Archive for the 'Música' Category

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Menos folk e mais trabalhar

Noble Beast
Andrew Bird


Valoración:

Creo que ya he hablado alguna vez de lo perjudicial que resulta tener amigos cuando uno se dedica a cuestiones artísticas. Bueno, tenerlos en sí no es un problema, el problema llega cuando uno les pide opinión. ¿Qué te crees, que son tus amigos porque les caes mal y no les interesa nada de lo que dices? Ya de paso, ¿por qué no le preguntas también a tu madre, la misma que lleva toda la vida contándole a todo el mundo lo listo que eres, lo guapo que eres, lo bien que cantas, lo bien que juegas al voleibol, lo bien que te pagan en el trabajo?

Y si ya es peligroso fiarse de los amigos para cuestiones artísticas cuando uno es un tío normal, no te cuento si te va el rollo folk. Porque ahí los amigos son raros, pero raros raros. Tipos que no se duchan y tías con pañuelo palestino, todos ellos con mirada de fumaos que creen que los males del mundo provienen del karma negativo y de las multinacionales. En ese entorno, si tocas la guitarra razonablemente bien y cantas con desgana, tienes medio camino andado. Si además haces letras lastimeras y te buscas un acompañante que toque el violín, los pañuelos palestinos caerán a tus pies junto a otras prendas más íntimas (pero igualmente de esparto).

Este Andrew Bird no sé de dónde ha salido, porque yo me apunto las recomendaciones que me hace la gente y luego las escucho (o no), pero ya no me acuerdo de quién me las ha hecho ni por qué. Si el que me recomendó a este pollo está leyendo ahora el blog, que no se lo tome como algo personal. Seguro que este Bird es una bellísima persona, y con un afeitado y una ducha incluso podría pasar por un ser humano, e incluso tendrá una carrera profesional plagada de éxito y reconocimiento de tipos mucho más listos que yo. Pero, qué quieres que te diga, a mí el folk me da, sobre todo, pereza. Y las tías con pañuelo palestino más. Así que a este Noble Beast (me refiero al disco, no a Bird… aunque también) le doy una estrellita, para que conste que reconozco que el chaval toca bien, pero ni media estrella más. Me ha dado tanta pereza que hasta me ha costado escribir la crónica. Y, de hecho, ya no puedo seguir más.

El tío cansino en todo su esplendor

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Luz

The Crying Light
Antony and The Johnsons


Valoración:

Hay noches interminables. Se han documentado noches que han durado más de 12 años. Muchas de ellas no duran más porque quienes las sufren terminan suicidándose. Es algo que no podrán entender quienes no hayan pasado por una de esas noches interminables. No es que físicamente esas noches duren más. Duran lo mismo que las demás. Es sólo que se hacen interminables. Literalmente.

Antony Hegarty tiene pinta de ser uno de esos seres que han pasado por alguna (probablemente por más de una) noche interminable. Una rara conjunción de soledad (no de alone sino de lonely), desesperación, incoherencia, desapego, e insoportabilidad de la belleza provocada por algún minúsculo detalle. Y, por supuesto, la calma, la oscuridad, el silencio cósmico, el tiempo que parece detenerse porque no hay nada que nos demuestre que realmente está avanzando. Cuando todos esos elementos coinciden en un instante, la noche se hace interminable. Y entonces no hay ningún reloj al que agarrarse, porque las saetas se mueven pero el tiempo no. Lo peor, es que se adquiere la seguridad de que ya nunca volverá a moverse. O, tanto da, de que se moverá pero no servirá de nada.

Y yo, que también he pasado alguna de esas noches que, por suerte hasta ahora, siempre se han terminado de alguna manera repentina pero insoportablemente dolorosa, escucho “Daylight and The Sun” y reconozco el sabor denso y vertiginoso de esos momentos que ya nunca se olvidan. Pero también reconozco el ansia por la luz, por el sol, el ansia porque todo eso se termine, y la paradoja que por un lado nos dice que todo es cuestión de esperar (esperar a que llegue el día, y es seguro que el día llegará) y la certeza de que el día no cambiará nada. Todo eso está en “Daylight and The Sun”. Pero para quien no haya estado ahí, para quien no haya cried for daylight and the sun (literalmente cried, desesperado, enfurecido, desafiando a toda la colección de dioses que nos abandonan juntos en ese instante), esa canción sólo será otra obra maestra de Antony and The Johnsons.

