Archivo de la Categoría 'Los mejores'

La madre de todos los momentos

Okuribito (2008)
Despedidas

Dirigida por Yôjirô Takita
Con Masahiro Motoki y Ryoko Hirosue

Valoración:

Llega el verano, y con él el momento en el que la borreganía en masa se pone a moverse de un sitio a otro del planeta. No se sabe muy bien para qué, ni siquiera ellos mismos lo saben, pero el caso es moverse. Viajar, dicen. Descubrir otros lugares, dicen, conocer otras culturas, tomar el sol en otras playas. Como si hubiera algo distinto al resto en este peñasco ínfimo en el que nos ha tocado pasar una ínfima parte de los 14.000 millones de años que tiene el Universo y de los cientos de miles de millones que todavía tiene por delante y que nosotros no podremos contemplar. Pero, oye, si has estado en La India eres más sabio. Y si te has tomado un frapuccino en el Starbucks de Times Square, entonces ya eres la polla.

Total, que me pongo a ver Okuribito y pienso: la gente es gilipollas. Porque se pasa la vida buscando la diferencia y evitando lo igual, y al final lo igual nos puede a todos y manda las diferencias a cascarla. Hoy no tengo muchas ganas de escribir, así que seré breve: ante el momento de la muerte, todo palidece. Ni viajes, ni subidas de salario, ni cien polvos en una noche con Miss Noruega. Llega la de la guadaña y todos somos una porquería. Por eso es tan importante dignificar el momento de la muerte. Porque sabemos que nosotros estaremos un día ahí, y queremos pensar que no seremos un simple puñado de átomos en proceso de descomposición.

Los japoneses, que nos parecen tan diferentes (si además de estar en La India y en Gringolandia también vas a Japón, entonces ya puedes ser el protagonista de todas las fiestas de cumpleaños a las que te inviten), se mueven por los mismos motores básicos que nos mueven a nosotros. Las presiones sociales, la búsqueda del sentido de la vida, el amor. Y la muerte. El miedo a la muerte, y el respeto a la muerte. Y en Okuribito todo esto queda reflejado de manera magistral. Sólo hay un pequeño barniz almibarado en algunos momentos que le resta fuerza al conjunto de la obra. Por lo demás, es una preciosidad. La muerte, de la que todos renegamos, contiene toda la vida en sí misma. Y por eso, el momento de la muerte es el momento supremos. Presenciarlo es algo extraño. Dignificarlo es algo necesario. Y viajar a Cancún es una estupidez. Hala, que tengáis todos unas buenas vacaciones. Pero, por favor, no nos torturéis a los demás con las fotos.

El trailer en versión original (subtitulada, que tampoco soy tan listo)

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Esto sí es arte

Fórmulas elegantes
Graham Farmelo (editor)

366 pags.

Valoración:

Desde mi más tierna infancia la gente se empeña en que me gusten cosas que no me gustan. Desde las fiestas de cumpleaños hasta la pintura, pasando por viajar o hacer comilonas. Tal vez por eso, también desde mi más tierna infancia, me he acostumbrado a hacer las cosas que realmente me gustan solito. Menos una, que siempre que puedo la hago acompañado porque es muchísimo más divertida. Pero por lo demás, y como dice el refrán, a la fuerza ahorcan. Y como era difícil encontrar voluntarios para hablar de álgebra, o de la muerte, o de astronomía, o de partículas elementales, o de Dios, o de Heráclito, pues tacita a tacita he ido cogiéndole el gusto a hablar solo. Tanto, que ahora ya no me gusta hablar de esos temas con nadie. Así siempre tengo razón.

Durante una época convulsa de mi vida, en la que frecuentaba consejeros delegados con demasiada asiduidad, con el consiguiente daño cerebral (del que, me temo, nunca he llegado a recuperarme por completo) aprovechaba mi cercanía a “La Casa del Libro” para irme de la oficina de vez en cuando, subir a la planta de Matemáticas, sentarme en algún rinconzuelo, y leer libros de Álgebra. También alguno de Física, aunque la Física no tiene un efecto tan rápido. El Cálculo Infinitesimal está en un término medio. Y muchas veces pensaba que alguien debería organizar exposiciones de fórmulas y de desarrollos matemáticos, igual que se organizan exposiciones de pintura o de fotografía. Que no digo yo que los desarrollos matemáticos le tengan que gustar a todo el mundo, pero a mí tampoco me gusta la pintura y entiendo que haya exposiciones porque hay quien sí ve algo “más allá” de los brochazos.

Pues a falta de exposiciones a las que uno pueda ir para sentarse delante de una fórmula y quedarse allí parado hasta que el cerebro se amanse, Graham Farmelo ha decidido reunir en un libro unos cuantos ensayos de diversos autores en los que cada uno cuenta la “historia” de una de las grandes ecuaciones de la Historia. Es como esas fichas que hay en las exposiciones de pintura donde nos cuentan que el autor del cuadro era un flamenco (no el bicho, sino la nacionalidad… aunque a veces yo tengo dudas) de tal siglo, que aprendió de no sé quién, copió el estilo de no sé cuántos, y fue el primero en introducir la perspectiva pajolera. Pues lo mismo, pero con los autores de las fórmulas.

