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Pásalo por la turmis

2012
2012



Dirigida por Roland Emmerich
Con John Cusack y Amanda Peet
 
Valoración:   

El cine de catástrofes ha encontrado múltiples filones a lo largo de los años: los terremotos, los incendios, los accidentes aéreos, las inundaciones, los meteoritos, los volcanes, los huracanes… joer, visto así este planeta es un váter, no sé por qué hay gente que se empeña tanto en salvarlo. Cualquier cambio, climático o no, sólo puede ser a mejor, digo yo.

Pero bueno, el caso es que gracias a la hostilidad de este peñasco en el que vivimos, los de Hollywood han podido vivir razonablemente bien a base de sacar cada cierto tiempo un peliculón en el que nos hacían imaginar lo perras que se pueden poner las cosas cuando la Madre Tierra está en esos días. Yo soy muy partidario, además. Me encantan las películas de catástrofes. Las veo muchas veces, y siempre me sorprende el final. En esto también es muy probable que influya mi simplicidad mental. Pero ande yo caliente y ríase la gente. Bruces Willis al poder.

Y cuento todo esto porque creo que Roland Emmerich, director de “2012″, es uno de los míos. A este tío también le encantan las catástrofes. Este ve un incendio y en lugar de ayudar a los heridos se va a comprar palomitas a la tienda de la esquina. Que sí, hombre, que este es de los de que ve un avión de noche y ya se prepara para el impacto del cometa Halley. Y eso es lo que lo pierde: se emociona demasiado con estas cosas.

Con “2012″ el tal Emmerich vio la oportunidad de hacer la película total. ¿Qué loser se conformaría con hacer una película sobre una catástrofe cuando se puede hacer una peli con todas las catástrofes a la vez? ¿Quieres incendios? Toma incendios. ¿Terremotos? Te vas a cagar. ¿Inundaciones? Lo del Katrina fue un grifo mal cerrado. En “2102″ hay de todo. Y a la vez. Y en tamaño extra gigante. Después de los primeros 20 minutos de calma chicha, no hay cristiano que se salve. A excepción, por supuesto, del protagonista, que para eso es famoso y cobra una millonada. Como para matarlo a la media hora.

Aristóteles ya descubrió, hace muchos siglos, lo de in media virtus. Si Roland Emmerich hubiera leído un poco a los clásicos, en vez de estar todo el día en el sofá viendo “El coloso en llamas” y “La aventura del Poseidón”, habría aprendido que es tan malo que zozobre como que fafalte. Y si John Cusack no tuviera que saldar sus deudas del betandwin, habría visto que esta película no era para él y le habría dejado el papel a Bruce Willis, lo que no habría arreglado el problema de base pero le habría granjeado una estrellita más a la peliculita. Aunque 2 estrellas tampoco están mal. Y es que, a pesar del desbarre, la primera hora se pasa muy bien. Las técnicas de efectos especiales avanzan que es una barbaridad, y ver cómo se destruye todo el mundo no tiene precio para un auténtico fan de las catástrofes. Sabiendo esto, la receta está clara: ved los primeros 60 minutos, y después poned el partido del Barça. Que también es un espectáculo con efectos especiales, sobre todo si juega Messi.

El trailer en versión original y en español

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La especial de la casa

Bad Lieutenant (2009)
Teniente corrupto



Dirigida por Werner Herzog
Con Nicolas Cage y Evan Mendes
 
Valoración:   

Una de las razones por las que Nicolas Cage no entró en el Triángulo Kevin desde el principio es porque, a pesar de su talento natural para los papeles simples y tópicos (véase National Treasure o “Snake Eyes), de vez en cuando se empeña en interpretar personajes complejos y, normalmente, atormentados. Este afán por querer demostrarle al mundo no se sabe muy bien qué le lleva a protagonizar unos truños que, por mucho que yo me esfuerce, no se pueden incluir en el Triángulo Kevin. Así están las cosas.