Hay más canciones en el disco, y varias son igualmente geniales. “Epilepsy is dancing” es una muestra de que la simplicidad puede ser deliciosa, y que el talento se tiene o no se tiene. Los genios nacen, no se hacen, a pesar de lo que sigan diciendo los imbéciles que nos gobiernan y los padres gilipollas que adoran a sus hijos como si fueran pequeños dioses. Antony and The Johnsons permite aislarse tanto de los unos como de los otros, aunque sólo sea durante unos minutos. Permite imaginar que hay otro Universo en el que vivir, aunque todavía no sepamos cómo salir de este. También en ese otro Universo habrá, posiblemente, noches interminables. Pero allí el llanto que pide desesperadamente que llegue el día y el sol es una preciosa canción casi de amor. Es uno de esos destellos de belleza que pueden terminar de volvernos locos, o sacarnos de la locura. Depende del momento. Depende de la noche.

“Daylight and The Sun”

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Uno de 50 (millones)

Get Guilty
A. C. Newman


Valoración:

Llamadme pedante (y acertaréis), pero no puedo entender por qué la gente se empeña en querer ser superespecial. Este A.C. Newman, por ejemplo, podría ser un magnífico instalador de aire acondicionado, o un abogado laboralista de pro, incluso un taxista chulo y maleducado, valga la redundancia. Tendría una vida normal que consagraría a dar envidia a sus vecinos y a atormentar a sus hijos intentando que fueran en la vida “lo que él no pudo ser”. Así lleva la Humanidad varios milenios pululando por el planeta y no nos ha ido tan mal, así que ¿a qué viene este afán por el “mamá quiero ser artista”?

Yo ya no puedo más. Estoy harto de encontrarme mediocridades vestidas de revolución cultural. ¿Qué coños es esto de los “indies”? ¿Pero no nos habían dicho que los sioux se habían extinguido, y que de apaches sólo quedaban dos o tres? Entonces, ¿de dónde sale tanto grupo que se autodefine como “indie”? Y sin plumas ni nada. Bueno, algunos sí, sobre todo en San Francisco.

En general, cada vez que cae en mis manos un A.C. Newman de la vida intento apartarlo de ella lo antes posible, y olvidar la pérdida de tiempo que me ha supuesto darle una oportunidad. No es que sea desagradable: es, simplemente, anodino. Uno más. Uno como tantos (millones de) otros que han pasado sin pena ni gloria por la tarima de un escenario, y de los que una generación después no se acuerda nadie, salvo su discográfica para sacar recopilatorios y sacarle unos euros más a la media docena de fans que tuvieron en su día.

Si tuviera 30 segundos más que perder con estos grupos fotocopiados los emplearía en preguntarles: ¿realmente os creéis diferentes? ¿Realmente creéis que estáis haciendo algo original, algo que nadie ha hecho antes (again, millones de veces)? Y a la media docena de fans, les pondría un disco duro de 1 tera lleno de canciones de todos los grupos que se parecen al que ellos admiran y los retaría a darle al stop cada vez que reconocieran una. Eso sí: si después de 10 años todavía no le hubieran dado al botón, pararía yo el disco duro y les regalaría un vinilo de Sam Cooke. No quiero ensañarme con ellos porque estoy seguro de que no lo hacen con maldad. Es sólo que su cerebro se ha construido en medio de una letal combinación de engordamiento de ego y ausencia completa de responsabilidad. O eso, o tienen las neuronas agarradas con el frío.

Un vídeo de muestra; premio para el lector que, después de oír esta canción incluso 100 veces, sea capaz de reconocerla en el disco de 1 tera

Lencería musical

Versatile Heart
Linda Thompson


Valoración:

Ha llegado el momento de confesar algo: para mí, la música americana y la música country son como las bragas y los tangas: hay, sin duda, diferencias obvias entre ambos, pero tienen tantas cosas en común que es difícil trazar una línea divisoria. Y, en cualquier caso, puestos en situación, ambos cumplen la función de poner berraco al observador.

