Archive for the 'Libros' Category

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Una lección magistral

Una muerte en la familia
James Agee

395 pags.

Valoración:

Obra maestra. Eso es todo lo que hay que decir sobre la maravillosa “Una muerte en la familia” del, lo reconozco, para mí desconocido James Agee. Y me alegro de que fuera desconocido, porque eso quiere decir que todavía quedan obras extraordinarias que descubrir a pesar de las hordas de trilogías suecas e infantiloides conspiraciones templarias que asolan nuestras librerías desde que los gilipollas empezaron a definir el concepto de cultura. O sea, desde que, borrachos de democracia, elevamos a categoría de ley aquello de los 3000 millones de moscas y la mierda.

No seré yo quien pida la retirada de los suecos y sus trilogías (aunque yo soy más de suecas y bikinis, llamadme landista), pero debo reconocer que a veces la peste de tanto excremento mal llamado cultural hace que me cuestione si todavía existen las flores. Lo único bueno de todo esto es el alegrón que me llevo cuando descubro, como en esta ocasión, un floripondio del tamaño de un ropero empotrado que huele sencillamente a gloria.

Agee es un maestro de la observación, un titán de las minucias, un cíclope de los detalles. Y yo soy un hortera, es cierto, pero eso no importa ahora. “Una muerte en la familia” es la prueba de que no todo está perdido, de que incluso los horteras de bolera tenemos nuestro huequecito en este mundo, y de que la Literatura con mayúsculas sigue teniendo efectos terapéuticos en las mentes atormentadas. ¿Quién quiere opiáceos teniendo novelas como esta?

La historia, como ya anticiparán los lectores más veteranos de 1y1y1, no es lo más importante de este libro. La historia, de hecho, se puede contar en dos párrafos, y el título ya anticipa el 80% de lo que “pasa” en la obra. Los personajes, a título individual, tampoco son especialmente complejos ni admirables, pero vemos en ellos representadas a millones de personas, a culturas enteras, a miles de esos “ciudadanos anónimos” que cada día nos cruzamos por la calle (en este caso, de los que uno se cruzaba por la calle en 1915).

Si por mi fuera, esta obra sería de obligada lectura para todo aquel que esté pensando en escribir una novela. No para tomar ejemplo, sino para desistir. Porque después de leer “Una muerte en la familia”, cualquier intento de escribir algo medianamente bien escrito resultará por fuerza patético. Con esta medida se evitaría que todos los mindundis que planean escribir novelas “para contarle algo al mundo” cambiaran de opinión y se dedicaran al macramé. Yo ya tomé tan sabia decisión incluso antes de leer a Agee, y ahora no puedo sino felicitarme y darme abrazos por ello. Seguid mi ejemplo, mendrugos del mundo.

No tengo nada más que decir. Las obras maestras se leen o no se leen, pero intentar explicarlas es como intentar explicar la Teoría de la Relatividad (usaré aquí la anécdota que, según dice, protagonizó Einstein cuando un periodista -¡puag!- le pidió que se la explicara; Einstein le replicó, “¿podría usted explicar cómo se fríe un huevo?”, a lo que el periodista respondió que sí; entonces, Einstein le dijo, “pues explíquemelo, pero hágalo como si yo no supiera qué es un huevo, ni una sartén, ni el aceite, ni el fuego”). El único lunar de tan perfecta novela es el desesperante leísmo de la traductora, a quien en algunos momentos, lo reconozco, habría estrangulado con placer. Una pena, porque por lo demás la traducción es también magistral, y supongo que de mucho mérito por la complejidad de la obra. Pero una cosa no quita la otra.

La masacre de la vejez

Patrimonio
Philip Roth

237 pags.

Valoración:

Hace tiempo leí una entrevista a Philip Roth, al hilo de la presentación de esta novela, en la que decía que “la vejez no es una batalla, es una masacre”. Y leyendo el libro la afirmación adquiere toda su dimensión. No es una novela morbosa, aunque tiene algunos pasajes ciertamente escatológicos, pero la verdad es que consigue transmitirnos una imagen de la vejez que poco tiene que ver con la idea edulcorada e idealizada de “anciano sabio y venerable” que tantas otras novelas (y, sobre todo, películas) nos han querido vender.

La novela no es brillante, pero tiene bastantes puntos a su favor. Para empezar, trata del tema por excelencia, a saber, la muerte, pero de nuevo no en el sentido morboso, sino en el sentido montypythoniano de “The meaning of life”. De hecho, más que el tema por excelencia, yo diría que es el único tema interesante. Hablar (y no digamos escribir) sobre el contenido de la vida sólo se justifica como una vía de escape a la tortura que supone pensar en lo único importante: qué narices hacemos aquí, qué coños es todo esto, cuál es the meaning of life.

“Patrimonio” es una novela autobiográfica (el editor, como siempre, nos trata de gilipollas y se siente en la obligación de indicarlo en la portada con el subtítulo “Una historia verdadera”; cada vez me alegro más de no haber publicado con una editorial grande; si son la mitad de gilipollas de lo que parecen, tiene que ser insoportable tratar con ellos; y si son la mitad de torpes publicando de lo que son haciendo negocios, entonces la única solución es bloquearlos en el Facebook). Philip Roth nos cuenta el último año, aproximadamente, de vida de su padre, a quien le diagnostican un cáncer cerebral. O sea, que un médico le pone nombre a la causa que terminará por matarlo, porque desde luego no tienen ni idea de cómo curarlo.