El criterio de selección es, en general, incuestionable. Están por supuesto las 2 fórmulas de Einstein, la de Planck, la de Schroedinger, la de Dirac, la de Yang-Mills… Y viéndolas todas juntas asombra pensar que en tan pocas líneas, con tan pocos símbolos, se pueda resumir todo lo que pasa en el Universo. Cuando el editor sale de la Física para incluir fórmulas de otros campos, el criterio empieza a ser dudoso. Ninguna objeción a que se incorporen las ecuaciones de Shannon sobre Información, ni el Mapa Logístico como exponente temprano y paradigmático de la Teoría del Caos. Pero personalmente me parece de chiste que aparezca la Ecuación de Drake, que no pasa de ser un razonamiento mediocre y mal planteado, que si ha alcanzado cierta notoriedad es porque Carl Sagan y algunos otros prohombres de su época se entusiasmaron (incomprensiblemente) con ella.

Igualmente cuestionable me parece la inclusión de unas ecuaciones de las que ni siquiera había oído hablar, y que tratan del impacto ecológico de los CFC. Más que cuestionable, aquí el criterio me parece claramente miope. Comparar el salto intelectual que supuso la ecuación de Planck con unos cálculos de 1º de Química es simplemente inaceptable. Mal, Farmelo, muy mal. Te has dejado llevar por la moda ecologista, y aunque desde un punto de vista moral puede ser incluso loable, desde un punto de vista matemático no tiene justificación.

A pesar de esos dos borrones, el libro es sin duda una maravilla. Recoge el legado de las mentes más brillantes no sólo del último siglo sino de la Historia de la Humanidad. Puestas en contexto, las fórmulas resultan todavía más brillantes y poderosas. Ver resumida la complejidad del Universo en unas cuantas líneas es algo que produce una emoción interior inexplicable, cercana por un lado a la euforia y por otro lado al llanto. Sí, dan ganas de llorar, de llorar de felicidad, de armonía. No sé si eso es lo que les produce la pintura a aquellos que saben disfrutarla. Para mí, y dado que me falta la parte del cerebro que produce sensaciones ante la contemplación del arte “oficial”, este “Fórmulas elegantes” es como un museo personal. Por favor, no molesten. El arte se contempla en silencio.

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Una mente prodigiosa en un mundo podrido

Heisenberg
Antonio Fernández Rañada

334 pags.

Valoración:

Siento una debilidad especial por Heisenberg. Y es una debilidad difícil de explicar, porque vivió en una época en la que la Física Fundamental tuvo una de las mejores alineaciones de la Historia. La mejor, diría yo. Fijarse en el 11 inicial que salió al campo en la 5ª Conferencia Solvay que se celebró en 1927: Ernst “El Átomo” Borh, Max “Cuántico” Born, Louis “Dualidad” De Broglie, Compton, Madame “Radioactividad” Curie, Paul “La Delta” Dirac, Albert “Relatividad” Einstein, Werner “Principio de Incertidumbre” Heisenberg, Wolfang “Principio de Exclusión” Pauli, Max “Constante Universal” Planck, y Erwin “Ecuación Fundamental” Schrödinger. Entrenador y presidente de la conferencia: H.A. “La Transformación” Lorentz.

Elegir a uno de esos astros del micromundo como el mejor es, desde luego, una cuestión de gusto personal exclusivamente. Einstein fue Messi, el mejor, el más brillante, la estrella del equipo (que, por cierto, no era un equipo ni por lo más remoto, aquí cada uno tenía un ego del tamaño de la provincia de Palencia, en el caso de que Palencia exista, que aún está por demostrar). Pero, una vez reconocido que Einstein y Messi son los mejores, y aceptado que desde un punto de vista objetivo y racional es un hecho indiscutible, queda la parte emocional. Queda ese “no sé qué” que hace que uno babee cada vez que coge la pelota Iniesta, aunque sabe que rara vez terminará marcando, y que al final será Messi el que se regatee a 8 y termine rematando de chilena para anotar el golazo del día.

Heisenberg es mi Iniesta subatómico. Con la diferencia de que Iniesta parece un chaval majo, y Heisenberg colaboró con el régimen nazi e intentó con todas sus fuerzas desarrollar la primera bomba atómica para fumigar a los ingleses en el sentido literal de la palabra, porque conociendo a Hitler no habría dejado ni uno. Eso no quiere decir tampoco que Heisenberg fuera un ioputa como Hitler, ni siquiera comparable. De vez en cuando incluso levantó la voz contra los nazis, pero sin la fuerza ni la convicción suficientes. Al final, como decía antes, el ego fue más fuerte que cualquier otra consideración, y la tentación de poder ganar a sus colegas consiguiendo por primera vez en la Historia una reacción de fisión en cadena fue demasiado fuerte.

A pesar de eso, y como la moral y la inteligencia son dos cosas muy distintas, hay que reconocer que Heisenberg fue un ser humano excepcionalmente inteligente. Brillante, en el sentido literal de la palabra. Heisenberg brilló como pocos otros seres humanos han brillado a lo largo de la Historia. Y nos regaló el que, junto al Teorema de Gödel y la Ecuación de Einstein, es sin duda la gran revelación física (y filosófica) de toda la existencia de la Humanidad: su famoso Prinicipio de Incertidumbre. Que no dice, como piensan los muy lerdos, que “todo es incierto”. Ni que, como piensan los lerdos a secas, “el observador afecta al sistema observado” (porque eso es de perogrullo y no hace falta saber álgebra lineal para descubrirlo).

