobre la famosa pregunta del “qué coño es todo esto”. Para eso, la Física Fundamental ofrece pistas mucho más interesantes. Y ahí estamos.

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Una mente prodigiosa en un mundo podrido

Heisenberg
Antonio Fernández Rañada

334 pags.

Valoración:

Siento una debilidad especial por Heisenberg. Y es una debilidad difícil de explicar, porque vivió en una época en la que la Física Fundamental tuvo una de las mejores alineaciones de la Historia. La mejor, diría yo. Fijarse en el 11 inicial que salió al campo en la 5ª Conferencia Solvay que se celebró en 1927: Ernst “El Átomo” Borh, Max “Cuántico” Born, Louis “Dualidad” De Broglie, Compton, Madame “Radioactividad” Curie, Paul “La Delta” Dirac, Albert “Relatividad” Einstein, Werner “Principio de Incertidumbre” Heisenberg, Wolfang “Principio de Exclusión” Pauli, Max “Constante Universal” Planck, y Erwin “Ecuación Fundamental” Schrödinger. Entrenador y presidente de la conferencia: H.A. “La Transformación” Lorentz.

Elegir a uno de esos astros del micromundo como el mejor es, desde luego, una cuestión de gusto personal exclusivamente. Einstein fue Messi, el mejor, el más brillante, la estrella del equipo (que, por cierto, no era un equipo ni por lo más remoto, aquí cada uno tenía un ego del tamaño de la provincia de Palencia, en el caso de que Palencia exista, que aún está por demostrar). Pero, una vez reconocido que Einstein y Messi son los mejores, y aceptado que desde un punto de vista objetivo y racional es un hecho indiscutible, queda la parte emocional. Queda ese “no sé qué” que hace que uno babee cada vez que coge la pelota Iniesta, aunque sabe que rara vez terminará marcando, y que al final será Messi el que se regatee a 8 y termine rematando de chilena para anotar el golazo del día.

Heisenberg es mi Iniesta subatómico. Con la diferencia de que Iniesta parece un chaval majo, y Heisenberg colaboró con el régimen nazi e intentó con todas sus fuerzas desarrollar la primera bomba atómica para fumigar a los ingleses en el sentido literal de la palabra, porque conociendo a Hitler no habría dejado ni uno. Eso no quiere decir tampoco que Heisenberg fuera un ioputa como Hitler, ni siquiera comparable. De vez en cuando incluso levantó la voz contra los nazis, pero sin la fuerza ni la convicción suficientes. Al final, como decía antes, el ego fue más fuerte que cualquier otra consideración, y la tentación de poder ganar a sus colegas consiguiendo por primera vez en la Historia una reacción de fisión en cadena fue demasiado fuerte.

A pesar de eso, y como la moral y la inteligencia son dos cosas muy distintas, hay que reconocer que Heisenberg fue un ser humano excepcionalmente inteligente. Brillante, en el sentido literal de la palabra. Heisenberg brilló como pocos otros seres humanos han brillado a lo largo de la Historia. Y nos regaló el que, junto al Teorema de Gödel y la Ecuación de Einstein, es sin duda la gran revelación física (y filosófica) de toda la existencia de la Humanidad: su famoso Prinicipio de Incertidumbre. Que no dice, como piensan los muy lerdos, que “todo es incierto”. Ni que, como piensan los lerdos a secas, “el observador afecta al sistema observado” (porque eso es de perogrullo y no hace falta saber álgebra lineal para descubrirlo).

El Principio de Incertidumbre de Heisenberg dice que la Naturaleza, la realidad (sea lo que sea lo que esa palabra quiere decir) está sometida a una incertidumbre intrínseca. En una escala subatómica, en el ámbito donde la Naturaleza se rige por principios cuánticos y no continuos, nada es cierto. La materia no está definida. Nada existe, y nada no-existe. Es imposible saber qué es todo esto, pero no por nuestra incapacidad para saberlo, sino porque todo esto tiene una propiedad de diseño que hace que sea imposible saberlo. Si preguntas demasiado, simplemente no hay respuestas.

El Principo de Incertidumbre, combinado con el Teorema de Gödel y la Ecuación de Einstein, forma el triángulo (¡cómo no!) fundamental de lo que sabemos sobre la naturaleza profunda de todo esto. A saber:

  • Que la materia está “diseñada” de manera que, por debajo de un cierto nivel de profundidad, es imposible saber nada de ella con certeza
  • Que, además, cualquier información que podamos conseguir no puede transmitirse a una velocidad superior a la de la luz
  • Y que, en cualquier caso, todo lo anterior está demostrado con un sistema de razonamiento que no puede validarse a sí mismo; o sea, que tal vez todo sea falso

Eso es real. No es filosofía. Y, sin embargo, no he leído ningún libro de Filosofía que me haya hecho pensar más sobre el sentido de todo esto que esos 3 principios físicos. La Física es belleza. La Filosofía es pedantería. He dicho.

En cuanto al libro de Fernández Rañada, es francamente interesante. Nos cuenta la vida de Heisenberg en sus dos vertientes: la del genio de la Física, y la del brillante intelectual integrado en el sistema nazi. Al final, afortunadamente para todos, lo segundo afectó a lo primero y evitó que su mente privilegiada siguiera llegando a sitios a los que nadie había llegado antes que él. Entre otros, a la bomba atómica. Menos mal que los nazis, además de malos, era imbéciles, porque si no, no estaríamos ahora todos aquí para hacer bromas sobre ellos. Menos mal que su cortedad de miras les hizo prescindir de los más brillantes científicios que un país jamás había podido reunir (Einstein entre ellos) por el simple hecho de que eran judíos. Menos mal que dejaron todo su plan nuclear en manos de un puñado de tíos rubios y de ojos azules, pero con el cerebro un poco menos rubio y azul.