Siguiendo con las metáforas picaronas, diré también que para mí las cantantes de country (o americana, por lo dicho en el párrafo anterior) son como las modelos de Victoria’s Secret: todas me parecen buenísimas (son en un caso y están en el otro) pero me cuesta muchísimo diferenciarlas, salvo contadas excepciones. Giselle Bunchen es una, y Rosanne Cash es otra. Poco más.

Quiero decir con toda esta introducción landista que a mí cualquier fémina convenientemente aderezada me parece que está buenorra, y que cualquier cantante de country o americana me pone la gallina de piel. Con estos antecedentes penales, cuando Linda Thompson llegó a mi vida no me costó imaginármela en la lencería sin secretos de Victoria, musicalmente hablando, por supuesto, porque la interfecta tiene más de 60 años y, puesto a elegir, yo siempre he preferido las mujeres que tienen 20 años menos que yo a las que tienen 20 años más.

Este es el momento en que el blog, en otros tiempos, se llenaría de comentarios de puretas que me lapidarían por meter en el mismo artículo a Linda Thompson y mi tractatus sobre la lencería y el country. Y no sería yo quien los culpara. Simplemente los expulsaría del blog, como ya he hecho con tantos y tantos listillos que han osado poner un comentario que no es de mi agrado. Pero en este caso tendría que darles la razón en algo: Linda Thompson es inglesa. Lo que hace difícil que se la pueda catalogar, en pureza, de cantante country o de americana. Dato demoledor, a fe mía.

Pero a ese dato incontestable podría contraponer yo mi anterior metáfora, extendiéndola ahora al mundo de los sujetadores, que si bien cumplen una función completamente distinta y en una parte corporal notablemente diferente, no dejan de tener en común con las bragas y los tangas la labor incendiaria del cerebro masculino convenientemente depravado. Como el mío. Y como el de muchos otros, y el que crea que exagero que se lea esta noticia que he colgado esta semana en Twitter.

Total, que sí, que vale, que Linda Thompson no es una cantante de country, ni de americana, pero a mí me suena muy parecido, me activa la misma parte del cerebro (aunque, en fin, que alguien me discuta que “Do Your Best for Rock ‘n Roll” no es una canción country de toda la vida), y por lo tanto yo la meto en el mismo saco. Que es el saco de “cómo me gusta este disco, que buena es esta cantante, qué pena que dentro de 1 mes ya no vaya a acordarme de ella”. Cientos de cantantes de country viven en ese saco, que a estas alturas de mi vida es más bien un contenedor portuario, y espero que cientos más soliciten ingreso en el futuro próximo y no tan próximo. Porque, repito una vez más, un buen disco de country o americana cantado por una buena voz femenina es siempre una apuesta segura para pasar una buena tarde escuchando música de primera división, bebiendo una cerveza fría, mirando el horizonte, y pensando: ¿cuándo será el próximo desfile de Victoria’s Secret? La vida, amigos míos, es una combinación de elementos con repetición tomados de n en n. Si los elementos son buenos, la repetición no importa tanto. Y que dure.

Vídeo de la canción “Beauty” del disco. Vale, la bicha es inglesa, pero podría ser de Dakota del Norte perfectamente.

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Soy coplero

Coplas del querer
Miguel Poveda


Valoración:

Soy coplero. Y no sólo soy coplero ahora, que queda molón y alternativo. Siempre he sido coplero. No recuerdo cuándo fue la primera vez que escuché el famoso “apoyá en el quicio de la mancebía”, pero desde entonces se me pone la gallina de piel cada vez que escucho ese verso. Porque la copla es tormento, pasión, la copla se canta desde un corazón se que ahoga en su propia desmesura, la copla nos habla de amores homicidas y destinos crueles como el olvido. La copla no es para almas flojas: la copla es para hombretones de verdad, de esos que no lloramos en público, que nunca llevamos al gimnasio un libro de poesía (porque, creedme, ese gesto hoy día podría malinterpretarse y conducir al borrado de vuestro cerito sesual de atrás, que los gimnasios están muy mal), y que, por supuesto, escuchamos coplas en secreto y renegamos de ellas tres veces antes de que cante el gallo. Que no canta copla precisamente.

