Archive for the 'Música' Category

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De la letra al hecho hay un gran trecho

Our Bright Future
Tracy Chapman

Valoración:

Muchas veces he abierto el apasionante debate de hasta qué punto la letra es una parte importante de una canción. Debate que nunca se ha llegado a consumar porque tengo cerrados los comentarios en 1y1y1 para evitar, precisamente, que se abran debates. Se me importa un pito lo que opine la gente de lo que digo, el que quiera opinar que se abra un blog y que me dé la dirección para asegurarme de que no lo visito jamás. Anda que estamos para perder el tiempo. En 1y1y1 estamos todos liadísimos, cual regional vicepresident de EMEA.

Pues precisamente hoy vuelvo a ese debate, que mantendré en solitario, porque Tracy Chapman es sin duda una de las grandes letristas de los últimos tiempos. Su Fast Car fue una lección magistral de cómo contar en 4 estrofas la historia que muchos novelistas han sido incapaces de contar durante décadas en 300 páginas. La historia de los perdedores de nacimiento. La historia de la vida del 90% de los seres humanos. La historia que justifica que uno no piense mucho en el sentido de la vida, sobre todo si tiene una pistola cerca y está solo.

En este Our Bright Future Tracy Chapman vuelve a demostrar su don para con las letras. Ese “I Did It All” es un muy buen ejemplo. Es como “El ocaso de los dioses” pero, de nuevo, concentrado en 4 estrofas y con un estribillo pegadizo. Tampoco está mal “Sing for you”, que no llega a concretarse en una historia de verdad pero que da algunas pinceladas maestras que se quedan tristemente en un esbozo.

Pero, una vez más, la letra no es suficiente. Lo siento mucho por los que cantan para “transmitir un mensaje” o para “mostrarnos sus sentimientos”, pero la música es, por encima de todo, música. Una nota más o menos, media octava más o menos, una décima de segundo más o menos, es la diferencia entre la genialidad y una buena canción sin más. ¿La letra no importa entonces? En absoluto. Pero no es suficiente. No puede serlo. Nunca lo ha sido.

Tracy Chapman nos demuestra, una vez más, que es una letrista espectacular. Y gracias a eso nosotros podemos confirmar, una vez más, que la música es mucho más. O, mejor dicho, mucho menos. La música es música. El que no entienda qué quiero decir con eso hará bien en dedicarse a la poesía. O a escribir libros sobre estrategia digital en el mundo de las redes sociales. A lo que sea. Pero, por favor, que no grabe un disco. Que luego todos tenemos que pagarle derechos de autor aunque no lo escuchemos, a través del canon. Y mira, a mí me la pela que la gente quiera cantar. Pero que me cobren por hacerlo, llámame capitalista odioso, creo que debería ser algo voluntario. Y ahora, que la Ministra de Igualdada ma condena pora intolerenta a ma meta ena la cárcela.

Las dos mejores canciones del disco: “I did it all” y “Sing for you”

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El Prince de Dakota del Sur

Lie Down In The Light
Bonnie “Prince” Billy

Valoración:

La música folk nunca ha sido una de mis debilidades, la verdad, pero como de vez en cuando he encontrado cosas interesantes, pues nunca termino de borrarla de mi lista. Dicho esto, no sé si este Bonnie “Prince” Billy podría ser clasificado como un músico folk. Yo es que soy bastante simple, y en cuanto oigo un violín y palmas ya le pongo la etiqueta. Aquí palmas hay pocas, ciertamente, pero a cambio hay un montón de violín, así que lo convalidamos.

Mi principal problema con la música folk es que me resulta cansina. Me parecen todas las canciones iguales, variantes mínimas de un patrón que se respeta a rajatabla no sea que los antepasados salgan de sus tumbas a darte con la botella de anís por haberte saltado un compás. Y claro, tanto purismo le quita frescura a la obra a partir de la segunda canción. Aunque, vamos a ver, que nadie se imagine a Bonnie “Prince” Billy vestido de jotero y con una bandurria, que tampoco es para tanto. Más variedad que en un recital de jotas sí hay, pero no la suficiente.