Heisenberg seguía siendo un genio, pero Iniesta no brillaría igual en el Tenerife. Seguiría siendo Iniesta, por supuesto, pero desde luego no ganaría ninguna Liga. Heisenberg tampoco. Para desgracia de todos. Porque sólo con los Heisenbergs y Einsteins de la vida conseguiremos algún día, tal vez, asomarnos a la ventana que tenga una pequeña rendija abierta por la que atisbar, aunque sólo sea en sombras, una intuición de lo que hay al otro lado. En ese sentido, lástima del mundo que nos ha tocado vivir. Nadie piensa en otra cosa que no sea ganar dinero. Y algo me dice que, justamente eso, no tiene mucho que ver con lo que hay al otro lado, así que ¿para qué quieres ganar dinero, gilipollas? Eso si es que hay algo, claro. Pero es que, si no lo hay, ¿para qué coño quieres ganar dinero, gilipollas?

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La verdad sobre la verdad

Sobre proposiciones
formalmente indecidibles de los

Principia Mathematica y
sistemas afines

Kurt Gödel

150 pags.

Valoración:

La popularización de la Ciencia tiene efectos imprevisibles. Por ejemplo, todo el mundo conoce a Einstein, y mucha gente conoce la Teoría de la Relatividad (quiero decir que conoce el nombre; sobre el contenido, asumen que dice que “todo es relativo”, aunque diga justamente lo contrario). Hasta ahí, todo normal. Einstein fue, realmente, uno de los grandes, es normal que todo el mundo lo conozca. Gracias a su mente privilegiada la Humanidad avanzó en unas décadas lo que no había conseguido avanzar en muchos siglos, en términos de entendimiento profundo de la realidad.

Más extraño es que prácticamente nadie conozca a Heisenberg, a Schröedinger, a Pauli, a Bohr, o a De Broglie, por citar sólo a algunos de los contemporáneos de Einstein cuyas contribuciones fueron, cuando menos, imprescindibles para completar el cuadro que Einstein había empezado a dibujar. Y, cuando más, tan importantes como el cuadro en sí. A lo más que llega el ciudadano medio es a aventurar que el Principio de Incertidumbre dice que todo es incierto. O que el Principio de Exclusión dice que todo se excluye. La incultura orgullosa es lo que tiene.

Pero lo que sí es realmente raro es que casi nadie conozca a Kurt Gödel, porque su aportación a la Ciencia es no sólo comparable a la de Einstein, sino incluso mayor en cuanto a “jerarquía” en el orden universal. Porque el Teorema de Incompletitud de Gödel dice… que todo es incompleto. Sí, esta vez el pueblo llano acertaría. En concreto, Gödel demostró dos cosas: que en todo sistema lógico hay proposiciones indecidibles (o sea, que no se puede demostrar ni que sean verdaderas ni que sean falsas) y que no se puede demostrar la consistencia de ningún sistema lógico. Y eso incluye las Matemáticas.

O sea, que Gödel demostró que la herramienta que la Ciencia utiliza para hacer sus deducciones, las Matemáticas, es una herramienta que podría ser defectuosa. Gödel nos dice que no podemos demostrar la consistencia de las Matemáticas desde dentro de las Matemáticas. Necesitaríamos un “sistema superior”. Pero, obviamente, no lo tenemos. Y aunque lo tuviéramos, ese sistema podría demostrar la consistencia de las Matemáticas, pero no podría demostrar su propia consistencia. Y volveríamos al mismo problema.

La mecánica cuántica y el Teorema de Gödel son los dos grandes descubrimientos de la Humanidad en lo referente a la eterna pregunta (“¿Qué es esto?”). Y lo son no por lo que nos enseñan, sino por lo que nos ocultan. Tanto una como la otra apuntan en la misma dirección: el Universo está “diseñado” de tal manerra que nunca se podrá conocer la naturaleza del Universo desde dentro del propio Universo. La mecánica cuántica nos dice que, a partir de cierto nivel, lo único que podemos saber del Universo es la probabilidad de que sea de una cierta manera. Y Gödel nos dice, además, que esa probabilidad está calculada con un sistema que podría tener fallos, y que nunca sabremos si los tiene o no. Las implicaciones metafísicas de esos dos descubrimientos son tan fascinantes, que podría tomarme otros 3 años sabáticos sólo para pensar en ellas. Mientras tanto, lo hago en los ratos libres, o durante las reuniones que duran más de 1 hora.

El libro “Sobre proposiciones formalmente indecidibles…” es, por su importancia fundamental en el pensamiento humano, imprescindible. Esta edición está dividida en dos partes: la primera es una introducción a la figura de Gödel con una explicación resumida de su Teorema de Incompletitud. La segunda es el texto original del artículo en el que Gödel expuso su teorema por primera vez. La primera parte es razonablemente accesible, aunque ciertos conocimientos de lógica no vienen nada mal. La segunda es francamente árida para quien no disfrute con las matemáticas más crudas. Pero, en cualquier caso, es un tesoro histórico. En ese texto el ser humano fue consciente, por primera vez, de que nunca podrá saber si sabe la verdad. El Universo no quiere que descubramos sus secretos. Por eso nosotros seguimos intentándolo. Somos una especie curiosa.

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El porqué de la superespecialidad

La sociedad de la decepción
Gilles Lipovetski

128 pags.

Valoración:

Miucha gente cree que yo me cachondeo de la gente que se cree superespecial. Nada más lejos de la realidad. La superespecialidad es, en realidad, uno de los temas que más me apasionan. ¿Qué es la superespecialidad? ¿El superespecial, nace o se hace? ¿Por qué todo el mundo se cree superespecial, si el único superespecial que hay soy yo? Estos y otros misterios me atormentan en las largas noches de invierno, cuando el adsl se corta y no puedo ver páginas porno.