El Principio de Incertidumbre de Heisenberg dice que la Naturaleza, la realidad (sea lo que sea lo que esa palabra quiere decir) está sometida a una incertidumbre intrínseca. En una escala subatómica, en el ámbito donde la Naturaleza se rige por principios cuánticos y no continuos, nada es cierto. La materia no está definida. Nada existe, y nada no-existe. Es imposible saber qué es todo esto, pero no por nuestra incapacidad para saberlo, sino porque todo esto tiene una propiedad de diseño que hace que sea imposible saberlo. Si preguntas demasiado, simplemente no hay respuestas.

El Principo de Incertidumbre, combinado con el Teorema de Gödel y la Ecuación de Einstein, forma el triángulo (¡cómo no!) fundamental de lo que sabemos sobre la naturaleza profunda de todo esto. A saber:

  • Que la materia está “diseñada” de manera que, por debajo de un cierto nivel de profundidad, es imposible saber nada de ella con certeza
  • Que, además, cualquier información que podamos conseguir no puede transmitirse a una velocidad superior a la de la luz
  • Y que, en cualquier caso, todo lo anterior está demostrado con un sistema de razonamiento que no puede validarse a sí mismo; o sea, que tal vez todo sea falso

Eso es real. No es filosofía. Y, sin embargo, no he leído ningún libro de Filosofía que me haya hecho pensar más sobre el sentido de todo esto que esos 3 principios físicos. La Física es belleza. La Filosofía es pedantería. He dicho.

En cuanto al libro de Fernández Rañada, es francamente interesante. Nos cuenta la vida de Heisenberg en sus dos vertientes: la del genio de la Física, y la del brillante intelectual integrado en el sistema nazi. Al final, afortunadamente para todos, lo segundo afectó a lo primero y evitó que su mente privilegiada siguiera llegando a sitios a los que nadie había llegado antes que él. Entre otros, a la bomba atómica. Menos mal que los nazis, además de malos, era imbéciles, porque si no, no estaríamos ahora todos aquí para hacer bromas sobre ellos. Menos mal que su cortedad de miras les hizo prescindir de los más brillantes científicios que un país jamás había podido reunir (Einstein entre ellos) por el simple hecho de que eran judíos. Menos mal que dejaron todo su plan nuclear en manos de un puñado de tíos rubios y de ojos azules, pero con el cerebro un poco menos rubio y azul.

Heisenberg seguía siendo un genio, pero Iniesta no brillaría igual en el Tenerife. Seguiría siendo Iniesta, por supuesto, pero desde luego no ganaría ninguna Liga. Heisenberg tampoco. Para desgracia de todos. Porque sólo con los Heisenbergs y Einsteins de la vida conseguiremos algún día, tal vez, asomarnos a la ventana que tenga una pequeña rendija abierta por la que atisbar, aunque sólo sea en sombras, una intuición de lo que hay al otro lado. En ese sentido, lástima del mundo que nos ha tocado vivir. Nadie piensa en otra cosa que no sea ganar dinero. Y algo me dice que, justamente eso, no tiene mucho que ver con lo que hay al otro lado, así que ¿para qué quieres ganar dinero, gilipollas? Eso si es que hay algo, claro. Pero es que, si no lo hay, ¿para qué coño quieres ganar dinero, gilipollas?

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Una bonita historia

El secreto de sus ojos (2009)
El secreto de sus ojos



Dirigida por Juan José Campanella
Con Ricardo Darín y Soledad Villamil
 
Valoración:   

Coinciden en el tiempo dos hechos aparentemente independientes pero que en mi cabeza, olla a presión donde se cuecen las estupideces más peregrinas, se conectan inmediatamente. Por un lado, me siento a ver la argentina “El secreto de sus ojos”; por otro, veo en la tele los anuncios que promocionan la española “Tensión sexual no resuelta”. Y a la velocidad del rayo, mis neuronas colocan los dos hechos el uno junto al otro, a modo de side by side, y sacan las siguientes conclusiones: (a) que la película argentina tiene un título bonito y sugerente, mientras la española apela a las cortezas cerebrales más superficiales; (b) que la argentina está protagonizada por actores, mientras la española la protagonizan modelos y presentadores de televisión; y (c) que mis impuestos no han pagado ni un duro de la argentina, y sí muchos duros de la española. Razón por la cual estoy considerando pedir que me quiten la nacionalidad española, aunque no para solicitar la argentina, puesto que yo ya hablo por los codos y si además se me pusiera acento pampero la cosa podría ser insoportable. Si no lo es ya.

He visto pocas películas argentinas pero, es obligado decirlo, todas me han gustado. Hacen películas pequeñitas, delicadas, armadas con esmero y oficio de joyero. “El secreto de sus ojos” sigue esa noble tradición, y nos presenta una historia sin pretensiones que, tal vez precisamente por eso, acaba llegándonos mucho más adentro de donde apuntaba al principio. Tiene algunos fallos de guión (o, más que fallos, debilidades) pero el conjunto resulta sólido y nos hace pasar un rato delicioso.