Por otra parte, este folk en concreto, que a mí suena a pueblo del Oeste con matojos arrastrados por el viento en la calle principal, tipo Dakota del Sur, pues este folk no es especialmente alegre que digamos. Claro, viendo matojos rodar frente al saloon tampoco se te va a ocurrir componer un rock and roll, pero hombre, un poquito de fiesta, que entre matojo y matojo alguna alegría te dará la vida, ¿no? Pues debe de ser que no. En Dakota del Sur la vida tiene pinta de ser perra hasta más allá del rabo.

Resumiendo (y acabando): que como curiosidad antropológica, pues supongo que este disco tendrá su valor, como lo tienen los restos de hachas de sílex de Atapuerca. Pero para ponerlo en casa y darle al cerebro su merecido descanso del mundo real, no es aconsejable. Salvo para que el cerebro se dé cuenta de que, comparado con Dakota del Sur, el mundo real es la risión permanente. Que, oye, también tiene su efecto terapéutico.

Una muestra del paño

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Se me pasa la vida en un DeLorean

Every second counts
Plain White T’s

Valoración:

Tanto hablar de si algún día llegaremos a descubrir los viajes en el tiempo, y al final va a resultar que ya están descubiertos y no nos hemos dado cuenta. Yo, sin ir más lejos, he viajado en el tiempo varias veces en las últimas semanas y aquí estoy, sin efectos secundarios. Aparentemente. Tengo un proyecto en el curro que es exactamente igual a lo que hacía hace 10 años, y que yo pensaba que ya nadie hacía porque ya se lo sabía todo el mundo, pero mira, no. Y hoy la selección ha palmado con Suiza cuando aquí ya estábamos encargando en el Ikea una vitrina para poner la copa del Mundial, igual que nos pasó hace 4 años. Y 8. Y 12. Y, por último, estos días he estado escuchando este disco de los Plain White T’s que bien podría haber sido grabado en 1.980 y que bien podría haber escuchado yo jugando al futbolín en las pirolas de COU.

¿Es eso un problema? En absoluto. Soy un firme defensor de la escuela clásica de todo. En general, creo que ningún aporte cultural de los últimos 20 años ha merecido la pena. Digamos 40. Digamos 60. Vamos, que nadie de mi generación ni de las siguientes ha justificado todavía su existencia en términos de construcción de sustrato cultural para la especie. No me vale Michael Jackson porque era mayor que yo. Y Bruce Willis otro tanto.

Y precisamente porque creo que los intentos de aportar algo nuevo en los últimos 20 años (digamos 40, digamos etc. etc.) han sido en general un sonoro fracaso, amén de un ejercicio de vanidad y petulancia, me parece fenomenal que agachemos las orejas, reconozcamos que los tiempos que nos ha tocado vivir nos han vuelto cómodos y huecos, y que nos limitemos a intentar copiar lo que ya hicieron otros, a poder ser sin agredir mucho la esencia de sus obras.

Lo malo, como ya he dicho muchas veces, no es copiar. Es copiar mal. Porque eso ya es ser imbécil. Estos Plain White T’s son, en general, malos copistas. En su descargo hay que admitir que la frescura tirando a ingenuidad que transmitió en su día el pop inglés es difícil de copiar, porque la frescura requiere un toque de originalidad para resultar creíble, y hay que ser muy bueno para parecer original cuando uno copia. No sé si me explico. O no sé si me estoy liando. El caso es que no. A lo que sea. No. Hubo una época de mi vida en la que cada vez que alguien me pillaba ensimismado y me sacaba de golpe de mi ensimismamiento la primera palabra que decía, involuntariamente y sin saber todavía qué estaba pasando era: “no”. Pero trabajé muy duro con un psiquiatra y aquí estoy. Ahora sí que me he liado.