Este interesante libro de Gilles Lipovetski, en forma de entrevista (realizada por Bertrand Richard), resuelve todos esos misterios e incluso alguno más. Es un libro que plantea una idea muy simple pero muy poderosa: vivimos en la sociedad de la decepción. Y vivimos en la sociedad de la decepción, de nuevo, por un par de razones muy simples pero muy poderosas: porque se han eliminado (al menos en teoría) las diferencias “de nacimiento” entre clases sociales, y porque se ha abanadonado el sentido religioso de la vida.

Traducción: antes, cuando una persona nacía tenía una vida “predefinida”. Un campesino nunca podría tener un casoplón con 20 habitaciones; un rico nunca podría verse pidiendo limosna debajo de un puente. Eso tenía un claro efecto negativo, a saber, putear al 98% de la población, que nacía en las clases bajas. Pero tenía un efecto secundario positivo: quitaba responsabilidad. No había nada que una persona pudiera hacer para cambiar el 90% de su vida. Sólo podías cambiar pequeños detalles, pero en lo esencial tu vida estaba escrita en el momento en que salías de tu madre y veías dónde te había tocado nacer.

Además de eso, la tiranía religiosa que ha dominado Occidente durante siglos también tenía un claro efecto negativo (atormentar a la gente y prohibir el libre pensamiento) pero tenía, a se vez, un efecto secundario positivo: descargaba la responsabilidad en Dios.

El efecto combinado de esas dos circunstancias era muy poderoso. Las personas pensaban: “mi vida es la que es, yo no puedo hacer nada para cambiarla, y lo poco que puedo hacer sólo lo conseguiré si esa es la volunta de Dios”. Conclusión: la gente esperaba muy poco de la vida, y lo poco que esperaba lo veía como una gracia divina, fuera de su responsabilidad individual.

Lipovetski postula que, caídos esos dos pilares de la sociedad Occidental, el peso de la responsabilidad nos abruma. De repente, nos dicen, podemos conseguir todo lo que nos propongamos. No hay excusa: todos nacemos iguales, todos tenemos las mismas oportunidades, sky is the limit (o yendo más allá, como leí el otro día, “no me digas que el cielo es el límite cuando ya hay pisadas humanas en la Luna”). Con ese planteamiento, todo lo que desees y no consigas es “culpa” tuya. A lo mejor es que eres tonto, a lo mejor es que eres débil, a lo mejor es que no das la talla. Pero, sea lo que sea, el problema eres tú. Porque el mundo no te pone ninguna limitación.

Esa idea principal tiene varias derivadas, que Lipovetski va desgranando a lo largo del libro. La superespecialidad es una de ellas, y no lo digo de cachondeo (esta vez). La decepción permanente es otra de ellas. El vacío existencial es, quizás, la peor de todas. La vida deja de tener sentido cuando todo lo que vamos consiguiendo se acaba convirtiendo, simplemente, en un paso intermedio hacia lo siguiente que hay que conseguir. El camino no termina nunca y, además, no lleva a ningún sitio. Y ya no podemos echarle la culpa a Dios. La vida nos decepciona y lo único que podemos hacer es culparnos a nosotros mismos. Es la decepción última: nos decepcionamos a nosotros mismos. Pero salimos a la calle y le decimos a todo el mundo que nos va muy bien. A fin de cuentas, ellos también lo dicen y todos sabemos que mienten. Mientras todos nos engañemos, como en el cuento del emperador desnudo, podremos mantener la ilusión de que realmente pasamos por la vida, de que realmente estamos vivos.

Cayo ZP vs. Tulio Rajoy

Breviario de Campaña Electoral
Quinto Tulio Cicerón

86 pags.

Valoración:

Mucho ha llovido desde que Quinto Tulio Cicerón le enviara estas cartas, a modo de consejos para preparar su campaña como candidato a cónsul de la República, a su hermano mayor Marco Tulio Cicerón (este es el Cicerón que todos conocemos), pero toda esa lluvia ha mojado el suelo, ha llenado los pantanos, y poco más. Porque leyendo este “Breviario de campaña electoral” escrito en el año 64 de nuestra era, uno tiene la sensación de estar leyendo en realidad el manual de campaña del PSOE o del PP escrito por Pepiño Blanco o Sorayita Sáinz la semana pasada.

La base de toda campaña electoral, viene a decir Quinto Tulio, pasa por el desprestigio de tus rivales. Lo importante no es tanto señalar tus propias virtudes, cuanto señalar los defectos de los demás. El objetivo es hacer a los ciudadanos, de manera sutil y por supuesto no explícita, la pregunta: “¿Realmente queréis que os gobierne ese mentiroso/incompetente/traidor/libertino/etc.?”. A partir de ahí la victoria es segura, puesto que la única alternativa que se deja a la plebe es votar por el otro candidato, a saber, el que ha montado la campaña de desprestigio del primero.

Una vez asegurado el desprestigio de los competidores, hay que centrarse en otros dos objetivos: caer bien, y comprar favores. Lo de caer bien consiste básicamente, como hoy, en recorrer ciudades y pueblos haciéndose el enrollado.

Busca y sigue la pista de los hombres de cada lugar, conócelos, sal a su encuentro, asegúrate su adhesión, procura que hagan campaña a tu favor entre sus vecinos y que, por así decirlo, se conviertan en candidatos por cuenta tuya. [...] Y, para que lo entiendan, debes utilizar un lenguaje apropiado a su manera de ser. [...] Haz que salten a la vista tus esfuerzos por conocer a los ciudadanos y exagéralos a fin de mejorar día a día estas relaciones: no hay nada, me parece, que haga a un candidato tan popular y tan grato. [...] Es muy necesaria la adulación, algo que, aunque en la vida corriente constituya un defecto vergonzoso, se hace imprescindible en una candidatura.