Los actores, por supuesto, ayudan mucho. Darín es de lo mejor que hay, y, como en el resto de películas argentinas que he visto, los secundarios son de primer orden, valga la contradicción. Gran actor el que interpreta al joven viudo. Grandes los secundarios del juzgado. Casi me atrevería a decir que, en general, los secundarios están mejor que los protagonistas, o al menos mejor que la protagonista femenina que bajo mi punto de vista no da la talla. Compartir protagonismo con Darín es un ejercicio difícil, y creo que Soledad Villamil todavía no está ahí. Actúa. Se nota que actúa. Es, no obstante, mejor que el 90% de las actrices españolas que hacen cine, lo cual no es muy difícil porque el 90% de las actrices españolas que hacen cine no son actrices. Pero una cosa no quita la otra.

Una vez más queda claro que el problema del cine “local” no es que Hollywood tenga mucho dinero, o que los piratas sean malos malísimos. Una buena historia con buenos actores es todo lo que hace falta. Para conseguir eso, la mejor manera de empezar no es repartir papeles a presentadores de televisión y filmar historias que pueden titularse “Tensión sexual no resuelta”. La historia de “El secreto de sus ojos” es una historia bonita, sin más, sin grandes giros de guión ni grandes misterios por resolver. Pero es bonita. Y Darín la hace preciosa. Añádase a eso un extraordinario grupo de secundarios, de actores secundarios, y tendremos una película digna de medirse de tú a tú con cualquier producción gringa. Pero con acento porteño. Que, quieras que no, nos evita leer los subtítulos. Todo son ventajas.

El trailer en versión original con acento de psicoanalista

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Yo ya lo dije

Worrisome Heart
Melody Gardot


Valoración:

A mí el jazz me encanta, ya lo he dicho muchas veces. También he dicho muchas veces que el jazz me parece una patraña inventada por vagos y maleantes que en lugar de aprenderse 4 acordes como Dios manda prefieren no ensayar y quedar directamente en el garito donde tocan para no perder el tiempo. Y es que esa es la grandeza del jazz, amigos míos: es un terreno musical tan amplio que uno puede meter ahí cualquier cosa que no enlace el Do-Lam-Fa-Sol, o al menos que no los enlace por ese orden, o que los enlace por ese orden pero todos en 7ª, o 9ª, o 11ª, si es es que eso existe y alguien tiene tantos dedos. El caso es hacer algo que no permita que la audiencia lleve el ritmo con el pie. Si uno ve que alguien en la sala da tres pisadas seguidas y las encaja en lo que estamos tocando, hay que cambiar rápido y meter un acorde que no se espera. Desconcierto, factor sorpresa. Eso es el jazz. O no.

Dentro de tan amplia descripción, que además no se define por acción sino por omisión, lo que la hace en teoría infinita si nos atenemos a la Teoría de Conjuntos de Max “La ecuación” Gutiérrez, delantero centro de los Chivas durante 4 temporadas antes de retirarse como camillero en el Racing de Avellaneda, pues digo que dentro de tan amplia descripción puede entrar también Melody Gardot con su exquisita voz, su exquisito sentido musical, y su exquisito gusto. No sólo puede entrar ahí: por mí, puede quedarse a vivir para siempre. Si en el jazz no la dejan, ya le pongo yo una cama supletoria en casa. Porque Melody Gardot es una de esas cantantes que te pones a escuchar a las 2 de la noche y cuando te das cuenta son las 5, de 14 años después. Uno no quiere escuchar la música de Melody Gardot: quiere ponerle un piso. De ahí mi referencia de antes.

La fórmula no es, por supuesto, original, y ese es el primer paso que uno debe dar para ser grande. La Historia de la Música está llena de tías que cantan medio susurrando acompañadas de una colla de músicos de jazz que acarician sus instrumentos (no pensar mal, so guarros) para conseguir un resultado final pseudonarcótico, como una especie de música de fondo para cualquier escena trascendental de nuestra vida a la que quisiéramos quitarle dramatismo, pero de la que al mismo tiempo sabemos que saldremos transformados. Pero una cosa es que ya lo hayan intentado muchas, y otra muy diferente que lo hayan conseguido. A mí, ya lo he dicho en alguna ocasión, Madeleine Peyroux me tiene encadenado, puede perdirme lo que quiera salvo que vaya a una reunión de más de 2 horas, a menos que la reunión sea con ella.

Total, que cuando uno escucha a Melody Gardot no da un salto de la silla gritando “Dios, qué es esto, de dónde ha salido este pedacho de música sideral”, pero a los pocos minutos nota los efectos beneficiosos del buen hacer de Melody y sus muchachos y se pregunta “¿quién es esta tipa que suena?”, y no mucho después uno ya está anotando los títulos de algunas de las canciones, buscándolas en YouTube y guardando la búsqueda en Spotify. En el mío ya está guardada para siempre. Como muchas de las canciones de este “Worrisome Heart” que han hecho que durante unos días la vida duela un poco menos. Melody Gardot es una tirita con pomada. Es un algodón con agua fresca aplicado directamente al cerebro. Melody Gardot: gracias por cantar.