Hala, vamos terminando. Que no. Que los Plain White T’s no dan la talla. Que su copia no se parece al original, que lo recuerda remotamente pero sólo para poner en evidencia la enorme diferencia que hay entre una y otro. Así pues, le doy 1 estrella. ¿Que por qué aparecen entonces 3 estrellas arriba? Porque en el disco se les coló una preciosidad de canción que se llama “Hey There Delylah” (ver el vídeo del final del artículo) y esa canción solita se lleva 2 estrellas. Bueno, y alguna más. “Hate (I Really Don’t Like You)” también entra bien. O “Let Me Take You There“. Y es que, para qué vamos a engañarnos, a mí me pones un par de guitarras que suenen limpias, un bajo y un bateas, y ya tienes 3 estrellas sólo por venir. Pasen al fondo.

Pero, en general, es el tipo de disco que te lo pones en el DeLorean cuando sales de viaje al pasado, y al final no sabes si has viajado o no. Es un peligro. Y por eso la DGT lo prohibirá próximamente, por nuestra seguridad, y por la suya. Por su seguridad de que nos trincará 300 euros. Avisados quedáis.

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La droja es nuestra amija

Mis rumbas
El Pelos

Valoración:

En este blog hay mucho racista. Sí, sí, ahora no os pongáis a mirar para otro lado. Y lo sé porque estoy seguro de que en estos momentos muchos de vosotros estáis pensando: “¿qué le ha pasado a este, que mete en la sección de Música una crítica de un disco de rumbas gitanas?”. ¡Ajá! Ahí os he pillado. ¿Qué pasa, que los rumberos no tienen derechos a estar en la sección de Música? ¿Es que los gitanos que cantan a los estupefacientes sólo pueden salir en el blog en la sección de Desvaríos? No, amigos. Estáis muy equivocados. No seré yo quien relegue a El Pelos y sus colegas a una sección marginal. Si Paul Simon ha tenido su momento de gloria en 1y1y1, la rumba catalana gitaneira también tendrá aquí su merecido reconocimiento.

El Pelos no necesita presentación. O, si la necesita, no seré yo quien se la haga, no sea que lo presente mal y vuelva del Más Allá para darme una mano de hostias. El Pelos no se andaba con chiquitas. El Pelos era una fuerza de la Naturaleza. Una fuerza desatada, a pesar de los múltiples intentos por atarlo que hicieron los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado, como el mismo Pelos se encarga de relatarnos en sus profundas y desgarradas letras. Veamos un ejemplo extraído del hit de este álbum que hoy revisamos en 1y1y1:

La grifa es una cosa que te pone ciego, te ve la pestañí, te lleva p´al talego

Ahí está, como siempre, la mirada crítica de El Pelos, ese ojo escrutador que analiza los conflictos sociales y les pone fondo de guitarreo y palmas para ponernos la piel de gallina, como si estuviera pasándonos una navaja por la espalda. Que igual nos la está pasando, cuidado, que El Pelos no está para tonterías.

“Mis rumbas” rebosa sensibilidad y conocimiento del alma humana. Sobre todo del alma quinqui, que también es humana, por supuesto, que yo tengo muchos amigos quinquis, y quincas, por si alguien lo dudaba. Viva Bibiana Aído. Viva la diversidad. Vivan todas las razas, menos la blanca, que somos todos despreciables. Sobre todo los hombres, que no pensamos en otra cosa. Qué asco, de verdad, quién pudiera ser mujer cobriza y tener sólo sentimientos nobles. Menos mal que en el mundo existe El Pelos para hacernos sentir esas cosas a las que sólo los espíritus más elevados pueden acceder. Veamos otro ejemplo:

Siempre metido entre prostitutas, entre chorizos y maricones, me he convertido en un bala perdida en este mundo de drogadicciones

¡Ah, Dostoievski, qué pena que no coincidieras con El Pelos en esta abstracción intangible de espacio y tiempo a la que llamamos Universo! Bueno, Universo la llamamos nosotros, El Pelos la llamaría puta mierda de vida, pero es que El Pelos tenía un don para la poesía.