Y en cuanto a lo de comprar favores, la herramienta es, por supuesto, prometer a todo el mundo una recompensa en el caso de que el candidato finalmente gane las elecciones. El arte de prometer y no cumplir, tan ligado a la política actual, parece que ya se practicaba con éxito en la época de la Roma Clásica. Nuevamente, Quinto Tulio nos ilustra sobre el tema:

Las promesas quedan en el aire, no tienen un plazo determinado de tiempo y afectan a un número limitado de gente; por el contrario, las negativas te granjean, indudable e inmediatamente, muchas enemistades. [...] Así pues, es preferible que, de vez en cuando, unos pocos se enfaden contigo en el foro, a que lo hagan todos a la vez y en tu casa, habida cuenta sobre todo de que se enfadan mucho más con los que les han dado una negativa que con aquel que, al parecer, se ve impedido a ayudarles por algún motivo importante, pero que, si de algún modo pudiera, cumpliría gustosamente con su promesa.

Qué, ¿es o no es el libro de estilo de cualquier partido político de los últimos 50 años? Mención especial merece para Quinto Tulio, como no podía ser de otra manera, granjearse la amistad de los agentes más influyentes. Entonces eran las centurias, las órdenes de notables, y algunos militares populares. Hoy son los medios de comunicación y los banqueros. Cámbiese el nombre de unos por el de los otros y, de nuevo, el breviario de Quinto Tulio Cicerón podría ser aplicado al pie de la letra por nuestra honorable clase política. Pero, ¿qué digo “podría”? Como si no lo estuvieran aplicando cada día… Ahora me explico por qué me costó tanto encontrar este libro. Estaba agotado en todos los sitios. Claro, es que este año ya empieza el ciclo electoral. Montilla y compañía han debido de comprar medio millón de ejemplares para repartir entre sus acólitos. Si al menos hicieran la campaña en toga, la cosa mantendría un mínimo de dignidad. Ave, Artur Mas, votatori te salutan.

La superioridad de la novela

Vía Revolucionaria
Richard Yates

409 pags.

Valoración:

Sé que no soy neutral, porque a mí la Literatura me parece mucho más poderosa que el Cine (salvo para las explosiones), pero es que en este caso tenemos un side-by-side que no permite ninguna discusión: la película “Revolutionary Road fue un pestiño (como ya certifiqué cuando la critiqué en 1y1y1), mientras que la novela homónima en la que supuestamente se basaba la película está a un paso de ser una obra maestra.

Decía en mi crítica de la película que resultaba aburridísima. Y tras leer la novela queda claro cuál era el problema: el 90% de la obra no es “acción”, y si uno se limita a leer (o filmar) el 10% restante la cosa se queda en algo bastante insulso. En la novela se describe, como en todas las buenas novelas, el interior de las cosas, y esas cosas se describen, como en todas las buenas novelas, con la mirada excepcionalmente atenta y sensible de un gran narrador. Quita eso y no tienes nada. Bueno, tienes el título de la novela, que por cierto los cretinos de la editorial española han cambiado, dejando ahora el original inglés, para que los tontolabas de turno sepan que están leyendo una novela que se llevó al cine, lo que para cualquier imbécil que se preste es un síntoma inequívoco de calidad artística.

La historia de “Vía Revolucionaria” es, pues, la misma que la de “Revolutionary Road” (la película), así que no volveré a contarla. Resumiéndola, una pareja estadounidense pequeña-burguesa de los años ’50 con ínfulas intelectuales y con una relación anquilosada por la rutina, se plantea romper con todo y marcharse a París para iniciar una nueva vida que se imaginan llena de estímulos y emociones. Punto. Y aparte. Por un imprevisto, no pueden poner en marcha su plan y tienen que seguir con su vida apolillada. Punto. Y final. Desde un punto de vista de la trama, no hay nada más. Por eso la peli era un tostón, y por eso la novela es muy buena: porque las 408 páginas restantes, en las que no hay que contar ninguna historia, nos cuentan qué hay debajo de todo eso, cuáles son las fuerzas que mueven a las marionetas que desfilan por el escenario, y por qué los caminos de la vida nunca son líneas rectas.

Resulta inquietante que una novela escrita hace 50 años resulte tan actual. O, más que inquietante, resulta desesperanzador. Deja la amarga impresión de que no aprendemos de nuestros propios errores, a pesar de reconocerlos. Generación tras generación seguimos atascados en el mismo vacío vital, sin atrevernos a tomar decisiones, y justificando nuestra existencia en la existencia de otros, los hijos, que nos sirven a la vez de excusa para no hacer nada con nuestra vida, y de “segunda oportunidad” para aprovecharla. Lástima que ellos, cuando crezcan, vayan a hacer lo mismo que sus padres: pasarle la vida a la generación siguiente sin haber hecho nada con ella, y justificando esa inacción, precisamente, en la responsabilidad que tenían para con sus sucesores.

Veamos cómo lo plantea Richard Yates:

Es como si hubiera un tácito acuerdo colectivo de vivir en un estado de autoengaño absoluto. ¡Al cuerno la realidad! Disfrutemos de un montón de bonitas carreteras y de bonitas casas pintadas de blanco y de rosa y de azul cielo; seamos buenos consumidores y que exista una gran uniformidad, y eduquemos a nuestros hijos en un baño de sentimentalismo (papá es un gran hombre porque se gana la vida, y mamá una gran mujer porque ha aguantado a papá todos estos años) y si la realidad aparece un día y nos mete miedo, todos estaremos muy ocupados y haremos ver que no pasa nada.

No es esta, como decía antes, la única reflexión que podría trasladarse casi al pie de la letra de los años ’50 de “Vía Revolucionaria” a nuestro gris y buenrollista presente:

Toda esa constante e insistente vulgarización de cualquier idea, de cualquier sentimiento, que los convierte en alimento intelectual para bebés; este sentimentalismo optimista, vanamente risueño, facilón, en la visión que la gente tiene de la vida…

O:

Si quieres tener una casa, has de tener un empleo. Si quieres tener una casa muy bonita, muy linda, entonces necesitas un trabajo que no te guste. Estupendo. Así es como funciona el noventa y nueve por ciento de la gente, de modo que no tienes por qué disculparte, amigo. Si viene uno y te pregunta “¿Por qué lo haces?”, puedes dar por seguro que los del manicomio lo han dejado suelto unas horas.