“The Bad Lieutenant” (cuyo título completo es, atención, Bad Lieutenant: Port of Call – New Orleans) es una de esas películas en las que Nicolas ve la oportunidad de competir por un Oscar. Pero sólo la ve él. Yo creo que ni el director había pensado en un personaje tan complicado cuando vio el guión. Para que nos entendamos, este es el típico papel que Bruce Willis habría bordado. Pero Cage se lió.

En su descargo se puede decir que la historia es espesa de narices. Yo creo que los guionistas de películas policíacas ya no saben por dónde tirar para hacer algo nuevo. Les pasa como a las pizzerías, que cuando empezaron sólo tenían que hacer la Primavera y la Cuatro Estaciones, pero a medida que el personal se fue aficionando a las pizzas, hubo que ir sofisticando la oferta. Que si Hawaiana, que si Tex Mex, que si Barbacoa… hasta que ya, rebelados de la vida, empezaron a echarle todos los ingredientes a la vez, en la famosa “Especial de la Casa”.

“The Bad Lieutenant” es la especial de la casa de las películas de policías. El protagonista es un poli corrupto. Pero también es íntegro. Engaña a sus compañeros. Pero también tiene un alto sentido del deber. Chulea a su novia. Pero en el fondo la quiere platónicamente. Es drogadicto. Pero lo que realmente quiere es enchironar a los traficantes. Añadamos a eso que Nicolas Cage, tal vez pensando que así añadiría más carga dramática al personaje, anda como Quasimodo, tiene el pelo de Belén Esteban, y luce una permanente mueca de entre asco y catarro de nariz, que hace que, al final, sea imposible saber si el personaje está cabreado por la evolución del caso o, simplemente, tiene dolor de cabeza y acidez.

Querido Nicolas: te lo diré una vez más. Deja esas ínfulas de actor atormentado y fija tu residencia definitiva en el Triángulo Kevin. Haz películas que terminen en números romanos. Interpreta a polis buenos, o a polis malos, pero no mezcles. Mezclar es, en general, malo para la salud. Para la tuya, y también para la de los espectadores que seguimos tu, por otro lado, brillante carrera. Así que olvídemonos todos de este “The Bad Lieutenant” y a otra cosa. Eso sí: tráete a Eva Mendes al Triángulo. Que quiero presentarle a Elisabetta Gregoraci, y dejarlas a las dos en una bañera con un barril de chocolate Valor. Llámame simple.

El trailer en versión original y en español

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Pasteca: el iPad de Apple

Ya basta, pesados, callad. Cuán gritan estos malditos. Desde que se anunció el iPad la semana pasada cuento por millones los mensajes que me piden, o casi me exigen, que publique una pasteca explicando (a) qué es el cacharro en cuestión, (b) qué opino yo, y, lo más importante (c) qué debéis opinar vosotros. Compraos un criterio y dejad de molestar. Si no fuera porque me encanta hacerme el enteradillo y criticar a todo el mundo, no atendería vuestras demandas. Pero hete aquí que la vanidad me pierde, y siempre termino sacando la lengua a pacer.

Esta vez la pasteca es fácil de escribir. Todos conocéis el iPhone, ¿no? Vale, pues el iPad es un iPhone con una pantalla de un palmo (mío), y sin teléfono. No es una manera de hablar: es exactamente eso (nimiedad más, nimiedad menos). La pantalla palmera es de calidad excepcional, como todas las de Apple, que hace 10 años ya entendió que su hueco de mercado estaba en los guaperas tecnológicos, que por encima de todo quieren que sus vidas molen. Y, por lo tanto, los cacharros que entren en su vida tienen que molar.

El tamaño de la pantalla y su altísima calidad hacen que el iPad sea un dispositivo perfecto para ver películas, navegar por Internet o leer libros (nunca entendí cómo un artefacto con aspecto neandertaloide como el Kindle podía venderse en pleno siglo XXI, pero ese es otro tema). También se puede, por supuesto, escuchar música. Y hacer chuminadas varias, porque todas las aplicaciones que ya existen para el iPhone podrán usarse en el iPad, además de muchas más que irán sacando próximamente para que la vida de los guaperas tecnológicos sea todavía más fashion.