Con estos antecedentes criminales, un disco de coplas de Miguel Poveda debería provocarme más excitación que un chándal del Carrefour a Belén Esteban. Pero hete aquí que la copla, precisamente por todo lo que he dicho antes y que no voy a repetir ahora porque sé que el aguante de los lectores de 1y1y1 es de una escasez sólo comparable a su inteligencia, pues digo que precisamente por lo de antes (me refiero, para los muy desmemoriados, a la pasión, al corazón, a la desmesura) la copla es una cuestión muy personal. ¿Existe algún ente físico, químico o espiritual que despierte la misma emoción en todos los seres humanos? Bueno, vale, Flavio Briatore. Pero aparte de Flavio: ¿hay alguna entidad material o inmaterial que toda la Humanidad reconozca como referencia en el ámbito emocional? Bueno, sí, el difunto doctor Iglesias-Puga. Pero aparte de él, y yendo a lo que voy: ¿a que es imposible ponerse de acuerdo sobre lo que a unos nos emociona y a otros no les da ni frío ni calor? Pues eso.

A mí, por ejemplo, Carlos Cano me parecía sublime. Hace poco leí una crítica en la que decían que Carlos Cano no cantaba, sino que simplemente recitaba. No sé cómo decir esto de una forma amable, así que lo diré de otra manera: a mí me la pela. Que cante, que recite, o que haga punto de cruz. Cuando escucho un disco de copla, al contrario que cuando veo Operación Triunfo, no pretendo valorar los méritos técnicos del intérprete o sus posibles aportaciones a la tradición musical coplera. Cuando escucho copla, cierro los ojos y dejo que los requiebros de voz me sumerjan en esas historias arrebatadas en las que el amor sólo se puede medir con la vida propia, o con la muerte, que por otro lado suele ser lo habitual. Quiero que la copla me haga arañazos en el corazón, y me da igual si lo hace recitando o fusionándose con el blues. A mí que me den lo que quiero (y esto no tiene nada que ver con lo que dije antes de los gimnasios… lo digo para que quede claro, que aquí hay mucho lector con abono anual del Holiday Gim y con ellos toda precaución es poca).

Total, que como para mí la copla es una cuestión de pura pasión, no tengo ningún criterio para decir por qué Carlos Cano sí y Miguel Poveda no. Pero el caso es que Miguel Poveda no. No me ha hecho arrastrarme por las esquinas tarareando las desgracias amorosas de ninguna doncella andaluza. No me ha hecho pensar que la vida no tiene sentido si uno no es capaz de morir por un desengaño. No me ha hecho esconderme para poder acompañar al cantante berreando con mi suave voz de orangután en celo. Y sin todo eso, la copla para mí no es nada. La técnica, las tablas, la virtuosidad… sí, están ahí, quién va a discutirlo, y ahí están también las 3 estrellas que le doy sin ningún titubeo. Pero hace falta algo más para apoyarse en el quicio de la mancebía y no morir en el intento. O, mejor todavía, para morir en el intento.

Una muestra sin botón.

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Supernormalidad

Lost in the 80′s
The Lost Fingers


Valoración:

En medio de tanto grupo de cretinos superespeciales, que se creen que reinventando el metrónomo van a ponerles una calle en su pueblo, o que piensan que aullar como hienas en un garaje hará que el mundo reconozca el talento que se esconde en sus médulas espinales, escuchar a tipos como estos The Lost Fingers es una alegría para el oído y, sobre todo, para el cerebro. Por fin unos pollos que hacen lo que deberían hacer todos los músicos: tocar bien. Cantar bien. Sin delirios de grandeza, sin mensajes ocultos, sin armonías tan superespeciales que sólo ellos y sus amiguetes son capaces de apreciarlas. Porque los que no somos superespeciales no podemos. Es lo que tiene la vulgaridad.