O por último, para no reproducir la novela completa:

Los edificios de oficinas que los estaban esperando se los tragarían como si nada, de modo que estar en una de las torres mirando hacia la otra por la ventana sería como inspeccionar un gran terrario silencioso que exhibiera centenares de pequeños hombres rosados con camisa blanca, siempre revolviendo papeles o hablando por teléfono con cara de preocupación, representando su soso y estúpido espectáculo bajo la suprema indiferencia de las nubes primaverales en movimiento.

Qué poderosa es esta última imagen, por cierto. Pero más allá de citas concretas, la descripción de toda una generación a través de los ojos de una pareja aparentemente superespecial para su época deja esa sensación de amargura de la que hablaba antes. No hay esperanza, parece decirnos “Vía Revolucionaria” cuando uno pasa la última página. Intenta ser uno más, intenta creerte las mismas mentiras que se creen los demás, o prepárate para una infelicidad permanente y dolorosa. El suicidio, entonces, se convierte en la única salida.

Después de tanto halago, alguien podría preguntarse por qué no le doy 5 estrellitas a este pedacho de novela. Pues porque tiene, bajo mi punto de vista, dos agujeros muy importantes. El primero es el momento en el que la pareja abandona sus planes de ir a Europa. La razón que busca el autor para cambiar su destino no está a la altura del resto de la novela. Es una razón verosímil, por supuesto, pero facilona. Deja a los protagonistas casi sin elección, y por lo tanto el autor se “salta” una parte que habría resultado mucho más interesante que ese simple “esto es lo que hay”.

El segundo agujero viene cuando la pareja se enfrenta, por última y definitiva vez, a la insoportable levedad de su existencia. El agujero está, de nuevo, en el detonante de ese momento, y que como en la ocasión anterior resulta demasiado facilón: un loco es quien les “abre los ojos”, por aquello de que sólo los locos y los borrachos dicen la verdad (los niños sólo dicen tonterías). Una salida demasiado vista para una novela que, por lo demás, es una delicia. Y un aviso para navegantes autocomplacidos en su propia felicidad falsa y narcotizada. No leer cerca de una ventana abierta, sobre todo si se vive en un piso alto.

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El futuro, pero en serio

Recuerdos de la era analógica
Daniel Tubau

297 pags.

Valoración:

Antes de que alguien saque conclusiones precipitadas del cero que le acabo de endosar a este libro, aclararé una cosa: no lo he entendido. Lo digo sinceramente, no es falsa modestia ni una broma. No he entendido nada. Esto es demasiado complicado para mí. Cada uno tiene las neuronas como las tiene, en cadeneta o en punto de cruz, hay gente que es capaz de aprender 5 idiomas y hablarlos a la perfección, otros consiguen imaginarse de verdad qué es un bosón de Higgs, y otros son capaces de entender a las mujeres. Hay de todo, sí, eso es. Y seguro que habrá gente que entenderá estos “Recuerdos de la era analógica” que a mí me han dejado con cara de “cuál es la raíz cuadrada de 28.419″.

Este libro me llega, como todo lo que leo, por recomendación de alguien en cuyo criterio confío. Y seguiré confiando, a pesar de esto, porque una mala tarde la tiene cualquiera. Y por lo de las neuronas que decía antes. Por alguna extraña razón mis neuronas consiguen organizarse para entender cómo el Universo se desdobla (por decirlo de alguna manera) cada vez que se crea un par Einstein-Podolsky-Rosen, pero se han hecho la picha un lío con esta especie de novela de ciencia ficción, pseudo ensayo antropológico, crónica de nuestro tiempo, y esbozo del futuro, todo en uno. O no. Porque, sinceramente, sigo sin ser capaz de definir qué coños es “Recuerdos de la era analógica” (subtitulado “Una antología del futuro” para acabar de liarla).

Y por intentarlo no ha quedado. Cuando llegué a la fatídica página 50, momento en el que cualquier otra obra habría ido a la velocidad de la luz a la estantería de obras leídas, le di una segunda oportunidad. Venga, me dije, otras 50 páginas. Nadie se ha muerto por leer 100 páginas de algo. Que se sepa. Y ahí me pongo, toma, sacatún-tun-tu-que-saca-que-tun. Leñe, pero si en el libro hay hasta un desplegable. Pues hala, a desplegarlo, qué concho será esto, a ver, dale la vuelta, pues no, a ver de lado, déjalo, sigue para adelante que esto no es lo tuyo.

Total, que llego a la página 100 y antes de ir a dormir voy al baño. Y me miro en el espejo y me digo: qué cara más rara se te ha puesto. Y cuando consigo recomponer el gesto me lanzo a mí mismo un desafío: reconócelo, esto te sorbrepasa. No eres tan listo como te crees (lo cual, reflexiono, sería imposible en cualquier caso porque me creo demasiado listo). Debería dejarlo, me digo, ahora que estás a tiempo. Una huida a tiempo es una victoria, recuerdo que dicen siempre los cobardes. Y como los pies se me estaban quedando helados, porque hay que ver qué invierno más frío estamos teniendo, y el suelo del baño no es de parqué (que no entiendo por qué, cohone, que estamos en pleno siglo XXI y seguimos haciendo los baños de mármol como los Picapiedra), total, que como los dedos de los pies se me están poniendo morados, vuelvo a la cama y me juro a mí mismo que al día siguiente llamaré a Kike Santander para que vuelva a ser mi sensei y me aclare todo esto.

En resumen: que no me he enterado de nada. No sé qué se supone que tengo que entender, ni si hay algo que entender. ¿Es una teoría de la conspiración? No creo, porque a mí las teorías de la conspiración me encantan y me apunto a todas. ¿Es una crítica social? Tampoco lo creo, porque a mí las críticas sociales me la refanfinflan y las calo al segundo. Total, que no sé que es. Una cosa sí es segura: es un libro serio. Y para mí, el futuro y la seriedad son incompatibles. No hay nada que me importe menos que cómo será el mundo en el año 2.200. Salvo que se descubra una manera de que yo esté allí para verlo, lo cual parece improbable. Sí, sí, soy un egoísta. Yo soy de los de “después de mí, el diluvio”. El Universo se acaba el día que yo me muera, eso lo tengo clarísimo.