A ver, preguntas del público. ¿Se pueden escribir e-mails? Sí. ¿Tiene teclado? Virtual, o sea, en la propia pantalla; bien para contestar e-mails o escribir tus memorias si eres un guaperas tecnológico; mal para lo de las memorias si eres una persona normal. ¿Se puede usar el Word, el Powerpoint, etc.? No, el sistema operativo es el del iPhone, así que eso es lo que hay. ¿Se le puede ampliar la memoria o el disco duro? No. ¿Se le puede cambiar la batería? No.

Dios, esto se está haciendo eterno… Lo resumiré para ir más rápido: puedes ver películas, leer libros, navegar por Internet, responder e-mails cortos, y hacer chuminadas con las aplicaciones del iPhone. Cualquier otra cosa no puedes hacerla, salvo que seas amigo de Steve Jobs y se lo pidas. Y a él le parezca buena idea. Cosa bastante difícil, por lo que dicen quienes han trabajado con él.

Dicho lo dicho, ¿qué pienso yo del iPad? Que es un buen producto para el público “fiel” de Apple y que en Nueva York lo venderán a puñados. Yo no creo que me lo compre, aunque si me lo regalan no lo tiraré a la basura. Digo lo mismo, por cierto, del Nexus One de Google, que me consta que mis pastecas llegan a las altas esferas de las empresas… que si queréis regalarme uno, estaré encantado de usarlo y, llegado el caso, de cambiar mi opinión. Pero sólo la cambiaré si realmente me gusta el cacharro, o si me pagáis mucho dinero. Mejor lo segundo que lo primero, ya que sale el tema.

Y por último, ¿qué debéis pensar vosotros? Los que vayáis a gastaros los 500 o 600 euros que costará el modelo decente en Europa, obviamente tenéis que decir que es chulísimo, que es superfácil de usar, que pesa poco y es fácil de transportar, y que al final vosotros tampoco necesitáis el Powerpoint ni esas chorradas. Si, por el contrario, no tenéis los 500 euros que costará, o queréis ir de guays tecnológicos, empezad a decir que es un sistema cerrado, que ya estáis hartos de la dictadura de Apple, que Jobs es gilipollas, y que el microprocesador es lento y por eso no permiten la multitarea.

Yo quedo a la espera de recibir un cacharro de Apple o de Google, que ya me estoy cansando de escribir gratis. Preferiría que el regalo fuera de Google, porque después de las declaraciones de Jobs de hoy cargando paranoicamente contra el resto del mundo, y en concreto contra Google, me están empezando a tocar las narices. Pero vamos, que en cualquier caso un líder de opinión como yo no se merece este tratamiento marginal por parte de las multinacionales tecnológicas. Cualquier día me enfado y os pongo a todos mis fieles en vuestra contra. Entonces os vais a enterar.

Un vídeo que ilustra perfectamente (i) que Jobs está encantado de conocerse y (ii) que en Apple tienen claro que en un producto tecnológico la tecnología es lo de menos; lo importante es que sea gorgeous, magical y amazing. Y se están forrando.

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Oficio y talento

State of Play (2009)
La sombra del poder



Dirigida por Kevin Macdonald
Con Russell Crowe y Ben Affleck
 
Valoración:   

Hace tiempo leí en algún sitio que para escribir una buena novela hacen falta dos cosas: oficio y talento. Supongo que eso podría decirse de cualquier arte y de muchas otras cosas en la vida. No todo es técnica (oficio) y no todo es talento. Creo que el mismo pollo que decía la frase que he citado al principio la completaba diciendo que el oficio sin talento es artesanía, y el talento sin oficio es arte moderno.

Y también recuerdo que oletorole me dijo una vez, después de haberse leído todo el fondo editorial de Europa y EEUU sobre técnicas de guión cinematográfico, que cuando empezó a leer guiones de películas “famosas” le sorprendió ver el poco nivel de detalle que había en las descripciones. Cuando un personaje tenía que mostrar desesperación, el guionista no escribía “Johnny se tira de los pelos, llora y se acerca a la ventana mientras se desgarra la camisa, después mira a la calle y hace un amago de lanzarse al vacío…”; en lugar de eso, simplemente ponía “Johnny se muestra desesperado”. El trabajo del actor es, precisamente, saber cómo transmitir esa desesperación. Los grandes actores pueden hacerlo, si quieren, con un simple gesto.