En fin, uno podría estar escuchando a El Pelos toda la vida, y después necesitaría otra para poder entender en todas sus dimensiones las auténticas cargas de profundidad morales que este trovador de los narcóticos dejó para la posteridad. No descarto abandonar la Física Subatómica para dedicarme en cuerpo y alma al estudio de la obra de El Pelos. Obra extensa, en cualquier caso, en la que encontramos tanto piezas en solitario como colaboraciones con los más prestigiosos opiófilos del planeta. Ahí están, por poner un par de ejemplos, el disco de El Pelos con Los Marus, editado en lujosa edición de casete de gasolinera, o la delicatessen titulada “Er Vaquilla con Er Pelos” que estos dos fenómenos del cannabis se grabaron mano a mano. Si llega a entrar en esa grabación la DEA, se hacen los objetivos de todo el año en 10 minutos. Y es que en tan brillante trayectoria sólo echaríamos de menos, a parte de un bote de Pantene, un disco a medias con Los Tanos Rumberos, pero ya habría sido demasiado.

Siempre recordaremos a El Pelos, porque somos gente agradecida, como el propio Pelos lo era. Y si no, a los hechos me repito:

Dame chocolate que me ponga bien
Que cuando yo te vea me acordaré

En fin, cuesta terminar una crónica que, como esta, es auténtico alimento para el espíritu, sobre todo para el espíritu aficionado a las adormideras. Pero en algún momento hay que parar. O no. El propio Pelos nos advierte de que hay cosas que el ser humano no debe abandonar en ningún momento, puesto que son el alfa y el omega de nuestra existencia en este valle de lágrimas. Así que, para terminar, aquí va una última inyección de desconstrucción ontológica por cortesía de El Pelos. A ver quién no siente un escalofrío en la rabadilla cuando escucha estas sabias palabras:

A mí me gusta, me gusta beber,
a mí me gusta, me gusta fumar,
a mí me gusta la mujer
que me da mucho placer

Un par de las obras maestras que han glosado la crónica de hoy
“La grifa”, una oda a la libertad y al tráfico de drogas, pero no por vicio sino por convicción

“Señor juez”, un agudo análisis del sistema judicial y su imbricación en el destino de las personas humanas

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Este año no, pero vuelve

Wider
Tender Forever

Valoración:

Cuando yo entrenaba a baloncesto, todos los veranos hacíamos los que llegaron a convertirse en famosos trials del barrio. Allí acudían todos los desarrapados de la margen izquierda que no iban a colegios de curas, ni tenían pasta para hacerse socios de Helios, pero que querían jugar a baloncesto en la liga federada y tener una camiseta con un número en la espalda (que no fuera el de la cárcel). En aquellos trials uno veía de todo. Mucho leño, desde luego, pero también mucho talento, mucho diamante en bruto, chavales que tenían un don natural para el basket pero que nunca había hecho una zona 2-3 ni sabían lo que era un pick and roll (o, los que decían que lo sabían, se ponían a bailarlo).

Esta Tender Forever me ha recordado a esos chavales, pero en fino y blandengue. Que también los había: tíos que se habían pasado horas muertas haciendo filigranas con un balón y con los que alucinabas viendo cómo manejaban la bola, pero que después se metían a coger un rebote y salían de la zona con los dientes ordenados por orden alfabético. Pues, digo, esta Tender Forever es una de esos. Hay un par de canciones que dicen algo, que, mientras las escuchas, dicen “¡eh, fíjate en mí!”, como cuando veías en los trials a uno que de repente te llamaba la atención y levantabas la cabeza del cuaderno y lo mirabas un par de jugadas, a ver si había sido casualidad o si realmente ahí había algo.

Con Tender Forever todavía no tengo claro que haya algo. He levantado la cabeza cuando he escuchado esas 2 canciones, pero no ha habido continuidad. Puede haber sido pura suerte, o puede que todavía esté verde y cuando aprenda a explotar esos destellos de talento, educarlos, y darles consistencia, termine siendo alguien que merezca la pena en esto de la música. Pero, mientras tanto, la mando a casa. Este año no jugarás en el equipo, Tender Forever, pero me gustaría volver a verte jugar dentro de un tiempo. No te creas que sólo porque metes las triples como churros y porque en tu bloque eres el puto amo jugando a baloncesto vas a ser alguien en un equipo de verdad. Esto es la Liga, amiguita. Aquí hay que demostrar algo más, y hay que demostrarlo todas las semanas. No es que esto sea como “Fama”. Es mucho más duro. Porque es real.