The Lost Fingers es uno de esos ejercicios de back to the basics que todo el mundo debería hacer alguna vez en su vida, tanto si uno es músico como si es conductor de autobuses. En este caso, ese ejercicio de simplicidad empieza por la formación y los instrumentos: 2 guitarras acústicas y un contrabajo. Y sigue con la elección de la música: canciones de otros. En este caso, canciones de los 80, que, lo sé, es el pleistoceno musical para muchos de los superespeciales de los que hablaba antes. Pero, ya digo, los superespeciales harían mejor en dejar de leer este blog. E irse a cascarla, por ejemplo.

El hecho de elegir canciones de otros y versionarlas siempre es un arma de doble filo: por un lado, el público las reconoce enseguida y es más fácil que el disco les “entre”; por otro, normalmente es muy difícil superar el original. De hecho, normalmente no se supera el original. The Lost Fingers tampoco lo consiguen siempre. En este disco hay auténticas genialidades (impagable, magistral, imprescindible, el “Pump up the jam” cuyo vídeo incluyo al final), hay casos muy bien resueltos (“Careless whisper” por ejemplo), y luego también hay intentos nulos. El nivel medio es, en cualquier caso, muy alto. Porque como decía antes, estos tipos tocan bien, cantan bien, y tienen buen gusto. ¿Para qué complicarse más?

Será interesante ver cómo progresan estos pollos. El estilo es tan personal que tiene muchos números para caer en la monotonía de las combinaciones con repetición, pero personalmente creo que sabrán “reinventarse” cuando llegue el momento. Son músicos, buenos músicos. Nunca atraerán a veinteañeros que leen a Herman Hesse, ni a los que viajan a la India porque “tiene algo especial”, pero harán que la vida de los supernormales sea un poco más chispeante. No mucho. Porque si es muy chispeante, entonces uno ya se convierte en superespecial. Y se vuelve gilipollas.

No eres tú, soy yo

The Dreamer
Jose James


Valoración:   

Lo mío con el jazz es una de esas relaciones que en algún momento tendré que cortar, porque no nos está llevando a ningún sitio. A mí, desde luego, no, y supongo que al jazz tampoco, porque estoy bastante seguro de que, aunque yo decida dejar de escuchar jazz, el género no se va a colapsar y sus músicos no van a tirarse desde un puente. Vamos, me sorprendería mucho.

Y el día que me enfrente a la realidad y decida cortar con el jazz, tendré que tirar del desgastadísimo tópico y decirle aquello de “no eres tú, soy yo”. Que en la vida real suele significar: “ya no me gustas, y he conocido a otra con las tetas más grandes”, pero que se dice con la primera fórmula porque hace que todos (el dejador y la dejada, o al revés) se sientan más superespeciales viendo cómo su separación, con una declaración como esa, asciende al rango de lo cuasi-metafísico. Y las tetas, quieras que no, de metafísico tienen poco. De hecho, su principal atractivo reside en su dimensión abrumadoramente física.

Jose James (que ya toca hablar un poco de él, después de 2 párrafos de desvarío) toca bien. Esto lo digo por decir, porque yo nunca he sabido decir cuándo un músico de jazz toca bien y cuándo se está quedando conmigo. Salvo con mi amigo de toda la vida, el Padre Joe, a quien conozco desde que no tenía guitarra, y a quien he visto tocar los palos más variados y por lo tanto doy fe de que, si toca mal, es porque quiere. Pero aparte de él, no podría decir eso de nadie más. Así que a lo mejor, en realidad, todo esto del jazz es una conspiración para hacerme sentir gilipollas, un gilipollas más como los que contemplaban al emperador desnudo, pero como a mí lo de pasar por gilipollas no se me da mal, sobre todo si estoy rodeado de más, pues así se me van pasando los años. Escuchando discos como este “The Dreamer” y pensando: ¿no se estará quedando conmigo, el jodío?

Los que realmente noten la diferencia entre el jazz y lo que podrían tocar 4 músicos borrachos al final de la despedida de soltero de uno de ellos, en la fase de bajón de la tajada, tal vez puedan decir con convicción que Jose James es un fenómeno. Yo, antes de decirlo, tendría que hacerle un control de alcoholemia. O afrontar la realidad y decirle de una vez que no es él, que soy yo, y dejarme de chorradas.