Algunas muestras del disco; cuidado si estás en un sitio público, la gente podría verte llorar

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Oficio y talento

State of Play (2009)
La sombra del poder



Dirigida por Kevin Macdonald
Con Russell Crowe y Ben Affleck
 
Valoración:   

Hace tiempo leí en algún sitio que para escribir una buena novela hacen falta dos cosas: oficio y talento. Supongo que eso podría decirse de cualquier arte y de muchas otras cosas en la vida. No todo es técnica (oficio) y no todo es talento. Creo que el mismo pollo que decía la frase que he citado al principio la completaba diciendo que el oficio sin talento es artesanía, y el talento sin oficio es arte moderno.

Y también recuerdo que oletorole me dijo una vez, después de haberse leído todo el fondo editorial de Europa y EEUU sobre técnicas de guión cinematográfico, que cuando empezó a leer guiones de películas “famosas” le sorprendió ver el poco nivel de detalle que había en las descripciones. Cuando un personaje tenía que mostrar desesperación, el guionista no escribía “Johnny se tira de los pelos, llora y se acerca a la ventana mientras se desgarra la camisa, después mira a la calle y hace un amago de lanzarse al vacío…”; en lugar de eso, simplemente ponía “Johnny se muestra desesperado”. El trabajo del actor es, precisamente, saber cómo transmitir esa desesperación. Los grandes actores pueden hacerlo, si quieren, con un simple gesto.

Viene todo esto a cuenta de que “State of Play” me ha gustado, y me ha gustado “a pesar” de que es una película construida a base de tópicos. Un periodista de los de antes, vago, guarro y egocéntrico, pero con olfato e integridad para dar y repartir, coge una noticia que parece un simple homicidio callejero y la trabaja hasta que, gracias a su investigación, termina revelándose como una conspiración de altos vuelos que implica directamente al gobierno de los EEUU. Su mejor amigo, a quien conoció en la Universidad y que ahora es congresista, se encuentra en el ojo del huracán. Al final, el periodista tiene que elegir entre su integridad profesional y la lealtad a su amigo.

Vale, que levante la mano el que no haya visto como mínimo 27 películas con esa misma trama. Los que hayáis levantado la mano ya podéis bajarla, y a ver si vamos más al cine, que Bardem y Penélope Cruz tienen que amueblar el piso y la cosa está muy malita. En fin, el caso es que la historia en sí está más que vista. ¿Por qué, entonces, “State of Play” me ha gustado? Porque está bien hecha. Porque hay oficio y talento, y los actores (a pesar de que Ben Affleck baja el nivel) hacen la historia creíble, sus personajes interesantes, y mantienen la intriga viva con pequeños gestos, con detalles que ni siquiera se notan pero que son la diferencia entre un buen actor y un actor español medio.

Para mí, el cine debería ser esto: una historia bien contada, unos personajes bien interpretados y, como resultado, un par de horas “abducido” del mundo y metido en una vida que jamás uno podría soñar vivir. La originalidad de la historia no es la clave, ni mucho menos. La clave es que todo parezca real. Y que, por supuesto, no lo sea. Si además de eso el papel protagonista masculino se lo dan a Bruce Willis, y el femenino se pasa media película en la ducha, estaríamos, probablemente, rozando la perfección. Ahí queda la idea por si algún productor americano quiere cogerla. Yo renuncio a los derechos. O, mejor todavía, se los regalo a la SGAE para que puedan pagar el recibo de la luz, y repartir bocadillos a los maltratados artistas españoles. Con el talento que tienen.

El trailer en versión original y en español

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Una lección magistral

Una muerte en la familia
James Agee

395 pags.

Valoración:

Obra maestra. Eso es todo lo que hay que decir sobre la maravillosa “Una muerte en la familia” del, lo reconozco, para mí desconocido James Agee. Y me alegro de que fuera desconocido, porque eso quiere decir que todavía quedan obras extraordinarias que descubrir a pesar de las hordas de trilogías suecas e infantiloides conspiraciones templarias que asolan nuestras librerías desde que los gilipollas empezaron a definir el concepto de cultura. O sea, desde que, borrachos de democracia, elevamos a categoría de ley aquello de los 3000 millones de moscas y la mierda.

No seré yo quien pida la retirada de los suecos y sus trilogías (aunque yo soy más de suecas y bikinis, llamadme landista), pero debo reconocer que a veces la peste de tanto excremento mal llamado cultural hace que me cuestione si todavía existen las flores. Lo único bueno de todo esto es el alegrón que me llevo cuando descubro, como en esta ocasión, un floripondio del tamaño de un ropero empotrado que huele sencillamente a gloria.

Agee es un maestro de la observación, un titán de las minucias, un cíclope de los detalles. Y yo soy un hortera, es cierto, pero eso no importa ahora. “Una muerte en la familia” es la prueba de que no todo está perdido, de que incluso los horteras de bolera tenemos nuestro huequecito en este mundo, y de que la Literatura con mayúsculas sigue teniendo efectos terapéuticos en las mentes atormentadas. ¿Quién quiere opiáceos teniendo novelas como esta?