Así que todos estos ejercicios de imaginar el futuro, y ya no te digo lo de imaginar el pasado desde el futuro, me interesan entre nada y menos diez. El futuro sólo me interesa como entretenimiento (ahí está mi “AKA”) y como materia prima de buenas películas de ciencia ficción. O, mejor dicho: el futuro a corto plazo sólo me interesa de esa manera. Lo que me apasiona es el futuro a largo plazo (¿qué coño es el Universo?, ¿de qué está hecho?, ¿por qué está hecho así?, ¿para qué está hecho?). Lo demás son delirios de grandeza de una especie acomplejada por su insignificancia. ¿Que el planeta se calienta? Más se calentará cuando el Sol se expanda y fría todo el Sistema Solar. ¿Que los niños son gilipollas? Tranquilos, dentro de mil millones de años no habrá niños, ni adultos, ni nada vivo en este planeta, así que problema resuelto. No somos nada, queridos, materialmente hablando. Así que la materia no podría importarme menos como elemento de reflexión. Y la organización de esa materia en forma de niño, jarrón, buscador de Internet, o enana roja, me la pelan. Lo que me lleva a la última pregunta: ¿alguien conoce un buen frenopático, con vistas al mar?

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Mendoza se toma un café

El asombroso viaje de Pomponio Flato
Eduardo Mendoza

190 pags.

Valoración:

Cuando dejé el mundanal ruido y me dediqué a escribir novelas, aparte de pasar los 3 mejores años de mi vida de adulto, descubrí un montón de cosas interesantes sobre mi círculo de amigos y conocidos. La primera fue que muchos de ellos no eran ni amigos ni conocidos, sino simples proveedores o clientes que en cuanto vieron que mi firma ya no garantizaba pagos de millones de pesetas por sus servicios a las empresas en las que yo trabajaba, no se molestaron ni siquiera en guardar las apariencias, y cuando llegó el momento de rascarse el bolsillo y gastarse la astronómica cifra de 17 euros en una de mis novelas, silbaban el puente sobre el río Kwai. Algo salí ganando: la agenda del Outlook se aligeró en varias megas.

Otra de las cosas que aprendí es que la inmensa mayoría de la gente que me rodea no me conoce, ni siquiera en lo más evidente de mi manera de ser. Supongo que le pasa a todo el mundo, pero hasta que no te sucede algo concreto que te lo demuestra no te lo terminas de creer. Porque la mayoría de la gente que me conoce pensó que yo cambiaba los negocios por las novelas para hacerme rico (hombre, los negocios no me iban mal… de hecho, me permitieron retirarme 3 años a escribir, ¿no?). O famoso. O famoso y rico. La pregunta recurrente durante esos 3 años fue: “¿cuántos libros has vendido?”. Al principio pensé que era una broma para meterme un poco de presión, pero poco a poco me di cuenta de que, la mayoría de la gente, me lo preguntaba en serio. Era su medida de si mi “aventura” me estaba saliendo bien. Lo de dedicarte a escribir porque te gusta escribir no parecía ser suficiente. Realmente creían que yo quería ser rico y famoso (yo, que sólo salgo de casa si hay un incendio, y que no acepto invitaciones a fiestas y cumpleaños porque me desespera tener que hablar con más de 3 personas).

Y, por último (o al menos por último en este artículo, porque tampoco quiero escribir ahora mis memorias), también descubrí que la mayoría de la gente confunde arte con originalidad, y talento con invención. Porque otra de las frases que más escuché cuando terminé de escribir “AKA” fue: “parece una novela de Mendoza”. De nuevo, yo pensaba que la gente que me decía eso me lo decía como un halago (yo, al menos, así me lo tomaba), pero, también de nuevo, cuando profundizaba un poco en el comentario me daba cuenta de que, en general, me lo decían como una crítica.

Eduardo Mendoza
Image via Wikipedia
¿Cómo se puede entender que alguien te compare con Mendoza y que, para él, eso sea algo malo? Misterios de la estulticia y del abuso del móvil. Es como si un juvenil hiciera una prueba para jugar en el Barça y el entrenador lo rechazara dicieno: “Bah, juegas igual que Messi“. Porque sí, amigos, Mendoza es el Messi de la comedia. Es el mejor escritor de comedia que ha habido en los últimos 50 años, y punto pelota.

Total, que gracias a esos 3 años escribiendo novelas, además de disfrutar como un enano escribiéndolas, reduje drásticamente mi lista de amigos y conocidos (o, mejor dicho, confirmé mi lista de amigos, y reduje la de conocidos) y tomé la firme decisión de no volver a hablar de mis novelas con nadie. Yo no estoy aquí para educar burros, lo siento. Yo a los burros los quiero mucho, me parecen animales simpáticos, y jamás les haría ningún daño. Pero tampoco intentaría hablar de literatura con ellos.

¡Huy, qué tarde se me ha hecho hablando de chorradas, ¿no?! Pues vamos a la novela de Mendoza. “El asombroso viaje de Pomponio Flato” es, claramente, una novela menor del genio de Barcelona (no, esta vez no me refiero a Messi, ni a Xavi, ni a ninguno de esos… aunque podría). Si esta fuera su primera comedia, tal vez brillaría más, pero las sombras de “El misterio del tocador de señoras” y “Sin noticias de Gurb” son alargadas. Alargadísimas. Tan alargadas que no creo que ninguna comedia escrita en los próximos 20 años, como mínimo, consiga ver la luz del sol. Ni aunque esa comedia la escriba el propio Mendoza.

