Nothing to be frightened of
Julian Barnes

244 pags.
Valoración:

Esto va a ser largo, así que id a por una cerveza para aguantar. Y va a ser largo porque, por fin, llega a 1y1y1 un libro que trata de un tema interesante. Del tema interesante. Porque, de hecho, empezaremos por ahí. Proposición: “La muerte es el Nespresso de las ideas”. Demostración: en el anuncio de Nespresso, George Clooney está en la máquina de café de una sala de espera. Entonces llega una churri, buenísima (y no me refiero a sus virtudes teologales), que le sonríe y le pone ojitos de “¿a qué querrías revolcarte conmigo?”. Pero resulta que lo único que quiere la churri es que George (we recycle) le dé el Nespresso que acaba de hacerse. El anuncio recoge, así, uno de los grandes aprendizajes de la vida, sobre todo para los hombres: siempre que una mujer te haga creer que quiere tener sexo contigo, en realidad querrá cualquier otra cosa menos tener sexo contigo. En el caso del anuncio, un Nespresso.
Pues bien, con las ideas pasa lo mismo. Siempre que una idea parece interesante, al final resulta que lo interesante no era lo que la idea aparentaba en sí misma. Lo interesante era su relación, de una u otra manera, con la muerte. El Nespresso de las ideas. Ergo: todas las ideas interesantes lo son si y sólo si tienen alguna relación con la muerte. Y ahora haremos la primera criba de la tarde: todos los que, al leer esto, hayan pensado “joer, qué tétrico está el Pérez”, que apaguen el ordenador. Todos los que hayan pensado, “qué pesimista eres, deberías ser más positivo”, que no vuelvan a hablarme jamás. Y todos los que hayan pensado “¿así que en realidad las tías no quieren tener sexo cuando se insinúan?”, que repitan 2º de BUP. Tres veces.
La muerte es, pues, el único tema de estudio interesante. No me refiero, claro está, a la muerte como hecho en sí mismo. Me refiero a la muerte y sus circunstancias, que decía Gasset (quien también dijo, por cierto, que cuando en Eruopa veamos la coleta de un chino asomarse por los Urales, deberíamos ponernos a temblar… o algo así; el caso es que los chinos ya han asomado la coleta, la cola, y el fistro sesual, y a todos nos da igual, ya veremos si sigue dándonos igual dentro de 20 años). La muerte es el eje sobre el que giran todos los temas interesantes: ¿qué es la realidad?, ¿existimos realmente?, ¿qué es existir?, ¿qué sentido tiene la vida?, ¿qué sentido tiene la muerte?, ¿quién elige a los diseñadores noveles que le hacen los vestidos a Mercedes Milà? (esta última está relacionada con la muerte, porque a algunos habría que matarlos).
Pero, a pesar de ser el único tema digno de consideración, es prácticamente imposible encontrar a alguien dispuesto a hablar de la muerte. Aquí todos nos comportamos como si lo de morirse no fuera con nosotros. Lo que viene a demostrar que, en el fondo, todos estamos acojonados con el tema, y preferimos hablar del último viaje a Brasil, de la última estupidez que ha hecho nuestro (vuestro) hijo, o de lo difícil que es nuestra vida consistente en ir y volver montado en un Audi a una oficina con aire acondicionado a mover papeles de un lado a otro. Esto ya lo aprendí yo de pequeñito (no lo del Audi, porque yo no vi un Audi hasta que no tuve bigote, sino lo de que nadie quiere hablar de la muerte), y eso me llevó a cultivar dos de mis grandes pasiones: hablar solo, y leer.
Y así llegó a mi vida, entre otros muchos, Julian Barnes, a quien ya le dediqué una de mis críticas con motivo de la lectura de su colección de relatos “La mesa limón”. Y ya entonces le aticé 4 estrellas como 4 soles, porque el tema que hilaba todas las historias era, cómo no, la muerte. Barnes me cautivó entonces con su sutileza, con su dejar pensar, su estilo que enseña pero no dice para qué enseña, que nos dice el qué pero no el por qué ni el para qué. Nos da preguntas, ñam, ñam, preguntas, preguntas, that’s what I need.