Viene todo esto a cuenta de que “State of Play” me ha gustado, y me ha gustado “a pesar” de que es una película construida a base de tópicos. Un periodista de los de antes, vago, guarro y egocéntrico, pero con olfato e integridad para dar y repartir, coge una noticia que parece un simple homicidio callejero y la trabaja hasta que, gracias a su investigación, termina revelándose como una conspiración de altos vuelos que implica directamente al gobierno de los EEUU. Su mejor amigo, a quien conoció en la Universidad y que ahora es congresista, se encuentra en el ojo del huracán. Al final, el periodista tiene que elegir entre su integridad profesional y la lealtad a su amigo.

Vale, que levante la mano el que no haya visto como mínimo 27 películas con esa misma trama. Los que hayáis levantado la mano ya podéis bajarla, y a ver si vamos más al cine, que Bardem y Penélope Cruz tienen que amueblar el piso y la cosa está muy malita. En fin, el caso es que la historia en sí está más que vista. ¿Por qué, entonces, “State of Play” me ha gustado? Porque está bien hecha. Porque hay oficio y talento, y los actores (a pesar de que Ben Affleck baja el nivel) hacen la historia creíble, sus personajes interesantes, y mantienen la intriga viva con pequeños gestos, con detalles que ni siquiera se notan pero que son la diferencia entre un buen actor y un actor español medio.

Para mí, el cine debería ser esto: una historia bien contada, unos personajes bien interpretados y, como resultado, un par de horas “abducido” del mundo y metido en una vida que jamás uno podría soñar vivir. La originalidad de la historia no es la clave, ni mucho menos. La clave es que todo parezca real. Y que, por supuesto, no lo sea. Si además de eso el papel protagonista masculino se lo dan a Bruce Willis, y el femenino se pasa media película en la ducha, estaríamos, probablemente, rozando la perfección. Ahí queda la idea por si algún productor americano quiere cogerla. Yo renuncio a los derechos. O, mejor todavía, se los regalo a la SGAE para que puedan pagar el recibo de la luz, y repartir bocadillos a los maltratados artistas españoles. Con el talento que tienen.

El trailer en versión original y en español

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Una historia pasable, una mala novela

Esta historia
Alessandro Baricco

308 pags.

Valoración:

Un personaje de “Esta historia” cuenta que en su pueblo el peluquero les cuenta a sus clientes mientras los afeita las novelas policíacas que lee. Y añade: “Lo hemos probado también con los libros de verdad, pero no ha funcionado. [...] La idea que nos hemos hecho sobre los libros es que si uno no consigue contarlos en el tiempo de un afeitado, entonces son literatura”. Me parece una regla bastante buena para hacer una primera valoración sobre la calidad literaria de un libro. No sé si “un afeitado” es la duración adecuada, pero lo que está claro es que si un libro puede contarse “en dos patadas” (es decir, si se puede contestar relativamente rápido a la pregunta “de qué va ese libro”) entonces no es literatura. Y bajo esa definición, claramente “Esta historia” no es literatura.

¿Por qué una buena novela exige que no pueda ser explicada “en un afeitado”? Pues porque en ese tiempo (o similar) lo único que uno puede contar de una obra es la historia, la trama, “lo que pasa”. Y eso no es una novela: eso es un cuento. Más o menos largo, pero un cuento. Y no uso el término “cuento” en sentido despectivo, ni mucho menos. Pero no es literatura. Es un entretenimiento, como Gran Hermano.