Una muestra de la obra

Aquellos días de baile

In Our Space Hero Suits
Those Dancing Days


Valoración:   

Yo siempre quise ser Simon Le Bon. Y no lo digo sólo para poder beneficiarme a Yasmin, que también, sino porque hubo una época en la que, para mí, Simon Lebon era el tío perfecto. Esas camisas de botonera diagonal, esas mechas, esos botines por encima del pantalón… con unas pintas así, pensaba yo, las chuquis tienen que caer rendidas a tus pies, sobre todo si éstos van enfundados en unos botines tan molones. Así que durante muchos años viví en una permanente esquizofrenia musical, y mientras por fuera mi naturaleza suburbana me llevaba a escuchar a Barón Rojo y a dejarme greñas como el mítico Lou Gramm, cantante de Foreigner, por dentro me imaginaba dando saltos con los botines de Lebon y aporreando un Korg Polysix vestido de nuevo romántico. Sabiendo esto, pensaréis muchos, ahora se explican muchas cosas. Pero ese no es el tema de hoy.

El tema de hoy son estos (estas) Those Dancing Days y su “In Our Space Hero Suits”, que me han recordado lejanamente (o no tan lejanamente) a la primera música electrónica, inocentona ella, infantilmente transgresora si la contemplamos desde este presente al que nos ha llevado la progresión exponencial que ha sufrido todo lo que tiene que ver con la electrónica. En este mundo donde ya no hace falta que nadie cante, porque se puede sintetizar cualquier sonido y pulirlo hasta la perfección, resulta casi conmovedor escuchar los primeros sintetizadores y aquellos primeros grupos que parecían traer el futuro a los años ochenta.

Así es precisamente como suenan Those Dancing Days. La electrónica está ahí, pero es como si estuviéramos empezando otra vez. Los sintes suenan a casiotone, las melodías son más simples que un cubo, y las voces cantan con la inocencia de unos adolescentes que tocan en su local al salir del instituto. Al escucharlos, he recordado al Aviador Dro (todavía en posesión de una de las mejores canciones de amor tecno de la Historia con su Selector de frecuencias), y también he recordado a Duran Duran. Y entonces ha sido cuando me he dado cuenta: aquellos fueron los auténticos días de baile. No se puede repetir el comienzo. Se puede avanzar, retroceder, o quedarse quieto, pero comienzo sólo hay uno y no se puede repetir.

Por eso, y a pesar de los bonitos recuerdos que me han traído estas Those Dancing Days, lo cierto es que no resisten la comparación. No son aquellos días de baile. Suenan a moneda falsa, a música apoyada en el quicio de la mancebía, suenan a revival cuando todavía no ha pasado el tiempo suficiente para hacer ese revival. Los “Grandes Éxitos” del Aviador Dro le dan mil vueltas a estos arribistas. Y los botines de Simon Lebon les darían una patada que los pondrían a orbitar alrededor del Korg Polysix hasta el próximo milenio. Tal vez entonces el rollo revival ya tuviera un puntillo. De momento, al hoyo.

Una muestra del disco y, abajo, el histórico “Selector de frecuencias”.

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Buenos vecinos, pero pesaditos

Little Amber Bottles
Blanche


Valoración:   

Muchas veces he pensado que antes de darle una mala crítica a alguien debería documentarme un poco. Ya sabes, buscar en la wikipedia, googlear un rato, enterarme de lo que ha hecho el pollo en cuestión y valorar el esfuerzo que le ha costado llegar a donde ha llegado.

Quién sabe, tal vez tuvo una infancia difícil, tal vez aprendió a tocar la guitarra con un palo de escoba al que ataba algunas cuerdas de tender la ropa. Tal vez vagabundeó por todos los estados de Estados Unidos tocando en garitos de mala muerte hasta que alguien, por fin, supo ver su talento. Tal vez fue alcohólico anónimo, tal vez fue vendedor de coches, tal vez tiene el récord de punteo con 3 dedos in-door.