Personalmente, pongo a “El asombroso viaje de Pomponio Flato” en un nivel similar a su primera comedia, “El misterio de la cripta embrujada” (que, esta sí, al ser la primera, brilló con más fuerza). Y eso quiere decir, por supuesto, que es una lectura imprescindible, una obra de arte, y una comedia muy divertida. Porque la ventaja que tiene ser un genio es que te salen genialidades hasta cuando eructas. No me extrañaría que Mendoza hubiera escrito esta novela en un taco de servilletas de papel mientras se tomaba un café un jueves por la tarde. Y tampoco me extrañaría que sus conocidos, cuando les enseñara después el manojo de servilletas garabateado, leyeran algunos párrafos y le dijeran con gesto displicente: “bah, parece una novela tuya”. Porque conocidos gilipollas los tiene todo el mundo, eso lo tengo claro. Salvo la gente superespecial. Esos ya son ellos mismos gilipollas de serie.

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Dejadme solo

Tokio Blues
Haruki Murakami

381 pags.

Valoración:

El atormentado es un personaje que nunca morirá. No me refiero a la ficción: me refiero a la vida real. Todos hemos jugado ese papel en algún momento para hacernos los interesantes, cuando esa chuqui que en condiciones normales no te hace ni caso se pone a tiro y tú sabes que por el lado gracioso no hay nada que hacer porque ya lo has intentado (47 veces). Entonces te apoyas en la barra con cara de dispepsia, empiezas a pedir drinking sin parar, y cuando alguien (algún ingenuo que todavía no conoce el truco) se acerca a preguntarte qué te pasa, tú simplemente haces un gesto de hastío con la mano, te apartas la melena de la cara, y respondes con voz ronca de tajada inminente: dejadme solo. Y lo repites un par de veces más, gritando un poco, para que la chuqui pueda escucharlo bien. ¡Dejadme! (Lingotazo de Dyc con Casera Cola) ¡Dejadme solo!

Jugarse la carta del atormentado tiene 2 graves riesgos: primero, que como todos nos la hemos jugado y ya sabemos de qué va, muchas veces no hay nadie que vaya a preguntarte qué te pasa (en cuyo caso pierdes una tarde completa tajándote tú solo, actividad triste y nociva para la salud donde las haya); segundo, que la chuqui también conocerá con toda probabilidad la jugada y, por lo tanto, tu interpretación sólo servirá para confirmarle que eres un patán baboso dispuesto a cualquier humillación con tal de poder llevártela detrás de un seto del parque. Eso sí: si por alguna rara conjunción cósmica no se dan esas 2 circunstancias, la chuqui terminará rendida a tus pies en el seto que tú elijas, al menos hasta que descubra que el poema que le has leído es de Bukowski y no tuyo como le has jurado. Pero cuando eso pase, que te quiten lo bailao.

Toda esta introducción tiene por objetivo, obviamente, enlazar con el libro que me acabo de leer, a saber, “Tokio Blues” del japonés Haruki Murakami. ¿Y cómo lo enlazo? Pues, también obviamente, porque el protagonista de la novela se pasa casi 400 páginas jugándose la carta del atormentado. Vale, lo hace en Tokio y en los años 60, lo que le da un toque de originalidad innegable, pero 400 páginas de atormentamiento acaban cansando a la chuqui más entregada, y no te cuento al macarra que todos llevamos dentro. O al menos yo.

Pero una cosa no quita la otra: Murakami escribe muy bien. De hecho, aquí estoy yo después de haberme tragado las 400 páginas enteritas cuando, con otro autor menos talentoso, la novela no habría pasado ni de coña el corte de las 50 páginas. Tiene un estilo que consigue una extraña mezcla de liviandad y opresión. Todo parece trivial, y sin embargo el efecto global es un poco agobiante. El personaje es un atormentado muy atormentado, pero en el libro no hay pasajes dramáticos, no hay reflexiones sesudas sobre la vida y sus circunstancias. El protagonista nos cuenta su vida cotidiana (demasiado cotidiana a veces, porque nos describe hasta el color de la chaqueta que se puso un martes para ir a comprar pescado) y de alguna manera entendemos que su vida está en un momento crítico, e intuimos que tal vez no consiga superarlo. ¿Por qué es crítico? Porque es el fin de su adolescencia. Es el principio de la vida de verdad. Y cuando uno atraviesa ese momento consciente de lo que está atravesando, puede no reunir el valor necesario para afrontar lo que se le viene encima.

Y esa es, precisamente, una de las grandes debilidades de la novela, tal vez la mayor: que es una novela sobre la adolescencia. Así que, salvo que uno se sienta irremediablemente atraído por la poliédrica complejidad de la vida en 2º de BUP, el tema resulta un poco empalagoso. Yo diría que la valoración de la novela será, en general, el resultado de restarle a 5 la decena de la edad que uno tiene actualmente. Sí, vale, en mi caso esa cuenta daría 1, y sin embargo le he dado un 2. Pero es que yo me lo pasé muy bien en 2º de BUP.

Así pues, la novela es un recorrido por muchos de los tópicos de la edad tonta, y especialmente por el topicazo del despertar romántico-sexualoide. El hilo de la historia gira alrededor de un amor imposible, y abundan las descripciones de situaciones erótico-festivas. El protagonista tiene las hormonas desatadas, pero por fortuna para él parece que follar en Tokio en los años 60 era más fácil que comer con palillos. Buenas noticias, pues, para él, pero malas para el lector, que se aburre un poco de tanta cotidianeidad sólo rota por un quítame allá esos polvos, y salpimentada con algún suicidio que otro. Es lo que tiene ser un atormentado: la gente que te rodea se suicida para que tú puedas seguir interpretando tu papel. Eso son amigos de verdad.