Al hilo de esta reflexión del personaje de Baricco, se me ha ocurrido una especie de clasificación personal sobre los tipo de libros que uno puede leerse. De la misma manera que he inventado el “Triángulo Kevin” para el cine (recuérdese: el único triángulo progresista y demócrata que ejerce su libertad de no tener 3 vértices, y de hecho ya tiene 4 y va camino de tener 5 sin dejar de llamarse triángulo, porque él no se siente cuadrado ni pentágono, podríamos decir como mucho que es un triángulo atrapado en un cuerpo de pentágono), pues, digo, de la misma manera que inventé el “Triángulo Kevin”, me invento ahora el “Triángulo de la Literatura”. Una bonita clasificación que divide todas las obras jamás escritas en 3 tipos (de momento).

Para empezar, divido los libros (de ficción) entre historias y novelas. Las primeras son las que se pueden contar en un afeitado, porque lo único que tienen es trama (historia). Ejemplo: Agatha Christie. Las segundas son las que no se pueden contar en un afeitado, porque además, y por encima, de la trama (si la tienen, porque no es imprescindible), cuentan “algo más”. Algo muchas veces intangible y por lo tanto inexplicable, ni en un afeitado ni en mil. Hay que leérselas. Ejemplo: Coetzee. Además, las historias las divido en entretenidas (Agatha Christie, de nuevo) y aburridas (Dan Brown).

De esta manera, cualquier libro de ficción jamás escrito puede ser una de estas 3 cosas: una historia entretenida, una historia aburrida, o una novela. Y, por supuesto, después hay grados. Quiero decir que Cormac McCarthy no juega ni por asomo en la misma división que, por ejemplo, Ray Loriga, aunque los dos escriban novelas.

Establecido, pues, ese triángulo que redefinirá todas las clasificaciones literarias inventadas hasta ahora, vayamos ya con una crítica más detallada de “Esta historia”. Baricco es, claramente, un contador de historias. Un cuentista, en el buen sentido de la palabras. “Seda” es una bonita historia, y luce más porque es corta. En “Esta historia” también hay alguna historia bonita, pero Baricco no maneja bien las largas distancias y la novela de 300 páginas no es, claramente, su formato ideal.

De hecho, la supuesta novela es, en realidad, varios cuentos enlazados, y contados en formatos diferentes. Algunos de esos cuentos son buenos, pero otros flojean un montón. El personaje de Elisaveta es maniqueo (maniqueamente raro, de un raro que se justifica sólo en su propia rareza) y llega a hacerse molesto y casi odioso. La historia de Ultimo es la más entretenida, pero, insisto, no da para aguantar 300 páginas pendiente de ella.

En cierto modo, podría decirse que “Esta historia” es como si Cien años de soledad se hubiera puesto a dieta. Es un realismo mágico con frases de menos de 100 palabras (aunque a veces se le va la mano). Hay personajes imposibles, fantasía a granel, rarezas por doquier… Si no existiera García Márquez y la legión de seguidores que ha tenido, podría decirse que Baricco había hecho un ejercicio de originalidad, ya que no de interés. Pero llega un poco tarde. A pesar de que García Márquez no me gusta, es obligado reconocer que escribe magistralmente, y a su lado cualquier obra similar palidece.

Por último, Baricco parece ser de esos escritores que confunden ficción con realidad. No sólo hace un alegato al final de la obra sobre la necesidad de que las novelas basadas en hechos históricos cuenten informaciones “correctas” (como si la verdad fuera única, y él la conociera), sino que se marca 3 páginas de agradecimientos (como si a mí me importara quién le dio ánimos cuando estaba con gripe en noviembre del 2006). Total, que el toque buenrollista tampoco ayuda. En una novela debe haber cierta trascendencia. Y si eso es una pedantería, que pongan librerías para pedantes, y que me hagan socio. Pero a mí me interesan las obras, no los autores. Y la realidad, todavía menos.

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Revival inexplicable

La luz de la mañana
Facto Delafé y Las Flores Azules
Lay It Down - Al Green


Valoración:   

Mis deterioradas (no por la edad, cuidadín, que me conservo en formol) neuronas han tenido una curiosa reacción al escuchar este La luz de la mañana del (seguro que también curioso) Facto Delafé y Las Flores Azules. Y digo que la reacción ha sido curiosa porque si me pongo a analizarla no le encuentro mucha lógica. Pero ahí está el misterio del cerebro humano, la maravilla de la vida, la grandeza del Universo, y la no menor grandeza del orujo de hierbas, que combinado con lo anterior produce efectos insospechados. Como este.