Sí, muchas veces he pensado que debería hacer eso, pero ¿hay algo más divertido que despellejar a alguien a quien no conoces y que (lo mejor de todo) no sabe ni que existes, y por lo tanto, no podrá decir si lo que tú dices es verdad o mentira? Quita, quita, es mucho mejor así. Blanche, por ejemplo, tal vez sea una tía, o un tío, o un grupo, o un androide asexuado. A mí me da igual. Su música es aburrida, le falta sangre, le falta todo. ¿Molesta? No. ¿Arrebata? Tampoco. Está ahí.

Como esos vecinos con los que uno nunca cruza más de un par de saludos, siempre sonrientes, siempre amables, siempre dispuestos a ayudar. Pero, cuando uno necesita ayuda, es en los últimos en los que piensa. Porque igual luego, más adelante, hay que devolverles el favor. Y uno no puede imaginar algo más aburrido que pasar una hora con ellos. Yo he pasado una con Blanche y ya estoy deseando que el próximo disco que tenga que escuchar sea de un psicópata. Un poquito de pasión, por favor. Un poquito de alma.

Una muestra de la fuerza de estos chicos, o chicas, o lemures pardos (no escuchar con sueño)

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Lo importante es que él se lo pase bien

Soul
Seal


Valoración:   

Lo de ponerse a versionar canciones (históricas) de otros cantantes (históricos) es, necesariamente, un deporte de riesgo. En realidad, incluso versionar canciones secundarias de otros cantantes de medio pelo también es arriesgado. El autor de una canción, se supone, ya le ha dado unas cuantas vueltas al tema. Ya ha probado a ponerla en un tono y en otro, a cambiarle el tempo, a meter un quiebro de voz aquí y quitarlo de allá, ha tocado la canción con una guitarra pelada y con una legión de músicos de estudio… vamos, que así, a priori, no parece fácil encontrar una manera de hacer esa canción que supere a la que el autor original eligió en su día.

El versioneo suele requerir, por lo tanto, un alto concepto de uno mismo. Uno mismo se tiene que creer mejor, en algún sentido, que el autor original. Sí, ya, seguro que el pollo en cuestión no diría que se cree mejor sino simplemente diferente, pero nunca he conocido a nadie que se defina como diferente sin querer decir mejor. Y con los artistas, esta regla de oro se convierte en regla de platino incrustada de diamantes. Porque, en el fondo, lo que el artista busca cuando versionea no es hacer un homenaje a los autores originales, sino hacerse un homenaje a sí mismo. Lo importante es que él se lo pase bien, que se crea que ha superado a los clásicos, que le digan que él también es un clásico.

Y en estas, va y llega Seal con un disco de versiones de algunos de los grandes clásicos del soul. Y va y le pone al disco “Soul”. En defensa de Seal hay que decir que, si uno se llama Seal, es muy difícil resistirse a la tentación de hacer el juego de palabras y sacar un disco llamado “Soul”. Ahora bien: eso es todo lo que se puede decir en defensa de Seal. Porque el disco en cuestión no pasa de correcto, y no hay más de 2 o 3 canciones que realmente aporten algo diferente al original. Y en este caso, diferente (para desgracia de Seal) no quiere decir mejor, aunque Seal sea un buen artista con una voz preciosa y un estilo muy personal. Pero es que esta vez ha apuntado muy alto.

Yo soy muy del soul. Yo creo que si Sam Cooke hubiera vivido en Atenas hace 3000 años, lo habrían hecho dios de la música y le habrían hecho estatuas a tutiplén. Y creo que el “Live at the Harlem Square Club 1963″ es el mejor disco de la Historia. También creo eso de otros discos, pero así soy yo: inconsistente. No como Sam Cooke, que era consistente y un puto genio. Sam: te echamos de menos. Y con discos como el de Seal, te echamos de menos todavía más. Es como cuando alguien te enseña una foto en la que alguien a quien tú recuerdas alto, guapo y sonriente, sale un poco encogido, algo pálido, y con cara de mus. ¿Qué haces? Tiras la foto y te quedas con tu recuerdo. Vas a comparar.

El vídeo de “A change is gonna come”, en el que Seal comete el grave error de versionar a Sam Cooke

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