La historia, como ya anticiparán los lectores más veteranos de 1y1y1, no es lo más importante de este libro. La historia, de hecho, se puede contar en dos párrafos, y el título ya anticipa el 80% de lo que “pasa” en la obra. Los personajes, a título individual, tampoco son especialmente complejos ni admirables, pero vemos en ellos representadas a millones de personas, a culturas enteras, a miles de esos “ciudadanos anónimos” que cada día nos cruzamos por la calle (en este caso, de los que uno se cruzaba por la calle en 1915).

Si por mi fuera, esta obra sería de obligada lectura para todo aquel que esté pensando en escribir una novela. No para tomar ejemplo, sino para desistir. Porque después de leer “Una muerte en la familia”, cualquier intento de escribir algo medianamente bien escrito resultará por fuerza patético. Con esta medida se evitaría que todos los mindundis que planean escribir novelas “para contarle algo al mundo” cambiaran de opinión y se dedicaran al macramé. Yo ya tomé tan sabia decisión incluso antes de leer a Agee, y ahora no puedo sino felicitarme y darme abrazos por ello. Seguid mi ejemplo, mendrugos del mundo.

No tengo nada más que decir. Las obras maestras se leen o no se leen, pero intentar explicarlas es como intentar explicar la Teoría de la Relatividad (usaré aquí la anécdota que, según dice, protagonizó Einstein cuando un periodista -¡puag!- le pidió que se la explicara; Einstein le replicó, “¿podría usted explicar cómo se fríe un huevo?”, a lo que el periodista respondió que sí; entonces, Einstein le dijo, “pues explíquemelo, pero hágalo como si yo no supiera qué es un huevo, ni una sartén, ni el aceite, ni el fuego”). El único lunar de tan perfecta novela es el desesperante leísmo de la traductora, a quien en algunos momentos, lo reconozco, habría estrangulado con placer. Una pena, porque por lo demás la traducción es también magistral, y supongo que de mucho mérito por la complejidad de la obra. Pero una cosa no quita la otra.

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Tetris (meta)físico

Decoding the Universe
Charles Seife

285 pags.

Valoración:

Posiblemente hay un momento ideal para leer cada libro. Posiblemente si yo hubiera leído “El jugador” por primera vez con 40 años no me habría impresionado tanto como cuando lo leí con 13. Y posiblemente si hubiera leído por primera vez “Temerosa simetría” con 20 años no me habría impresionado tanto como cuando lo leí con 40. Si eso es así, entonces tengo que reconocer que este “Decoding the Universe” me ha llegado en el momento ideal. Porque me ha encantado. Más que eso. Me ha inundado. Me ha desbordado. Me ha puesto una tirita en el cerebro. Tal vez algo más que una tirita, aunque tampoco voy a decir que me ha arreglado la pedrada que tengo, porque eso ya lo he dado por imposible.

No intentaré contar aquí “de qué va” “Decoding the Universe” porque va de muchas cosas. Sí diré, para orientar a aquellos que puedan plantearse leerlo, que es un ensayo sobre la Teoría de la Información (incluyendo Información Cuántica) que plantea una posible vía, a través de ella, de “conectar” las hasta ahora disjuntas teorías de la Física Cuántica y de la Relatividad. El intento es, conceptualmente, brillante. La Física subatómica es, como ya he dicho alguna vez, música (sobre todo porque se describe a través de las matemáticas). Y siguiendo esa metáfora, este libro es una sinfonía de primer nivel. Es para cerrar los ojos y dejarse llevar. Claro, que si cierras los ojos no puedes leer el libro. Ahí la metáfora falla, tengo que reconocerlo.

Lo primero que tengo que hacer antes de ponerme con la crítica propiamente dicha es una bifurcación: quien no tenga una mínima idea sobre los fundamentos de la Física Cuántica y sobre la Teoría de la Relatividad, posiblemente no pueda disfrutar al máximo de este libro. Ojo: no quiero decir que no lo vaya a entender. De hecho, si algún “pero” le pongo a la obra es que a veces baja mucho el nivel para intentar llegar al público más garrafón. Por ejemplo, se tira un par de capítulos explicando conceptos de Termodinámica que yo diría que se enseñaban en BUP (o, como mucho, en 1º o 2º de carrera). Y la explicación del concepto de entropía parece hecho para imbéciles, si ya sabes qué es la entropía y de hecho, te has tirado bastantes noches de tu vida resolviendo problemas de termodinámica como es mi caso.

Pero, insisto, precisamente por ese tono “divulgativo” no hace falta ser un experto para entender las ideas principales del libro. O eso creo yo, aunque claro, sería mejor que lo confirmara alguien que realmente no supiera nada del tema antes de ponerse con “Decoding the Universe”. Lo que sí pongo en duda es que sin una base medianamente sólida de Física subatómica se pueda llegar a disfrutar al máximo de algunos de los momentos más brillantes del libro.

El otro ramal de la bifurcación en mi crítica es para aquellos que ya saben qué es la entropía, la superposición cuántica, por qué el espacio-tiempo es relativo, o en qué consiste el experimento Einstein-Podolsky-Rosen, por poner algunos ejemplos. Pues bien, los que vayan por ese ramal (y, claro está, no hayan leído mucho sobre la Teoría de la Información y su conexión con el “mundo físico”) se lo van a pasar mejor que viendo las nominaciones de Gran Hermano. Sí, lo sé, parece una exageración, pero confiad en mí.