El padre de Roth tiene en esos momento unos 80 años, así que podríamos decir aquello de “es ley de vida”. Pero Roth es una de esas personas, como tantos otros, que jamás pensó que eso podría pasarle a él. Aunque, la verdad, por mucho que uno piense y crea que está preparado para esas cosas, la muerte es algo tan excepcional, tan en contra de la “ley de vida”, que hasta que no te toca directamente supongo que no puedes estar más o menos preparado.

Roth nos cuenta en la novela cómo vivió él ese último año. La enfermedad fue moderadamente cruel. Su padre sufrió poco tiempo, aunque su cuerpo se iba deteriorando a marchas forzadas. Él asistía a ese deterioro recordando al hombre fuerte, noble e indestructible que lo crió, y a quien él admiró durante toda su vida. Y a quien, de repente, tenía que ayudar para ir al baño. O para andar. O para comer una sopa.

Pero, a pesar del peso del tema, a pesar del supuesto “valor añadido” de que sea una historia real, a pesar de la perfecta contención de Roth para evitar que la novela se convierta en una tragedia griega, el caso es que el resultado final no me convence. Hace tiempo leí “El animal moribundo”, pero entonces no tenía el blog y no escribí ninguna crítica, así que no me acuerdo de nada. Sólo tengo una vaga sensación de que Roth me pareció un poco pedante. Si ese recuerdo es correcto, lo confirmo ahora. Roth suena falso. Falsamente elevado, falsamente cercano, falsamente real. Es un coñazo con la cuestión judía, y coloca reflexiones sobre ese tema continuamente, hasta conseguir aburrir al lector a las 20 páginas. Los gallegos podemos ser mucho más pesados sobre la cuestión identitaria, sobre nuestra diáspora, y sobre la endogamia que siempre nos ha caracterizado, pero no fustigamos al mundo con novelas sobre nuestras peculiaridades. Se las contamos en directo en los bares, que es mucho más llevadero.

En resumen, un tema interesante, una historia contada con oficio, pero un estilo demasiado correcto. Roth sabe escribir, sabe contar historias, pero se nota que sabe hacerlo. Tal vez porque él quiere que se note. O tal vez porque no ha conseguido, después de aprenderlas, olvidarse de las reglas. Dicen que ese es el secreto de la genialidad. Roth, desde luego, no es un genio. Y es una pena, porque tenía la oportunidad perfecta para demostrarlo.

El qubit y sus amigotes

Programming the Universe
Seth Lloyd

221 pags.

Valoración:

Para acallar las lenguas maledicentes que me tachan de ser un tipo bastante obsesivo, y después de haberme entusiasmado con el último libro que cayó en mis manos (Decoding the Universe, de Charles Seife), decidí cambiar radicalmente de tercio para parecer una persona normal, comedida, y de variados intereses. Por eso, compré en Amazon “Programming the Universe” de Seth Lloyd. Nótese que este es programming y el otro era decoding. No es lo mismo. Es otro tema completamente distinto. Ergo no soy un tipo obsesivo, quod erat demostrandum.

Aclarado este punto, pasemos al libro. Hay 2 cosas que uno confirma al leer “Programming the Universe” después de haberse leído “Decoding the Universe”: que el interés de un tema depende en gran medida de quién lo cuenta, y que la “ciencia divulgativa” cada vez tiene más de divulgativa y menos de ciencia. Vayamos por partes.

El tema de “Programming the Universe” es exactamente el mismo que el de “Decoding the Universe” (esto lo reconozco ahora, porque antes ya había demostrado lo contrario, y como todos sabemos por las películas americanas no se me puede juzgar dos veces por la misma cosa). Pero mientras “Decoding the Universe” presentaba el tema de una manera apasionante, que te enganchaba desde el principio, Seth Lloyd demuestra ser un pésimo contador de historias, y en general “Programming the Universe” es bastante tostón. Se nota que el autor quiere impresionarnos con algunas anécdotas y con números enormes que deberían provocarnos mareos, pero lo único que nos provocan son indiferencia. Es como cuando te dicen que los bancos tienen una deuda de 40.000 millones de euros. Vale. Pero si te dijeran 300 millones de euros, o 500.000 millones de euros también te parecería igual de bien o igual de mal. Vamos, que todo lo que pase de los 100.000 euros es una burrada.

Además de su falta de talento para narrar, Seth Lloyd intenta escribir un libro que pueda venderse en la sección de “Ciencia divulgativa” de las librerías, y no en la de “Física atómica para tíos raros” o en la de “Computación cuántica para tíos rarísimos”. En su defensa hay que decir que demuestra olfato comercial, puesto que el tráfico que hay en “Ciencia divulgativa” es mucho mayor. Es su contra hay que decir que no ha conseguido escribir un libro de ciencia divulgativa, sino algunos párrafos de ciencia y otros de divulgación. Los primeros son, en general, anodinos. Los segundos casi ofenden la inteligencia de alguien que haya aprobado el COU.