A ver, la reacción curiosa ha sido esta: me pongo a escuchar el disco en cuestión, y veo pasar mi vida adolescente como en diapositivas (porque cuando yo era adolescente no había Powerpoint… bueno, no había ni ordenadores porque llamar ordenador al Spectrum tal vez sea exagerado). En las diapositivas sale de todo, claro, porque todos tenemos un pasado. Salen cintas de Barón Rojo reproducidas en casetes casi sin pilas, los 2 primeros vinilos que tuve (John Cougar Mellencamp y Alan Parson’s Project), la letra completa de Jesucristo Superstar, que me enseñó más inglés que un postgrado en Harvard…

Total, que salen muchas cosas. Pero como la música que sigo escuchando es la de Facto Delafé hay dos diapositivas que empiezan a repetirse con curiosa frecuencia: una con el glorioso “Selector de frecuencias” del gran Aviador Dro, y otra con las ochentettes “Betty Troupe” lideradas por la sacerdotisa Flora Illueca, autoras de uno de los maxi-singles (palabra que ahora suena a Jurasic Park) más deslumbrantes de la Historia del tecno español (hablo, of course, del maxi que incluía “El vinilo”, “MS-20″ y “Berlín”, un maxi totalmente ochentero que reunía, de hecho, tres de los grandes iconos de la época: el vinilo (símbolo de la música), el MS-20 (el sintetizador de Korg responsable, junto con el PolySix, de los mejores momentos del tecno mundial, y Berlín, convertida a la sazón en la Jerusalén de la modernidad por obra y gracia de David Bowie). Ah, qué tiempos. Me ha salido pelo al recordarla.

Pero volvamos al presente, y al disco de Facto Delafé. Decía antes que la reacción de mi cerebro no es, desde luego, lógica. O tal vez un poco. Es cierto que en este disco hay una especie de melancolía elegante, al estilo del Aviador Dro, y también es cierto que las voces de las chicas (supongo que serán las Flores Azules) recuerdan por su timbre alegre y juvenil al de las Betty Troupe (aunque, espero, con el pelo menos cardado y con colores menos estridentes). Pero no es suficiente. Facto Delafé tiene un estilo propio. Recuerda cosas, claro, como casi todo el mundo, pero después de un par de escuchas uno ya es capaz de reconocer sus canciones en cualquier sitio. Es una especie de rap hecho en los Salesianos, un recitativo con la cara lavada y el pelo a raya. No suena a niño pijo, suena a niño bueno, a grupo de catequesis con buen gusto. Una mezcla rara. Un resultado raro. Pero interesante.

Por ahora, los dejo con 3 estrellitas, pero quién sabe. No me importaría escuchar más cosas de estos pollos. Si no se aferran a su peculiar estilo (que puede resultar cargante si sólo hacen eso), la cosa puede llegar a algo digno de ser escuchado. Tal vez si se despeinaran un poco (sólo un poco), y si buscaran más en esa melancolía que no acaba de deslumbrar… No sé. Que le pregunten a su guía espiritual, que debe de ser un franciscano ex drogadicto.

Un vídeo de los interfectos, seguido de las 2 joyas que mencionaba antes: el Aviador Dro y Betty Troupe. Atención en “El vinilo” a la estética de la época (y a la realización televisiva) para los que no la vivieron en directo, como servilleta.

Bonus Track: “MS-20″ en directo

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De nihil omnis

El gran momento de Mary Tribune
El gran momento de Mary Tribune - Juan García Hortelano
Juan García Hortelano

819 pags.

Valoración:   

Si yo fuera un tío serio, lo único que diría de esta novela es que (i) le doy un 5 y (ii) es probablemente la mejor novela en español que he leído en mi vida (y, con toda seguridad, una de las 3 mejores). Pero la fortuna en metálico que gano cada mes escribiendo en este blog me hace sentirme obligado a dedicar, al menos, algunos renglones más de mi aguda prosa a esta maravillosa obra de Juan García Hortelano. Será imposible decir algo que esté a la altura de las circunstancias, pero intentarlo me permitirá recibir el desproporcionado cheque de fin de mes con la conciencia limpia.