Para terminar, apuntaré que después de leer “Tokio Blues” ya puedo decir sin titubeos que Haruki Murakami pasa a ocupar el vértice central del famosísimo Triángulo Amarillo de la Literatura, que completan Kenzaburo Oé y Yasunari Kawabata. Para mi gusto, Kawabata es sin duda el mejor. El mejorcísimo. “País de nieve” es una joya y no hay más que hablar. En cuanto a Oé, reconozco que no lo entendí. O, si lo entendí, entonces es un tostón. Así que Murakami se queda en el (no sé si virtuoso) término medio. Más ameno que Oé (lo cual no es muy difícil), menos interesante que Kawabata (lo cual, es cierto, tampoco es muy difícil). Seguiremos informando desde el país del sol naciente, que se ha hecho famoso no tanto por sus escritores como por las referencias a la peligrosa similitud que la retaguardia de un hombre puede guardar con su bandera. Misterios de la sabiduría oriental.

Una historia pasable, una mala novela

Esta historia
Alessandro Baricco

308 pags.

Valoración:

Un personaje de “Esta historia” cuenta que en su pueblo el peluquero les cuenta a sus clientes mientras los afeita las novelas policíacas que lee. Y añade: “Lo hemos probado también con los libros de verdad, pero no ha funcionado. [...] La idea que nos hemos hecho sobre los libros es que si uno no consigue contarlos en el tiempo de un afeitado, entonces son literatura”. Me parece una regla bastante buena para hacer una primera valoración sobre la calidad literaria de un libro. No sé si “un afeitado” es la duración adecuada, pero lo que está claro es que si un libro puede contarse “en dos patadas” (es decir, si se puede contestar relativamente rápido a la pregunta “de qué va ese libro”) entonces no es literatura. Y bajo esa definición, claramente “Esta historia” no es literatura.

¿Por qué una buena novela exige que no pueda ser explicada “en un afeitado”? Pues porque en ese tiempo (o similar) lo único que uno puede contar de una obra es la historia, la trama, “lo que pasa”. Y eso no es una novela: eso es un cuento. Más o menos largo, pero un cuento. Y no uso el término “cuento” en sentido despectivo, ni mucho menos. Pero no es literatura. Es un entretenimiento, como Gran Hermano.

Al hilo de esta reflexión del personaje de Baricco, se me ha ocurrido una especie de clasificación personal sobre los tipo de libros que uno puede leerse. De la misma manera que he inventado el “Triángulo Kevin” para el cine (recuérdese: el único triángulo progresista y demócrata que ejerce su libertad de no tener 3 vértices, y de hecho ya tiene 4 y va camino de tener 5 sin dejar de llamarse triángulo, porque él no se siente cuadrado ni pentágono, podríamos decir como mucho que es un triángulo atrapado en un cuerpo de pentágono), pues, digo, de la misma manera que inventé el “Triángulo Kevin”, me invento ahora el “Triángulo de la Literatura”. Una bonita clasificación que divide todas las obras jamás escritas en 3 tipos (de momento).

Para empezar, divido los libros (de ficción) entre historias y novelas. Las primeras son las que se pueden contar en un afeitado, porque lo único que tienen es trama (historia). Ejemplo: Agatha Christie. Las segundas son las que no se pueden contar en un afeitado, porque además, y por encima, de la trama (si la tienen, porque no es imprescindible), cuentan “algo más”. Algo muchas veces intangible y por lo tanto inexplicable, ni en un afeitado ni en mil. Hay que leérselas. Ejemplo: Coetzee. Además, las historias las divido en entretenidas (Agatha Christie, de nuevo) y aburridas (Dan Brown).

De esta manera, cualquier libro de ficción jamás escrito puede ser una de estas 3 cosas: una historia entretenida, una historia aburrida, o una novela. Y, por supuesto, después hay grados. Quiero decir que Cormac McCarthy no juega ni por asomo en la misma división que, por ejemplo, Ray Loriga, aunque los dos escriban novelas.

Establecido, pues, ese triángulo que redefinirá todas las clasificaciones literarias inventadas hasta ahora, vayamos ya con una crítica más detallada de “Esta historia”. Baricco es, claramente, un contador de historias. Un cuentista, en el buen sentido de la palabras. “Seda” es una bonita historia, y luce más porque es corta. En “Esta historia” también hay alguna historia bonita, pero Baricco no maneja bien las largas distancias y la novela de 300 páginas no es, claramente, su formato ideal.

De hecho, la supuesta novela es, en realidad, varios cuentos enlazados, y contados en formatos diferentes. Algunos de esos cuentos son buenos, pero otros flojean un montón. El personaje de Elisaveta es maniqueo (maniqueamente raro, de un raro que se justifica sólo en su propia rareza) y llega a hacerse molesto y casi odioso. La historia de Ultimo es la más entretenida, pero, insisto, no da para aguantar 300 páginas pendiente de ella.

En cierto modo, podría decirse que “Esta historia” es como si Cien años de soledad se hubiera puesto a dieta. Es un realismo mágico con frases de menos de 100 palabras (aunque a veces se le va la mano). Hay personajes imposibles, fantasía a granel, rarezas por doquier… Si no existiera García Márquez y la legión de seguidores que ha tenido, podría decirse que Baricco había hecho un ejercicio de originalidad, ya que no de interés. Pero llega un poco tarde. A pesar de que García Márquez no me gusta, es obligado reconocer que escribe magistralmente, y a su lado cualquier obra similar palidece.

Por último, Baricco parece ser de esos escritores que confunden ficción con realidad. No sólo hace un alegato al final de la obra sobre la necesidad de que las novelas basadas en hechos históricos cuenten informaciones “correctas” (como si la verdad fuera única, y él la conociera), sino que se marca 3 páginas de agradecimientos (como si a mí me importara quién le dio ánimos cuando estaba con gripe en noviembre del 2006). Total, que el toque buenrollista tampoco ayuda. En una novela debe haber cierta trascendencia. Y si eso es una pedantería, que pongan librerías para pedantes, y que me hagan socio. Pero a mí me interesan las obras, no los autores. Y la realidad, todavía menos.

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