No volví a saber de Barnes hasta que un día leí un artículo sobre su última obra, todavía no traducida al español, en el que reproducían la primera frase del libro: “I don’t believe in God, but I miss Him”. Bravo, Fernando, bravísimo. Gran primera frase. Beautiful, Fernando. La frase, para la gente normal que no cree que hay que hablar inglés para sobrevivir, viene a decir: “No creo en Dios, pero Lo echo de menos”. Nótese que no echa de menos el hecho de creer, sino a Dios mismo. No es un matiz. O a lo mejor sí, a lo mejor Barnes lee esta crítica y dice “ostras, little Peter, no lo había pensado, yo escribí Him porque fue lo primero que me salió”, pero yo me atrevo a decir que no, que Barnes escribió lo que escribió porque no echa de menos el “engaño” de creer, sino la realidad, la certeza, la tranquilidad que nos daría saber que existe un Dios y que nuestra vida significa algo, que tiene un sentido, y por lo tanto nuestra muerte también lo tendrá. Creer es dudar, como ya dijo San Agustín. Y la duda puede ser desesperante.
Para Barnes, desde luego, lo es. Ha cumplido los 60, y todas las reflexiones que a lo largo de su vida ha hecho sobre la muerte (que son un montón) empiezan a tomar un peligroso carácter práctico. Barnes tiene miedo a morir. Tiene pánico a morir. Y leyéndolo, yo he sentido ese mismo miedo, ese mismo pánico. Porque, como él, yo tuve mi réveil mortel muy pronto, con 5 o 6 años si no recuerdo mal, y como él pienso desde entonces continuamente en la muerte, todos los días, muchas veces, desde muchos puntos de vista, a veces encontrando una idea que me resultaba reconfortante, y otras enfrentado a la casi certeza de que nada de esto tiene ningún sentido, que nada existe, que nada es. Y que, por lo tanto, el final es el final de todo. Que solamente somos los Sims de alguien que después se compró una Wii.
Barnes comparte, como digo, esa cuasi convicción de que esto es todo lo que hay. Y que, por lo tanto, después de esto no hay nada. Y con sus más de 60 tacos, la perspectiva es desde luego poco halagüeña. Pero aunque no seré yo quien tenga ningún argumento de peso para contradecir las desalenadoras conclusiones de Barnes, sí seré yo quien diga que esas conclusiones resultan de un análisis entre tramposo y miope, al que me atrevo a calificar de impropio de una mente tan despierta como (al menos eso me pareció en su día con “La mesa limón”) la suya.
Para empezar, Barnes mezcla 3 temas en el libro (que, por si no ha quedado claro hasta ahora, no es una novela, sino una especie de reflexión vital, un repaso de su relación con la muerte a lo largo de su vida, incluyendo aburridas y lamentablemente abundantes anécdotas autobiográficas). Por un lado, el libro trata desde luego de la muerte. De qué es la muerte, de si hay algo después, de qué sentido tiene la vida, de por qué tenemos que morirnos, de qué han pensado los grandes pensadores de la muerte a lo largo de la Historia. Por otro lado, Barnes se recrea (mucho más de lo necesario) en el proceso de morirse. Que todos sabemos que es inhumano, indivino, y que por sí solo descalifica a cualquier candidato que pretenda erigirse en Dios todopoderoso del Universo. Un Dios que cree necesario torturar a sus súbditos con despiadados procesos de descomposición de sus cuerpos, salvo, curiosamente, los procesos que informan al cerebro del dolor que provocan esas descomposiciones, no puede esperar que le tengamos mucho cariño. Es como el padre “de antes”, al que tenías que querer porque “te había dado la vida”… y porque si no lo querías, te metía un guantazo que cruzabas el salón girando sobre ti mismo como si fueras el Demonio de Tasmania.