“Te estás ensañando”, pensarán algunos. “Eres un amargado”, dirán otros. “Idos todos a tomar por c*lo”, respondo yo a todos. Y aclarado también este punto, sigo con mi crítica. A pesar de todo lo dicho anteriormente, le he dado 3 estrellitas al libro de marras. Seth Lloyd tiene suerte, porque estoy entusiasmado con las posibilidades que abre la Teoría de la Información, y todo lo que me ayude a ver más posibilidades ya tiene un puñado de estrellas garantizado. Pero vamos, a este lo cojo dentro de un par de meses y a lo mejor le doy un rosco tanner. O no.

El caso es que “Programming the Universe” nos vuelve a hablar de bits, qubits, procesos lógicos, ordenadores cuánticos, y el Universo en patinete. El tema, repito, es apasionante, pero Seth Lloyd lo cuenta bastante mal, sobre todo si lo comparamos con Charles Seife. Y el caso es que yo diría que Seth Lloyd sabe más del tema. No en vano es el tipo que construyó el primer ordenador cuántico de la Historia. Pero intenta contarlo de una manera “accesible”, y en realidad lo cuenta de una manera “superficial”. Y yo ahora necesito algo un poquito más denso. Habrá que volver a la sección de “Física atómica para tíos raros”, de la que salí hace tiempo porque no iban tías. Y me da que en la de “Computación cuántica para tíos rarísimos” todavía deben de ir menos… Negro futuro. Pero bueno, entender el Universo es lo que tiene.

En cualquier caso, de momento voy a dejar reposar un poco el tema. Este es uno de esos momentos en los que descubres algo nuevo que entra en el cerebro como una corriente de aire, y te levanta el polvo que tenías acumulado. Ahora mismo tengo el cerebro hecho unos zorros, y tengo que dejar que el polvo se asiente otra vez para ver mejor. Así que voy a volver una temporada a la novela, mientras rumio todo esto de la información cuántica y empiezo a concretar algo. Porque yo no soy un tipo obsesivo.

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Tetris (meta)físico

Decoding the Universe
Charles Seife

285 pags.

Valoración:

Posiblemente hay un momento ideal para leer cada libro. Posiblemente si yo hubiera leído “El jugador” por primera vez con 40 años no me habría impresionado tanto como cuando lo leí con 13. Y posiblemente si hubiera leído por primera vez “Temerosa simetría” con 20 años no me habría impresionado tanto como cuando lo leí con 40. Si eso es así, entonces tengo que reconocer que este “Decoding the Universe” me ha llegado en el momento ideal. Porque me ha encantado. Más que eso. Me ha inundado. Me ha desbordado. Me ha puesto una tirita en el cerebro. Tal vez algo más que una tirita, aunque tampoco voy a decir que me ha arreglado la pedrada que tengo, porque eso ya lo he dado por imposible.

No intentaré contar aquí “de qué va” “Decoding the Universe” porque va de muchas cosas. Sí diré, para orientar a aquellos que puedan plantearse leerlo, que es un ensayo sobre la Teoría de la Información (incluyendo Información Cuántica) que plantea una posible vía, a través de ella, de “conectar” las hasta ahora disjuntas teorías de la Física Cuántica y de la Relatividad. El intento es, conceptualmente, brillante. La Física subatómica es, como ya he dicho alguna vez, música (sobre todo porque se describe a través de las matemáticas). Y siguiendo esa metáfora, este libro es una sinfonía de primer nivel. Es para cerrar los ojos y dejarse llevar. Claro, que si cierras los ojos no puedes leer el libro. Ahí la metáfora falla, tengo que reconocerlo.

Lo primero que tengo que hacer antes de ponerme con la crítica propiamente dicha es una bifurcación: quien no tenga una mínima idea sobre los fundamentos de la Física Cuántica y sobre la Teoría de la Relatividad, posiblemente no pueda disfrutar al máximo de este libro. Ojo: no quiero decir que no lo vaya a entender. De hecho, si algún “pero” le pongo a la obra es que a veces baja mucho el nivel para intentar llegar al público más garrafón. Por ejemplo, se tira un par de capítulos explicando conceptos de Termodinámica que yo diría que se enseñaban en BUP (o, como mucho, en 1º o 2º de carrera). Y la explicación del concepto de entropía parece hecho para imbéciles, si ya sabes qué es la entropía y de hecho, te has tirado bastantes noches de tu vida resolviendo problemas de termodinámica como es mi caso.

Pero, insisto, precisamente por ese tono “divulgativo” no hace falta ser un experto para entender las ideas principales del libro. O eso creo yo, aunque claro, sería mejor que lo confirmara alguien que realmente no supiera nada del tema antes de ponerse con “Decoding the Universe”. Lo que sí pongo en duda es que sin una base medianamente sólida de Física subatómica se pueda llegar a disfrutar al máximo de algunos de los momentos más brillantes del libro.

El otro ramal de la bifurcación en mi crítica es para aquellos que ya saben qué es la entropía, la superposición cuántica, por qué el espacio-tiempo es relativo, o en qué consiste el experimento Einstein-Podolsky-Rosen, por poner algunos ejemplos. Pues bien, los que vayan por ese ramal (y, claro está, no hayan leído mucho sobre la Teoría de la Información y su conexión con el “mundo físico”) se lo van a pasar mejor que viendo las nominaciones de Gran Hermano. Sí, lo sé, parece una exageración, pero confiad en mí.