Eso sí: me niego rotundamente a responder a la estúpida pregunta, mil veces formulada, de “¿de qué va?”. No hay pregunta más absurda a hacer cuando alguien acaba de confesarte que una novela lo ha maravillado. ¿Acaso alguien pregunta “de qué va” un cuadro de Picasso a un amigo que sale extasiado del museo, o “de qué va” Turandot a un conocido que vuelve obnubilado de la ópera? Esa desgraciada moda estadounidense (desgraciada como casi todas las que hemos importado de ese pueblo más simple que el mecanismo de un cubo) de intentar buscarle un fin a todo, y, además, que ese fin sea simple y rápido de conseguir, nos ha llevado a este tipo de situaciones imbéciles. Maldito Hollywood y toda su basura del handle, el tema, las subtramas y la puñetera madre de todos ellos. ¿De qué va El gran momento de Mary Tribune? De nada. De todo. Porque tal y como de pluribus unum, en las grandes obras, en la verdadera Literatura, de nihil omnis. Lo demás son novelitas. Entretenidas, que conste, que yo también me las leo. Pero novelitas.

En efecto, si uno intenta contar “de qué va” mi amada “Ana Karenina” o mi idolotrada “El jugador”, se encontrará a sí mismo contando una historia que bien podría pasar por el argumento de un culebrón venezolano de medio pelo (el culebrón, no el venezolano). Porque lo que hace grandes, geniales, intemporales, a esas obras no es “de qué van”, sino cómo están escritas. Es arte, no es un historieta para contar en un fuego de campamento. Y, como en todo el arte, empezamos a hablar de cuestiones subjetivas. Ya he dicho muchas veces que, por ejemplo, a mí no me gusta nada Roberto Bolaño‘>Roberto Bolaño, cuya colección de relatos “Putas asesinas” me produjo un impacto similar al que me ha producido esta obra de Javier García Hortelano. De quien, por cierto, yo no sabía nada hasta hace un mes.

“El gran momento de Mary Tribune” nos cuenta una historia trivial, un par de semanas (si llega) en la vida de un españolito en el Madrid de finales de los 60. Días de trabajo en una oficina, juergas con los amigos, líos de cama, pequeñas y grandes pasiones. Nos canta las maravillas del consumo de alcohol como única forma de escape de esta realidad aburrida hasta el hastío, nos habla del amor desesperado, de la vida desesperada, y todo ello nos lo cuenta con un estilo impecable, brillante, más que eso, deslumbrante, cegador. Una mezcla de cinismo y ansia. ¿Es posible leer una novela de más de 800 páginas y tener la sensación permanente de que todo va deprisa, demasiado deprisa, que la historia se nos escapa, el amor se nos escapa, la vida se nos escapa? Eso es “El gran momento de Mary Tribune”.

Las reseñas de la contraportada son, como de costumbre, un insulto a la inteligencia, pero en este caso el insulto resulta doblemente ofensivo porque la novela es tan buena que dan ganas de cortale los cataplines a quien selecciona para describirla una frase como esta: “Una obra atravesada por el humor, la ironía, el sarcasmo, y sometida a una rigurosa elaboración verbal”. Se salva, como casi siempre, el comentario de José María Guelbenzu, uno de mis críticos favoritos, cuando dice: “Un impresionante paseo por el amor y la muerte”. Por la vida como forma de muerte, matizaría yo, pero vamos, sólo por matizar y tocar las narices. Hay también, por supuesto, sesudos análisis que hablan de las múltiples lecturas que pueden hacerse de “El gran momento de Mary Tribune” como crítica social y política del franquismo tardío. Huelga decir que, a mí, ese aspecto de la novela me la pela ampliamente.

Una cosa antes de que me olvide: Juan García Hortelano me ha recordado mucho al gran

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