Por último, Barnes también reflexiona sobre un tercer tema: la memoria y el Yo. La sensación de identidad y la consciencia. ¿Qué somos, en realidad? ¿Una colección de recuerdos? Si perdemos la memoria, ¿seguimos siendo nosotros? Todo un filón filosófico, desde luego. Y precisamente ahí tenemos el principal fallo del libro. Barnes abre 3 frentes (la muerte, el morirse, y la identidad) que cada uno por sí solo justificaría no sólo un libro sino una enciclopedia. Tratarlos al mismo tiempo, saltando de uno a otro como si estuvieran relacionados, y como si esa relación fuera superficial y evidente, resulta desconcertante cuando menos, y torpe cuando más.
Porque, además, y como ya decía antes, sus conclusiones sobre los 3 temas son demasiado simples. Digamos que su razonamiento, al final, se reduciría a algo así: si a partir de las evidencias que tenemos, la conclusión lógica es que no somos nada más que un montón de materia amontonada, eso es lo que debemos de ser. Huelga decir que el error de ese razonamiento es intentar encontrar algo que “trascienda” al montón de materia amontonada, basándose precisamente en las evidencias que podemos reunir como materia amontonada (es decir, la evidencia sensorial) y en la estructura lógica de un trozo de esa materia amontonada (es decir, el cerebro). Si utilizamos las herramientas materiales, no es de extrañar que lleguemos a la conclusión de que lo único que hay es materia. Eso es de 1º de Filosofía. Pero, para ser justo, es un “truco” (o un error) que han usado muchísimos pensadores a lo largo de la Historia. El más famoso, Descartes.
Pero que nadie deduzca de mis palabras que mi “recomendación” es ir por la vía “espiritual”. La vía espiritual no existe. O, si existe, no está a nuestro alcance. Porque caeríamos en el mismo error que Barnes, pero al revés: si asumimos que hay una vía espiritual, entonces es obvio que concluiremos que somos algo más que materia. En la hipótesis está implícita la conclusión. Es otro error común, pero inexcusable en cerebros medianamente bien amueblados. Así que haremos aquí la segunda criba de la tarde. Quien haya pensado “yo es que siento un no sé qué sobrenatural”, que apague el ordenador. Quien haya pensado “es que Dios nos quiere, pero a su manera”, que me borre de su Facebook. Y quien haya pensado “Dios es amor y vida, y se hizo hombre para liberar a la Humanidad”, que no me vuelva a dirigir la palabra hasta que haya entendido, de verdad, qué coños quiere decir esa frase. Que va a ser que no quiere decir nada.
Al final, el problema está en los fundamentalismos intelectuales. Con los creyentes no se puede hablar, porque en cuanto planteas 3 argumentos bien hilados enseguida te sueltan algo como “Dios en su infinito amor…”, o “el milagro de la vida nos demuestra que…”. Del mismo modo, los anticreyentes enseguida sacan la bandera de la Teoría de la Evolución o al bosón de Higgs o a la prima del fotón para demostrarte que todo está explicado, que ya lo sabemos todo, y que lo que sabemos es, precisamente, que no hay nada más. Y no te digo yo que no, ni a los unos ni a los otros, pero creo que ni los unos ni los otros tienen razón. Aunque, por supuesto, no puedo demostrarlo. Pero, al menos, yo no intento convencer a nadie. “Sed cogita omnis qui credit, et creditando cogita, et cogitando credit”. Eso es lo que hay. Lo único que hay. Y por mucho que nos duela, por mucho que nos desespere, eso es todo lo que hay. Aunque nadie quiera hablar de ello. Y aunque eso nos haga (me haga) sentirnos más solos todavía.
PS: ¿Que por qué le doy 4 estrellas al libro a pesar de todo lo que he dicho? Pues porque para un libro que encuentro que habla abiertamente de la muerte, y lo hace con estilo y con templanza, no le voy a dar un 3 y condenarlo al olvido. Porque, como sabéis, lo que se dice en 1y1y1 va a misa. En concreto, a misa de 12. Podéis ir en paz.