Una de las dos canciones que me han hecho levantar la cabeza del cuaderno

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Un disco de los de antes

Soldier of Love
Sade

Valoración:

¡Ah, los años dorados de la música! Aquellos años en los que escuchabas una canción molona por la radio, ibas corriendo a Linacero a comprarte el disco, te clavaban el equivalente a medio sueldo mínimo interprofesional, y cuando llegabas a casa descubrías que la única canción buena del disco era precisamente la que habías escuchado en la radio. De aquellos polvos, queridas discográficas, estos lodos. Anda que no tenía yo ganas de veros llorando por las esquinas, aunque sea un llanto medio fingido.

Yo pensaba que con la llegada de Internet, la posibilidad de distribuir canciones individuales, el iTunes, y toda esa mandanga, las discográficas ya habrían aprendido que no es necesario obligar al audiófilo a comprar música al peso, envasada siempre en paquetes de unas 10-12 canciones independientemente del talento musical del artista o del momento creativo que esté atravesando. Pero no. Y aquí llega Sade para demostrarlo.

Este es un disco de los de antes, en el peor sentido de la expresión. De las 10 canciones hay 2 (3 estirándolo mucho) francamente buenas, 5 o 6 dignas, y otras 2 o 3 muy flojas. Todas tienen el “toque Sade” (buen gusto, sin estridencias, ritmos fáciles, voz elegante), pero en general todas parecen la misma canción con variaciones en los arreglos y el tempo. Una cantante inteligente con una discográfica medianamente avariciosa (sólo digo medianamente, porque soy consciente de que vivimos en el mundo que vivimos) habría publicado esas 2 o 3 canciones en el iTunes, y habría esperado a que la cantante hubiera recuperado la inspiración para sacar otras 2 o 3, y así hasta que dentro de un par de años hubiera material de calidad para sacar un disco.

Pero, ¿para qué esperar, cuando se le puede colocar ya un disco a todos los fans que no tienen reproductores de mp3? Que paguen, que para eso están ahí. Pues nada, vosotros seguid sacando discos como este, y luego quejaos de que la gente no los compra. Y, entre queja y queja, sacad una calculadora y mirad a cuánto le sale al comprador cada canción realmente buena que le vendéis. En este caso, yo diría que unos 10 euros. Un poquito exagerado, ¿no? Digo yo. Pues eso.

El vídeo de una de las canciones buenas. Deliciosa, sí, estilazo, sí. Pero no como para cobrar 10 euros por cada copia, lo siento.

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Yo ya lo dije

Worrisome Heart
Melody Gardot


Valoración:

A mí el jazz me encanta, ya lo he dicho muchas veces. También he dicho muchas veces que el jazz me parece una patraña inventada por vagos y maleantes que en lugar de aprenderse 4 acordes como Dios manda prefieren no ensayar y quedar directamente en el garito donde tocan para no perder el tiempo. Y es que esa es la grandeza del jazz, amigos míos: es un terreno musical tan amplio que uno puede meter ahí cualquier cosa que no enlace el Do-Lam-Fa-Sol, o al menos que no los enlace por ese orden, o que los enlace por ese orden pero todos en 7ª, o 9ª, o 11ª, si es es que eso existe y alguien tiene tantos dedos. El caso es hacer algo que no permita que la audiencia lleve el ritmo con el pie. Si uno ve que alguien en la sala da tres pisadas seguidas y las encaja en lo que estamos tocando, hay que cambiar rápido y meter un acorde que no se espera. Desconcierto, factor sorpresa. Eso es el jazz. O no.