Sin entrar en detalles, porque necesitaría varias páginas de blog para comentar la jugada y no es plan, sólo diré que después de leer este libro vuelvo a tener, después de muchos años, una teoría. Vuelvo a conectar muchas de las cosas que tenía dispersas en la cabeza y que ya empezaba a pensar que jamás podría poner juntas. Vuelvo a tener una idea más o menos coherente del Universo, de todo, en la cabeza. Vuelvo a tener ganas de pulir detalles, de considerar posibilidades, de ponerlas a prueba, de entender consecuencias. Y, como consecuencia, mi capacidad para aguantar gilipolleces ha disminuido (más). Así que si alguien me dice una chorrada en las próximas semanas, igual se lleva un bufido. Avisados quedáis.

Una última advertencia: las ideas que propone el libro, y también la teoría que empiezo a vislumbrar ayudado por la tirita que me ha puesto en la pedrada, no son precisamente optimistas. Quien busque en “Decoding the Universe” una confirmación a su hipótesis de que es superespecial, que el Universo está lleno de energía positiva, y que al ser Sagitario su próxima reencarnación será en princesa, será mejor que no se líe y se lea mejor la trilogía del sueco ese que está tan de moda y de quien nadie se acordará dentro de 10 años (no digo 5 porque la gente lee muy despacio, y algunos tardarán un par de lustros en terminarse los tochos). La Teoría de la Información, la Física Cuántica, y la Teoría de la Relatividad, todas ellas apuntan en la misma dirección. Y no es la de que, a pesar de lo que se crean sus padres, hay niños especiales. Ni adultos. Ni nada.

Pero ahora que tanta gente se apunta a la gilipollez de “salvar” el planeta (como si fuera posible parar la flecha del tiempo y saltarse la 2ª Ley de Termodinámica), ahora que el mundo es más infantil que nunca y que la cultura se ha reducido a la música y el cine, y que Amenábar parece haberse convertido en el líder intelectual de Occidente, leer “Decoding the Universe” es como un agarrarse a un flotador en mitad del mar. Sólo hay un efecto negativo: con libros como este, cada vez me va a apetecer menos quedar con gente. Bueno, tampoco sé yo si eso es un efecto negativo…

PS: Para los que hayáis leído Cero, que sepáis que “Decoding the Universe” es del mismo autor.

El culebrón primigenio

Don Álvaro o la fuerza del sino
Duque de Rivas

172 pags.

Valoración:

Hoy día todo el mundo cree que el culebrón es un descubrimiento de los venezolanos. Se dice que un grupo de caraqueños, con la proverbial contención y mesura caribeña, creó el primer melodrama plano y de dimensiones siderales, vulgo culebrón. Un modelo dramático en el que deben confluir varios elementos indispensables, a saber: un malo muy malo, una tía buena (en el sentido de jamona), un tío guaperas pero gilipollas, y una familia intrigante que deje a los Borgia a la altura de la liga regional.

Lo cierto es que, cuando el culebrón llegó a España en formato televisivo, todos pensamos: qué jodíos los venezolanos, hay que ver cómo piensan. Pero no (“no” que no son jodíos, no que no piensen). Porque antes de que los venelozanos escribieran su primer culebrón, e incluso antes de que los venezolanos siquiera existiesen (porque hablamos de principios del siglo XIX, y entonces todavía eran españoles), don Ángel de Saavedra, AKA el Duque de Rivas, escribió este “Don Álvaro o la fuerza del sino” que, interpretado por una cuadrilla de colombianos y producido por Antena 3, hoy dejaría a la altura del barro al mejor culebrón venezolano de la última década.

La historia es desmesuradamente trágica. Es una de esas obras donde no se salva nadie. El que no se muere es deshonrado, y el que no se retira a un convento. Y todo por un quítame allá ese amor impropio. Uno que quiere a otra a la que no debería querer, porque el tema de las clases sociales en aquella época no era como ahora, y por esa tontería el padre saca la espada, el otro la pistola, el de más allá se tira por el balcón… bueno, bueno, bueno, un no parar. Que si me voy a la guerra para expiar mis pecados, que si yo me hago monja para olvidarme de este perro mundo, que si yo juro vengar a mi padre así me tenga que fumigar a media España… y claro, con unos personajes tan centrados y con tanta suerte, se puede imaginar que el tono general de la obra es, ante todo, festivo. De la festividad del 1 de noviembre, para ser exactos.

La obra es, en cualquier caso, entretenida. El estilo no está al nivel de los grandes plumíferos de nuestra gloriosa historia literaria nacional, pero tiene momentos bastante conseguidos. Personalmente me ha molestado la alternancia entre prosa y verso, sobre todo porque la primera suena un punto pomposa al perder la rima, pero de nuevo no es un defecto tan grave que perjudique al disfrute general del drama. Por lo demás, uno se queda muy contento cuando termina el libro y reflexiona sobre cuánto ha cambiado el mundo en sólo 2 siglos, que en términos planetarios no es nada, pero que en cuanto a progresos sociales es un montón de tiempo. Y es que uno piensa en la facilidad con la que se sacaba la espada en 1800 y sólo puede preguntarse: con esa tradición, ¿cómo c*ño es posible que no seamos campeones olímpicos de esgrima todos los años? Misterios del mundo moderno.