Sin entrar en detalles, porque necesitaría varias páginas de blog para comentar la jugada y no es plan, sólo diré que después de leer este libro vuelvo a tener, después de muchos años, una teoría. Vuelvo a conectar muchas de las cosas que tenía dispersas en la cabeza y que ya empezaba a pensar que jamás podría poner juntas. Vuelvo a tener una idea más o menos coherente del Universo, de todo, en la cabeza. Vuelvo a tener ganas de pulir detalles, de considerar posibilidades, de ponerlas a prueba, de entender consecuencias. Y, como consecuencia, mi capacidad para aguantar gilipolleces ha disminuido (más). Así que si alguien me dice una chorrada en las próximas semanas, igual se lleva un bufido. Avisados quedáis.

Una última advertencia: las ideas que propone el libro, y también la teoría que empiezo a vislumbrar ayudado por la tirita que me ha puesto en la pedrada, no son precisamente optimistas. Quien busque en “Decoding the Universe” una confirmación a su hipótesis de que es superespecial, que el Universo está lleno de energía positiva, y que al ser Sagitario su próxima reencarnación será en princesa, será mejor que no se líe y se lea mejor la trilogía del sueco ese que está tan de moda y de quien nadie se acordará dentro de 10 años (no digo 5 porque la gente lee muy despacio, y algunos tardarán un par de lustros en terminarse los tochos). La Teoría de la Información, la Física Cuántica, y la Teoría de la Relatividad, todas ellas apuntan en la misma dirección. Y no es la de que, a pesar de lo que se crean sus padres, hay niños especiales. Ni adultos. Ni nada.

Pero ahora que tanta gente se apunta a la gilipollez de “salvar” el planeta (como si fuera posible parar la flecha del tiempo y saltarse la 2ª Ley de Termodinámica), ahora que el mundo es más infantil que nunca y que la cultura se ha reducido a la música y el cine, y que Amenábar parece haberse convertido en el líder intelectual de Occidente, leer “Decoding the Universe” es como un agarrarse a un flotador en mitad del mar. Sólo hay un efecto negativo: con libros como este, cada vez me va a apetecer menos quedar con gente. Bueno, tampoco sé yo si eso es un efecto negativo…

PS: Para los que hayáis leído Cero, que sepáis que “Decoding the Universe” es del mismo autor.

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Escribiendo con un bisturí

La carretera
Cormac McCarthy

210 pags.

Valoración:   

Coetzee, en su discurso de recogida del Premio Nobel, contó que cuando era un niño se leyó Robinson Crusoe y que, cuando terminó de leerlo, se quedó mirando la portada del libro y se preguntó: ¿quién será ese tal Daniel Dafoe? Esa situación (a ser posible con la pregunta realizada por un lector adulto, que es menos ingenuo) es probablemente el sueño perfecto de cualquiera que aspire a ser un gran escritor. Si uno es capaz de contar una historia de manera que el lector nunca se dé cuenta de que hay un “intermediario” que la está contando, entonces es que la historia está contada perfectamente. Si al final del libro el lector no piensa “qué bien escribe este autor” sino “qué buena es esta novela”, entonces el autor ha sabido cumplir con su oficio.

Esa modesta aspiración es, por supuesto, dificilísima de alcanzar. Y si el autor en cuestión tiene, además, un estilo muy marcado y personal, entonces el reto es doble. Hay muchos buenos escritores (grandes escritores incluso) que, al menos en mi caso, no lo han conseguido. Gabriel García Márquez es uno de ellos. Cien años de soledad es una excelente muestra de su talento como escritor, pero cuando me la leí no fui capaz de pasar 2 páginas seguidas sin pensar “qué bien escribe este tío”. Y eso no es un halago para un escritor: es un problema. El lector nota que el escritor está ahí, que la historia no existe “por sí misma”, sino que el autor “nos la está contando”. Abilio Estévez fue otro de los autores que me impresionaron tanto con su estilo que fui incapaz de meterme dentro de la historia.

Cormac McCarthy es un escritor único. Sin duda, uno de los mejores autores contemporáneos, y “Todos los hermosos caballos” ha sido una de las mejores novelas que yo he leído jamás. Perfecta en todos los aspectos, tono, estilo, ritmo, historia, personajes, mesura… es una obra de Arte (sí, con mayúsculas). Y me la leí tan metido en la historia, que en algunos momentos estuve al borde del síndrome de Stendhal. Gracias a que McCarthy, a pesar de su autoridad y peso estilístico, supo “ponerme” la historia delante, no “contármela”. Sutil y crítico matiz.

Lo mismo pasa con “La carretera”, con el mérito añadido de que aquí el estilo de McCarthy se hace todavía más raro. Frío, distante, cruel, impersonal unas veces y casi lírico otras, siempre aséptico y cortante como un bisturí. Es difícil tener un bisturí delante de los ojos y no notarlo. Y, sin embargo, no se nota. De nuevo McCarthy escribe lo que tiene que escribir, tiene un sentido del ritmo y los efectos emocionales que yo no he visto en ningún otro autor. Leer sus novelas es como leer música, aunque la música sea en este caso un requiem, que no por triste y desolado deja de ser precioso.