Dentro de tan amplia descripción, que además no se define por acción sino por omisión, lo que la hace en teoría infinita si nos atenemos a la Teoría de Conjuntos de Max “La ecuación” Gutiérrez, delantero centro de los Chivas durante 4 temporadas antes de retirarse como camillero en el Racing de Avellaneda, pues digo que dentro de tan amplia descripción puede entrar también Melody Gardot con su exquisita voz, su exquisito sentido musical, y su exquisito gusto. No sólo puede entrar ahí: por mí, puede quedarse a vivir para siempre. Si en el jazz no la dejan, ya le pongo yo una cama supletoria en casa. Porque Melody Gardot es una de esas cantantes que te pones a escuchar a las 2 de la noche y cuando te das cuenta son las 5, de 14 años después. Uno no quiere escuchar la música de Melody Gardot: quiere ponerle un piso. De ahí mi referencia de antes.

La fórmula no es, por supuesto, original, y ese es el primer paso que uno debe dar para ser grande. La Historia de la Música está llena de tías que cantan medio susurrando acompañadas de una colla de músicos de jazz que acarician sus instrumentos (no pensar mal, so guarros) para conseguir un resultado final pseudonarcótico, como una especie de música de fondo para cualquier escena trascendental de nuestra vida a la que quisiéramos quitarle dramatismo, pero de la que al mismo tiempo sabemos que saldremos transformados. Pero una cosa es que ya lo hayan intentado muchas, y otra muy diferente que lo hayan conseguido. A mí, ya lo he dicho en alguna ocasión, Madeleine Peyroux me tiene encadenado, puede perdirme lo que quiera salvo que vaya a una reunión de más de 2 horas, a menos que la reunión sea con ella.

Total, que cuando uno escucha a Melody Gardot no da un salto de la silla gritando “Dios, qué es esto, de dónde ha salido este pedacho de música sideral”, pero a los pocos minutos nota los efectos beneficiosos del buen hacer de Melody y sus muchachos y se pregunta “¿quién es esta tipa que suena?”, y no mucho después uno ya está anotando los títulos de algunas de las canciones, buscándolas en YouTube y guardando la búsqueda en Spotify. En el mío ya está guardada para siempre. Como muchas de las canciones de este “Worrisome Heart” que han hecho que durante unos días la vida duela un poco menos. Melody Gardot es una tirita con pomada. Es un algodón con agua fresca aplicado directamente al cerebro. Melody Gardot: gracias por cantar.

Algunas muestras del disco; cuidado si estás en un sitio público, la gente podría verte llorar

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Sarna con gusto no pica; sin gusto, sí

Misery
Laïka Fatien


Valoración:

Ya he dicho muchas veces que no entiendo el Jazz. Sí, vale, seré un tío musicalmente simple, un hombre Hacendado, si me apuras un hombre Deliplus, pero a mí me sacas del Do-Lam-Fa-Sol y me hago un lío. Si además de sacarme de mi casita de 4 acordes me llevas al Polo Norte musical, un sitio de indiscutible belleza pero con un clima perruno y noches de 6 meses, pues entonces apaga y vámonos.

En el fondo, y si yo me creyera un tipo superespecial, que no me lo creo, por supuesto, no es falsa modestia, aunque, reconozcámoslo, hay que ser muy superespecial para decir que uno no es superespecial, pero no seré yo quien lo diga, aunque si lo decís vosotros, pues venga, vale, pues igual sí, pero sólo porque vosotros lo decís, pues digo, en el fondo, creo que yo soy el único que ha conseguido desenmascarar a los farsantes del Jazz. Estos tíos no saben tocar. No digo todos, digo estos en concreto. Los de Laïka Fatien. Me recuerdan aquellos lejanos tiempos de 6º de carrera, cuando recorríamos los bares de Leon XIII y Francisco de Vitoria entonando el “ingenieros industriales, los mejores sementales”, que la gente que nos oía salía corriendo, y nosotros pensábamos “¿qué les pasa a estos?, con lo bien que cantamos”, y no, no era que nosotros cantáramos bien, era que íbamos más cocidos que un langostino en Navidad, y todo nos parecía armonía y buen gusto.