El libro en cuestión, cortesía de Google Books.

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La buena, la fea y la mala

La historia del amor
Nicole Krauss

288 pags.

Valoración:

Es difícil ser verde. Ya lo dijo la Rana Gustavo, y lo dijo porque él lo sabía de primera mano, y en el Mundo Real hay pocas verdades tan gordas como esa. Pero, en lo referente a la literatura, lo difícil es justamente lo contrario: ser normal. Parecer normal. Contar historias pequeñas que dejen al lector con la sensación de haber leído algo grande, muy grande, larger than life como dicen los gringos.

Titular una novela “La historia del amor” pone el listón muy alto. ¿Hay algo en la vida más grande, más raro, más verde, que el amor? ¿Es posible, de hecho, escribir una “historia del amor”? Estas y otras preguntas jamás asaltaron mi mente cuando me senté por primera vez con este libro de Nicole Krauss a quien, por otra parte, no conocía de nada. Pero hete aquí que después de apenas unas páginas, yo ya estaba agarrado a las tapas como perro. Me había enganchado, la novela tenía algo. Era una de esas historias pequeñas que, me parecía a mí, me iba a contar algo grande.

Y sin embargo. (Guiño al estilo del personaje principal).

El problema, curiosamente, no está en la historia principal, en la historia aparentemente “grande” (la “historia del amor”). Esa es una historia preciosa, muy bien contada, una historia que se lee con el corazón y no con la cabeza, por decirlo de una manera original. El personaje principal es entrañable, el tono es contenido (aunque con algunos excesos de originalidad, perdonables en cualquier caso), la historia es simple y profunda, definitivamente nos cuenta algo. Además, la trama está bien dosificada y no busca golpes de efecto baratos. Ya digo: esta es una buena historia-

El problema está, por lo tanto, en las otras historias. Que, además, sufren la inevitable comparación con la primera, y parecen todavía peores de lo que tal vez son realmente. Por ejemplo, la historia de Litvinoff es, al lado de la principal, floja. Feúcha. No digo que se pueda eliminar, porque la autora la usa para desvelarnos algunos datos que necesitamos saber para entender la primera historia, pero el precio a pagar para obtener esos datos tal vez no compense el resultado final. Siendo una historia tierna y entrañable, no resiste la comparación con la primera.

Y, por último, la historia de la niña es mala. Ñoña. Torpe. Sacada de un mal libro de Los Cinco. Una niña de 15 años que actúa como si tuviera 30 y piensa como si tuviera 10. Una especie de biografía de mujer inteligente y reflexiva embutida en una adolescente “muy madura para su edad”. Demasiado madura. Increíblemente madura. Y repelente.

Así que, como tantas otras veces, tenemos una novela que hay que valorar no en su conjunto sino como media de las partes. La historia principal tendría un sólido 4, con momentos de 5. La historia de Litvinoff tendría un 3. Y la historia de la niña tendría un 2, con muchos momentos de 1. Así que le doy un 3, me ahorro los decimales, y me quedo a la espera de que Nicole Krauss escriba algo más “sólido”. A poder ser, usando recursos más originales que meter niños en el reparto para transmitir inocencia y ternura. Los niños son (todos lo hemos sido) egoístas, tontos, y cabrones. Ponerlos de paradigma de la ingenuidad humana es tan increíble como poner a Poli Díaz de paradigma del pensamiento occidental.

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Mejor cuanto más corto

Metafísica de los tubos
Amélie Nothomb

143 pags.

Valoración:   

Amélie Nothomb es la Empar Moliner belgojaponesa. Y a mí Empar Moliner, que conste, me gusta. Me parece muy ingeniosa, muy aguda, y sólo su participación en Crónicas Marcianas hizo que mi impresión de ella se fuera deteriorando. No por el hecho en sí de salir en ese programa, que yo veía regularmente porque manejó el frikismo como ningún otro, sino porque, en mi opinión, Empar no está hecha para la televisión. En televisión me parecía una listilla. En sus artículos de “El País” me parecía inteligente, original, chispeante.

Pero ya vale de hablar de Empar Moliner. O no, porque ya digo que Amélie Nothomb me la ha recordado muchísimo. Como Empar, Amélie Nothomb tiene un talento especial para manejar el lenguaje y combinar construcciones complejas y cultas con expresiones coloquiales que, encajadas en las primeras, resultan doblemente graciosas. También como Empar, Amélie Nothomb demuestra que es capaz de observar la realidad con una agudeza especial, que se traduce en graciosísimos comentarios sobre los comportamientos humanos. Peeeeero… como también le pasaba a Empar Moliner, Amélie Nothomb es tanto más brillante cuanto más concentra su escritura. Un párrafo resulta genial. Una columna en un periódico es exquisita. Incluso un relato puede salirle muy bien. Pero una novela, incluso una mininovela como esta “Metafísica de los tubos” de menos de 150 páginas en letra gorda, pierde por fuerza la frescura necesaria cuando uno parece querer sorprender al lector casi permanentemente.