Y, sin embargo, no le doy 5 estrellitas (como hice con “Todos los hermosos caballos”). La diferencia es que la historia que se nos cuenta en “La carretera” no me ha parecido tan interesante. Los personajes tampoco. Vivimos unos tiempos en los que nos gusta sentir el vértigo de la autodestrucción, y supongo que eso ha hecho que esta novela haya sido calificada de obra maestra por muchos críticos. Desde luego, yo no he visto mejor descripción de lo que podría ser un invierno nuclear que “La carretera”, pero ya digo que el tema me interesa poco. Tampoco suelen atraerme los personajes infantiles. Yo creo que los niños, más que inocentes y tiernos, son simplemente ignorantes y egoístas (y me incluyo yo mismo cuando era un niño), y en general me molesta que haya niños en las obras de ficción (y en muchas obras de la realidad).

Ya he dicho muchas veces que la historia es lo menos importante de una novela, pero al menos una estrellita tiene que valer. Porque tengo que reservar las 5 estrellas para las novelas en las que McCarthy, además de hacer Arte con su manera de usar las palabras, me cuente también cosas que me interesen, o me muestre personajes que me atraigan. Aunque seamos sinceros: aunque McCarthy sólo escribiera las advertencias de seguridad del metro, yo cogería la línea circular y me quedaría a vivir allí.

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El fútbol es así

La pelota no entra por azar
Ferrán Soriano

281 pags.

Valoración:   

Antes de empezar a escribir sobre este libro, aclararé 3 cosas: primera, que me gusta el fútbol y soy del Barcelona; segunda, que conozco al autor y, me atrevería a decir, somos amiguetes; y tercera, que hay una pequeña parte del libro que está “inspirada” en una metáfora mía sobre el mundo de la empresa (sobre la innovación en concreto), cosa que, por supuesto, me encanta.

De estas 3 cosas, la que sin duda ha afectado más a mi valoración general ha sido la primera. Porque desde luego si no te gusta el fútbol, este libro te parecerá simplemente interesante. Por el contrario, si te gusta el fútbol te enganchará. Y si además eres del Barça, entonces te lo leerás con auténtica pasión. Aunque también es cierto que tampoco es este un libro sobre fútbol, en el sentido de que no debate sobre si el 4-4-2 es mejor que el 4-3-3, o si el doble pivote con carrileros derrota al tridente con puntilla. En realidad es un libro sobre fútbol que, justamente, intenta desmitificar el fútbol. El título es toda una declaración de intenciones: el fútbol, nos dice Ferrán, es como cualquier otra cosa de la vida. Y, como cualquier otra cosa de la vida, tiene sus peculiaridades, que no son ni mejores ni peores, ni más difíciles ni más fáciles. Sólo hay que conocerlas y, una vez conocidas, aplicar el sentido común consecuentemente.

Hay una frase que recoge muy bien la lección que nos enseña este libro:

Entender la lógica de una industria o cualquier otra actividad humana es imprescindible para participar en ella con un mínimo de éxito. Pero si lo que quieres es liderar y ganar, ir por delante de los competidores, hará falta reinterpretar la lógica existente en el momento, ser capaz de hallar una nueva comprensión.

Esa máxima, que como digo es la línea maestra del libro, queda ilustrada a lo largo de la obra con el ejemplo, a modo de “caso práctico” (narrado además en primera persona, puesto que Ferrán lo vivió desde dentro y fue pieza clave en su desarrollo) con la evolución del F.C. Barcelona desde que tomó las riendas del club la junta directiva presidida por Joan Laporta. Porque lo que hizo esa junta fue precisamente lo que postula el principio anterior: buscar una nueva lógica para llevar un club que estaba en “quiebra técnica deportiva” en 2003 a alcanzar los mayores éxitos conocidos en sus más de 100 años de historia. De hecho, esos resultados son los que parecen confirmar que fueron capaces de encontrar esa nueva lógica.

“La pelota no entra por azar” nos enseña cómo se aplicaron al mundo del fútbol algunos principios de excelencia en la gestión de empresas, y nos enseña principios del fútbol que se pueden aplicar a la gestión de las empresas, desde cómo configurar un equipo ganador hasta cómo mejorar las técnicas de negociación. Pero, sobre todo, nos cuenta cómo se consiguió el “milagro blaugrana” de los últimos años. Y nos lo cuenta aderezado con múltiples y jugosas anécdotas que a cualquier aficionado al fútbol le encantará leer. Si además se aprende algo para la vida “fuera del fútbol”, miel sobre hojuelas.

Vuelvo al principio para insistir en que este libro es, ante todo, un libro para futboleros. El “caso de estudio” desde un punto de vista estrictamente empresarial es un caso más, espectacular desde luego, pero ni más ni menos interesante que, por ejemplo, el relanzamiento de Olay por parte de Procter&Gamble. Pero las interioridades que se aprenden sobre cómo funciona el mundo del fútbol, y sobre cómo el Barça consiguió reinventarse a sí mismo en ese peculiar (y, sin embargo, abordable) mundo, justifican de sobra la lectura de este libro.

Como curiosidad, el sistema de edición del libro permite personalizarlo, incluyendo una dedicatoria en la portada, un prólogo, y algunos “guiños” con el nombre del lector dentro del contenido del libro. Para saber más sobre esto, lo mejor es ir a la web del propio libro: www.lapelotanoentraporazar.com.

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