Pues lo del Jazz es igual. Los que tocan se miran unos a otros pensando “lo estamos petando”, y no, no lo estáis petando, o sí, quiero decir, igual me estáis petando las neuronas, pero no las del buen gusto, sino las mismas que se activan cuando alguien pasaba una uña por la pizarra, dios, qué grima, qué dentera, pues eso, esas mismas neuronas son las que se activan al escucharos, aunque vosotros penséis que sois unos putos genios y que estáis deconstruyendo la música como Ferrán Adriá deconstruyó el pollo al chilindrón, que, por cierto, otro farsante de talla XXL, pero ese es otro tema, porque ahora resulta que la gastronomía es cultura, toma castaña, y no lo digo en el sentido literal, porque en el sentido literal igual el Adriá la toma y la deconstruye, y a mí me gustan las castañas de toda la vida, especialmente los purgazos, pero no desconstruidos sino como se han hecho toda la puta vida, cocidos, con agua y sal y un poco de aguante para no quemarte los dedos al pelarlos. Pero no. Times are a-changing.

Total, que para el que entienda esto del Jazz y la deconstrucción del pollo al chilindrón, pues igual Laïka Fatien es una diosa de ébano, o de marfil, o de alpaca, que no digo yo que no porque no la he visto de cuerpo entero, y mucho menos desnuda, pero por lo que he podido escuchar en este “Misery” me temo que nunca llegaremos a semejantes intimidades, eso, claro está, en el caso de que ver desnuda a otra persona sea una intimidad, que esa es otra, le puedes contar a alguien que estás pensando en divorciarte de tu marido pero no le puedes enseñar una teta, a mí esto me lo tendrá que explicar alguien, pero otro día, que hoy no tengo ganas.

Termino con un mensaje personal para mi gran amigo el Padre Joe: que sí, que vale, que el Jazz es maravilloso, y que después de haberte visto tocar la guitarra durante décadas tengo que reconocer que sí tú dices que es una maravilla pues yo me lo creo, porque tú tocas la guitarra como dios, o como San Pedro como mínimo, y yo sólo sé rumbear un poco con los acordes que aprendí del Chaquetón, pero esto, como digo en el título de esta crónica, es como la sarna. Los seguidores del Jazz sois un poco sarnosos, en el sentido metafórico de la palabra. Ya os va bien que pique. La incomodidad del picor forma parte del rollo jazzero. Pero es que yo soy de sufrir poco. Más bien nada. Y cuando algo me pica, le echo Diprogenta y a correr. Llamadame tosco. O, mejor: llamadme superespecial. Pero sólo si realmente lo pensáis. Aduladores, que sois unos aduladores.

Una muestra del percal

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Lo llamaban Bodhi hasta que enloqueció

Smile
Brian Wilson


Valoración:

Decían Les Luthiers, citando a un famoso poeta, tal vez amigo de Mastropiero: “Hoy he visto claramente al dragón cabalgando por encima de las nubes… Debería beber menos”. Brian Wilson fue un Beach Boy que también, en algún momento de su vida, empezó a ver claramente al dragón cabalgando por encima de las nubes, pero no hizo la sabia reflexión que sí supo hacer el poeta lutheriense. No sólo no empezó a beber menos, sino que no descarto que empezara a mezclar. Con garrafón. Y Casera Cola. Malamente.

Mi problema con Wilson tal vez venga ya de su época en los Beach Boys, a quienes yo tenía por unos tíos simplones que hacían música playera, pero que al parecer fueron para la crítica especializada una especie de The Beatles con chanclas. Que si revolucionaron la música, que si experimentaron con sonidos nuevos, que si la tabla de surf era una tapadera para un plan mundial de refundación del pop americano… Pues vale, pues me alegro, pero a mí lo que me gustaba de los Beach Boys era que su música me recordaba a “Lo llamaban Bodhi”, película mítica donde las haya de la que yo me imaginaba protagonista en cuanto pisaba una playa llena de extranjeras.