El tema de la novela, por otra parte, debo reconocer que tenía muchos números para no gustarme. El mundo visto por una niña de 3 años. Apasionante tema. Claro, que la niña de 3 años razona como una persona de 40 (la novela es biográfica) y ahí está la gracia. Es como esas películas en las que el perro habla y piensa como una persona. La gracia no está en que el perro sea un superdotado, sino en imaginarse lo que pensaría un perro del mundo si realmente pudiera pensar. En el caso de una niña de 3 años, el ejercicio puede resultar incluso más chocante, porque una niña de 3 años es mucho menos inteligente que un perro.

Así pues, el talento está ahí, aparece aquí y allá como vetas de oro en una montaña, pero al final la montaña está ahí, hay que dinamitarla para sacar el oro, y uno acaba hecho unos zorros. El hecho de que la novela sea corta ayuda. Se lee en una sentada, y en el peor de los casos la pérdida de tiempo es mínima. Aunque yo no diría que es una pérdida de tiempo. De hecho, si alguien hiciera un resumen tipo “los mejores párrafos”, y concentrara la novela en 10 páginas, serían probablemente las 10 páginas más graciosas que un belgojaponés ha escrito jamás. Lo cual, por otra parte, tampoco sería decir mucho.

PS: Dentro del gremio de gilipollas que se dedican a escribir las contraportadas de los libros, quiero destacar al pollo que ha escrito la contraportada de este. De las peores que he visto en mi vida. Y de las más imbéciles. Enhorabuena a los premiados.

La colmena rusa

Vida y destino
Vasili Grossman

1.104 pags.

Valoración:   

Si se pudiera elegir dónde vivir, yo viviría en una novela rusa. Los rusos han sido capaces de describir como nadie las profundidades del alma humana. Supongo que será porque como viven en un país tan grande y hablan un idioma tan complicado, con esos símbolos tan molones, son capaces de entender complejidades que a un occidental le parecen inabordables. Y no sólo las entienden: las describen como nadie. Hablo, por supuesto, de los grandes escritores rusos, pero también de los no tan grandes (o de los grandes que han sido “descubiertos” más tarde). Tosltói y Dostoievski, claro, pero también (y no menos claro) Pushkin, Bulgákov o Chéjov. En cuanto a Andréi Kirilenko, flojea en el juego interior.

Dentro del amplio abanico de variedad que nos ofrece la literatura rusa, a mí me gustan especialmente las obras que los estudiosos han descrito con el término técnico de “novelas gordas”. No es que las delgadas no me gusten (hablo de novelas… bueno, o no), y ahí está “El jugador” como inmejorable ejemplo, pero es que cuando veo un ejemplar de “Guerra y paz” con sus 1000 páginas me entran unas irrefrenables ganas de comprarlo, como le pasaba al psicópata que interpretaba Mel Gibson en Conspirancy Theory con The catcher in the rye. Los psicópatas es lo que tenemos.

Con estos antecedentes, se entenderá que cuando vi en la librería “Vida y destino” de Vasili Grossman (ruso donde los haya) con aquel grueso lomo que aglutinaba las más de 1000 páginas de la novela, sólo pude lanzarme en plancha, coger un ejemplar, y ponerlo en la pila de libros sin leer esperando con ansia a que le llegara su turno. Turno que, por otra parte, sólo podía llegarle en verano, porque es el único momento del año en el que uno puede plantearse leer una novela de 1000 páginas y “meterse” realmente en ella.

¿Y qué ha pasado cuando le ha llegado el turno? Empezando por el final, ha pasado que no me la he leído entera. No he aplicado la regla de las 50 páginas, porque 50 páginas en un tocho semejante no son nada, y la he subido a 300. En realidad la he ido subiendo a medida que la novela no me iba enganchando. Porque tenía tantas ganas de que me enganchara, que cada vez que la dejaba pensaba: mañana leo otras 30, y a ver si ya le cojo el gusto. Y así, de 30 en 30, o de 10 en 10 (porque yo leo muy despacio), me planté en la página 300. Y ahí ya me dije: por mucho que te fastidie, tienes que reconocer que esto no es lo que esperabas.

Dicho esto, aclaremos algunas cosas: la novela es buena. Está muy bien escrita. El ambiente creado es formidable (está ambientada en la II Guerra Mundial en Rusia, con una atención especial a la batalla de Stalingrado). En ese sentido, es una auténtica novela rusa. Los personajes son complejos, las relaciones son complejas, Rusia es compleja. El ruso es complejo. Pero es como si, aunque cada historia y cada personaje por separado son interesantes, el conjunto resultara demasiado… complejo. O, mejor dicho: superficial. ¿Contradicción? En absoluto. El hecho de que haya tantos personajes y tantas historias hace que, al final, no haya ninguna en particular que nos enganche. Es como aquello de “todos somos especiales, y precisamente por eso nadie lo es”. Pues lo mismo.

Le doy 3 estrellitas, primero, y ante todo, porque me da la gana. Esto que no se le olvide a nadie. Y después, porque, insisto, la novela es buena. Mejor que cualquier trilogía sueca, y eso que no me las he leído todas. Pero aun así lo digo y me arriesgo. El problema, repito (y de serlo), es de exceso, no de defecto. Y ya se sabe que más vale que zozobre que no que fafalte.

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Del alma y el amor

Fedón / Fedro
Platón

210 pags.