Con esa divergencia básica sobre los orígenes de Wilson y sus colegas, no es de extrañar que ahora vuelva a diverger con esa misma crítica especializada que ha acogido con vítores y reverencias este nuevo disco, y que ve en él un paso más en esa supuesta trayectoria magistral de este antiguo chico de la playa. Yo no veo todo eso, huelga decirlo, aunque sí estoy de acuerdo en algo: este disco va un paso más allá. Más allá del Dyc con Casera Cola. Porque este disco no se hace con una simple borrachera cabezona, no señor. Para firmar esto hace falta munición pesada, y prefiero no saber cuál ha utilizado Wilson. Sólo espero que los efectos secundarios sean llevaderos. Porque, y esto quiero dejarlo claro, no le guardo ningún rencor. Un surfero vocacional como yo nunca podría desearle nada malo a un colega. Hay extranjeras para todos.

Un ejemplo, para que veáis a qué me refiero.

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Usando la rueda

Kitty, Daisy & Lewis
Kitty, Daisy & Lewis


Valoración:

Cuando hace 20 o 30 años pensábamos cómo sería el siglo XXI nos imaginábamos que todos iríamos vestidos de papel Albal, que los coches volarían, y que una legión de robots con forma humanoide se encargaría de hacer todo lo que le pidiéramos, incluido ir a trabajar y traernos el sueldo a casita. Ese es el futuro que nos imaginábamos, y por ese futuro hemos luchado en las últimas décadas. Con lamentable resultado, es cierto, pero eso es lo de menos. El papel Albal engorda. Y los robots llevarían software de Microsoft, así que casi mejor nos quedamos como estamos.

Obviamente, cuando uno se imaginaba la música de esas ensoñaciones cibernéticas, veía al Aviador Dro, incluso más raro de lo que ya era, dando conciertos por doquier. Y, suponía uno, los de Kraftwerk se habrían convertido en los Beethoven del mundo, con Radio Clásica pinchando sus discos a todas horas y el Concierto de Año Nuevo recordando sus greatest hits. Total, que en esa idea metalizada del futuro no había sitio para nadie que no supiera programar 25 sintetizadores al mismo tiempo. Y, por supuesto, todo ello embutido en un traje de Albal.

Por eso, cuando ahora, en pleno siglo XXI, uno pone un disco de unos chavales que ni siquiera habían nacido en 1980 y lo que escucha es R&B de toda la vida, swing, blues, country, y, en general, todos los palos que los gringos llevan tocando desde que Kunta Kinte aprendió solfeo, pues la sensación es extraña. ¿Para esto hemos esperado tanto tiempo?, se pregunta uno. ¿Es que no había ya suficiente de todo eso en el mundo como para tener que sacar un disco más de lo mismo?, se pregunta otro. ¿Qué mérito tiene repetir lo que ya existe, usar lo que ya está inventado, cantar lo que ya está compuesto?, se pregunta un tercero.

No seré yo quien defienda la originalidad de la propuesta de Kitty, Daisy & Lewis, pero sí seré yo quien ponga la cara (metafóricamente hablando, por supuesto, ser cobarde no me permite otra cosa) por todos aquellos que hagan, simplemente, buena música. ¿Que el R&B ya está inventado? Y la rueda también, no te jode, y eso no evita que millones de individuos babeemos ante un Ferrari que pasa zumbando a 300 km/hora. Dicho de otra manera: si cada vez que algo ya inventado se dejara de usar sólo por el hecho de no ser nuevo, seguiríamos viviendo en la Edad de Piedra. Pero con Belén Esteban hecha la dueña de la tribu, que sería para echarse a temblar.

Kitty, Daisy & Lewis tocan música de siempre, y la tocan como se ha tocado siempre. Tienen buen gusto y saben lo que hacen. Suenan a wagon-bar de los ’50, a verano húmedo a la orilla del Mississippi, a bailes de salón y a pantalones de domingo, suenan a lo que nunca hemos visto pero tantas veces nos hemos imaginado. ¿El futuro? No, queridos fistros. El pasado. Que, por supuesto, siempre fue mejor. Porque donde se ponga un sombrero panamá, que se quite el papel albal. Salvo para envolver bocadillos.

Unas muestras del percal. Paño fino.

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