Valoración:   

Los griegos eran la pera. En aquella época, tú ibas por la calle hacia la frutería, y en eso que te encontrabas con Sócrates que te daba los buenos días, y tú se los devolvías, y después, en lugar de decir algo como “hay que ver lo loco que está el tiempo”, como hacemos ahora, resulta que iba Sócrates (o tú mismo, aunque tú eras diferente al tú de ahora, obviamente, porque si no jamás se te ocurriría decir algo así) y decía: “esto del alma es un debate muy interesante”. Y entonces los dos os sentábais al fresco y, hala, a debatir se ha dicho. Cuando se terminaba el debate, la frutería había cerrado hacía 3 horas.

“Fedón” y “Fedro” son dos de los diálogos más conocidos de Platón, en los que por supuesto el protagonista es Sócrates, as usual. En el primero, Equécrates es el que va a la frutería, y Fedón es el que se cruza en su camino. Sabiendo el primero que el segundo estuvo junto a Sócrates en el último día de su vida, hasta el momento en el que fue ejecutado, le da los buenos los días y a continuación le pide que le relate con todo lujo de detalles qué pasó en aquellas últimas horas del gran filósofo. Huelga decir que ese día Equécrates tuvo que tomar flan de postre, porque a la frutería ni se acercó.

En ese primer diálogo, el tema de debate es el alma. Fedón nos cuenta cómo, a pesar de la preocupación de todos sus amigos y allegados, Sócrates estaba sorprendentemente tranquilo el último día de su vida. Aun sabiendo que al ponerse el sol tendría que beberse el veneno y coger así el AVE al Hades, el tío estaba dispuesto a jugar una partida de mus si hubiera encontrado compañía. Pero no la encontró, porque todos sus visitantes insistían en que les explicara el motivo de su calma. Y como hasta el rabo todo es toro, Sócrates no dejó pasar esa última oportunidad de meditar sobre un tema interesante. ¿Es posible demostrar que existe un alma inmortal, y que por lo tanto la muerte no es sino un tránsito a otro estado de existencia fuera de este mundo? Sócrates creía que sí, y mientras le preparaban el veneno, como no tenía otra cosa que hacer, comparte su razonamiento con los amigos que habían ido a despedirse de él.

En el segundo diálogo, Fedro es el que iba a la frutería cuando en un recodo del camino se encontró con Sócrates. Adiós frutería. Qué pasa Fedro, ¡hombre, Sócrates!, qué te cuentas, pues estaba pensando en un discurso que ha hecho Lisias sobre el amor, caramba qué interesante, ya te digo, ¿lo discutimos?, que le den dos duros a la frutería, busca una sombra. Y en la sombra se ponen los dos a debatir sobre si es mejor liarse con alguien te ama o con alguien que no te ama.

Lisias, que entre nosotros me parece que era un Briatore de la época, había hecho un discurso en el que defendía que es mejor liarse con alguien que no nos ama. Lo justifica perfectamente, por supuesto, pero a mí me parece que lo único que quería este pollo es cepillarse a todo mancebo viviente (porque en Atenas el rollo metrosexual estaba a la orden del día), pero no quería parecer un salido. Que lo era. Pero también era despabilado, y supo construirse toda una teoría que demostraba que, en el fondo, se cepillaba a los mancebos sin amarlos precisamente por el bien de los mancebos. Ya digo, como Briatore.

Sócrates hace palanca sobre el discurso de Lisias, porque bueno era Sócrates cuando se ponía a la sombra, y le endosa a Fedro otro discurso en el que defiende justamente el punto de vista opuesto: es mejor liarse con alguien que te ama. Acude nuevamente a argumentos metafísicos, y aparece otra vez la cuestión del alma y la inmortalidad. Porque Sócrates no sabía discutir de chuminadas, él subía todo al último piso y desde allí ya si acaso empezaba a bajar, o no.

Ambos diálogos son, huelga decirlo, magistrales. Sócrates y Platón fueron dos genios, y es una pena mirar al erial intelectual que nos rodea hoy en día y mirar 2.500 años atrás y contemplar el nivel dialéctico que existía. Hay reflexiones brillantes en ambos textos, independientemente de que uno esté o no esté de acuerdo con ellas, porque los temas que se tratan son completamente subjetivos e indemostrables, y por lo tanto no tiene sentido entrar en discusiones encaminadas a intentar demostrar nada. Es el camino, la argumentación, lo que resulta brillante y alimenta el intelecto. La conclusión es, por supuesto, discutible. Y precisamente por eso, porque son temas que se pueden seguir discutiendo una y otra vez, resultan tan interesantes. El propio Sócrates lo dice:

Luego el que se proponga emprender el arte oratorio deberá haber hecho metódicamente esta distinción y aprendido a reconocer en sus diferentes caracteres las cosas sobre las cuales la opinión es fluctuante e insegura y aquellas sobre las que no hay duda posible.

Pero no sólo hay brillantez intelectual. También hay, en cierta medida, poesía. “Fedro”, al tratar sobre el amor, es un diálogo especialmente “poético”, y contiene algunos párrafos realmente conmovedores. Para muestra un botón (el botón más bonito, para mi gusto) en el que Sócrates resume por qué defiende el amor como vínculo de unión por excelencia (no necesariamente por encima del sexo, porque, dejémoslo claro, a Sócrates, como a todos los griegos, les gustaban las guarreridas españolas más que una columna dórica… pero su visión del sexo no era tan mojigata como la nuestra, y sabían separar una cosa de la otra).

Porque la ley divina no permite que los que comenzaron su viaje celestial sean precipitados en las tinieblas subterráneas, sino que pasen una vida brillante y bienaventurada en eterna unión; y, cuando reciben las alas, las reciben simultáneamente, porque el amor los unió en la tierra.

En fin, como siempre digo los griegos son una apuesta segura. En medio de tanta moda literaria barata (y en estos momentos tengo que referirme por fuerza al sueco ese que ha escrito una trilogía policíaca que ha tomado el relevo del también profundísimo Dan Brown), leer a Platón es como salir del planeta. Cosa que, por otra parte, cada vez me apetece más, porque ya estoy harto de hablar de chorradas todo el puto día. A ver si ponen más baratas las expediciones a Marte. Con que me llegue para el billete de ida, empezaría a pensármelo.

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Escribiendo con un bisturí

La carretera
Cormac McCarthy

210 pags.

Valoración:   

Coetzee, en su discurso de recogida del Premio Nobel, contó que cuando era un niño se leyó Robinson Crusoe y que, cuando terminó de leerlo, se quedó mirando la portada del libro y se preguntó: ¿quién será ese tal Daniel Dafoe? Esa situación (a ser posible con la pregunta realizada por un lector adulto, que es menos ingenuo) es probablemente el sueño perfecto de cualquiera que aspire a ser un gran escritor. Si uno es capaz de contar una historia de manera que el lector nunca se dé cuenta de que hay un “intermediario” que la está contando, entonces es que la historia está contada perfectamente. Si al final del libro el lector no piensa “qué bien escribe este autor” sino “qué buena es esta novela”, entonces el autor ha sabido cumplir con su oficio.

Esa modesta aspiración es, por supuesto, dificilísima de alcanzar. Y si el autor en cuestión tiene, además, un estilo muy marcado y personal, entonces el reto es doble. Hay muchos buenos escritores (grandes escritores incluso) que, al menos en mi caso, no lo han conseguido. Gabriel García Márquez es uno de ellos. Cien años de soledad es una excelente muestra de su talento como escritor, pero cuando me la leí no fui capaz de pasar 2 páginas seguidas sin pensar “qué bien escribe este tío”. Y eso no es un halago para un escritor: es un problema. El lector nota que el escritor está ahí, que la historia no existe “por sí misma”, sino que el autor “nos la está contando”. Abilio Estévez fue otro de los autores que me impresionaron tanto con su estilo que fui incapaz de meterme dentro de la historia.

Cormac McCarthy es un escritor único. Sin duda, uno de los mejores autores contemporáneos, y “Todos los hermosos caballos” ha sido una de las mejores novelas que yo he leído jamás. Perfecta en todos los aspectos, tono, estilo, ritmo, historia, personajes, mesura… es una obra de Arte (sí, con mayúsculas). Y me la leí tan metido en la historia, que en algunos momentos estuve al borde del síndrome de Stendhal. Gracias a que McCarthy, a pesar de su autoridad y peso estilístico, supo “ponerme” la historia delante, no “contármela”. Sutil y crítico matiz.

Lo mismo pasa con “La carretera”, con el mérito añadido de que aquí el estilo de McCarthy se hace todavía más raro. Frío, distante, cruel, impersonal unas veces y casi lírico otras, siempre aséptico y cortante como un bisturí. Es difícil tener un bisturí delante de los ojos y no notarlo. Y, sin embargo, no se nota. De nuevo McCarthy escribe lo que tiene que escribir, tiene un sentido del ritmo y los efectos emocionales que yo no he visto en ningún otro autor. Leer sus novelas es como leer música, aunque la música sea en este caso un requiem, que no por triste y desolado deja de ser precioso.

Y, sin embargo, no le doy 5 estrellitas (como hice con “Todos los hermosos caballos”). La diferencia es que la historia que se nos cuenta en “La carretera” no me ha parecido tan interesante. Los personajes tampoco. Vivimos unos tiempos en los que nos gusta sentir el vértigo de la autodestrucción, y supongo que eso ha hecho que esta novela haya sido calificada de obra maestra por muchos críticos. Desde luego, yo no he visto mejor descripción de lo que podría ser un invierno nuclear que “La carretera”, pero ya digo que el tema me interesa poco. Tampoco suelen atraerme los personajes infantiles. Yo creo que los niños, más que inocentes y tiernos, son simplemente ignorantes y egoístas (y me incluyo yo mismo cuando era un niño), y en general me molesta que haya niños en las obras de ficción (y en muchas obras de la realidad).

Ya he dicho muchas veces que la historia es lo menos importante de una novela, pero al menos una estrellita tiene que valer. Porque tengo que reservar las 5 estrellas para las novelas en las que McCarthy, además de hacer Arte con su manera de usar las palabras, me cuente también cosas que me interesen, o me muestre personajes que me atraigan. Aunque seamos sinceros: aunque McCarthy sólo escribiera las advertencias de seguridad del metro, yo cogería la línea circular y me quedaría a vivir allí.

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